domingo, 23 de octubre de 2016

Fotorafía 1: La pelusa de la Roma. Días de 2016




Se decía que la casa estaba embrujada, pero… por amor a Dios, en 2016 nadie creía en eso. No estaba embrujada. La tomaron unos hijos de puta, unos paracaidistas, unos okupa, o como les llames tú. Y se pusieron a vender tacos. Todo el mundo los conocía como los tacos de Obregón y Monterrey. U Obregón e Insurgentes. No quedaba claro; no lo recuerdo con exactitud. Muchas veces fuimos a comer ahí Erín, Leo, Portillo y yo. Siempre arrastrados por Leo, que era una máquina de beber y comer. Prendía el motor de comer más o menos a las dos y media de la madrugada, después de haber bebido en Tres Gallos, en el 12:51 o en mi casa. Era imparable. Se acababa dos órdenes de tacos, o una torta de pastor con queso y una orden de tacos. Lo que sea. Y no engordaba. Era una lombriz paliducha de uno con ochenta metros. Portillo le hacía segunda, eh; aunque su máquina de masticar y tragar era del 76 o algo porque se demoraba en comer siglos y siglos. Los miraba desesperado y enojado con ellos por cortar el trago. Aunque para las dos y media ya estaba borracho. Si no fuera por la cocaína… Erín los acompañaba con un taco. Un solo taco. Me recargaba en la pared de la casa y los miraba hacer su circo de media madrugada. Y después, Erín y Portillo querrían ir al Jacalito.


            El problema con el Jacalito era que a mí no me gustaba bailar.

            Bebíamos desde las cinco de la tarde. Primero Erín y yo solos. En bar de Sanborns. Desde antes de casarme con ella la llevé ahí y le gustó tanto como a mí. Luego, más o menos a las ocho o nueve, Leo me mandaba un whatsapp para decirme que recién salía del trabajo y preguntar si tenía un plan. Un plan de acción. Pero nosotros nunca teníamos plan. Nos adaptábamos a lo que viniera. Sobretodo ellos: Erín, Portillo y Leo. A mí me gustaba la rutina. Mis bares de siempre. Mis meseros de siempre. Mis bebidas de siempre. Pero a las nueve de la noche ya estaba a punto de estar bien borracho y soltaba el timón de mi vida. Le contestaba a Leo que no, que no tenía plan, y que podía caer a bar de Sanborns. Leo trabajaba en el centro de la ciudad, en un restaurante tailandés. Creo que en avenida Juárez. Así que llegaba a nuestra mesa en treinta minutos. Tomaba el metro hasta Insurgentes y de ahí caminaba hasta San Luis. Se sacaba la mochila de una correa y se sentaba. Se quejaba del trabajo o del clima o del gentío en el metro, bufaba y alzaba la mano para ordenar a Hugo un negra modelo. Erín y yo bebíamos Tecate light michelada. Al principio se burlaban de mí por beber ligth, pero luego se acostumbraron. Y yo también.

            A las doce de la noche, más o menos, Erín y yo estábamos a punto de caernos de borrachos. Pagábamos la cuenta y nos íbamos a casa. Nuestra casa, en ese entonces, estaba a dos cuadras. Leo se iba con nosotros. La cosa no terminaba ahí. Apenas comenzaba.

            Portillo llamaba siempre a esa hora. Le comunicaba lo que sea que estuviésemos haciendo y nos alcanzaba donde sea que estuviésemos. Generalmente en mi casa. A veces nos aventurábamos en busca de nuevos bares. Antes de que llegara Portillo llamaba a nuestro proveedor. Le encargaba unos cuantos cientos de pesos de cocaína. De otro modo no aguantaría estarme con ellos hasta bien entrada la mañana del otro día.

            La cocaína es un vicio muy engañoso. Nunca sabes cuando has inhalado suficiente. No hay nada que te indique que te has pasado. Puedes meterte y meterte líneas y nada dentro de ti te avisará que pares. Y cuando la señal llegué… será demasiado tarde. Además, también bloquea tus alarmas de alcohol. A la media noche mi cuerpo necesitaba vomitar todo el alcohol que me había bebido. Pero la coca cortaba el efecto del malestar y podía beberme el doble de alcohol. Eran increíbles las cantidades de alcohol que ingería de las cinco de la tarde de un día cualquiera, hasta las dos o tres de la tarde del otro día. Y mantenerse despierto en tan mal estado tantas horas… vaya que te jode. Aún así, cómo le tenía cariñó a la coca, caray. Mi gran amiga, la coca. Mi salvadora.

            Si nos quedábamos en casa, en mi casa, jugábamos Maratón. Lo tomábamos tan en serio como al box. Muchas veces salimos peleados por ese maldito juego. Hasta Portillo, que era el menos colérico, una vez nos corrió a todos de su casa con su actitud respecto al juego. Y con todo ese alcohol y esa coca encima, me sorprende que no nos hubiésemos partido la cara nunca. Erín se incomodaba. No le gustaba jugar. Le parecía demasiado agresivo nuestro modo de anhelar la victoria, demasiado vulgar nuestra manera de afrontar la victoria, demasiado lastimera y poco ética, hasta pusilánime, nuestra manera de encarar la derrota. Una vez comenzado el juego, ya nada podía detenernos. Íbamos hasta el final. Jugábamos a ida y vuelta. Luego, a muerte súbita. Cara a cara. Era muy importante para nosotros conocer todas las respuestas. Particularmente Portillo y yo hacíamos del juego un duelo a muerte.

            Si salíamos a algún bar, inhalábamos la coca en los sanitarios.  






jueves, 20 de octubre de 2016

Te jodes

Texto por: Marissa Greco


Tengo miedo, he escuchado otra vez la voz que me agita y me mueve a hacer cosas que no debería, es tan clara como si la tuviera aquí mismo, sobre mí. Me da miedo de mí por esa razón. Bebo la cerveza, la quinta esta mañana y me entretengo mirando el vaso sucio de mis dedos sucios, que tiemblan al llevarme a la boca el líquido tibio que no sabe más que a orín.

En el telefonillo han llamado no sé cuantas veces, sé que es mi suegro, el padre de mi marido, bueno de mi ex marido, viene a veces para husmear en mi territorio. Por supuesto no le abro, puto viejo maloliente que solo sabe decirme que estoy más gorda y más vieja, y él que se habrá creído. Hace mucho que no está en mi vida ese hombre, más de ocho años, en mi corazón nunca estuvo aunque él crea que sí y me sonría, cuando aún lo hacía, dando la aprobación de un sacerdote, dando las bendiciones. No necesito tu compasión. Que tu hijo me dejó y que llevo sola todo este tiempo, sí. Pero tu maldita compasión, no, no la quiero. Aunque las veces que lo he visto he hecho el paripé de que me importa lo que le ocurre y que lo quiero como si no hubiera ocurrido nada. Luego escupo en su recuerdo y me olvido hasta que sacude con sus manos grasientas el timbre de mi telefonillo y entonces me acuerdo de la sangre que le corre al cabrón de mi ex por su cuerpo, ese que amé una vez, y ya me asaltan los demonios. Bebo más deprisa, saco otro litro de cerveza del congelador, bien fría y escucho la puerta de mi vecina que ya sale a hacer sus diligencias.

La muy zorra es todo lo que yo era y ya no soy, y no sé si me gustaría ser, porque a ella le pasará como a mí, de hecho le pasó, pero cree que su alegría y buen humor la van a sacar de la hondura donde está metida.

Es pelirroja de bote, como todas lo somos ya, somos una pegatina sobre otra en la imagen original, con los ojos azules, bonitos, muy bonitos, tiene esa piel de las que son medio del norte, blanca o más bien, rosácea. Lleva los pantalones muy cortos en verano y las faldas también muy cortas en invierno, tiene las piernas regordetas, cosa que indudablemente le fascina a los hombres. Se pinta lo justo para no parecer una fulana. A mí me quedaría como una patada en el culo ese rojo en los labios, yo que tengo arrugada la boca tanto como el alma, quedaría patético en mi cara. Pero a ella...le queda tan bien. He ido por la calle a su lado y me ha dado la impresión, en verdad la impresión no, la pura realidad de que yo no existía y su ego crecía como crecían las miradas de los hombres en su piel. ¡Qué asco de vida, supeditados al criterio de los demás! Y he sentido en todos esos momentos un dolor en la espalda y unas ganas de tirarle un jalón de la melena, porque la rabia me va entrando por la espalda y luego va saliendo como le da la gana. Para que no vuelva a sonreír su boca de fresa.

Ahora que se ha ido, he pensado dónde irá. Me llega hasta aquí su olor a colonia barata pero atractiva y me he quedado mirando la nada en un punto de estancamiento como es mi vida en general, una puta charca donde me ahogo sin agua, solo con cerveza, y de la mala además.

A los pocos segundos ha salido un ratón de debajo del frigorífico. Esa es otra, ella vive en el lado derecho de este edificio viejo y yo en el izquierdo, a ella no le sube ni un ratón, a mí uno o dos cada día. ¿Por qué tiene la gente tanta suerte, carajo? Claro que es una pregunta sin respuesta, de esas retóricas que diría mi vecina, que tanto sabe de literatura y la mierda de las palabras, porque ella estudió en la universidad y es no sé qué de postgrado en no sé qué especialidad. Me da igual todo lo que me diga, me suda el coño directamente. Pero disimulo y ella sabe que disimulo y  ella también disimula. Todos lo hacemos.

No tengo consciencia para saber cuándo me he quedado dormida ni lo que he hecho mientras estaba borracha, a veces me da por desnudarme y salir a la terraza, aquí en este quinto sin ascensor, nadie puede verme, aunque creo que más de uno me ha visto pero que le den a todos. En fin, que me he despertado porque he escuchado un grito.

-       ¡Oh, por dios! ¡qué asco, no puedo no puedo!

He salido a la zona común que comunica mi casa con la de la vecina divina y me la he encontrado en la terraza llorando y señalando un lugar en el suelo.

-       ¿Qué te pasa, hija? ¡Qué susto me has dado!
-       ¡Un ratón, un ratón. Está ahí mismo, muerto, en una bolsa. No me explico cómo ha llegado hasta aquí. ¿Tú tienes ratones, Ana?

Me ha preguntado eso y yo me he reído por dentro, como una puta loca que es lo que soy, luego me ha llegado un flash  del pozo de mi amnesia. La imagen es que he salido de casa un momento, cuando estaba aún con la cerveza en la mano y no me había tirado al sofá todavía y, que llevaba algo colgado de la otra mano.

-       ¿Yo, ratones? No he visto aún. Pues vaya putada, Lucy, con lo asqueroso que son esos bichos, menos mal que tengo gato.


La maldad me ha brillado en los ojos, y por unos pocos segundos he sido más que ella.




Texto por: Marissa Greco

lunes, 3 de octubre de 2016

¡Muchas gracias, chica lista!


Una mujercita envió un texto a mi correo personal. Era un cuento. ¿Sobre qué? Quién sabe, ni lo leí. En el correo pedía que le echara un ojo y le diera mi opinión. Antes estaba acostumbrado este tipo de cosas, pero hace mucho que no me pasaba. Le respondí que el cuento estaba muy bien, pero podríamos discutirlo mucho mejor con unas cervezas encima. Y que estaría dispuesto a leer más textos suyos si los llevaba impresos el sábado a las ocho de la noche a Tres Gallos. Respondió que sí, que sería un honor y todo eso. Me toqué los huevos y sonreí. Pensé: Dios, por favor, que al menos esté buena.

      Llegó muy puntual. No estaba mal. Pensé: bah, después de dos o tres cervezas no me importará hacérselo en el callejón.

Me saludó con entusiasmo. Me llamó maestro. Se sentó a mi mesa y puso un montón de hojas impresas. Pensé: joder, no era en serio. Suspiré y dije: bueno, vaya, vaya. Si que has trabajado duro, eh. Okey. Bueno, mira, hagamos una cosa: bebamos. Ya habrá tiempo de leer todo esto.

      Pedimos un par de caguamas. Brindamos. Y se soltó. Oh, sí. Lo había olvidado: hay que escucharlas. Oírlas, quiero decir. Sacudí la cabeza y pensé: vamos, vamos, es solo una hora, no creo que dure más; se emborrachará antes de que lo notes y podrás manosearla en el callejón. Es tuya. Cree que eres un buen escritor. Estará dispuesta.

      Mientras ella hablaba yo asentía con la cabeza. Me acercaba para escuchar mejor. Sonreía o torcía la boca cuando había que hacerlo. Pero no me hagan repetir una sola palabra de lo que dijo porque no recuerdo nada. Abría los ojos cuando ella los abría. Negaba con la cabeza cuando ella negaba con la cabeza. Sí, bueno, me puse en piloto automático. Y en algún momento le dije, oye, ven, acompáñame al callejón. Quiero fumar un cigarro. Me levanté y la tomé de la mano para levantarla a ella. La jalé hasta el callejón. Se dejaba hacer, eh. La aventé por ahí y saqué un cigarro. Lo encendí. Le eché todo el humo en la cara. Le dije: ¿Tú fumas?  Abanicando mi humo con la mano, respondió: no. Di otra calada. da igual, dije.
     
      La miré a los ojos. Me acerqué muy despacio. La miré a los ojos y le dije, mentalmente: te voy a coger. Te voy a coger, perra. Te voy a dar la cogida de tu puta vida. Bueno, era mi técnica. Mirar y transmitir mis deseos sexuales. Me acerqué a ella. No se quitó. Probé besarla, pero me arrepentí, así que solo pasé mis labios muy cerca de los suyos. Al final le susurré al oído: me gustas mucho. Mientras pensaba: da igual, sólo te cogeré y te botaré como a un zapato. ¡Pero, oigan, les estoy compartiendo mis pensamiento más oscuros! ¡No me juzguen! Uno es libre de pensar lo que quiera, ¿no? A fin de cuentas no la violé ni nada. Solo me acerqué a ella y le susurré dulcemente (de verdad, dulcemente) me gustas mucho. No la toqué. No le puse un dedo encima, caray. Tomen nota de eso porque es importante.

      Me aventó y se echó a correr.

      Regresé a mi mesa. Ahí estaban las caguamas. Eran las segundas, creo. La segunda ronda. Y sus manuscritos. Y su suéter, ja. Tomé el suéter y lo olí. Yo no sé que encuentran los fetichistas en oler prendas. Olía a metro, chinga. A sudor, no sé. Nada especial. Nada sensual. Y algunos se huelen calzones. Que falta de buen gusto, ¿no?

      Me estuve ahí hasta que Sergio me anunció que cerraría. Pagué la cuenta y me fui. Antes de salir Sergio me gritó que había unas hojas y un suéter en la mesa. Le grité que los tirara o lo que sea.


2

Al día siguiente, claro, era domingo. Los domingo son el único día que abro Facebook. Así que abrí mi Facebook para ver qué mierda se escurría por ahí hoy: ya me había cansado del cáncer de mama, de los perritos despanzurrados, del calentamiento global, de la matanza de bovinos para la producción de carne (¿por qué tiene que poner el video de cómo matan al ganado?) y de las personas desaparecidas.

      Ya saben lo qué pasó, ¿no? Esta mujercita, la que me envió el cuento, publicó en Facebook que yo traté de violarla. Me tapizó el perfil con insultos y etiquetó a un montón de gente, Dios. Todos me dejaron comentarios ofensivos.

      Al principió no me importó, pero luego… No debí hacerlo, lo sé: leí algunos comentarios al azar. Eran muy personales y ofensivos. No los repetiré aquí para que se burlen aún más, eh. No pude resistir la tentación de contestar alguno. Ya antes había recibido insultos en mi correo personal y en Facebook. Incluso en la calle. Por escribir textos machistas y cosas así. Se puede decir que estaba acostumbrado. Y como experto les digo: lo mejor es ignorar. El fuego de sus encolerizadas almas se extingue con el tiempo. Sin embargo, no sé… contesté uno. Y ese uno me respondió. Y otro más, junto con ese. Y contesté a ese otro, y otro me contestó, junto con otros tres pinches locos que hasta amenazaron con enjuiciarme legalmente y no sé qué. Ya de puro coraje les reté a hacer cualquier cosa. Y otros diez o veinte le siguieron el jueguito. De esos veinte contesté tres o cuatro. Interminable.

No sé cómo llegó un grupo de feministas. Pasé más de cinco horas, sin exagerar, contestando mensajes. Privados y públicos. La muy lista publicó mi correo y mi teléfono. Hasta me llamaron al celular. No contesté, por supuesto. Sabía que eran ellos.

      La cosa no paró ahí. Se pasan, caray. ¡Hicieron un video en YouTube! Unas pinches viejas locas se grabaron insultándome y solicitando a las autoridades mi arresto. Pero no tenían pruebas ni nada, así que me reí de ellas y les dejé un comentario en el video; les puse algo de que si seguían chingando me las iba a coger a todas, o algo así; lo primero que se me ocurrió. Entonces organizaron una marcha. Marcharían por los alrededores de mi casa, de Tres Gallos, del bar de Sanborns y de todos los lugares donde era bien sabido que yo me emborrachaba.


3

No sé si marcharon o no. A esas alturas, ya no me importaba nada. Cerré mi cuenta de Facebook, cambié mi número celular y me dije: la próxima vez la violas, total.

      ¿Y saben qué? No me lo van a creer. Pero a partir de eso comencé a recibir otro tipo de correos. De mujercitas que me defendían. Que escribían lo injusto del caso, ya que, según ellas mismas juraban: yo sería incapaz de violar a alguien. No sé por qué creían eso, pero lo aseguraban. ¡Me compadecían! ¡Mujeres me compadecían! Yo ni las conocía ni sabía cómo se habían enterado de todo. Pero me cité con muchas de ellas, jajajaja, y me acosté con ellas gratis y de buena gana. Además que mis únicos dos libracos publicados comenzaron a venderse más. Y hombres me buscaron por Facebook para invitarme el trago y contarme que a ellos les había ocurrido algo muy parecido. 

      ¡Muchas gracias, chica lista!

      ¡ Ah, y la acusé con Facebook por acosarme y le bloquearon la cuenta, jajaja! 





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