jueves, 30 de junio de 2016

El cuerpo que busca la bala. Parte III

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

A pesar de que él lo esperaba, Juan no salió por dónde se esperaba que lo hiciera. Él se hizo el desentendido hasta que Antonio dijo:

- Mira, mira, por allá va saliendo Juan.- Y apuntó con sus dedos el lugar por dónde lo hacía y vieron a la pandilla entera: Juan, Biscocho, el negro Luis, los morochos, Pompa y Mariano.

- Dile algo.- Inquirió Ángel. Él permaneció callado, inmediatamente Ángel dijo:

- Juan, cagón. – Pero el aludido no escuchó, parecía estar más pendiente de otra vaina. Y empezaron a gritarle cagón, pero él no escuchaba. Quizás porque lo hacían de una manera tal que no se podía entender lo que decían después de unos metros más allá de dónde estaba ubicado la pandilla de valientes. De allí a que él, en vista de que Juan no respondía, gritó, pero gritó de verdad porque a pesar de que era chiquito tenía una voz potente:

- Juan, pobre Mariscón, tu mamá me lo mamó anoche.- Entonces todos se quedaron callados y se miraron unos a los otros. Había dicho lo impensable, lo peor de lo peor; se había metido con la mamá de alguien. Y no sólo se había metido sino que, a pesar de que aún no sabía exactamente qué significaba el verbo Mamar en el argot popular y ni siquiera él había llegado a la pubertad, afirmó que la mamá de Juan se lo había hecho. Incluso para los más audaces en la jerga ofensiva, Antonio y Ángel, gritar eso era una perversión; lo peor que se le pudo haber ocurrido a Antonio, y vaya que era un mal hablado, era: Tu mamá se besa con el de aseo o algo por el estilo. No sólo lo gritó sino que lo repitió, más duro y agregó un poquito más:

- Juan, Mariscón. Tu mamá me lo mamó anoche, y la llené de leche.-

- Ay verga, como que te escuchó.- Afirmó Manuel. Él había optado por esperar, fue el único testigo de la pelea entre el de 6to y Juan. Sabía lo que le esperaba a su amigo, por eso no lo alentó y se mantuvo cauto. Cuando escuchó lo que dijo su amigo peló los ojos y rogó para sus adentros que Juan no lo hubiese escuchado. Pero ese día Dios como que estaba de vacaciones o ocupado con todo el asunto del medio oriente. Juan se detuvo, Biscocho le susurró algo al oído y levantó su brazo en señal de pausa. Miró, en la búsqueda de quien osó ofender a su madre, pero no distinguió a nadie. Entonces se acercó, lento pero sin detenerse, al montículo donde estaban reunidos los de la sección “A”.

- ¿Quién fue?-

- ¿Quién fue qué?- Él cruzó los brazos y se ubicó en lo más alto del montículo.

- ¿Tú eres el enano que me gritó en el recreo?- Se rascó la cabeza como hurgando en su mente qué fue exactamente lo que le dijo aquel chiquito que se ubicaba soberbio encima de un lomito de tierra y, aun así, su altura no le sobrepasaba.

- Sí, fui yo ¿Y cuál es el peo?- Se le quedó viendo, le causó gracia la pose del chiquito. Sonrió y le dio la espalda.

- Mariscón.- Todos permanecieron callados, incluso Juan no pareció prestarle atención y se disponía a marcharse. De allí que él, lleno de rabia y sin pensarlo dos veces, dijo:

- Tu mamá lo mama rico.- Juan se detuvo, giró su cuerpo en dirección al mal hablado y, aún con un ápice de compasión, le dijo:

- Voy a contar hasta tres para que pidas perdón y olvido todo el asunto.-

-¡Jodete Mariscón!- Gritó. Juan preparó sus puños, no obstante, ya venían uno de su adversario en camino y asentó senda de puñetazo en el rostro que lo hizo retroceder un paso, seguidamente, vino otro con mayor fuerza que lo hizo tambalear y después un empujón que lo mandó al suelo. De allí que todos gritaron e hicieron un circulo alrededor.

- Está en el suelo, cáele encima…no dejes que se levante.- Gritó leal, también Gutiérrez hizo lo mismo. Pero él no se atrevió, volvió a su posición original y dijo:

- Levántate Mariscón, te voy a enseñar a respetar.- Juan se levantó, colocó su mano en su quijada. Luego la pasó por el labio, notó que sangraba. Vio su dedo manchado de sangre, lo lamió y dijo:

- Ya me hiciste arrechar.- Se acercó al montículo, él intentó la misma maniobra pero su puño se encontró con la palma de Juan. Luego, aún con su mano derecha prisionera, lanzó otro puñetazo con igual resultado. Juan apretó tan fuerte que él abrió los puños y soltó las piedras.

- Con que eso era, piedritas en los puños. Te la das de arrecho, ya verás.- De allí que él levantó la mirada y dijo:

- Muérete- Lo escupió, Juan inmediatamente buscó secarse el rostro. Él aprovechó para soltarse y retirarse cerca de la zanja de agua. Todos lo aupaban, lo impensable sucedía. Juan se acercó y sintió que se le nublaba la vista; él lo había empatucado con lodo.

- Mierda, no veo.- Entonces él atisbó una oportunidad y se acercó para asentarle otro par de puñetazos, pero Juan abrió los ojos.

- Te engañé.- Dijo. Seguidamente lo tomó por un brazo. Él sintió el puño de Juan en su abdomen y después en su rostro. Cayó, no se revolcó de dolor porque aún le quedaban fuerzas, sin embargo, escupió sangre: ya le había partido un diente. Se trató de incorporar pero Juan le agarró una pierna y lo arrastró por la zanja de agua, él lanzaba patadas y gritaba. Gritaba como nadie, incluso agarró una piedra y le asentó un golpecito en el coco. Juan se detuvo, espero que se levantara y le dio un manotón en la nariz que lo lanzó, de nuevo, al piso. Todos gritaban, Leal y Gutiérrez quisieron intervenir pero Pompa y Mariano se lo impidieron, eran menos porque la mayoría de los de la sección “A” se habían marchado. Yacía en el suelo, sangraba por la boca y la nariz, pero vio el tubito de plástico. Lo tomó y quiso pegarle con él, pero Juanlo esquivo y, después de unos intentos fallidos, se lo quitó. Luego, con el mismo tubito con que él pensaba hacerle pagar a Juan todas sus maldades, él le empezó a pegar. Aun en el suelo Juan le pegaba y se reía, él no podía levantarse, cada vez que lo intentaba sentía el leñazo del tubito, o una patada, o un puño. Juan reía, pero no se confiaba. Llegó un momento en que ya no había pelea, parecía un monologo, fue cuando Ligia Elena intervino. Paró la pelea y él se pudo incorporar; estaba todo moreteado, sangraba por la nariz y bañado en charco de pies a cabeza. Alguien dijo que se había cagado en los pantalones, pero intervino Manuel para aclarar que sólo era un poco de charco. A pesar del cansancio y la golpiza, nunca antes vista por ninguno de los presentes, él permanecía soberbio.

- Mariscón. Pegas como una mamita.- Y todos rieron, más por lástima que por otra cosa.

- Cállate si no quieres que te reviente de nuevo.- Le dijo Juan.

- Ven a callarme tú.- Y así fue, le hundió la trompa en el charco mientras Ligia Elena y el resto de sus compañeros de la sección “A” trataban de evitar que Juanle hiciera más daño al pobre. Cuando al fin se cansó, lo dejó tirado y todos los integrantes de la sección “A “que quedaron rezagado a la espera del combate fueron en ayuda de su compañero y evitaron que hablara nuevamente. Ligia Elena tomó de la mano a Juan y lo llevó consigo a la salida de la escuela, este hecho avivó más el odio en él y le lanzó una piedra, que si bien lo hizo con fuerza, terminó lejos de su objetivo y reventó la ventana de la oficina de dirección. Salió la directora y preguntó por el culpable, todos los de la sección “B” lo culparon y sus amigos no lo traicionaron, pero tampoco lo defendieron. La directora lo tomó de un brazo y lo llevó a su oficina. Pasó la tarde allí con una rabia indescriptible y con la imagen de Ligia Elena tomada de la mano de Juan saliendo de la escuela. Su madre lo buscó y, después de una larga conversación con la directora, decidieron cambiarlo de colegio; uno especializado en chicos con problemas de conducta.

Su último recuerdo antes de ser expulsado fue esa imagen de Juan y Ligia Elena tomados de la mano caminando en dirección a la salida del colegio. No obstante, a pesar de que nunca más compartiría un sándwich con “Puchi” ni las tardes de Mario Bross con Leal ni Gutiérrez ni vería a Ligia Elena no dijo con quién peleó ni negó haber lanzado la piedra, tampoco apeló al golpe bajo entre las bolas ni lloró ni se orinó ni se cagó.

Fue el único, entre el montón de niños con los que Juan combatió en los subsiguientes años – Incluido Gutiérrez y Leal –, que lo tumbó y lo hizo sangrar.





Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

lunes, 20 de junio de 2016

alejandra


bueno, mi ex mujer se va a cagar, pero ya tengo que soltarlo. ah, no, es verdad: mi ex mujer no le mis textos. dejó de hacerlo hace mucho, cuando descubrió que yo realmente era martin petrozza y ella no tenía nada que hacer con un pinche petrozza cualquiera, no? hace bien mi ex mujer. leer los textos de petrozza es perder el tiempo.

saben qué me gustó de alejandra? que era una mujer inteligente. jamás leyó uno solo de mis textos, ni un renglón. es más, ni siquiera se enteró de que yo escribía. un verdadero acierto de su parte. mejor así. que haya conocido solo mi parte más superficial.

por supuesto, la conocí en un bar. dónde si no? la vi y pensé: dios, si me la echas al plato prometo dejar a mi mujer y rehacer mi vida; hacer arder un cordero en tu honor. hasta podría asesinar al hijo que aún no tengo si haces que salga del vientre de esa chica. y bueno… dios y yo siempre hemos sido amigos, eh. apenas me acerqué a ella, me sonrió. le devolví la sonrisa y la tomé de la mano. así, sin más. les guste o no. la jalé despacio, le dije: oye, vámonos de aquí, hay mucho ruido y mucho humo. asintió con la cabeza.

      afuera reímos. no supimos de qué. o quizá sí. dejamos a los amigos de alejandra y a los míos. mi departamento estaba a cuatro cuadras del bar. mi mujer había salid de viaje. alejandra llevaba un vestido negro muy ajustado. hicimos el recorrido a pie. soltamos risitas y nos dimos abrazos y manoseadas de vez en cuando. me gusta, me gusta, pensé mientras dejé que se adelantara unos pasos para mirarle el culo. abrí el zaguán y le indiqué las escaleras, el piso, el número de departamento. yo iba detrás, olisqueándole los muslos y las nalgas.

      entramos. no llegamos al cuarto. no, definitivamente no. apenas vio el sillón de la sala, se echó en él y me jaló a ella para que la montara. ella misma se subió el vestido; yo le bajé los calzones. ella me sacó la pinga, yo la guié para metérsela.

      cuando acabamos bufé. le dije, amor, cásate conmigo. ella rió, me sobó la cabeza, contestó: desde que te vi en el bar supe que pasaría. era un mujer muy inteligente. quiero decir, al menos no me hizo preguntas estúpidas. cómo te llamas? / dónde vives? / es tuyo el departamento? / con quién vives? / a qué te dedicas? la miré a los ojos, unos ojos negros muy penetrantes, y le pregunté (porque yo sí soy un imbécil): cómo te llamas? antes de que contestara sonó el timbre. generalmente lo ignoro, pero sabía que esta vez sí me buscaban en serio. como pude me subí los pantalones y corrí a la azotea del edificio, desde donde suelo espiar a quién toca. sí, eran ellos: mis amigos y los de alejandra. bajé al departamento. alejandra seguía con el vestido arriba y los calzones abajo. recostada de lado. son ellos. sería mejor que te cubrieras, no? Alejandra hizo un gesto de indiferencia. es que nunca han visto a una mujer con los calzones abajo? alcé los hombros y bajé a abrir. Dios santísimo, está mujer era mi clase de mujer, era una petrozza cualquiera. cuando subimos todos, alejandra no estaba. salió del baño poco después. cuando ya estaban todos instalados en las sillas y el sofá y las cervezas en la mesa. la luz prendida. los ceniceros con ceniza. las ventanas abiertas. perturbaron lo más hermoso que me había pasado nunca. sentí odio por ellos. una de las amigas de alejandra, exclamó, al ver a alejandra salir del baño: güey, qué pedo!!!???

      entre esa y otra amiga la llevaron aparte y la riñeron por haberse ido así conmigo. mis amigos me llevaron a mí aparte y me pidieron que les contara todo. estaban excitados. aunque se quejaron de que por mi culpa tuvieron que traer a esas viejas con ellos. las amigas de alejandra no eran guapas. cogieron cervezas y encendieron cigarrillos y me lo contaron todo: ellas les obligaron a ir en busca de su amiga, de mí, de nosotros. mis amigos no querían salir del bar. eso también les molestó. pero las chicas se ofrecieron a comprar cerveza si las llevaban a mi casa en busca de su amiga. mis amigos no pudieron negarse a esa oferta. el problema de las amigas de alejandra, además de que no eran guapas, era que se pusieron en un plan muy maternal. nos le pareció moral mi actitud. sí, la mía. dijeron que yo era un pervertidor de chicas. eran unas pendejas, definitivamente. una de ellas era gorda. eso podía explicarlo todo. y la otra, bueno, quizá se dejaba contagiar de la mierda de la gorda, de la envidia de la gorda. las escuchamos gritarle a alejandra tú no has superado lo de héctor, no hagas pendejadas!!!; eso que hiciste está muy mal, ale!!! mis amigos movieron la cabeza negativamente. era insoportable ver a mujeres aplacar a una mujer.

      de la nada salieron las arpías esas. se llevaban a alejandra. la sacaron a arrastras. antes de salir alejandra me guiñó el ojo y las brujas me gritaron algo, pero no entendí qué.

      mis amigos y yo nos pusimos a beber. les conté todo, con lujo de detalle. ellos fueron los que me dijeron que la chica se llamaba alejandra, que tenía diecinueve años y que recién había cortado con un novio suyo, un tal héctor. todo eso les contaron las amigas de alejandra. según ellas la ruptura le había afectado. los síntomas: se volvió puta, pues. y ellas, tan nobles, trataban de salvarla cada noche de bar.

mis amigos se fueron al amanecer. pocas horas después llegó mi mujer. me encontró en cama, crudo, como siempre. se quejó, como siempre. pero esta vez había tenido un encuentro sexual con una niña de diecinueve años, preciosa, y no me importó. la dejé hablar y gritar todo lo que quiso. 


luego me fui al baño a pensar en alejandra




lunes, 6 de junio de 2016

Carta abierta a mi vecino.


Estimado Sr. Molina,

Le voy a decir una cosa: YO NO ROBO SU SEÑAL DE CABLEVISIÓN. 

Es ilógico. Absurdo. 

Usted no lo sabe, pero yo ni siquiera tengo televisor. 

Si lo tuviera, lo utilizaría para todo excepto para sintonizarlo. Le pondría tiliches encima. Lo usaría como mesita de centro. Como reposapiés. Como maceta. ¡Como nada! Pero nunca lo encendería ni sintonizaría esa mierda televisiva. Si lo hiciera, no pagaría para traer a mi humilde hogar más mierda, con ese servicio suyo, que según usted le robo, el de Cablevisión. 

Y con todo respeto, me parce usted un completo imbécil. Mejor sería que le robaran todo, el Cablevisión y el televisor. Le harían un favor a usted y a su horrible familia. ¿Ya notó que sus hijos son medio retardados? Y su esposa es tan fea que usted también deber serlo. ¿Quién se casaría con ella? Pero usted no se queda atrás, ¿no? Así que están a mano. Una elefante para un mamut. Y sus hijos, ni hablar. No paran de aventar pelotas a mi patio. ¿Es que son estúpidos? Ya deberían saber que la barda que separa nuestras casa es de una altura muy franqueable. Lo único que demuestran es que no aprenden de sus errores. ¿Y de ahí va a salir el futuro de nuestro país? Antes de traer hijos al mundo, analícese el esperma, señor Molina. Es posible que lo tenga echado a perder. Quizá por eso su hijo de en medio es tan feo que la vez que tocó mi puerta para pedirme su maldita pelota, le di dulces pensando que era 31 de octubre. 

¿Cómo se le ocurrió que yo pudiera robar su maldito Cablevisión? Ya sé que hay un cable que aparentemente sale de su casa y va hacia a mi casa. Pero no soy un ladrón. Si tuviera el seso retorcido como usted para estarme frente al televisor todo el santo día, al menos tendría la decencia de pagar por los servicios que ocupo. No como su hijo, el menor, que me roba los botes de basura. Además de procrear una serie de payasos, usted los educa para el hurto. ¿Y me llama a mí ladrón? La próxima vez voy a matar a su perro. Oh, no, el qué culpa tiene, ¿no? ¡Es hijo de Mussolini, ese demonio! Me gruñe todas las mañanas cuando salgo al trabajo. Y usted no le dice ni pio. Lo deja suelto. Para que nadie se acerque a su cochina casa. ¿A usted qué le van a robar? Si tiene puras baratijas chinas o piratas. Hasta el cuadro del santo que tiene en su puerta es chino. Y si le roban un hijo para sacarle los riñones, seguro vienen malos sus riñoncitos. Apócrifos, hechizos. Hijos de fayuca es lo que usted tiene.

Un día amanecerá muerto ese cancerbero. ¿Un rottweiler? Solo un degenerado sería capaz de tener un rottweiler suelto afuera de su casa, con todos esos niños yendo y viniendo por la calle (aunque tampoco valen mucho; pensándolo bien sería agradable que el perro se zampara a unos cuantos). Porque los demás vecinos no se quedan atrás: se acuestan con sus mujeres y procrean como si el mundo necesitara más delincuencia. Sí, delincuencia es lo único que sale de esas grasosas vaginas. Un ejército de delincuentes malparidos desperdigados por el barrio.

Fue su maldito perro el que mordió el cable ese, señor Molina. Sépalo de una vez. Por eso no tiene señal de Cablevisión. No porque yo se la robe. ¿Por quién me toma? Soy el único que usa corbata en este barrio y aún así le pasa por su podrida mente que yo, YO… No cabe duda que es usted un Barrabás, un Judas y un Pilatos. Ya sé que Dios no existe, Sr. Molina. La prueba es usted y los demás vecinos. Si Dios existiese ya hubiera encontrado el modo de borrarlos a todos de la Tierra. Un diluvio. Fuego. Qué sé yo, alguno de esos castigos divinos. Plagas. Ríos de sangre. Por mucho menos acabó con Sodoma y Gomorra. Y entre todos ellos, yo, el único siervo decente. Acusado de hurtar un maldito cable que no trae sino mierda a casa; una cable más sucio que el drenaje (al menos el drenaje se lleva la caca, no la trae). No, no, no.

Mejor dígame dónde está el rastrillo para césped que dejé en mi patio. ¿O se lo preguntamos a su hijo? ¿Y ese pelmazo para qué quiere un rastrillo? Solo para fastidiar. Roba por placer; para satisfacer instintos satánicos únicamente. Si me robara el pan, Sr. Molina, no le reclamaría en lo absoluto. El pobre está tan flaco que lo único que ha de comer es televisión. No me explico cómo su mujer y usted pueden ser tan obesos y sus hijos tan flacos. No me sorprendería que ya se hayan comido a otro hijo, alguno al que no tuve la desgracia de conocer. No sé. Serán los tacos de perro que cenan cada noche con Don Chente, el taquero ganador del premio mundial a la insalubridad. Sus estómagos han de estar llenos de vida bacteriana y fauna intestinal. Quizá el cerebro de usted esté en su estómago. Eso aclararía unas cuantas cosas. Por ejemplo, su reclamo sobre Cablevisión. 

Otro motivo por el que no tiene señal, además de que su perro mordió el cable, es que su hijo, el hijorata que tiene, el menor, el que me "escondió" el rastrillo y los botes de basura, le robó el conector del cable. Lo sé porque el muy idiota lo aventó a mi patio cuando su madre, la mujer de usted, le dio un aletazo (es un fócido, no mienta, Sr. Molina, usted sabe muy bien que se casó con una foca, ¡pervertido!) en la cara y le gritó: ¡tu padre se va a emputar cuando no pueda ver su televisión! Y el engendrito, encolerizado por ser víctima de un mamífero pinnípedo marino, arrojó sin pensarlo (nunca piensa, ya sé) el conector. Voló por los aires y cayó en mi patio. ¡Cuántas chucherías más seguirán cayéndome encima! Sí, yo tengo su conector. Es un rectángulo de metal con una entrada y dos salidas, ¿no? Si no me cree, revise. Revise detrás de su caja de Pandora y verá que el conector no está. Revise su cable y verá que su perro lo mordió. No le miento; yo no miento. ¿Por qué no se cerciora de estos detalles antes de juzgar a su vecino, el único con corbata, y acusarlo de robo?

Otra cosa, Sr. Molina, otra cosa: antes de acusar, investigue: la señal de Cablevisión no es algo que se pueda robar. No como usted piensa. No como un objeto, pelmazo. Si yo le robara la señal, ¡usted ni lo notaría! A quien le incumbiría es a la empresa, quien estaría perdiendo dinero porque un hombre recibe su mierda gratis. Oh, sí, es cierto. Antes de que lo olvide. Otra cosa, antes de que repare el cable mordido y consiga otro conector (ni crea que le regresaré el que su hijo aventó a mi patio), ¡pague las facturas del servicio! El cartero las echa todas a mi patio porque usted tuvo la maquiavélica idea de borrar su número de casa; seguramente para evitar a los cobradores (mi patio es, al parecer, victimizado). Cobros, amenazas, es todo lo que usted recibe. Es casi seguro que le nieguen el servicio de Cablevisión. ¡Usted es el que roba Cablevisión!



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