domingo, 24 de abril de 2016

Masturbación en grupo.


A la edad de once años nuestro amigo Gutiérrez era un pequeño maniaco sexual. Siempre buscando la forma de ver mujeres encueradas, de obtener información secreta sobre los misterios del sexo. 

           una vez llevó a clase una revista pornográfica. Nos la enseñó a la salida en el patio de maestros. Nunca había maestros en el patio de maestros. Todos habían visto una revista pornográfica antes excepto yo. No me evidencié. dije que estaba muy bien y me fui a casa con la mente retorcida y escandalizada. Principalmente por el tamaño de los penes de los hombres. Yo no llegaba a esas proporciones ni estirándomela.


            No dejó de llevar revistas de esas en adelante. Todo su mundo giraba en torno a la pornografía. Se miraba las revistas, coleccionaba tarjetas, tenía uno o dos VHS, hablaba de ello todo el día y miraba a las chicas de un modo muy morboso. Le apodaron el Porno. Ni se molestó. Tenía granos en la cara. Juraba haberse masturbado tantas veces una vez que le sangró el frenillo del pene. Era un chico despreciable. Más de una ocasión llegó a masturbarse en clase y a echar su semen en una hoja de cuaderno y hacerla bolita y aventarla a un grupo de chicas que se ponían a gritar pero nunca lo denunciaban. Los chicos lo admirábamos al mismo tiempo que lo repudiábamos. Si querías ver pornografía a él debías acercarte, pero debías soportar todo su rollo maníaco y enfermo. Se rumoreaba que sus revistas estaban llenas de semen seco.


            Los padres del Prono sabían la clase de hijo que tenían. Él mismo nos contó que sus padres le habían recogido muchas revistas a lo largo del tiempo. Lo regañaban, pero siempre se las arreglaba para conseguir más revistas y ver más mujeres. Había visto mucha carne impresa en papel, pero nada en la vida real. No le importaba. Era feliz siendo el rey de la pornografía.


            Un día nos invitó a su casa, a su fiesta de cumpleaños. Doce años. No fuimos muchos. Solo los que tuvimos el valor de ir. Gutiérrez no era muy popular. Era popular por sus cochinadas, pero nadie deseaba realmente ser amigo suyo. Yo fui. Y la fiesta estuvo bien. Hubo empanadas y refrescos y vasos de Michael Jackson. Sus padres se comportaron como los padres de cualquier otro niño. Incluso la casa de Gutiérrez era como la de cualquier otro niño. Comimos todas las empanadas y los refrescos en el patio de la casa y su madre puso discos de Michael Jackson mientras comíamos y reíamos y nos burlábamos del profesorado y del alumnado del colegio. El Porno siempre sacaba a tema a una u otra chica y decía todo lo que le gustaría hacerle si pudiera. Incluso hablaba de ese modo de las maestras y hasta de las madres de algunos compañeros. Todos reían de sus ocurrencias. Yo también reía, pero había algo dentro de mí que no empataba. Reía por encajar. Pero temía que el Porno hablase así de mi madre a mis espaldas, o me dolía que hablara así de la madre de un amigo mío. Por cierto, su madre era una mujer muy fea.


            En algún momento Gutiérrez nos sugirió ir a su habitación a jugar Nintendo. Todos nos entusiasmamos. Subimos a su habitación y dejamos todos los platos sucios y los vasos y las empanadas medio mordidas y su madre le gritó que qué haríamos y Gutiérrez le contestó gritando que jugar Nintendo y su madre suspiró y se puso a recoger nuestro reguero.


            Pero el Nintendo no servía. Así que sacó de debajo del colchón unas tres o cuatro revistas y nos dio una a cada uno y dijo vamos a masturbarnos en grupo y todos le gritaron que estaba loco, pero el Porno se sentó en el suelo, se sacó la verga y se puso a masturbarse. Todos reímos. Nadie tomó las revistas. Todos nos quedamos mirando cómo se masturbaba. Él tampoco miraba la revista. Nos miraba a nosotros y a veces cerraba los ojos, los apretaba bien duro, y a veces los abría y volvía a mirarnos a nosotros, su público. Tenía unos huevos bien peludos ya a esa edad. Y de repente se vino. Un chisguete de semen saltó por los aires y casi le cae en el cuerpo a Martínez. Todos rieron. hasta yo reí. Estaba muy nervioso. El porno dijo ahora uno de ustedes, vamos a ver quien llega más lejos su tiro. Adrián se entusiasmó. No lo pensó dos veces. Se sacó el pene y se sentó justo donde se había sentado Gutiérrez y comenzó a masturbarse muy duro. El porno tomó una revista y la hojeó delante de Adrián para excitarlo. Adrián cerraba los ojos y a veces los abría y miraba la revista que el Porno le ponía casi en la cara mientras pasaba las hojas una a una. También abría la boca como un retardado. Y de repente se vino. Caray, fue un salto muy alto pero no llegó más lejos que el de su antecesor. Mal cálculo de la trayectoria del proyectil. Apuntó muy arriba. Enseguida pasó María José. Ya tenía el pito parado para cuando se lo sacó. El Porno le puso otra revista enfrente y pasó las hojas, pero María José le dijo quítate, güey, no necesito eso... y se jaló muy duro y muy rápido y antes de eyacular gritó esta va por tu mamá, Martínez... y todos se carcajearon, nos carcajeamos, y el tiro de María José llegó aún más lejos que el del Porno y todos aplaudimos y chiflamos. Pero Martínez le mentó la madre a María José y se hizo un alboroto de gritos y albures y reclamos. La Señora Gutiérrez tocó la puerta de la habitación. ¿Están bien, chicos? El susto nos quitó las risas. El porno cogió todas las revistas y las guardó debajo de una montaña de ropa sucia. Luego le gritó a su madre que sí, que todo estaba bien. Nosotros le hicimos coro sí, señora, todo bien, gracias...


            Pasaron Benítez y Guzmán. Ninguno superó el récord de María José. Ahora solo faltaba yo. Estaba muy apenado. No era de esos que pueden mostrar sus genitales como si nada. Había evitado las duchas del gimnasio desde que tenía memoria. Pero ya habían pasado todos y yo los había visto y había reído con ellos. No podía echarme para atrás.


            José María notó mi vergüenza y exclamó órale, Luis, ¿vas a pasar o qué? y el Porno la ha de tener chiquita... Todos se carcajearon. Hasta ahora, no voy a mentir, había observado el tamaño de mis compañeros y lo había comparado con el mío. Me bajé los pantalones y asomó mi pequeño ratoncito. Tímido y ensimismado. Recogido en su vergüenza, apenas pasaba de los cinco centímetros. Eso bastó para que María José gritara que sí, que sí lo tenía chiquito. Las risas fueron imparables. Yo moría de pena. Intenté, mientras ellos se revolcaban, literalmente, de risa, menearme el pito y levantarlo, porque estaba seguro de que una vez parado era igual al de ellos, e incluso más grande que el de Adrían. Pero las burlas me cohibieron y no pude levantarme como un hombre. Lo que generó más burlas. No se le para!!!, exclamó Martínez.


            El estropicio hizo que la señora Gutiérrez volviera a preguntarse si estábamos bien. Esta vez irrumpió en la habitación sin avisar. Me encontró de rodillas, con los pantalones y los calzones abajo, mostrando mi cosita, y a todos ellos muertos de risa, tirados en el suelo, cogiéndose los estómagos. Ella también rió. Se sonrojó. Cuando pudo, dijo ¿pero qué haces, Luisito? No supe qué decir. Me cubrí tan rápido como puede y salí de la habitación corriendo. Me metí al baño y lloré.


            La señora Gutiérrez llamó a mi madre por teléfono y mis padres vinieron a recogerme en nuestro coche. La señora Gutiérrez no dijo nada sobre el incidente. Durante el tiempo que tardaron mis padres en venir, ninguno de mis amigos bajó a ver qué me pasaba. Esperé en la sala, sentado en el sillón más grande, comiendo una empanada de atún. Pude escucharlos reír allá arriba, en el cuarto de Gutiérrez. Seguro lo hacían de mí. Mis padres me llevaron a casa. Les mentí que me dolió el estómago y por eso quería irme antes de la fiesta.



            Luego, el lunes, al llegar al colegio, lo primero que hicieron mis amigos fue recibirme con burlas. Desde entonces no dejaron de burlarse de mí. Me apodaron el chiquilín. Y yo maldije la hora en que acepté ir a la fiesta de Gutiérrez.  






jueves, 21 de abril de 2016

El cuerpo que busca la bala. Parte II

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.



El gordo Martín no se marchó y, al igual que Gutiérrez antes de la pelea, le aconsejó:

- Le tiras y corre, no dejes que te agarré. Si se mama primero que tú puede que tengas un chance.-

- Le tiro y corro.-Afirmó, inseguro de la estrategia. Juan era fuerza bruta, tenía un historial extenso. Su última víctima; el chico de 6to, ni se le acerca, algunos decían que se orinó en los pantalones después de que Juan le reventó la nariz a puñetazos, ycuando se cayó, Juan lo pateó hasta el cansancio, también que el de 6to y que lloró, y hasta fue a la dirección a denunciarlo, pero se arrepintió luego de que Juan le mostrara el puño. Todas esas historias salieron a la luz después, y sólo después, de que él lo llamara “Güevon” frente a la mitad de la escuela y todos se burlaran del que sería su verdugo. Saltó Jesús leal, uno de la Sección “B” que, aun conociendo el historial de su compañero de aula, le apostaba al valiente y le entregó dos piedras. Dijo:

- Aprieta los puños.- Él los apretó. Jesús lo miró y agregó:

- ¿Ves? ¿Notas la diferencia?-

- Si aprietas las piedras tendrás más fuerza, pero no las sueltes. Y no digas que te las di yo.-

 De allí que salió el enano Antonio y agregó:

- Mejor le das en las bolas. – Una jugada sucia, la peor de todas, pero válida. También estaba agarrar un tubo o palo o lo que sea.  Entonces fue a buscar un tubo, encontró uno de plástico en uno de los baños. Práctico los golpes y las formas en la que lo usaría – al estilo ninja que vio en una película-. De regreso lo esperaba el grupo que lo apoyaba, todos bajo el yugo del tirano que llamabanJuan.

- Has lo que te digo, si se mama primero tienes un chance. Lo vi en una película.-

- ¿En cuál? Mentiroso.- Preguntó Antonio.

- En la de un boxeador; el ruso le dio y le dio, después, cuando estaba cansado, el otro le cayó y cuando lo iba a rematar se paró porque no era malo. – Entonces el tema de conversación no sería la estrategia a seguir, sino la batalla campal, y ficticia, entre dos boxeadoresen una película de los 90 pero que la televisión aún transmitía una y otra vez. Él se apartó del grupo y buscó el lugar en donde se realizaría la batalla, esperaría a Juan sobre un terroncito de tierra ya que había leído en un libro de historia que los ejércitos siempre buscaban una posición favorable en el terreno. Entonces él examinó todos los lugares y, después de evaluar todas las posibilidades, se decantó poruno “alto” que le permitía llegar al rostro de Juan; si lograba que se acercara, él con un brinquito y empuñando fuertemente las piedras, podía asentarle un golpe y hasta tumbarlo. Pero no se confió, si ese plan fallaba y no lo tumbaba estaba una zanja que estaba cerca; podía agarrar un poquito de charco y empatucarle la cara, entonces quedaría ciego y él podría caerle a piña hasta que pidiera perdón. Y si eso fallaba, estaba el tubito de plástico para defenderse como el ninja que vio en televisión. El último recurso, el botón de emergencia, sería patearle las bolas y correr. No había más nada qué hacer, limpió el terreno para que Juan no tuviese oportunidad de tomar una piedra o lo que fuese, ya con su tamaño tenía suficiente ventaja y si llegaba a agarrar un palo o una piedra sería su fin. La batalla se planteaba similar a la de David contra Goliat, sólo que por alguna razón ya Dios no se metía en los asuntos de los hombres y menos en el de las escuelas primarias. Después de ordenar sus ideas y llenarse de valor, se le apareció Jesús y le dijo:

- Ya sabes cómo es, uno contra uno y nadie se mete. Si alguien se mete, nos metemos nosotros a ayudarte.- 

Existían un cúmulo de leyes no escritas y respetadas, algunos dicen que en las peleas callejeras se vale todo y no siempre es así. Él estaba dispuesto a quebrar algunas de ellas, al fin y al cabo Juan era mucho más grande que él.Anduvieron hablando y escuchó varios consejos, al medio día ya todo estaba listo, lo que se debía hacer se hizo, y sin embargo, se encaminaba directo al Iceberg a máxima velocidad.




Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

domingo, 10 de abril de 2016

La periodista de Cultura Colectiva.





Una tarde conocí a una muchacha hipster. Estaba de pie frente a una galería de arte en la calle de Chiapas. La galería era Cultura Colectiva. Yo salía de la plaza comercial luego de haberme emborrachado en bar de Sanborns, como cada tarde. Lo primero que vi fue su espalda hipster, con su ropa hipster y su peinado hipster. Luego volteó y pude ver toda su cara hipster. Y sería una chica muy bonita, de no ser porque era muy hipster y eso le quitaba autenticidad, fuego interno, alma, o como se llame. Me miró y le sonreí. Ella no me sonrió. Eso sería muy poco hipster: sonreírle a un borracho de plaza comercial, no hipster. Pero me acerqué aún más a ella y no pudo evitarlo. Tuvo que entablar conversación conmigo. Se quedó de pie, en sus zapatos de plataforma hipster, y me escuchó decirle buenas tardes, ¿es usted Claudia Taboada, la periodista de Cultura Colectiva?

            Oh, oh, oh, bueno, yo sabía quién era ella porque hace tiempo envié una copia de mi último libro a esa periodista, aunque no sabía que era una hipster, eh. había reconocido su cara a pesar de que la fotografía que vagaba por Internet de ella no era tan... hipster. Y ella dijo oh, sí, sí, ¿y usted quién es? Soy Martin Petrozza, le respondí. La miré de arriba abajo, saboreando sus carnes, y exclamó ¡oh, sí, es usted! ¿Pudo leer mi libro?, pregunté. Se sonrojó. Oh, lo siento, aún no lo termino... pero... en cuanto lo haga... Su mirada buscaba una salida. La interrumpí: no importa, no lo termine, sólo dígame si publicará el artículo sobre mi libro; puedo enviárselo yo mismo. Usted sólo deberá firmarlo. Me miró atónita. Eso debió parecerle muy poco ético y muy poco hipster. Si quiere, se lo envió por correo postal, escrito a mano con pluma fuente, eh, quizá eso vaya más con... mmm... ¿usted? No supo qué responder. Da igual, es una broma, no se lo tome personal, es solo que vivo aquí a tres cuadras  y... hay mucha gente así por aquí, usted sabe, y bueno... no es muy cómodo para nosotros los... ya cansa… me interrumpió: oiga, dijo, me tengo que ir. En cuanto tenga el artículo sobre su libro se lo mandaré a través de Cultura Colectiva. Y yo oh, qué amable de su parte, eh... comenzó a caminar. La seguí. En serio, qué amabilidad, espero no ser muy incómodo para usted, pero he leído sus artículos y me gustan mucho, ¿sabe? No se detuvo. Caminé atrás de ella, casi alcanzándola. Como quien dice no puedo quedarme sin un Taboada, ¿no? Es importante para mí... En la esquina de Manzanillo se detuvo. Sí, mucha gracia por sus... ¿elogios?, me dijo. La miré directo a los ojos: oiga, usted me gusta, eso es todo, ¿okey? Se sonrojó en serio. Era una cara chapeada muy bonita, detrás de un maquillaje muy hipster.

            Y de pronto, comenzó a llover.
           
            Nos refugiamos debajo del techo del Extra. Bueno, le dije, no puede decirse que Dios no está de mi lado esta tarde, ¿no? Y ella, asustada, se sobó los brazos con las manos y me dijo ¿qué quiere de mí? y yo bueno, nada. Me gustaría conocerte, salir contigo... Me miró con una mirada hiperhipster y me dio un rotundohiperhipster NO. ¿Es por mi ropa?, pregunté mirándome la ropa. Tardó en contestar. La gente comenzó a amontonarse junto a nosotros. No, no es eso, contestó al fin. Bueno, ¿entonces por qué? La pobre chica sonrió, casi se rió, y dijo no lo sé, es tu actitud. Ah, bueno, respondí, eso se puede cambiar cualquier día. No siempre soy así, eh. Solo que ahora ya estoy bebido y no me puedo controlar... y ella no, no te justifiques, es igual, no importa lo que hagas, tengo novio de todos modos. Oh, no iba a dejar que me juagara tan chueco. No tienes novio, no te hagas, le dije. ¿Y tú cómo sabes?, preguntó casi en un susurro. La gente podía oír nuestra conversación. En casi un susurro le contesté he entrado a tu Facebook, el de lollipop666, no tienes novio y lo sé, entro seguido. Otra vez se sonrojó. Bueno, me defendí, Facebook es una cosa libre, puedo entrar si quiero, no es acoso, eh. Está bien, me dijo, tú no tienes la culpa, yo soy la única culpable de lo que publico en Facebook, pero... es esa actitud por la que no quiero salir contigo, ¿ves? Silencio. ¿Y si fuera hipster saldrías conmigo? Silencio. Yo no soy hipster. Silencio. Sí lo eres, no te hagas. Silencio. Bueno, y si lo fuera, ¿qué? Silencio. La lluvia arreció. Ya casi no podíamos escucharnos. ¡Pues nada, pero no lo niegues! Trueno. ¡Bueno, sí soy un poco, ¿y qué?! Silencio. Lluvia. ¡Pues nada, está bien, no me importa cómo seas, yo solo quiero salir contigo y conocerte, saber quién eres en realidad! La gente llegó a ser tanta que casi nos sacan de debajo del techo. Le dije oye, ya, no te hagas la difícil, está lloviendo y nos vamos a mojar. ¿Quieres una cerveza en bar de Sanborns? Yo invito. Lo pensó unos segundos. No, gracias. Entonces sentí repulsión por su vida hipster y le dije tú te lo pierdes. Y me eché a correr a la otra acera. Me eché a correr por debajo de los techos, como rata mojada, hasta la entrada a Sears.

            En la mesa del bar del Sanborns sentí arrepentimiento. No debí dejarla, me dije, sólo es una chica hipster asustada. Además es muy bonita.

            La busqué en el chat de Facebook de mi celular. Ahí estaba, ja. Le escribí: oye, ya, ven al bar de Sanborns. Hay caldo de camarón calientito. Ordené dos cervezas Tecate. Bebí media cerveza y medio caldo de camarón. Abrí el chat otra vez. No había contestado. Le puse: prometo ya no molestarte con que me gustas y eso, sólo ven por amor a Dios porque afuera está lloviendo y te puedes enfermar. No contestó. ¡Ah, qué la atropellen!, pensé. Y pensé en el encabezado: CONDUCTOR BORRACHO DE METROBÚS ATROPELLA A JOVENCITA SOBRIA HIPSTER AL CRUZAR INSURGENTES. Jajajajaja.
           
            Vi una sombra entrar al bar. Luego una silueta. Era ella. Venía toda mojada. Estás hecha una sopa hipster, le dije cuando estuvo a mi mesa. Sonrió. Ya, no soy hipster, dijo mientras se quitaba sus anteojos hipster y los secaba con una servilleta y se los volvía a poner. Dios mío, era muy bonita de verdad. Tenía una cabellera espesa, negra y pesada, una piel blanca y rosada, y esa ropita de niña rica de los sesenta o setenta. Parecía una muñeca embrujada de 1966. Había algo en ella que me excitaba. Y le dije oye, te pediré un caldo de camarón y una cerveza Tecate. Y ella Tecate no, pide Barbière. Miré la carta. Oh, no, nada de cerveza hipster. Suspiró. Pide Victoria. Y eso hice, y ella pudo comer y beber y contarme que tenía veintiún años, vivía en la colonia Portales, era estudiante de periodismo en la SOGEM y trabajaba como becaria en Cultura Colectiva. Pero todo eso yo ya lo sabía, jejeje. Y yo le dije que era un escritor fracasado de veintisiete años, sin empleo y medio casado con una chica que levanté aquí mismo, en la colonia Roma, pero que no era hipster, aunque reciclaba PET y no comía carne roja. Yo trato de no comer carne roja, dijo, y yo sí, ya lo sé, está de moda, ¿no? y ella salió con todo un cuento chino sobre la matanza y la producción masiva de carne y el sufrimiento de los animales y las virtudes de la soya. Ya casi me arrepiento de haberla invitado, eh. Pero cruzó las piernas y pude ver sus piernas y me dije: se paciente, amigo mío, se paciente como el pescador que pescó estos camarones para tu caldo de camarón y pronto podrás estarte chupando esas piernitas ricas en otro caldo.

            Bueno, me dijo de repente, háblame sobre tu libro. Y yo er, sí, bueno, es un libro de cuentos, de relatos, sobre... cosas que me pasan en la vida real, creo, y... y por dentro pensaba: ay, olvida el libro, lo único que quiero es acostarme contigo, muñeca, aunque tenga que decirte que tus artículos son buenísimos y me muero por uno... bueno, mejor lo lees y me dices, ¿no? Y ella oh, ya lo leí, la verdad es que ya lo leí. Joder, eso sí me asombró. ¿Y bien?, pregunté casi apenado. Es bueno, pero muy vulgar, sentenció, así, sin lubricarme. Oh, sí, sí, dije, eso me han dicho, eh... Pero voy a hacer el artículo, interrumpió, lo haré este fin de semana y lo enviaré a Cultura Colectiva para que lo publiquen, ¿okey? y yo dije okey.

            Sólo tomó dos cervezas. No quiso ni una más. Supongo que no deseaba emborracharse delante de mí.

            La acompañé a la salida. Ya no llovía. Pudo irse caminando al metro Insurgentes. 

          Yo me fui a casa a echarme, a esperar a mi mujer y a masturbarme pensando en Claudia y en cómo sería hacer el amor hipster.

            Y el artículo nunca llegó.
           
            Y me bloqueó de Facebook.


            Eso fue mi relación hipster con la reportera hipster de Cultura Colectiva.



jueves, 7 de abril de 2016

No esperes que la luna vaya a escucharte si le aúllas como un gato.

Texto por: Alberto Blazquez


Acabábamos de “hacer el amor” y ya volvía a odiarla con toda mi alma. Tras mi última embestida y sin esperar a que llegase a sacársela, se había quedado quieta, con los ojos cerrados y una extraña sonrisa en sus labios enrojecidos. Ahora escuchaba su respiración pausada. El mero hecho de tenerla allí dormida a mi lado me producía nauseas. La odiaba. Hasta la última fibra de mi ser odiaba ese cuerpo, esa mente, esa voz… todo lo que suponía.

Me incorporé y me senté en la cama. Mientras liaba un cigarrillo observé su pecho subir y bajar lentamente, al ritmo de su respiración. Fumé fijándome en sus pezones, los cuales había mordido miles de veces y sentí deseos de volver a hacerlo. Respiré hondo, embriagado por el ambiente. Apestaba a sexo, tabaco, sudor y odio. Cuando el odio se vuelve tan intenso que no lo puedes ocultar también puede olerse.

Sonó mi teléfono móvil. Lo dejé sonar durante unos veinte segundos con la intención de que el sonido la despertase, no por sentir necesidad de hablar con ella o algo por el estilo, más bien solo por joderla, pero no se movió de su posición. Deseé que hubiese muerto. Me levanté y cogí el teléfono, ya que su sonido me estaba desquiciando.

 – ¿Si? – pregunté, sin mirar siquiera el nombre del contacto que me llamaba.

 – Pedro, – contestó la voz de mi encargado al otro lado del teléfono, – hay demasiada mercancía hoy. Tienes que entrar antes para ayudar a cargar.

Diez segundos de silencio.

– Pedro, ¿estás ahí? – se impacientó el desgraciado.

– Sí, estoy “ahí”. En veinte minutos llegaré.

Colgué el teléfono antes de que me diese las gracias, porque sabía que no iba a hacerlo, y me puse a liar otro cigarro, con calma. Estaba harto de ese bastardo. Siempre había mucho trabajo, pero el sueldo era igual. Con gusto podría hacerlo él todo, no pensaba ir cuatro horas antes a trabajar. Lo acababa de decidir. Podía esperar sentado.

Subí la persiana haciendo el máximo ruido posible al tirar de la cinta con la intención de putear a esa desgracia que dormía en la cama, y salí de la habitación dando un portazo. Esperé tras la puerta en silencio para ver si se había despertado, pero no escuché ningún movimiento. Ya se había acostumbrado. Al fin y al cabo, tenía suerte, yo también pensé durante muchos años que podría acostumbrarme, pero jamás llegué a conseguirlo. Durante otra serie de días interminables probé a ignorarla, pero, qué va, me resultaba imposible. Ahora me dedicaba a envenenarme pensando cuanto la odiaba a cada momento. Solo con imaginar su nombre sentía rabia.

Vagué por el pasillo, sorteando bártulos abandonados que nadie se molestaba nunca en recoger y me encontré con nuestro gato, Apollo Creed. En su día se dedicaba a marcar continuamente mi cara con su pata, de ahí su nombre, pero ahora recorría la casa en la penumbra, buscando comida donde podía. Solía comer todo tipo de mierda y enfermaba a menudo. Se encontraba andando a trompicones mientras tosía, preso de arcadas enloquecidas. Bajó la cabeza y vomitó. Le observé, aún desnudo. Se estaba reponiendo de la vomitona y reparó en el charco que había generado su estómago, lo olfateó y comenzó a lamerlo. Le aparté con el pie de mi camino, no soportaba a ese gato.

Me puse una camiseta que encontré por el pasillo y unos vaqueros manchados que recogí de lo que en otros tiempos fue un sofá. Ni siquiera me puse calzoncillos. Paré en la entrada de casa y me miré en el espejo del recibidor. Tenía cenizas en el pelo, que empezaba ya a clarear en diversas zonas. La barba había estado creciendo, descuidada, durante un par de días y tenía los ojos enrojecidos y acuosos. Sentí asco. Sabía perfectamente que no la odiaba a ella, me odiaba a mí, pero me resultaba más fácil creer que era a la inversa. Aticé un golpe al espejo con el reverso de la mano, tratando de borrar ese esperpento que estaba en el espejo, pero solo conseguí hacerme daño en la mano.

Salí de casa y dejé que la luz de la luna me acariciase la cara. Me sentía realmente enfermo. Llevaba treinta y ocho horas sin comer, casi cuarenta y ocho sin dormir y sabe Dios cuanto tiempo sin cagar. Solo con pensarlo empecé a sudar frío. No es que el sudor estuviese frío, es que estaba irradiando frío. No comprendía como se me podía poner dura aún, pero esa hija de puta siempre lo había conseguido. Era el pegamento de la cohesión del “ambiente hogareño”, follar. Era lo que impedía que diésemos rienda suelta al asco que nos teníamos el uno al otro, y acabásemos por matarnos entre nosotros, llevándonos por delante a ese asqueroso gato.

Todavía no había salido el sol, y la luna se reía de mí desde el cielo. ¿Qué hora podría ser?, ¿las cuatro de la mañana? Que importaba. Pensé en mi jefe. Hacía falta ser muy despreciable para llamar a una persona a las cuatro de la mañana para que entre a trabajar. ¿Qué necesidad había de interrumpir el sueño de alguien, para tratar de que se arrastre a un sitio que detesta, para hacer algo que detesta, con gente que detesta, bajo las ordenes de alguien que detesta? Era de locos. Mi jefe estaba loco. Y yo también.

Me crucé con un hombrecillo que caminaba con calma, pero con energía. Silbaba con alegría una melodía de un anuncio, y eso me irritó. La luna se reflejaba en su rostro, burlona. “Silba, silba”, pensé, “la luna se ríe de ti, de mí, de mi jefe, del tuyo y de todos”. Pasó por mi lado, ajeno a mis pensamientos y dejó un regusto a colonia que me revolvió el estómago. No pude resistirlo más, me sentéy luché contra las náuseas. Conseguí dominarlas porque no tenía nada que vomitar dentro de mí, y me dediqué a dejar pasar la madrugada.

Sentado en el banco observé un gato callejero. Me recordaba al mío, blanco y con manchas negras. Le odié a él también. Había estado allí todo el tiempo, maullando hacia el cielo, pero simplemente no había reparado en su presencia. Me levanté despacio para no espantarlo, y me armé con un adoquín que reposaba cerca del banco. El gato fijó sus ojos nocturnos en mí, y durante todo el proceso me observó con atención, listo para correr cuando fuese preciso. Apreté el adoquín en mi mano. Me hice daño al clavarle las uñas y, mientras una de ellas se rompía en tres trozos, pensé en ella, pensé en mí, pensé en mi jefe, en el señor que silbaba, en mi gato, en todos los gatos que maúllan a la luna pensado que van a ser escuchados y en todas las personas que aúllan como gatos. Temblé de rabia y frío y, con un certero lanzamiento, el adoquín voló hacia el gato, que se lanzó contra unos arbustos buscando refugio. Fue rápido, pero le había sorprendido. La pedrada llegó a golpearle en los cuartos traseros, pero consiguió penetrar en los arbustos con un maullido sobrenatural impregnado de dolor.

Y todo en menos de tres putos segundos.

La adrenalina se mezcló con el dolor febril que me recorría el cuerpo, y corrí hasta los arbustos chillando el nombre de mi gato, mientras le retaba a ser valiente y a salir. Viendo que no atendía a mis demandas, removí los arbustos con un palo y los pateé hasta que fui consciente que los arbustos se lo habían tragado ya, les pertenecía.

Vagué por las calles sin rumbo. Solo necesitaba calma. La vida me había derrotado. Y yo lo sabía. Eso era todo, no había que pensarlo más. Me habían hecho papilla. Nunca se es tan fuerte como te hacen creer, como mucho puedes elegir de qué manera morir de hambre, si eres afortunado.

Un murmullo vetado interrumpió mi paseo. Eso me molestó profundamente. Busqué al responsable con la mirada y lo encontré. La ventana de un bajo estaba iluminada y podía escucharse dentro el relato monótono de un televisor. Ese hombre estaba chiflado. ¿Ver la tele a las cinco y media de la mañana? Tenía que darle un escarmiento. Eran ese tipo de despojos los que contaminaban las sociedades de bien. Me acerqué decidido a la ventana, que, aunque parezca mentira, no tenía barrotes ni ninguna protección contra vándalos justicieros como yo, o como los adolescentes del barrio que aún son felices y están en edad de decidir en qué malgastar su vida. Aporreé el cristal con la mano cada vez más fuerte y pronto una cara regordeta y enrojecida por la rabia se asomó, lanzando juramentos que jamás había oído en toda mi vida. Resultaban ingeniosos. Le asesté un puñetazo en la frente en cuanto abrió la ventana y le grité todo tipo de insultos y palabras soeces. El gordo, asustado, corrió hacia el interior de la vivienda, cerrando la puerta de la estancia. Yo cerré la ventana desde fuera y destrocé el cristal a patadas. Ahora seguro que ponía barrotes.

Satisfecho con mi hazaña, me senté en el bordillo. Me entretuve liando un cigarrillo, con calma, y lo fumé tranquilo mientras pensaba en cuan divertida era la existencia humana. Toda una vida hablando, riendo, andando, meando, cagando, cepillándote los dientes, peinándote el pelo, follando, fumando, escuchando música, trabajando, leyendo… y, ¿para qué?

Unas luces azules me iluminaron el rostro, mientras fumaba mi segundo cigarro. Las luces provenían de un coche, del que dos individuos se bajaron. Otro coche de luces azules se presentó en la escena. Me levanté y caminé hacia ellos. Me hablaban, pero no les escuchaba. Estaba mirando a la luna, que seguía sonriendo desde el cielo. Me sonreía como siempre, burlona, pero la diferencia es que esta vez yo también le sonreía a ella. Porque había conseguido aullar como un maldito humano por fin.






Texto por: Alberto Blazquez


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