domingo, 27 de marzo de 2016

Niña de Casa 2


¡Ay, Laura, Laurita, Laurix Bombiux, chiquita, tiernita, niñita de casa! Ella no tenía la culpa de que yo fuera un majadero y un desgraciado, ¿no? Un coquero medio gay y medio pasado que lo único que deseaba era sentirse un poquito no tan coquero ni tan gay ni tan pasado. Ah, y ni tan calvo. Pero qué le voy a hacer… cuando me da la cruda moral, me da bien fuerte. La enamoré y todo, ja. También es un poco culpa suya, ¿no?, ¿quién le manda ser tan pendeja?


      Bueno, compré mi droga con Alejandro, mi diler de cabecera. Pensé que no lo lograría; no me contestaba el muy chucho, pero al final pude hacerme de mis cositas y olvidarme del mundo. A lo mejor eso es lo que realmente quiero, olvidarme del mundo, salirme, dejarlo, morirme, que me maten, que ya no tenga que ser yo. Bah, eso es el cuento de todos los drogadictos, no el mío. A mí me gusta estar volado y ya, eso es todo. Y cuando me caigo, me voy con Laurita y se me pasa. ¿No les dije ya que soy un desgraciado? Quedé de llamar a Laurix, pero con los primos que me armé, se me olvidó. Y ahí tienen a la pobre de esa mujercita, llamando desesperadamente a ver si no me sentía mal de la gripe esa que le inventé la vez pasada, la vez que hasta me llevó al Star Médica. Ay, mi angelito de la guarda. Todas las mañanas te rezo, pero por las noches, le rezo al diablo. Ay, sí, yo, muy malo, ¿no?


      Escuché que tocaban la puerta, casi la azotaban. Era Laura. Conocía el edificio donde vivía, pero no el departamento. ¿Departamento? Bueno, el cuarto de azotea donde vivía. Debió preguntar a los vecinos. Me encontró en calzones, apestando a mota. De todo eso tengo recuerdos vagos. Recuerdo risas mías, muecas y quejas de ella, decepción, llanto, histeria, enojo, portazo. Esa fue la primera vez que me vio drogado.


      Al día siguiente no la busqué, pero el fin de semana le mandé caritas llorando por Facebook. No las contestó de inmediato. Le mandé más caritas llorando y caritas tristes y caritas con los ojitos en tache, de muerto, pues. Y un gatito que me salió ahí en el chat de celular de Facebook, todo desparramado. Ahí ya contestó. Era Laura, Laurita, Laurix Bombiux, no iba a resistir un gatito despanzurrado, no. Chateamos un rato y acabó por perdonarme. Como estaba abajo, le juré que no lo volvería a hacer, que lo había hecho por primera y única vez, solo para probar qué se sentía. Ja, me lo creyó. ¿A mí? ¿Con esta calvicie y esta cara y esta delgadez?  Quedamos para comer en Don Keso.


      ¿Ya les dije que Laura era muy bonita? Llegó vestida con pantalón de mezclilla, blusa blanca y… sandalias. No puedo resistirme a las sandalias. Soy un fetichista de los pies. Casi me hinco ante ella y le beso los pies y le doy gracias a Dios por haberme puesto a Laura en el camino y juro que no volveré a drogarme nunca. Pero venía con Pancita, el perro ese, el pug horrible y eso me desanimó. No se lo dije. En cuanto la vi venir con esa cosa, la saludé efusivamente, alcé al perrito y lo acaricié y besé y exclamé, ay, qué lindo perrito, que bonito pechocho, qué loco, qué hermoso. Y Laurita rió y sobó la cabeza del perro que tenía yo en brazos y dijo ay, sí, sí, ¿verdad que es un precioso? Y yo sí sí, es un adorable, bla bla bla, y pensando: hazlo por el perdón de Laura, humíllate si es necesario, está preciosa y tiene unos pies deliciosos y si logras cogértela serás muy feliz. Sí, esa fue la vez en que me puse por meta acostarme con Laura. Si lo lograba calmaría mucho mi sed de autoestima.


      Esa tarde fue clave. Comimos pizzas individuales de jamón serrano y coca colas. Yo quería cerveza, pero estaba de caza y debía controlarme. La cosa empeoró más tarde, cuando dieron las cinco. El cielo se nubló y yo, como ovejita condicionada, cada que el sol se metía necesitaba hacer cosas malas. La tarde nublada me hacía cosquillas. Aun que sea una cervecita, pensaba, unas chelas no son malas, pues. No podía arriesgarme. Laura recién me había perdonado. Si le demostraba que además era un borracho incapaz de resistir el vicio, se me acabaría el jueguito. y yo apenas empezaba a jugar.


      Caminamos todo Ámsterdam, para pasear al Pancita ese. Ah, qué bien se siente pasear de la mano de un bomboncito bien, por la Condesa, con tu perrito de moda después de comer en Don Keso, a lo sano, sin prisas, sin maldades. Hasta me lo creí. Por un momento sentí que el aire que me resoplaba en la cara y me alborotaba el poco cabello que me quedaba, era mi aire, mío, dueño del mundo, Don Germán, un señorón con su esposa y su perro y su casa aquí, a unas cuadras, en la mera Condesa. Sí, a eso era adicto. La sensación que Laura provocaba en mí me gustaba tanto como la sensación que provocaba en mí la cocaína. Y Laura detrás del perro, levantando las bolitas de caca que tiraba por el culo, con una bolsa hecha de fécula de maíz para no contaminar con plásticos. Y yo, con mis tenis Nike, mirando a todos del hombro para abajo y sacando mi iphone cada treinta segundos a ver si no había mensajes del trabajo, de la empresa, pues, ya sabes. Supongo que a los treinta y cuatro años esa era más o menos la vida que debería tener, y no la que de verdad tenía: adicto a la coca, a las noches alocadas, a los jotos y las chavas del África. Trabajo: diseñador fri lans. Ingresos mensuales: la caridad de la revista Vice y mis otros clientezuelos menos famosos. Propiedades: mi culo. Posesiones materiales: dos grapitas de coca, un par de churros de marihuana, una lata de cerveza, un condón caduco, cien pesos. Futuro: un día el sida me va alcanzar. O un pasón. O un cuchillo en mis órganos vitales, saliendo del Cabaretito en la zona rosa.


      Bueno, la luna se alzaba y yo me convertía en lobo. Las narices me picaban. Quería mi coquita rica. Mi cerveza. Quería ser el alma de la fiesta en el Fusión. Pero yo, tranquilo, nais, caballeroso, llevé a mi niñita de casa hasta la puerta de su casa, donde la despedí con un besito en los labios y le te quiero mucho, y ella, yo también, Germán, te quiero muchísimo. Laurita entró y yo me quedé ahí, como el payaso que era, mirando la casa que nunca sería mía y a la que no podía entrar porque su madre, nomás de verme la primera vez, me vetó y me odió por manchar el apellido de su familia saliendo con su hija, la princesa. Ufff, no, no, no, me dije, no te hundas en pensamientos deprimentes. Tú eres Germán Acosta, el heterosexual más famoso entre los homosexuales y las locas del Cirquè nuit bar, y me fui aprisa a mi casa a quitarme los Nike y a ponerme zapatos y chaqueta de cuero. Abajo, playera interior, de tirantes. Y me fui de volada al Papi fun bar a tomarme unas chelitas y a levantarme un jotolón, que desde hace tiempo tenía antojo, pues.



2

La segunda vez que Laura me agarró con las manos en la masa, fue un jueves. Le escribí a las tres de la tarde que la extrañaba mucho. Ella contestó que ella también. Le pedí vernos para comer. No pudo, tenía comida familiar en Santa Fe. De verdad la extrañaba. La noche del miércoles me la pasé trabajando y bebiendo hasta las cuatro de la mañana. Metiéndome coca, por supuesto. Y no sé… a las cuatro y cuarto o así, que me da una depresión terrible. Casi lloro, de verdad. No pude dormir. Pensé en mi vida, en mis enemigos, en que no tengo amigos ni perro que me ladre, ni siquiera un pinche pug. Ninguna mujer me ama. Y como no soy gay, gay, ningún hombre me ama tampoco. He caído muy bajo. No creo que lo entiendan. Yo solo quería ser joven un poco más de tiempo. Encima, odiaba mi trabajo. Me metí a eso del diseño y la ilustración digital porque según deja dinero. Mentira. Lo mío lo mío es… Eso también me deprimía. A mi edad aún no sabía para qué había nacido. Nada me satisfizo de chico. No terminé ni la preparatoria. Ninguna carrera me atrajo. Me tentó Comercio Exterior o Derecho, pero, como ni la prepa tenía… Tomé un curso de diseño digital en una escuela patito que pagó mi madre con muchos esfuerzos. No me hagan acordarme de mi madre. Caray. Y así, poco a poco y de curso en curso, de trabajillo en trabajillo, me hice disque diseñador. Pinche revista Vice, con lo que paga no alcanza ni pa droga de la buena. Dormir en un cuarto de azotea me avergüenza. Me llevaba la chingada, pues. Y extrañé a Laurita, tan fresca, tan linda y desinteresada. ¿Qué habrá visto en mí la pobrecita? ojalá yo supiera querer. Ojalá la quisiera un poquito a la pinche Laura pendeja esa, niñita de casa, princesa de mierda, chingao. Ojalá no fuera tan pendeja y pudiera venir a verme y echarse por ahí en el suelo y fumarse un porro y meterse unos lineazos. Ojalá me la mamara en el bañó de África. Ojalá pudiera llevarla al África. Siempre he buscado a una mujer chingona, caray. Una que me diga Germancito, te traje un poquito coca, mi amor. Jajajajajajaja. ¿Pero saben qué? ¿Quién va a querer a una pinche vieja así? Si lo que uno quiere en el fondo es ser un señor decente, un Mister, con una mujer bien, pues, una de apellido bonito, que venga con una buena dote y que herede una casa grande cerca de la playa.


      Ay, ya casi me pierdo. Sí, bueno, esa tarde no puede comer con Laura. Le mandé mensaje a Hugo, un jotolón que conocí el fin de semana pasado, a ver si quería comer conmigo. Aceptó. Quedamos en Plaza la Rosa, en la zona rosa. Me bañé, me perfumé, me puse mis mejores calzones y me fui caminando a ver a ese Hugo. Era un cahparrito querendón, blanco, de cabello castaño y más puto que Ricky Martin. Comimos en el local de Bisquets Obregón. Yo unas enchiladas, él una torta de pavo. Cafés con leche. Bueno, eran las tres y media de la tarde, y ya saben, de día soy un caballero, de noche… nos fuimos a pasear por ahí.


      Acabamos en mi casa. En mi cuarto, okey. Era un mariconsito rico. Me lo chingué tres veces. Me dejo el pito morado. Se la mamé y todo, pero soy activo, eh. Solo me echo una pinga a la boca de vez en cuando.


      Y sí, carajo, esa Laura tenía la costumbre de llegar de sorpresa. Se daba muchas libertades. ¿Es que no tenía amigos? Está bien que le haya mostrado interés, pero ya debía saber que las noches eran para mí, no para ella. Mis noches. Para mí. En el día y por la tarde, lo que quisiera. Hasta a la iglesia iba si me lo pedía, a pasear al pug, a caminar de la manita en Parque España, a comer helados a Roxy, hasta a la primera comunión de su sobrino… pero las noches. No era tan noche, tampoco. ¿Las siete de la tarde? Supongo, porque Laura tenía prohibido salir después de las diez adonde sea. Y llegó. Tocó la puerta de mi cuartucho. Hugo no se asustó, era un descarado, yo era el closetero. Pero estaba medio drogado, así que ni me acordaba de Laura. Abrí como si tal cosa. Y Laura ahí, asomándose y viéndolo todo (basta una mirada para recorrer todo el cuarto). ¿Qué vio? A mí en calzones, en primer lugar. A Hugo desparramado en la cama, desnudo, con la verga bien parada y ensalivada. Sobre la mesilla, dos grapas de coca abiertas, un poquito de marihuana en una bolsita. Seis latas de cerveza vacías pegadas a la pared. Mucho humo de cigarro.


      Dio media vuelta y salió corriendo. No dijo ni pio. Y Hugo, desde la cama, con voz de puto ¿quién era esa, tú?, y yo nadie, nadie, no te apures y por dentro pinche Laura pendeja, ya no me va hablar, ya valió madre, ya la cagué gacho, pinche inmoral, pinche medio puto culero, pinche Germán, por eso no te vas a casar nunca ni vas a tener hijos ni familia ni casa ni nada bueno en esta vida; me hubiera ido a los baños Finisterre, pendejo de mí. Entré al cuarto, me bajé los calzones y me cogí a Hugo con mucha fuerza e ira.



      De momento, con Hugo, la droga y la cerveza ahí, pude soportarlo. 

      Pero al día siguiente, por la tarde, cuando desperté, me deshice.  






domingo, 13 de marzo de 2016

Helen tenía razón.


le mostré un par de textos míos a helen. helen era estudiante de letras en la universidad. cuando la conocí me dijo que era estudiante de letras y que deseaba escribir. sin embargo, hasta ahora no había escrito nada que se atreviese a mostrar. le dije que era escritor y me pidió que le mostrara algo de mi trabajo. cuando leyó mis textos dijo que eran malos. dijo que yo era demasiado vulgar. yo no dije nada, estaba acostumbrado ese tipo de comentarios.


luego de aquello comenzamos a salir. helen era una chica muy guapa. delgada y con un culo bien firme. suficiente para que yo la deseara. escribí un par de textos a su honor y dijo que no estaban tan mal. aunque supongo que lo dijo porque ella era la protagonista. los textos que le escribí iban sobre lo mucho que la deseaba. eran declaraciones de amor. pero helen lo dejó claro: de amor, nada.

continuamos saliendo un par de meses. nos íbamos de copas y yo no dejaba de insistir. la tomaba de la mano, la abrazaba y le susurraba al oído, me gustas mucho. helen no cedía. estaba bien segura de eso: no iba a costarse conmigo. principalmente porque yo era un borracho, un pobre, y un mal escritor. si a helen se le hubiese acercado faulkner, no lo hubiese dudado. era amante de william faulkner.


¿sabes lo que dijo que faulkner de hemingway?, le pregunté en alguna ocasión. estaba harto de que se pensara que faulkner era dios. ¿qué dijo?, preguntó sin demasiado interés. bueno dije, pues el señor faulkner dijo: que no había sido “nunca conocido por usar una palabra que remitiese al lector a un diccionario” ¡eso es verdad!, exclamó helen. ya, dije, pero… ¿sabes qué le contestó hemingway? le contestó: “pobre faulkner, ¿de verdad cree que las grandes emociones las provocan las grandes palabras?” helen enmudeció un par de segundos y luego se soltó con una apología de faulkner que carecía de todo sentido. entonces yo supe que jamás amaría a helen. lo que no significa que no la deseara. incluso comencé a desearla más que nunca. acostarme con ella era una obsesión.


helen y yo mantuvimos una relación oscura. salíamos, bebíamos, conversábamos. discutíamos sobre literatura. reíamos. incluso llegamos a besarnos, pero nunca más de cinco segundos. llegué a pensar que algún día pasaría… pero nunca pasó. helen se mostraba tajante en su decisión. incluso llegó a tratarme como a un payaso. salía conmigo cuando no tenía con quien salir, y yo pagaba sus cuentas, y le escribía poemas, y me enteraba que se había acostado con tal o con cual, a la primera cita. la situación se estaba volviendo injusta y tormentosa. a cada chismorreo de su promiscuidad yo me preguntaba qué estoy haciendo mal? helen tenía diecinueve años y yo veintiséis. siete años menor a mí. distancia suficiente para que yo me obsesionara.

llegué a gritarle a helen. luego de alguna borrachera, ya no podía más. le gritaba que era una maldita zorra de mierda y que no me parecía la manera en que jugaba conmigo. helen lloraba. decía que yo era injusto, que no estaba jugando conmigo y que yo era un hijo de puta. probablemente tenía razón. aun así yo tenía el sentimiento de que ella no jugaba limpio. al mismo tiempo me dejaba siempre con un mal sabor de boca: el sentimiento de culpabilidad y arrepentimiento. cuando… vamos, ella se reía por dentro.

pasados los primeros dos meses dejé de frecuentar a helen. podía meterse sus opiniones de mí por el culo. no iba a dejar de escribir ni a dejar de beber por ella. después de todo ella era estudiante de letras, y yo era un escritor. un escritor escribe, no hay que darle más vueltas. bien o mal, pero escribe. y ella, con su licenciatura, no había escrito una sola línea de la que no se avergonzara.


fue la última riña con helen. discutimos por la tarde sobre el uso del guión largo en los diálogos de una narración. yo no era partidario de usar el guión largo, y ella… bueno… sus maestros le habían dicho que se debe usar el guión largo. ya, le dije, pero tus maestros nos son escritores, tus maestros son algo así como tú: gente que piensa que las escuelas se puede enseñar a escribir. pero nadie puede enseñarte a escribir. el que nace para escribir, escribe. es todo. y además, le dije, me sorprende que no lo sepas: una de las facultades del escritor, y su deber, es dinamitar el lenguaje; llevar el idioma por lugares insospechados, y no detenerse por lo que un grupo de buitres puedan decir.


helen no quiso saber más de mí. le dolió la parte donde le auguraba un futuro de crítica del arte o de maestra de literatura.

2

entonces conocí a lucía. estudiaba en la misma universidad que helen; creo que eran amigas. no muy cercanas, pero algo se conocían. comencé a salir con lucía, que incluso era algo más guapa que helen. le mostré mis textos y dijo que estaban llenos de magia. dijo que no podía parar de leer luego de haber comenzado. dijo que yo sería un gran escritor si me lo proponía. lucía tenía veintiún años. no estaba mal. por aquel entonces busca a mi lolita. y veintiún años no estaban nada mal. podías oler la juventud en cada sonrisa suya.

a diferencia de helen, lucía no se hizo del rogar. le escribí un par de cuentos y se entusiasmó. me presentó a sus amigos. comenzamos a salir tomados de la mano. nos íbamos de copas y lo pasábamos en grande. visitábamos algunos museos y a veces mirábamos películas en la cineteca.

sin embargo helen me seguía poniendo a tope. en ocasiones le llamaba y la invitaba a salir. me rechazaba. esto, contrario a alejarme de ella, hacía que la deseara con más fuerza. y la buena de lucía estaba allí, esperando dentro de algún bar mientras yo salía, ebrio, a telefonear a helen. a decirle que por amor a dios me gustaría verla una vez más. luego regresaba con lucía, desanimado, y ella me besaba y me sonreía y me decía que mi último texto era un bombazo. la compadecía en silencio.

sin embargo, continuamos saliendo. helen se enteró de nuestra relación. dijo que le importaba bien poco. que yo podía hacer lo que me viniera en gana. creo que fue allí donde me olvidé de helen. ya podían darle por culo.

3

con lucía de mi lado, con su juventud, y con toda su confianza depositada en mi literatura, comencé a mandar textos a las revistas. fueron muchos los que rechazaron pero al final aceptaron algunos. los publicaban revistas latinoamericanas de bajo presupuesto. pocas eran las veces que pagaban, pero ya era algo. sólo un par me enviaron ejemplares. las demás no tenían presupuesto para pagar los envíos.

pero una cosa lleva a la otra, y después de algunos meses, las revistas mexicanas voltearon a verme. me ofrecieron publicar en sus ediciones y lucía estaba vuelta loca. lucía era estudiante de letras, pero no quería ser escritora. lucía era amante de la lectura y eso era todo. que yo me volviera escritor le fascinaba. no era gran cosa. revistas menores. mis publicaciones compartían lugar con escritores que no sabían tildar las palabras, o que se creían que escribir dos textos les hacía merecedores del premio nobel.

fue un ejemplar de la revista niebla el que cayó en manos de helen. niebla era una publicación bimestral editada por estudiantes de la universidad. era una publicación nueva; nunca dejó de serlo. apenas salieron cuatro tomos de la revista, y luego, sencillamente, desapareció.

el caso es que el director de niebla, quien me contactó y me invitó a participar, era amigo de helen. fue él quien dejó caer sobre la mesa de la biblioteca el ejemplar donde se anunciaba en letras de molde, y de gran tamaño, que dentro venía un texto del escritor martin petrozza, una joya del relato corto en lengua hispana.


cuando helen lo miró ocurrió algo. algo dentro de la cabeza de esa mujer, que estaba loca, y que era una engreída y se pensaba que yo no era suficientemente bueno para acostarse conmigo, ni para escribir. sabes?, yo salía con martin petrozza, le susurró a francisco, el director de la revista. enserio?, ¡qué bien!, exclamó éste. helen asintió con la cabeza y ya no dijo nada más.


recibí la llamada a eso de las once del día. yo estaba en cama. lucía estaba a mi lado, dormida, y el teléfono sonó taladrándome el celebro. la noche anterior habíamos bebido. lucía estaba tan cansada que ni siquiera se enteró. cogí el teléfono del buró, y dije: sí, bueno?

era helen. me saludó con mucho ánimo. espero no interrumpir nada, dijo. luego hubo un silencio. tuve que hacer un esfuerzo para digerir la información. helen, sí. la bella, joven y sensual helen. la estudiante de letras. aquella que me llamó hijo de puta y que me rechazó hasta el hartazgo. helen, sí, dije, no pasa nada; no interrumpes nada. me alegró, dijo ella por el auricular de su teléfono. sonaba realmente entusiasmada. como si hablar conmigo fuera la fuente de toda su felicidad.


comenzó con el rollo de hace mucho que no sé de ti, etc. realmente no lo escuché. la cabeza me estallaba y el ruido de su voz por el auricular detonaba la explosión, así que me alejé el teléfono del oído. de vez en vez lanzaba un o un ajá, pero no prestaba atención. hasta que lo soltó. lo de citarnos y vernos para platicar. le dije que por favor repitiera aquello, por favor. me levanté de la cama. salí de la habitación. antes eché una mirada a lucía. seguía durmiendo como una roca.


4

me encontré con helen en el bar donde nos citamos. no había pasado mucho desde la última vez, a lo más diez meses. helen llegó radiante. iba con una falda corta y una blusa con escote. llevaba el cabello suelto, muy sugestivo. era una espesa cabellera negra, quebrada. todos los hombres del bar la miraron entrar. iba vestida para quela mirasen entra, y salir, y para que la mirasen todo el maldito tiempo.

se sentó a mi mesa y me saludó con un beso en la mejilla, muy cerca de los labios. olía a perfume. no era precisamente la helen a la que yo estaba acostumbrado. incluso llevaba zapatos y no sus viejos tenis. es como si hubiese crecido cinco años en los últimos meses. lucía como una mujer, y no como la niña que era.

lo primero que hizo fue felicitarme por mi texto en la revista niebla. le di las gracias, tratando de pasar a otro asunto, pero dijo que el texto era fabuloso (sic), y que yo era un escritor estupendo (sic). es que acaso se ha olvidado de sus verdaderos pensamientos?, pensé. no me creía que ella pensara eso. principalmente porque tenía razón. yo mismo no me consideraba un buen escritor.

de su bolso sacó un ejemplar de la revista y lo colocó sobre la mesa. allí estaba mi cara en toda la portada. anunciando que martin petrozza era una joya del relato corto en lengua hispana. me parece un detalle, dije, pero no me lo creo. vaya que lo eres, dijo helen, me leído éste texto y todo lo que has publicado recientemente. te lo digo en serio, me dijo bajando la voz y colocando la palma de su mano sobre el dorso de la mía, eres un buen escritor. acto seguido, me guiñó el ojo. estaba claro: ahora yo tenía el control. y todo por una publicación a dos tintas y cinco mil caracteres contados los espacios.

ordenó una cubeta de cervezas y dijo que no me preocupara, que esta vez me invitaba ella. alcé los hombros y dije, bueno. lo segundo que hizo fue contarme qué había sido de su vida. no tardó demasiado. había comenzado un nuevo semestre en la universidad. eso era todo. la vida no le había cambiado demasiado. la escuchaba bebiendo de mi cerveza, despacio, y tratando de no mirarle demasiado las tetas. aunque me daba la impresión de que ella deseaba que yo le mirase las tetas. movía los hombros y con ellos las bolas al hablar, como si bailara merengue. era un movimiento injustificado. de verdad, estaba actuando muy pero que muy raro. no quería mirarla porque de algún modo quería ser fiel a lucía.


lo tercero fue preguntar sobre mi vida. ya, le dije, pues tampoco ha pasado gran cosa. publicaron algunos textos míos en algunas revistas y eso es todo. no es algo para morirse. pero helen pensaba que sí. tenía diecinueve años, supongo que aparte de mí no conocía a nadie más que publicase en latinoamérica, aunque se tratase de revistas y fanzines de la más baja calaña.


finalmente, como si dudase hacerlo, o como si le costase el alma, me preguntó cómo iba con lucía. bueno, le dije, pues voy muy bien. lucía es fantástica. ha creído en mí desde el principio, y es una gran chica. helen bajó la mirada, dijo que estaba segura de ello, que era genial (sic) que yo encontrara a alguien. eso fue lo que dijo, e inmediatamente después levantó su envase de cerveza y me hizo brindar por nuestro reencuentro. no quedaba claro qué clase de reencuentro sería, pero lo mismo brinde, y reí, y me dejé llevar.

5

no puedo creer que le hayamos hecho esto a lucía, susurró helen al lado mío, sobre la cama de un hotel de paso, al día siguiente, al amanecer. de verdad no lo crees?, pregunté sarcástico. las mujeres son así. son capaces de cuestionar las cosas más elementales. todo esto había sido idea suya, un plan maquiavélico salido de sus genitales de mujer, y ahora resulta que no sabe cómo pasó, o cómo pudimos, y no lo puede creer.

tomamos la ducha juntos. por vez primera tenía frente a mí, en la sobriedad, a esa hermosa mujer, y ese hermoso culo respingado al alcance de mis manos. así que lo amasé unos buenos minutos, mientras ella me besaba. no lo podía lo creer, al tiempo que pensaba que no podía ser de otro modo, que helen era mía, había nacido para mí y moriría por mí.

luego de la ducha fuimos a desayunar. helen dijo que conocía un lugar, no muy lejos(estábamos a las afueras del metro hidalgo), y que me invitaría si yo prometía escribir un texto acerca de nosotros. entonces alcé los hombros y dije que contara con eso, y pensé que de algún modo ese sería el texto más caro que había cobrado. un texto por un desayuno en una cafetería elegante, en reforma.

sentados a la mesa del establecimiento elegante, donde nos ordenamos un par de americanos y desayunos de doscientos pesos cada uno, helen me confesó que últimamente había pensado mucho en mí y en todo lo que habíamos vivido juntos. por su puesto estaba exagerando, no habíamos vivido demasiado. apenas dos meses de salir, algunas peleas y una ruptura abrupta. pero helen hablaba como si hubiésemos sido marido y mujer. si ni siquiera querías acostarte conmigo, pensaba yo.

al final me propuso comenzar una relación, algo serio (sic). dijo que no podía sacarme de su cabeza y que yo era todo lo que ella necesitaba. dijo que no volvería a tratarme del modo que lo hizo (claro que sabía lo que había hecho), y que por favor, le diera la oportunidad de demostrarme lo mucho que me quería.

sí, helen, la puta de mierda, que se había acosado con todos menos conmigo, venía ahora, ahora que yo tenía una relación estable y con una mujer maravillosa, que me había impulsado, etc., a decirme que ya estaba bien, que podíamos hacer las paces, recomenzar. y además proponía comenzar desde una relación de pareja. todo porque yo había publicado un texto en una revista de mierda. posiblemente no me quería de verdad a mí. quizá estaba harta de decir a sus amigos, yo solía salir con martin petrozza. quizá alguno de ellos le metió la idea de que si no me tomaba ahora, el día que yo fuese famoso se arrepentiría. quizá todo se trataba del capricho de una niña de diecinueve años. quizá, sí… pero…

6

regresé a casa y le dije a lucía que debíamos hablar. ella sonrió, me abrazó, y sin sospecharlo dijo que sí, que claro. lo dijo de una manera muy cariñosa. dijo que anoche me había extrañado.



entonces tuve que hacer acopio de todo mi valor, o de todo mi cinismo, y darle la notica: lo nuestro se acabó. conocí a otra mujer. ¿qué si es helen? bueno… pues sí, sí, es helen.


quizá helen tenía razón cuando me lo gritó. ya eran dos las que estaban de acuerdo. ¡hijo de puta!, fue lo último que escuché decir a lucía.



jueves, 10 de marzo de 2016

El cuerpo que busca la bala. Parte I

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.


Lo sabía, y todos sus compañeros se lo habían advertido; Juan lo iba a escoñetar, pero él no era ningún marica ni se iba a dejar poner la pata encima, así que en una de esas de bravura y valentía le dijo:

-A la salida te espero.- Y para completar, agregó el peor de los adjetivos: Güevón. Entonces quedó así:

-A la salida te espero, Güevón...-  Y todos abuchearon a Juan, pero el profe estaba por allí cerca, el aludido ni lo miró, sólo esbozó una sonrisa y continuó ensimismado en sus maquinaciones como quien degusta un bistec con nada más olerlo. Él, por su parte, así como el que piensa que una manta le ofrece seguridad ante ese terror oculto que acecha en la oscuridad durante esas interminables noches de infancia llena de crujidos y frío, sonrió. Recibió el apoyo de los presentes, pero el gordo “Puchi”, buen amigo y confidente, le advirtió:

-Coño, no te metas con Juan. Mira que tiene una manopla y puso a uno de 6to a pedirle perdón…y me contaron que hasta le rompió la nariz y todo.-

-Me sabe a mierda.- Lo pensó, dudó y tragó saliva, pero ya era tarde, no había cabida para arrepentimientos; si no era ese el día, sería el siguiente o el de arriba, mejor de una vez para salir de eso porque el daño ya estaba hecho y Juan no era de los que olvidaba, o por lo menos no aparentaba serlo.

Él lo sabía, el gordo “Puchi” también, todos estaban al tanto; sangraría y no sería la nariz como el de 6to, sería peor porque aquel, que también era un duro y tenía una manopla que si bien no era más grande que la de Juan le igualaba en rapidez y dureza, jamás tuvo el descaro de ofenderlo en público, sólo tropezó accidentalmente con él durante el recreo.

- Ese mariscón no sabe con quién se está metiendo.- Agregó, consciente de que se estaba hundiendo cada vez más. El gordo “Puchi”, gracias a su naturaleza perspicaz, dijo:

- Si tú lo dices, pero que conste que te lo advertí.-

- ¿Y no te vas a quedar?-  Lo dijo en un tono sutil, así como cuando un cachorro maúlla por la teta de su madre.

- No, mi mamá me viene a buscar temprano. Pero te puedes venir con nosotros, le digo a mi mamá que te lleve.- El gordo le echó un mordisco al sándwich y una mirada cargada de culpa a su amigo.

- Ni de verga, mal amigo. Jodete, conmigo no cuentes para nada.-

- Que conste que te lo dije…- Agregó “Puchi”.

Entonces él lo esperaría, y solo…

Terminó el recreo, ingresaron al salón de clases. Por suerte Juan pertenecía a la sección “B”, él veía clases en la sección “A” junto a María Elena, Marlín, Gutiérrez, y otros más. Se ubicó en su asiento mientras todos conversaban, caminaban de un lado a otro, lanzaban tizas y reían. Ellos, despreocupados, no llevaban la carga que él sostenía. Al rato, más por el bullicio que por algún interés académico, se apareció la directora y les comunicó que no habría clases; el profe estaba indispuesto. Fue un alivio; salvaguardaría su honor y rostro. Lo único que debía hacer era salir con el resto y marcharse, el día siguiente surgiría otra cosa o, si se quedaba calladito, Juan olvidaría el asunto. Por lo menos eso pensó por unos instantes hasta que lo interceptó Gutiérrez.

- ¿Yqué te vas a dar unos coñazos con Juan?- Él lo escuchó, miró a los lados y por unos segundos estuvo dispuesto a decir:

-Que se joda, no lo voy a esperar hasta el mediodía. Mañana lo agarro.- Pero, durante el casi imperceptible escaneo de quienes le rodeaban, observó a Ligia Elena. Ella llevaba su habitual uniforme: camisa blanca, falda azul, medias blancas hasta las rodillas y zapatos negros. Más allá de todo eso había algo que la separaba del resto, un cintillo rosa anidado en su cabellera castaña; también sus ojos azules, labios y mejillas rosadas y la piel clara, casi pálida.

- Yo no me rajo, voy a coñasear a ese…- Lo gritó, alguien en la sección “B” lo escuchó – además de Ligia Elena - y repitió lo que oyó, pero agregó los adjetivos: Mariscón, perra, güevón, maldito y otros más. Él no se atrevió a negar lo que el otro había dicho, sólo observó el rostro de Juan asomarse por una ventanilla y lo ignoró, más le interesaba la reacción de Ligia Elena pero ella parecía no estar interesada y la vio partir sentado en un banquito de la entrada mientras caían las hojitas del árbol de Apamate a su alrededor. Gutiérrez lo acompañó por unos instantes y le aconsejó:

- Agarras tierra, le echas en la cara, le das unos coñazos y corre, corre tan duro como puedas.-

- Y no te vas a quedar.-

- Ni de verga, me vienen a buscar temprano.- Pero, como buen amigo, se quedó hasta el final. Sin embargo, allí lo entendió, la opción de caerle a Gayapa no era viable – si es que en algún momento lo fue - , casi todos los varones que se aguantaban para una pelea entre los de la sección “A” y “B”, uno a uno, se marcharony sólo quedó un grupito minúsculo de valientes. No lo sabía, pero él era como el cuerpo que busca una bala.



Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.




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