domingo, 28 de febrero de 2016

Una niña de casa.


Está sí es una niña de casa, una niñita bien. La que puede sacarme de la mierda, fue lo que pensé cuando miré a Laura por vez primera, en la heladería. Es lástima que la haya mirado por vez primera con las gafas puestas. La noche anterior me había ido al Cabaretito a bailar con los jotos y a pegarme tiros de coca. Estaba muy jodido esa mañana en Roxy, la heladería de la Condesa. ¿Qué hacía yo en Roxy? Ah, sí. Cuando estoy de bajada me da por hacer las cosas que hace la gente bien, para sentirme menos sucio. Me miro una pelí en el cine, una de moda. Me tomó un café en Punta del cielo. Me compro tenis Nike para correr (no corro, por supuesto). Descargo el último disco de Justin Beiber (y lo pago, joder). Es que… en el fondo no quiero ser un alcohólico pingaloca coquero y divorciado. Tengo treinta y cuatro años. ¿Saben lo que es eso? Sí, lo saben.

      Me acerqué a Laura sigilosamente. Sin demostrar demasiado interés. Era una chica bonita, sí, aunque… faltaba algo, no sé. No podía discutirse que era bonita, no. Lo era. Tendría veintitantos años. Seguramente viviría cerca, a unas cuadras, o en Polanco. Estaba sola, sentada a una mesa alta para dos personas. Comía un helado de vainilla. Leía el último  número de la Cosmopolitan mexicana. Tenía un short de mezclilla y unas piernas largas, torneadas, bronceadas, que terminaban en unos tenis Lacoste blancos. Muy fresca, la Laurita. La saludé. Se extrañó. Salí del paso con un chiste malo, el de la mancha de helado en tu nariz. Sonreí y le dije: tienes una mancha de helado en tu nariz. Cogió una servilleta y se limpió, avergonzada. Miró la servilleta. No había nada. Se limpió otra vez, desesperada. ¿ya?, preguntó casi en un susurro. Me reí y le dije, lo siento, lo siento, era una broma, no tienes nada. Creo que se enfadó. Para contentarla le dije: oye, oye, no te pongas así. Te debo un helado, ¿okey? Sonrió. Di en el clavo. Dijo, casi como una niña: no creerías cuántos helados me puedo comer. Me quité las gafas y me senté en su mesa. Recargué los codos sobre la mesa, sobre la revista, me acerqué mucho a ella. Podría pasarme todo el día mirándote comer helados. Se carcajeó.

      Fue un buen comienzo. Lo bueno de andar abajo es que aflora mi lado bueno. Como decirlo, mi lado más… quiero decir, no pienso en drogarme o emborracharme o meterme con una fulana de algún antro. Lo malo es que me lo creo. Y lo peor: soy capaz de enamorarme de una chica bonita de arraigados principios morales. Soy capaz de ir a misa con ella y arrodillarme ante Dios y rezar el Padre nuestro con los ojos cerrados y con verdadera fe, caray. Soy un asco cuando estoy sobrio y deprimido. Le compré un helado de vainilla a Laura. Compré uno de chocolate para mí. Reímos mucho. Paseamos por el camellón de Mazatlán. Sí, Laura vivía en la Condesa, como supuse. Le pedí su Facebook y me lo dio. Quedé de chatear con ella algún día porque era muy simpática y había disfrutado su compañía. Ella también disfrutó mi compañía. Debía irse porque en media hora saldría con su madre a visitar a una tía en Santa Fe.

Soy de lo peor, se los juro. No es que haya mentido. Pero sabía que al anochecer volvería a beber y a consumir y pensaría de ella que era una niña pendeja, con muchos prejuicios y muy pocas libertades, encerrada en su casa con su mamá y su perrito y sus sueños de princesa. Vivir es embriagarte, meterte coca por las narices y cogerte a una vieja buena del África. Apuesto a que Laura no sería capaz de hacer el amor en el baño de un antro. Quizá ni la chupe.

Como sea. Ya estaba hecho. El bajón había pasado. Me sentía bien. Me había ligado, o por ahí iba, a una chavita bien sin mucha dificultad. Eso siempre te hace sentir mejor. Saber que aún puedes levantarte un coñito sin mucho esfuerzo. Sobre todo si es un coñito de casa. Significa que aún no te ves tan jodido como para que una santurrona se espante contigo. Significa que aún puedes seguir la fiesta sin sentirte culpable. Hay algunos que se conforman con liarse con cualquiera. No tiene sentido. No hay mérito en ligarte a una chica fácil. Mídete con las niñitas de casa. Esas son un logro. Un logro excepcional. Y no porque sean muy inteligentes; por sus prejuicios. Su mundo está lleno de filtros. Para llegar a ellas hay que canonizarse.

2

Busque a Laurix Bombiux en Facebook. No me tardé en encontrarla. Foto de perfil: Laura en la playa, con sus amigas. Pescador y blusa de manga corta. Nada de bikinis. Aún así era muy guapa. Pero había algo… no sé.

Le escribí un saludo. No pensé que contestara tan rápido. Eran las dos de la tarde. Yo apenas me levantaba. Anoche me había desvelado en el Lemon. Necesitaba sacarme la resaca. Las caritas amarillas y los signos de admiración de Laurix Bombiux ayudaron mucho. Me dieron seguridad. Casi estaba seguro que yo le gustaba. No, aún no estaba tan viejo ni tan quemado. Chateamos casi por una hora. Le pregunté de su vida. Me contestó un montón de pendejadas. Por ejemplo, que amaba a su perrito, un horrible pug llamado Pancita y a su mami y a su tía Helena. No era vegetariana, pero evitaba lo más posible la carne roja porque no soportaba pensar en la muerte de las porbrecitas vaquitas. Había donado a Green Peace siete mil pesos los últimos dos meses. Estaba suscrita como donadora. Y yo pensé que nadie era tan imbécil de suscribirse a Green Peace, eh. Su padre se divorció de su madre hace mucho tiempo, no recuerdo cuánto. Ella estudió Psicología en la Ibero, pero nunca había trabajado y… aunque tenía pretensiones de hacerlo, no sé… algo le decía que terminaría heredando. Su sueño era la paz mundial, o algo parecido, pues.

La invité a cenar por la noche, en algún restaurante de la Condesa. Aceptó encantada. Quedamos a las ocho de la noche, después de que paseara al pug en Parque España. Preguntó si me molestaba que lo llevase. Le dije que era alérgico al pelo de perro. No lo soy. No soporto a los perros. En especial a los pugs. Son casi tan horribles como sus dueños.

En el restaurante me contó otro montón de cosas, más o menos igual de cursis que las anteriores. Esta vez casi desespero. Logré mantener la calma. Me repetía en mis adentros constantemente que apenas terminara de cenar, llevaría a Laura a su casa y me iría corriendo al bar de chinos de la glorieta. Probablemente ahí encontrara algún joto cocoquero que pudiera venderme algo. Mientras tanto, reía de cada cosa que me contaba Laura. Ella reía también. Su sonrisa era muy bonita. Sentí orgullo de estar a la mesa de un restaurante elegante con una mujer tan guapa. Iba vestida impecablemente, con zapatillas, vestido y cabello ondulado, suelto. Pensé que me gustaría casarme con una mujer como ella. Entonces le dije: Laura, me gustas. Me gustas mucho. Debo decírtelo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Laura enrojeció. Hace mucho que no miraba enrojecer a una mujer. Todas las mujeres que frecuento dejaron de enrojecer hace mucho tiempo. Son unas putas descaradas. Si les salgo con el cuento de me gustas mucho, seguro me mandan al cuerno. Son capaces de acostarse con desconocidos sin necesidad de flirteo verbal. Confesó encontrarme atractivo, pero no quería darse prisas. Necesitaba salir conmigo algunos meses, conocerme, darse tiempo para saber si realmente deseaba estar conmigo, establecer una relación formal, casarnos… si todo marchaba. Ufff, qué locura. Pero en ese momento yo era un caballero. Le propuse hacer a su modo. Estaba dispuesto a invertir todo mi tiempo y esfuerzo en conquistarla.

Caminé con Laura, muy pegados, hasta su casa. La dejé y la despedí con un beso en la mejilla y un abrazo largo. Estaba muy entusiasmada. ¿Es que nadie antes la había intentado ligar? Tenía veintitantos años, aunque me daba la impresión de tratar con una quinceañera.

3

Laura llamó. Contesté, pero sin reconocer el número. Con una voz horrible, la voz del borracho derrotado y quemado por la resaca, constesté: hooola, quien hablaaa??? Su reacción fue de sorpresa y espanto. Cuando nos entendimos, le mentí que estaba enfermo. Era el domingo siguiente a la cena. después de dejarla en casa me fui de borracho a la Zona Rosa. Serían las dos de la tarde. Se preocupó mucho. Le insistí que no era nada, que pasaría en unas horas, pero se empeñó en visitarme y cuidarme. No cabe duda de que era una buena chica. Yo vivía en la Roma, pero en un cuchitril asqueroso que rentaba mucho más caro de lo que valía. Vivía ahí y pagaba muy cara mi estancia únicamente porque estando ahí podía salir de noche caminando y porque siempre era en la Juárez, la Roma o la Condesa donde me emborrachaba. La casa de Laura quedaba a unos veinticinco minutos caminando. Quizá menos, pero a paso relajado, eso. No deseaba tener a Laura en mi casa (en realidad un cuarto de azotea). Ante su inflexibilidad, le propuse que, de estar tan interesada en mi salud, mejor me encontrara en la farmacia de Sonora y Parque México, donde daban consultas médicas y vendían medicamentos genéricos. Se negó. Dijo que no confiara en ese tipo de médicos. Me excusé. Lo siento, dije, pero yo no soy rico, si quiero ver a un médico… Se ofreció a pasar por mí y llevarme al Sanatorio Durango o al Star Médica de Querétaro.

Bueno, no estaba nada mal esta vida, eh. Recostado en el copiloto de una Land Rover fui transportado al Star Médica. Qué ridículo. Y todo por una cruda.

Sí, soy capaz de llevar una mentira tan lejos. Me hice revisar por un médico, que a fin de cuentas supo que yo no tenía nada sino una resaca de cerveza y cocaína. Deje que Laura pagara la cuenta. Dejé que, saliendo del hospital, me invitara unos tacos de barbacoa. Dejé que Laura me acariciara el cabello y me contara intimidades que la acercaban a mí de manera irremediable. Dejé, como diría mi amigo el filósofo, que el agua de su alma se vertiera en mi frío jarrón de barro. Que se enamorara, pues. De un hombre falso e inexistente. De unas cualidades que yo no poseía. Lo hice porque estar con ella me hacía sentir bien. Laura era mi aspirina moral para mis resacas morales. Mientras estaba con ella en sitios públicos, me sentía un caballero, con dinero suficiente para llevar a mi esposa a comer a un restaurante, en mi camioneta Land Rover. Incluso, Laura me dejó conducir la camioneta. Casi me lo pidió de rodillas. Ella no disfrutaba conducir. Le estresaba mucho. Si había tendido el valor de sacar la camioneta era porque necesitaba llevarme a un hospital, no porque lo hiciera con frecuencia.

Después de la comida llevé a Laura a su casa, conduciendo su camioneta. La estacioné afuera de su casa. Una señora estaba ahí afuera, en el zaguán de la casa. Es mi madre, dijo Laura. Bueno, sentí miedo y vergüenza. Un hombre de treinta y cuatro años medio acabado por la droga y con aliento a tacos. Su madre se nos quedó viendo. Más a mí que ella, por supuesto.

Laura nos presentó. Le estiré la mano en un saludo y ella, sin darme la mano, me miró de tal modo que supe que jamás me aceptaría. Entró a la casa. Laura y yo nos despedimos. Prometí llamarla por la noche, en cuanto hubiera descansado y me sintiera mejor. Ella se disculpó por la actitud de su madre. Me explicó que quedó loca luego de la separación con su marido. Nos abrazamos. Laura me susurró al oído, te quiero. Yo le susurré, yo también, Laurita. Yo también.

Pero  durante la tarde comencé a olvidarme de Laura. Al anochecer ya ni recordaba que había quedado de llamarle. Estaba planeando a dónde ir y dónde comprar hierba y cocaína para armar unos primos y quedarme en casa a volar. Porque me sentía muy feliz.





jueves, 25 de febrero de 2016

Un brindis por los vivos.

Texto por: Sergio Manganelli



Con esta copa única
                                                                                                           transparente y vacía
                                                                                                          brindo por la tristeza
                                                                                                                      que es un modo discreto
                                                                                                        de brindar por la vida.”
                                                                                                                                

Mario Benedetti



Hoy decidí arriar tempranamente las velas de este año, replegarme en un brindis clandestino, solitario, desprovisto de gente en el acto propio de levantar la copa, pero poblado de rastros y de historias, al teclear las palabras que sin duda me haría feliz pronunciar, si la ocasión mediara y mi pasmosa timidez no lo impidiera. 

   Antes del entrechoque imaginario de cristales, con alguna compañía  anhelada o añorada y la consumación del primer sorbo, creo prudente -aunque innecesario- aclarar, para algún distraído lector nacional, que al cumplir este ritual,  de ofrecer buenos deseos por los vivos,  no me refiero en modo alguno a los campeones de la piolada, ni a los pequeños corsarios de estos tiempos, con sus ultra alta gama y sus enjuagues panameños. Menos aún los que ya tienen asignado camarote en el crucero de Noé. No festejo ni auguro nada a pobres mezquindades, a conquistas bursátiles, ni a improvisados politiqueros de la tajada propia. Ni hablar, de a los turros que atragantan sus alforjas, sobre dos mil doscientos millones de tragedias y ya vienen por postre. 

   Tampoco al emotivo populismo de lobos elitistas, con pelaje de becerros conservadores, rumiando en las pasturas de las mismas fuerzas regresivas que encharcaron el pasado y nos han fumado el porvenir.

   No es la pillería, o la supervivencia a faca, ni el disfrute a lo Pirro sobre la igualdad en llamas. No hablamos de avivados, sino vivos.

   Tampoco a los pícaros de poca monta, que diariamente nos asombran con su narcisismo bobo y su ingenio para joderle la vida a los pares: colándose en la fila del banco, escamoteando un vuelto; traicionando en la fe; mordiendo por migajas la inocencia de algún desprevenido. Cosechando prebendas de la maceta ajena.

   O tomando de autódromo las calles del suburbio, para correr a tope con sus bestias de levas cruzadas, sin pestañear siquiera ante la idea de cargarse una vida de a pie, como la triste borra de la idiotez humana. Porque si tan solo fuera la parrillada de imbéciles en que a veces resulta, hasta me atrevería a pedir un aplauso para el  celestial asador. 

   De ninguna manera dedicaría el instante huidizo de una burbuja en la copa, a tanto desperdicio de existencia y de esperanza.

   Ahora sí, déjenme decir algunas cosas, en honor a los vivos, a aquellos que hacen, a pesar de todo, bajo cualquier yugo y en toda circunstancia, más respirable el aire. A todos en general y a alguna en singular.

  Hace algo más de treinta y muchos, conocí a María. Una correntina bajita, robusta, mal trazada y peor hablada, más afecta al cuchillo que a la retórica, capaz de plantarse varias panzonas de un tinto tenebroso y enfrentar a Custer y su 7mo. de Caballería en el patio del viejo inquilinato. 

   Era una mujer sin escuela, de muy escasas luces pero con cierto brillo, que quiero destacar al evocarla. 

   María era una suerte de “encargada”, investida de esa jerarquía por Don Epifanio, el dueño del edificio de pensión, mitad penitenciario, mitad neuropsiquiátrico, en el que habitábamos unas cuarenta familias. Un vivillo español, que depositaba almas desesperadas, fugitivas o proscriptas , a cambio de una renta excesiva, cuyo único servicio asegurado eran las escasas preguntas al ingreso. Un hospedaje en plan de Legión Extranjera.

 María era de algún modo su sheriff, la ley y el orden más descabellado. Una justicia cambiante, impartida al grito o al sopapo, sin atender si el encausado era un crío revoltoso o la cuadrilla de borrachines del fondo. Dictada con fiereza, sobre las tablas de Moisés de su humor semanal. Y si el caldo espesaba, acudiendo al palo o al cuchillo temido. Todo a cambio de la renta mensual, que aseguraba el techo de sus hijos. 

   Lo cierto es que ella arreaba, mandando como podía sobre nuestra reata de bestias doloridas, aceptando sin mucho cuestionamiento y con gran actitud este destino que le había sido impuesto. Aunque sin el oficio del carcelero ni el disfrute del perverso.

   Una mujer brutal, que sin embargo, algunas tardes asomaba su rostro sonriente por la puerta de nuestra habitación,  para escabullirnos -con la velocidad del rayo- un cacharro con comida aún tibia del almuerzo, una bolsa de pan o una jarra de agua con hielos, para aliviar el sopor de un verano sin ventanas. O por las noches, portando sigilosa el punto de lumbre de un heroico espiral, que desde su pedestal de hojalata venía a socorrernos, a defendernos de la ferocidad de los mosquitos, que como Stukas sobrevolaban nuestros tímpanos. Y cuyo brillo observábamos devotos, rogando no se disipara y pudiera cambiarnos el martirio por sueño.

   Una mujer extraña, tanto como podemos serlo los humanos,  que a pesar de la pobreza extrema y su faena de celadora implacable, alivió a Pacheco de no morir sin ternura y defendió la dignidad de sus restos, de los que no quiso ocuparse ni la salubridad pública.  Pero esa es otra historia.

   Ojalá esté aún sobre la tierra y en medio de la aspereza de sus tragos y la tristeza de su sapucai, pueda sentir aquél brindis secreto que ella esbozaba por la vida, volver en esta copa que la recuerda en su dimensión más humana, a ella y a tantos vivos, que a diario nos ayudan a mantener la vida.

   Y que jamás se entere que -a pesar de sus celos policiales- le debo a su hija las mieles de la adolescencia temprana, las llaves de algunos misterios terrenales y la primera ganzúa de la libertad. Aunque esa causa, ya esté  melancólicamente prescripta.







Texto por: Sergio Manganelli

domingo, 14 de febrero de 2016

Ni siquiera me quité los zapatos.


Le pregunté a Hugo en secreto si podía conseguirme cocaína porque E hace meses que jodía con que le consiguiera un par de tiros para quitarse de encima el antojo; cada que nos reuníamos con O y los demás, E les gritaba, en algún momento de la noche (aunque yo era, en realidad, el único que podía hacerse responsable (era mi esposa)), que le comprasen coca o se pondría muy mal. Y no era una loca de la cocaína, no. ¿Cómo explicas eso, Señor? Durante aquellos meses intenté dos veces contactar y ambas fallé. En la segunda, me estafó un vago de la Glorieta de Insurgentes. Sí, lo sabía en el fondo. Ningún vago regresa a cumplir con su palabra. Le di cincuenta pesos como anticipo. Nunca volvió. Y además, ¿qué clase de droga me traería por cincuenta pesos? Da igual. Le pedí a O cincuenta pesos, porque aquella vez estábamos en bar de T, que está sobre el redondel de la glorieta, y me salí sin advertirles algo y regresé con el vago y llamé a O por la ventana del bar y le dije, O, dame cincuenta pesos, luego te explico. Fin de la historia. Fin del dinero. Fin de la noche. El vago no regresó y tuvimos que comprar Bacardi y beberlo en mi casa, pero E no aguantó hasta el amanecer, a pesar que esa vez bebimos hasta las dos de la tarde del día siguiente. O dice que hasta la tres. Qué importa. Nos jodimos mucho y perdimos dinero y no hubo coca.

      Hugo respondió que sí casi de inmediato. Casi antes de que yo acabase de preguntar. Le ofrecí salir a fumar un cigarrillo, uno de los míos. Aceptó. Le dije a E que iría a fumar con Hugo y que se quedase en su sitio. E asintió. Estaba acostumbrada a que yo saliera a fumar cigarrillos mientras ella se quedaba en el bar, el bar de T. Afuera fumamos y Hugo llamó a alguien por celular y ordenó quinientos pesos de polvo. Antes de entrar acabamos los cigarrillos. Mientras tanto yo miraba a E a través de los cristales para que nadie se fuera a propasar. E era una mujer muy guapa, en serio, y no sería la primera vez que alguien intentaría ligarla y yo tendría que ir a partirme la cara. Aunque, a decir verdad, jamás he llegado a los golpes. Una ocasión, precisamente en bar de T, casi lo hago. Fue la vez que conocí a Hugo, de hecho. Fuimos al bar E, C y yo, y un hijo de las mil putas intentó ligar a E mientras yo fumaba un cigarrillo afuera, con C. Lo vimos claro. Bueno, no quise interceder tan pronto. E se lo quitó de encima sola. Pero luego, no sé, treinta o cuarenta minutos después, volvimos a salir a fumar y el muy descarado volvió a joder a mi esposa (en ese tiempo no estaba casado, pero es igual, ¿no?) y por si fuera poco, se sirvió un vaso de cerveza de nuestra botella de cerveza, la que estaba en la mesa de E, que era nuestra. Eso sí que no lo soportamos. Le dije a C, hombre, E puede mandar al carajo a ese sola, pero la cerveza no, ¡vamos! Acto seguido, el mamarracho tenía a C cogiéndolo del cuello y obligándolo a pedir perdón y a pagar la cerveza que había tomado. Sin embargo, no venía solo, claro que no. En el instante siguiente teníamos a quince personas gritándonos y amenazándonos. No exagero. T saltó a defendernos. T es el dueño del bar. Hugo, que miró todo, también se unió a nosotros. Hubo chicas que también nos apoyaron, desde sus mesas. Más bien a E, quien le gritó a todos que ella no deseaba nada con él. Y luego, no sé cómo, porque nunca queda claro cómo empieza una cosa así, salimos afuera a partirnos la cara. Pero a mí nadie me tocó. Tampoco sabría explicar cómo o por qué, a pesar de que busqué pleito con alguno, ya todos estaban ocupados o me ignoraban. Además de Hugo se unieron otros. Chuco, el ayuda del bar, T, como ya dije, un par de amigos de Hugo, y el griterío de mujeres en contra del acosador. Al final se fueron. C y Hugo son peleadores natos. Troncos de casi uno con ochenta salidos del barrio y con mucha experiencia. Con ellos bastó para ahuyentarlos a todos. Cuando se fueron saludé a Hugo y le agradecí y le dije que como esto ya estaba acabado (la noche en el bar) él y sus amigos podían irse con nosotros, con E y C a mi casa a seguir la peda. Y fuimos. Y a partir de entonces Hugo y yo nos encontramos casualmente en bar de T y nos saludamos como grandes amigos y nos cuidamos las espaldas y sabemos que si estamos juntos estamos seguros, o al menos, respaldados. Los clientes de T son más o menos los mismos, así que en adelante nos miraron como a gente con la que no te debes meter. No volví a tener problemas por E. Los borrachos la conocían. Se decían entre ellos, es la esposa de P, el escritor ese, el que se empeda aquí cada viernes y cada sábado. No te metas con ella. Está bien parado con T y los demás. A pesar de ello siempre miraba a través de los cristales, cuidando a mi hembra, sin hacer ruido de ello para que al primer hijo de puta que se le ocurriese acercarse, no supiera ni de por dónde le salió el pedo.  

      Regresamos a la mesa con E y había un chico, uno al que había visto muchas veces antes en el bar pero al que jamás había hablado porque era gente oscura, es decir, dark; vestía de negro y se pintaba los ojos con rímel y todo eso. No es que discrimine a los darks, solo que ellos no tienen ganas de hablar conmigo. No estoy en su onda y lo saben y por mí está bien. En fin. El dark se llamaba Victor y resultó ser una persona genial. Hablamos sandeces de borracho durante unos buenos minutos. Hugo había hablado con él en alguna otra ocasión, así que pidió a E permiso para coger una silla desocupada de nuestra mesa y E aceptó y se sentó ahí sin hacer absolutamente nada. Siempre estaba por el bar, parado o sentado sin hacer absolutamente nada, mirando a la nada, bebiendo su cervecita muy despacio. Pero esta vez tuvo la desgracia de sentarse, sin saberlo, al lado de mi asiento y aproveché para verterle encima toda la verborrea borrachesca que me sale cuando llevo más de once cervezas dentro. La recibió muy bien. Era un buen conversador. Y en algún momento, sin que yo lo notase, Hugo recibió una llamada y salió a cogerla y me llamó desde allá. Yo no lo vi. Victor fue quien me dijo, te habla tu amigo. Salí del bar de inmediato.

      Era la droga. Había llegado y había que ir por ella a la esquina de Insurgentes y avenida Chapultepec. Fuimos caminando y brincando los barandales de la glorieta para no rodear tanto. Tardamos demasiado porque, como sabemos todos los defeños, hay dos esquinas de Insurgentes y Chapultepec. Así que tuvimos que ir a una primero y luego a otra y no encontramos nada, sino hasta varios minutos después. Un hombre en una motoneta nos entregó la coca. Bien, pensé, E estará feliz. Camino de regreso al bar repartimos. Le di a Hugo doscientos pesos y me entregó tres papeles. Una es para E, explicó. Le di las gracias y entramos al bar y E me reclamó que dónde diablos me había metido todo este tiempo y por qué no le daba razón de mis actos. Cuando le dije que había ido por coca exclamó que ya lo sabía y sonrió y dijo a verla, a verla, a verla. Le mostré los papeles y sonrió aún más y preguntó cuándo la inhalaríamos. Hugo no perdió el tiempo. Se fue directo al sanitario y se pegó sus tiros él solo, como buen coquero solitario. Yo no quería hacerlo ahí, en el sanitario, porque, para ser franco, hace muchos años no lo hacía y temía regar el polvo o desperdiciar o no poder picar a gusto o cualquier tontera de novato. Se lo comuniqué a E. Estuvo de acuerdo con esperar.

2

De pronto, de la nada, sentí una mano que me palmeaba y volteé y era Carlos, un viejo amigo dramaturgo al que por la mañana había dicho que estaría en bar de T, que me cayera ahí si deseaba verme (lo olvidé por completo). Lo saludé con entusiasmo. Venía con cuatro o cinco personas más. Gente del teatro, me dijo. Y los saludé a todos y todos nos saludaron a mí, a E y a Hugo. Ordenaron cerveza y se salieron a fumar. No pude hablar con ellos. Es lástima. Cuando me emborracho hablo mucho. Se salieron todos, menos Carlos. Se sentó a mi lado. Fue cuando noté que Victor ya no estaba. Le pregunté a E. por Victor y alzó los hombros. Cuando te saliste, se salió, comentó. Bueno, no importa.

      Así pasamos las últimas horas. Bebiendo más de la cuenta, hablando sandeces, sonriendo, gritando, cantando las canciones de heavy metal que a veces sonaban, recordando tal o cual vez que nos emborrachamos aquí mismo, etc. Hasta que T nos echó, más o menos a las tres de la madrugada. Siempre era mi grupo el último en salir. T nos trapeaba los pies y lo entendíamos. Afuera, mientras se cerraban las cortinas del bar, encendíamos cigarrillos y organizábamos qué hacer con el resto de la noche. Casi siempre terminábamos en mi casa. No fue la excepción. Hugo se despidió. Se subió a su moto y se fue, como cada noche en bar de T, borracho, conduciendo su diabólica 1600 a ciento ochenta kilómetros por hora hasta Tacubaya. Los amigos de Carlos también se fueron, excepto uno. Carlos, Jorge (el amigo que no se fue), E y yo encendimos cigarrillos y caminamos rumbo a casa, por Insurgentes, en busca de un lugar dónde comprar alcohol. Pero a las tres y media de la madrugada es difícil si vives en la colonia Roma, donde la vinata de la esquina es una especie en peligro de extinción y solo florece hierba mala: oxxos y extras y seven elevens. Uno a uno, nos fueron cerrando sus ventanillas, hasta llegar a un puesto. Tomen nota, borrachos de la Roma, tomen nota: un puesto de dulces y cigarros sueltos en la esquina de Insurgentes y Monterrey, donde también se junta la calle del bazar del Oro que vende cerveza clandestinamente. Veinte latas de medio litro de cerveza Victoria por doscientos pesos. Y compramos cigarrillos. Sí, cargamos toda esa gasolina hasta el apartamento donde yo vivía con E, y nos metimos a un cuarto vació y nos sentamos en sillas y en la cama. E y yo, en las sillas, pegados a un escritorio de cristal, donde abrí las grapas y corté la coca con la paciencia y desesperación necesaria, y pude hacerlo bien, como en los viejos tiempos, sin tirar, sin desperdiciar, apartando las sobritas para un bazuco y lengüeteando los papeles vacíos y la electoral y explicándole a E cómo hacerlo sin regar. Aunque E no era una novata.

      Yo me pasaba la lengua por los labios y rechinaba los dientes y E me reñía por ello. Me pedía que no lo hiciera porque no le gustaba verme en ese estado de ansiedad. Decía que parecía una víbora. Jamás antes habíamos inhalado juntos. Todo ello abiertamente, sin incomodarle la presencia de Carlos y de Jorge, quienes nos contaban cosas del teatro, como las últimas obras que habían dirigido o sus opiniones sobre tal o cual profesor que hayan tenido en la universidad. Creo que estudiaron juntos. No, ahora que lo pienso, no puede ser. Jorge era por mucho mayor que Carlos. Lo que sí, es que ambos estudiaron en Monterrey, en la Autónoma de allá. Tampoco estoy seguro. De Carlos sí, él me lo ha contado muchas veces.

      Luego, no sé cómo, caímos en una conversación nostálgica. Algo sobre recuerdos de la infancia. Propuse jugar un juego sobre ello. Tuvo que pasar tiempo antes de que lo hiciéramos, pero lo hicimos. Consistía en, por turnos, recordar en voz alta alguna frase que nos haya marcado, o alguna escena. Le dimos varias vueltas. Yo conté de la vez que un profesor de química, en la secundaria, nos dijo, muchachos, lo que se dice con la boca, se sostiene con los huevos, y E recordó una escena de sus primeros años, cuando un albañil fue a cambiar el piso de su casa y su madre le dijo que ella no podía caminar por el pasillo porque se cambiaría el piso, y en su mentecilla trató de resolver el enigma de cómo ni ella ni su madre ni su padre podían pasar por el pasillo porque se cambiaba el piso, pero el albañil que lo hacía sí podía, y cómo podía ser que al mismo tiempo pisase lo que no se puede pisar y cambiarlo; o algo así, ya estaba muy borracho y muy drogado.  Pero me pareció bello y amé a E un poquito más. Siempre amo a E un poquito más cada día. Pero no les echaré ese rollito cursi porque esas son cosas que ustedes mismos pueden vivir, que vivirán incluso si no se lo proponen y lo entenderán, o lo entienden ya, y no hay mucho que decir al respecto. Lo que quizá no vivan si no se lo proponen es lo que pasó después.

      Dejamos de jugar porque todo tiene un fin. E se fue a dormir a nuestra habitación. Yo quedé con Jorge y Carlos y seguí bebiendo. Serían las once o doce del día. De los veinte latones (así se llaman las latas de cerveza que contienen quinientos o seiscientos mililitros) E no tocó ni uno. Creo que Jorge tampoco, aunque puedo faltar a la verdad. El caso es que, con la coca y la cerveza (antes de ir a bar de T bebí en casa tres latas de Tecate y una caguama), pero sobre todo con la coca, que esconde los síntomas del alcohol y te permite beber mucho más, comenzó a arderme el estómago y me sentí mal. Me excusé para ir al sanitario y camino allá, es decir, en el pasillo que conecta el cuarto con el sanitario, sentí mi alma salírseme, como si me hubieran parado el corazón o como si la presión se me bajase; pensé que me desmayaría y por no sé cuántos segundos o fracciones de segundos, me vi siendo niño y vi a mi madre y a mi padre y me sentí feliz de estar con ellos en casa, otra vez, antes de que me volviera loco e injuriara a mi padre y abandonase el hogar paterno, antes de que probara la primera cerveza y la primera droga, antes incluso de que pensara en una mujer como un hombre piensa en una mujer, antes de que saliera de mi boca la primera grosería, antes de que comprendiera por qué E no podía pisar el piso que se cambiaba en el pasillo. Vi a mi madre sonreír. Vi a mi padre sonreír. Y quise correr a abrazar sus piernas… pero volví en mí y regresé a ser P, el escritor fracasado de treinta años, y me dije, ay, qué buena está la coca, Dios. Voy a ver si mando pedir más antes de dormir. En fin. Fui al sanitario, eché una meada, y cuando regresé al cuarto Jorge salía de él y me pedía que le abriera la puerta del apartamento para irse. Lo despedí y se fue y cuando volví al cuarto por segunda vez, Carlos ya estaba dormido. Cerré la puerta y me fui a mi habitación. E dormía. Pensé en despertarla y decirle, oye, E, ¿quieres que mande llamar por más coca? Pero yo mismo me dije, ya P, ya duérmete, ya descansa y deja de joderte tanto. Me eché en cama, junto a E, pero no puede dormir. Ni siquiera me quité los zapatos. 




jueves, 11 de febrero de 2016

Llanto debordiano.


Texto por: Biel Rothaar
Sitio del autor, aquí.


La apariencia debordiana corre ebria
por una acera de Park Avenue
en la pluma tropical
de un sombrero de Coco Chanel,
en la sonrisa eufórica de una prostituta del Marais,
en el simulacro de una urna electoral,
en un discurso de solidaridad humanista
de un príncipe ocioso
sin trono
ni corona,
en un gemido porno,
en un christmas perfumado,
en una hucha sucia de Cáritas,
en un pezón en prime time,
en unos titulares rojos de periódico,
en el último grito de furia de un palestino,
en la felicidad gratuita de un spot publicitario,
en un “te quiero” emoticonado de facebook,
en una disculpa pública como eximente,
en cualquier videoclip de Taylor Swift,
en la justicia de un juez conservador,
en el terror de una pre-decapitación,
en un amistoso saludo diplomático,
en una valla en medio de la nada,
en el desodorante de un retrete,
en una invitación a destiempo,
en un guiño de tu jefe,
porque las imágenes
ya nos alertaba
Virginia Woolf,
a propósito del cine,
son peligrosos trazos fugaces
donde es sencillo condensar el universo
en una toma falsa,
y a veces, en efecto, conviene recordar
que la paz no es una paloma,
que un beso no es el amor,
y que la muerte no es un ataúd.




Texto por: Biel Rothaar
Sitio del autor, aquí.

lunes, 1 de febrero de 2016

Tú sí eres la bandota.


Rogelio me preguntó cuándo fue la primera vez que inhalé coca. No me lo preguntó a mí a mí, lo soltó a todos, pero en el momento que hizo la pregunta era yo quien inhalaba, así que me la adjudiqué y le respondí no sé, no recuerdo, antipática yo porque la verdad me caga andar recordando la primera vez que hice tal cosa y tal; porque no importa, y porque Rogelio no era muy amigo mío, no era un compa de confianza, pues, y eso de andarle contando mis recuerdos a un tipajo no es lo mío, no; yo soy de esas seriecitas calladitas mamoncitas que nomás se ríen de los demás en silencio y que jamás te sueltan el rollo personal aunque tú les cuentes hasta la primera vez que hiciste caca, Dios. Me tapé el agujero de la nariz por el que no inhalé y jalé aire por el que sí, para que no se me fuera a quedar una sola partícula de polvo atorada, porque odio desperdiciar y porque la coca me pone muy ansiosa y con ganas de tener mucha mucha mucha y estar segura de que no me voy a quedar con ganas de más en ningún momento. Cuando noto que queda poca me pongo nerviosa. Aunque la verdad, jamás me ha faltado coca. Además de la que sale de la vaca, yo siempre me hago de un par de papelitos más, personales, mi red de seguridad, mi reserva privada. Por si las dudas, pues. Porque eso de quedarse sin un jale más por culpa de vacas flacas es muy feo, cuando alguien dice ya no traigo lana, ¡Dios!, me dan ganas de gritarle por qué carajos no cargas dinero suficiente si sabes que vamos a esnifar, hijo de la chinga, si bien que te armabas unas líneas gruesotas, carajo. Pero como ya dije, soy calladita y mamoncita y nomás hago cara de pinche jodido, y me consuelo recordando que yo sí tengo, caray, yo siempre cargo un extra para miguelita. Eso me devuelve los ánimos. Dejo pasar un tiempito y sin decir algo, para no levantar sospechas, me levanto y me voy derechita al baño y me doy mis jales ricos ricos ricos, ay, qué son más ricos cuando son solo míos, cuando son topsicret, cuando sabes que allá afuera los vaqueros se están jalando los pelos, se están rascando las bolsas a ver si juntan para unas grapas más. Regreso igual de calladita y me siento a ver cuánto han juntado los malparidos estos, a ver si con suerte sale una ronda más y me puedo jalar de esa coca y no vaciar mis reservas. Si es necesario les pongo unos pesos, porque a fin de cuentas siempre es más barato esnifar de la vaca. Y voy contando cada jale que se meten los desgraciados para que no se pasen de la raya, jajaja, que no se pasen de la raya, digo, porque nunca falta el pinche gandalla que se forma dos veces o que se las hace más gruesas y termina más puesto que los demás por el mismo dinero. Los marihuanos siempre comparten su droga, pero los coqueros son mañosos. La coca no se comparte, aunque todo el mundo ande cantando la coca no se le niega  nadie; yo jamás le niego un jale a un cuate, y cosas así. Con la coca todo el mundo ve la forma de sacar ventaja. Por eso yo jamás mando a comprar a nadie por mí, porque se cobran su comicha a lo chino o te dan gato por liebre, o porque ya que te la entregan te salen con que les regales un poquito, aunque sea un tiro nomás, y como vuela en el aire ese sentimiento falso de camaradería entre drogadictos, pues no te puedes negar o te tachan de comesola o de mamona y además, nunca sabes cuándo vas a ser tú quien necesite un paro, un jalecito nomás, aunque sea una papelito gastado para chupar. Qué bajo andar chupando papeles gastados ajenos. Dios nos libre. Una cosa es chuparse la credencial una vez que te armaste unos tiros ricos y anchos pagados con tu dinero, y otra andar buscando en la mesa los papeles usados de la vaca.

      Luego todos se pusieron a recordar y a contar la primera vez que inhalaron. Yo no tenía ganas de escucharlos. Me levanté del sofá y me fui al refrí a buscar algo de beber. Era casa de Rogelio, pero yo me daba mis libertades. No iba a decirme algo por cogerle una coquita en lata, o ¿sí? Para eso es una mujer chingao, y para eso le dio Dios a una un culito sabrosón. Si hay una cosa de la que siento orgullo es de mi culo. Lo meto en un vestidito pegadito pegadito… y a ver, dime que no me puedes regalar una chingada cocacola, cabrón. Y si te lo muevo rico hasta unos jales te saco, hijo de la chingada. Pero no quiero que se piense que me vendo por talco. Una no puede ser calladita y mamoncita y al mismo tiempo vendida. Luego te pierden el respeto y hasta te esconden el tamal a ver si aflojas las nalgas. Ya me sé esas bajezas; si los hombres son canijos. Los hay que hasta se dedican a eso, a cargarse de coca y recorrer los antros a ver si agarran putitas desesperadas que se las chupen a cambio de un jale. Más cabrones aún, les regalan pura mierda, de la de a cincuenta pesos el papel, y se guardan la buena para ellos. Venderse por droga está jodido. Más vale cobrar en pesos. Esos si los ando aceptando, caray. Digo, claro, una buena cantidad. A veces pienso en cuánto estaría dispuesta a aceptar por una cogida; siempre llego a la conclusión de que nadie querría darme tanto dinero. Por eso no le juego a eso, porque nomás voy a caer en ridículo. Ay, sí, me van a decir, ni que estuvieras tan buena. Y sí, hay viejas más buenas y más baratas. ¡Pendejas! Gracias a Dios que no paso carencias y tengo pa mi coquita y mis vestiditos ajustados. ¿Sabes cómo me dicen? Me dicen la Coquis. Por coqueta y coquera y cocacolera. Y rocancoquera, o rocanloquera, jajajajaja. Ay, qué risa. En las cosas que piensa una, caray. En fin. Me saqué una coquita en lata para pasarme el sabor a medicina de la coca y me fui a mirar por la ventana.

      Saqué un cigarrillo, lo encendí y me puse a fumar. Me temblaba la mano. La lucecita de cigarrillo parecía luciérnaga revoloteando. Le daba fumadas al cigarro y luego me rechinaba los dientes y me daba un traguito de cocacola y volvía a fumar y a rechinarme los dientes y a darme un traguito. Hasta que me di cuenta de eso y me dije ay, qué pendeja, y dejé de hacerlo. Bueno, lo volví a hacer, porque ni modo que no le fumara al cigarro, que no me rechinaran los dientes si andaba ya bien puesta, y que no le diera traguitos a la cocacola. Solo que ahora era consciente del mecanismo. 

     Escuché a César gritar que me fuera allá con ellos, pero seguían hablando de sus cosas y no me daba la gana escucharlos, ni que me dijeran, ya contamos todos, ahora cuenta tú, Coquis, cuándo y cómo fue la primera vez que le hiciste al cocodrilo. Tendría que ponerme mamoncita y decirles, no me acuerdo, güey, méjor ármense otra ronda de tiros. ¡Eso!, me acordé de vigilar los papeles de la vaca pa que luego no salieran con que ya se acabó. A veces se acaba tan rápido que he llegado sospechar que el Rogelio nos hace guaje.

      Me senté ahí con ellos, entre Rogelio y César y pensé hijos de la chingada, lo hicieron a propósito. Eso de dejar el único espacio disponible entre ellos dos. Hace tiempo que andan muy raros. Sobre todo César, que es más amigo mío y ese sí me sabe una que otra putería. Así como es: me quieren chingar. Entre los dos. Pero se van a acabar chingando a su madre, porque a mí no. Y no es que sea mamona mamona, solo que no me gusta coger con mis amigos. Luego no te bajan de puta. Si aflojas una vez ya te jodiste porque va a querer chingarte siempre. Y ahí andaba yo, sentadita, apretándome el culito y cuidando las manos de esos cabrones y haciéndome pa allá o pa´cá según se me encimaban los patanes y tomando mi coquita en lata (que en lata sabe mejor) y echando un ojo a la mesita de centro, contando los papeles y haciendo memoria de cuántos nos habíamos chingado a ver si no faltaba alguno; revisando con vista de águila las grapas nuevas a ver si no las habían abierto pa sacarles el mole y las habían vuelto a cerrar ya flaquitas. Eso sí, el pinche Germán, nuestro diler, siempre nos las da bien llenitas, bien panzonas. Hasta yo llegué a rascarles las pancitas y a dejarlas como nuevas pa hacerme de mis reservas antes de llegar con la bola y decirles aquí está lo del Germán. Porque como les decía, yo jamás mando a comprar a nadie y hasta me apunto en fa para ser yo misma quien salga a recibir al Germán. Bajo por el ascensor y mientras estoy ahí, muevo los pies como si me urgiera ir al baño de la desesperación y pienso pinche ascensor lento, apúrate cabrón, chingada madre, salgo a la calle y ahí está el yeta azul marino, bien pulidito y con rines nuevos y un sonidazo con pantalla touch y gepeese. Y la vieja de Germán asomando su cara de putota maquillada por la ventanilla. Pero eso sí, con una sonrisa que bien le correspondo porque ella es la que trae el guato y no hay que morder la mano de quien te da de comer, ¿no? Naaa, ella no da de comer, solo echa la comida que tu pagas con tu dinero. Le paso la lana bajita la mano y la perra esa la coje y la muy puta la cuenta en tus narices, como si le fuera una a robar. Eso sí no, caray. Hay que pagar. Pa que luego no te nieguen el servicio, pues. Le pasa el dinero a Germán. Germán se lo guarda en chinga en el calcetín y le dice, dale pues. Entonces la perra se saca del culo todas las grapas que salieron de la vaquera y las pone en mis santísimas manos. Le corro en chinga al patio de atrás, al jardincito que hay en la planta baja, el que no se puede ver desde la ventana del depa de Rogelio, y abro en chinguísima loca los papeles y les rasco la pancita con la electoral. Echo todo eso en un papelito mío, que siempre armo desde antes, y de entre todo me sale hasta una grapa. Luego subo, contentísima de mi inteligencia (así ya no estaré tan ansiosa cuando mire cómo se va acabando, en espera insufrible de que alguien salga con el mentado ya no hay, ya no hay nada, Coquis. Neta. Revisa tú a ver si puedes armar un bazuquito de las sobras. Pero cuáles sobras si para ese entonces ya están todos los papeles chupados, carajo). Si me salen con que me tardé mucho les echo el cuento de que el pinche ascensor ese, hijo de su puta madre, se atoró en el noveno y la madre, y hasta les digo que sentí miedo y la mamada, y poco a poco se olvidan de todo porque muevo el culito mientras me explico y porque pongo en la mesa la coca loca, nuevecita (los primeros jalones son los más ricos) y todos se saborean, se les hacen agua las narizotas y César se arrodilla en la mesa y comienza la papeliza. Abre una, tira el talco en un platito de porcelana y la corta con su navaja yilet, una y otra vez hasta dejarla finita finita y arma las rayas. Todos encima de él, como pinches buitres, supervisando que no se pase de verga y que haga una repartición justa y que alcance pa todos parejo. Y como siempre, los pendejazos salen con su las mujeres primero, cabrón, las mujeres primero. Y yo pienso ahuevo, las mujeres primero. Y como soy la única mujer en el grupo de coqueros… compermisito, culeros, los hago a un lado, saco mi popotito previamente cortado y aaaahhh aaaahhhh, le jaloneo ricazo. Echo la cabeza pa atrás, le jalo y jalo pa que no se desperdicie nada y baja la coca por mi garganta y me sale el saborcito amargo del polvo y me lo paso con saliva y me digo ay, qué pinche rica es la coca, carajo, qué pinche rica y deliciosa; me saboreo la siguiente ronda, que normalmente es casi luego luego de la primera porque nadie queda satisfecho son dos rayas pa empezar, ¿no?

      Nacho también es un pinche desesperado como yo. Nos descubrimos contando los papeles en secreto y nos reímos. Él está sentado enfrente de mí. Me dice, loca, regálame un cigarrito, no seas mala. Aprovecho la situación para levantarme. No quiero estar entre esos dos lagartos, pinches cocodrilos viejos y tuertos. Me levanto y me voy con Nacho a la ventana. Le sacó un cigarrillo y le estiro el mío para que encienda el suyo y como el mío ya es bachita me sacó otro pa mí y lo enciendo con el anterior y le digo Nacho, vamos a chingarnos un papelito pal rato, pa nosotros dos nomás. Se lo digo bajito, pues. Y él echa la cabeza atrás y pa delante y sonríe en silencio, como diciendo, si es lo que yo te iba a decir a ti, loca. Es una sonrisa chueca, con la boca toda torcida por la droga y los ojos rojos rojos por el alcohol (ellos beben cerveza). Una vez deja de sonreír, me dice bajito bambi, pero que quede entre tú y yo. Y que no se nos haga costumbre porque estos valedores son compas, Coquis, no hay que pasarse con los compas, ¿ves?  Y le respondo ahuevo, nomás hoy, nomás por el placer de lo prohibido, Nacho, por el placer de joder, como quien dice. Y él, muy santito no, no, no jodas, mejor vamos dejarlo que estamos guardando pal invierno, Coquis, como la hormiga de la hormiga y la cigarra, ¿no? Y yo te pasas de pendejo, Nacho, si tú eres una pinche cigarrota huevonsota y ladrona. Y que me cago de la risa y nos voltean a ver. Rogelio nos mira y me dice ya vente pa acá, Coquis, ni convives con la banda, chinga, nomás calladita y apretadita como pinche burguesita acartonada. Pero lo ignoro de plano, no le doy la cara; echo humo por la ventana y alguien hace un chiste y todos vuelven a lo suyo y Nacho y yo podemos planear en silencio.

      Regreso a sentarme entre César y Rogelio. Cojo mi lata de coca cola de la mesa y le doy los últimos traguitos mientras Nacho me observa. Quedamos en que yo entretendría a estos dos y él se las arreglaría para hacerse con el botín. El pedo es que también tendríamos que inventar algo porque de seguro César y Rogelio también tendrían contados los papelitos mentalmente. Pero para eso ya nos las arreglaríamos después. El caso era chingarse eso en fa y hacernos pendejos luego. Como todos los pinches cocos, no güey, no mames, no sé qué pedo, está madre vuela, quizá ni nos dimos cuenta y nos la chingamos, ni modo que haya desaparecido, ¿no? Y los demás, en pánico, no mames, si yo las tenía contaditas, mira, las dos primeras rondas, ¿no? Y todos siguiéndole el conteo, bien paniqueados, sí, sí, loco, las dos primeras son de ley, luego qué, síguele y el chemo contando con los dedos como si nos hubiésemos metido el resultado de una ecuación matemática, bueno, ahí van dos, y luego… pues luego la tercera, ¿no? y el coro sí, sí, van tres, van tres, y el chemo y me acuerdo que luego dejamos un tiempito y la cuarta se armó como a las nueve, ¿no? y todos siguiéndole la pista. Sin embargo, de tanto hacer cuentas te vuelves loco. Y recuentan y recuentan y no se cansan. Cuentan en voz alta o en sus cabezas y de repente alguien dice, no, no, ya sé, ahí les va cómo estuvo el pedo… y hace una pinche cuenta mafufa donde resulta que todo está en orden y que no falta nada y tú sonríes por dentro y piensas ahuevo, ya estuvo. Lo malo es que ahora ya no hay polvo y hay que armar otra vaca y ahí es donde todos se ponen roñosos y se rascan los bolsillos y no falta el inútil que ya no tiene un quinto y alguien debe poner su parte, y lo peor, que cuando llega la papeliza ni se acuerda que no puso nada el hijo de puta y se retaca las narices de tiros como si los hubiera invitado todos él. Bueno, mientras tanto me hago la loca con Rogelio y César, les doy la cara y les escucho sus pendejadas, toda mona, toda dispuesta, toda oídos. Se pelean por hacerme reír e impresionarme. Mientras el Nacho, arrastrando la manita como una pinche víbora, coge un papelito y se lo guarda en el cinturón muy cautelosamente. Y ni sonríe el puto, aunque por dentro está feliz feliz como una lombriz. Luego, pa que nadie sospeche, dice el muy lacra bueno, chingao, ya dejen de coquetearle a la Coquis y ármense la otra, ¿no?, ya hace hambre, canijos. Y Rogelio y César asienten. César agarra el plato y uno de los papeles. Nacho y yo aguantamos la respiración. No ha dicho algo. Agarra uno de los papeles sin contar, el güey, lo abre despacito y tira el polvo. Mientras hace lo suyo yo calladita calladita, como quien nada debe y nada teme, esperando a ver si en algún momento no salta César o Rogelio con la cuenta de los papeles. Nacho hace chistes, dice mamada y media con tal de distraerles la mente y que no se pongan celosos de la coca y la cuenten y se arme un pedo, del que, como siempre pasa, saldremos ilesos negándolo todo. Pero no queremos que se arme el pedo porque no se disfruta la coca si el ambiente está tenso. No nos hagamos idiotas… por más que lo neguemos y por más que digan, bueno ya, no sabemos qué pasó y punto, saquen pa más, pues, a pesar de ello, siempre sabrán que uno de nosotros es un jodido coquero mierdero ladrón hijo de puta, envidioso; eso no se hace entre compas, no vuelvo a polvearme con éstos malandros tepiteños. Y aunque a una a veces le salga lo malandra, tiene su orgullo y su dignidad y no quiere que la excluyan de las papelizas en casa de Rogelio. De repente me pasan el plato. Primero las mujeres, carajo. Me esnifo con doble placer. El de la coca y el de la coca robada y me imagino que estoy en una pinche montaña de coca y yo soy pequeñita y la montaña es inmensa y me resbalo por sus faldas y puedo coger puños y puños de coquita rica y metérmela en las narices como cerda, a puños, sin pensar en que no se caiga la bendita, mientras echo la cabeza atrás y aspiro bien fuerte. Cuando abro los ojos está jalando Nacho. Lo miro echar la cabeza pa atrás y sonreír. ¿En qué pensarás, Nachito Nachote?

      El saborcito coquero me baja. Me levanto y voy al refí a ver si hay otra cocacola. Sí hay. Dicen que la coca cola tiene cocaína. No sé si sea cierto, pero las que yo me bebo sí. No hay nada más rico que una cocacolita bien fría pa calmarse la sed del jale. A mí no me late combinarme con cerveza. Me pone mal. Me da la taquicardia. Me paniqueo. No, mejor una coquita. Voy a la ventana y enciendo un cigarrillo. Por el rabillo del ojo espío al Nacho. Habla con César y con Rogelio sobre algún pinche tema de hombres; una vieja a la que se anda cogiendo. Los quiere entretener. Aún teme que le hagan cuentas en la cara y que sin querer, cuando se levante y les diga alzando los brazos búscame si no me crees, valedor, yo no soy un pinche rata, se le caiga del cinturón la grapa. Qué cagado sería, pienso. Además, así yo quedaría impune. Es más, pienso, si yo lo delatara quedaría como una pinche vieja chingona, fiel, en la que se puede confiar. Podría chingarles coca yo solita en otra ocasión sin que sospechen de mí. Dirían no, no mames, la Coquis no, ella es rifada, ella es la banda, ella no hace esas mamadas; acuérdate la vez que nos salvó del pinche Nacho, ese sí era un lacrota sin corazón. Ya vas, me dije.

      Así, sin hacer mucho ruido, miré a César a los ojos y cuando capté su atención le dije bajita la mano, ven, güey, con la cabeza. Se sacó de onda pero sin interrumpir el chororte del Nacho se levantó discreto y se acercó a mí con una sonrisa en la cara; el pendejete ha de haber creído que lo llamé en silencio para pedirle que me dejara mamarsela en el cuarto. Ja, ni es tus más dulces sueños, nacote. Qué pedo, güey, me dijo. Y que le echo el venenazo. Le digo oye, güey, cuántos papeles llevamos, y él, sacado de onda, hace cuentas y mira los que hay en la mesa, pero está pendejo y no ha llevado la cuenta y me dice que no sabe, qué por qué la pregunta, y le contesto, así, muy discreta, muy solidaria, muy amigaza no estoy segura, güey, pero creo que el Nacho se chingó un papel. César es güey por naturaleza. No creo, me dice, el Nacho es banda. Y yo, a ver, cuántos compramos? y él diez, creo. Vale verga, pienso, este no sabe ni cuántos compramos. Así que se la suelto derecho. Le digo se la guardó en el cinturón. Si no me crees, revísalo. Pero no digas que yo te dije. Y el César con la bocota abierta se lleva la mano a la boca y sin decirme nada regresa a la mesita y hace como que cuenta los papeles y le dice al Rogelio, así, calmada la cosa, como que se acaba de dar cuenta, como que sí tenía los papeles contados güey, creo que falta un papel, canijo. Y el Nacho, jajajajaja, pobre cabrón, no más traga saliva y se hace pendejo y es el primero en levantarse a contar, todo exagerado, todo teatrero, gritando que no puede ser, que él los tiene contados y que no, no puede ser, que están bien. Hasta suspira y dice, luego de haberlas disque contado, pinche César, me metiste un sustote, cabrón. Rogelio le cree, es tan imbécil como César y no cuenta el pan. Aunque, César, advertido por mí, insiste en que sí falta uno y el Nacho, necio con que no, y Rogelio hace las cuentas con los dedos mentalmente y se arma la pachanga. Me acerco y me preguntan, a ver Coquis, ayúdanos a contar. Por supuesto, me hago pendeja. Mamona, les digo yo no cuento la sal, si hace falta compramos más y punto. No sean pollos, les digo, total, que a fin de cuentas siempre se arma una segunda vaca, ¿no? Nacho me defiende sí, güeyes, no hagan panchos, les digo que no falta… y si falta, como dice la Coquis, pues armamos otra vaca y ya. Pero no hace falta, se los juro. Y no mames, jajajaja, el César, todo calientote por el cinismo de Nacho se le va encima. Así, de la nada, sin cantar ni pio, lo coge por el cinturón, le esculca y ¡tómala! Cae la grapita al suelo. Yo te vi, cabrón, le dice. Y el Nacho, con las patas temblándole no mames, cabrón, no mames, esa es mía, esa no es de la vaquera, cómo crees, hermano, no me chingues, esa la traje yo por si nos faltaba al final… Pero el César necio con que él lo vio. Rogelio, impresionado y emputado levanta la grapa y se la canta al Nacho al chile vete, canijo. No quiero que estés en mi cantón, pinche lacrita que saliste, no me chinges, eso no se hace, entre compas no se roba la coca, no mames, neta no mames. Todo emputado, moviendo la cabeza en son de pelea, con la boca chueca, con las venas en la frente saltándole del coraje y la trabazón de la coca, con los puños bien apretados. Y el Nacho puto, con la cola entre las patas camina a la puerta, casi llorando, pero creyendo que no fue pedo mío, que yo hasta lo defendí diciendo que yo no cuento las cosas, y sale y se va y Rogelio azota la puerta.

      Bueno, me dije, ahora solo somos tres y así nos toca de a más. Y mientras César y Rogelio se lo pasaban repitiendo, no mames, no lo puedo creer del Nacho, eso no se hace, qué jodido, que hijo de puta, etc., yo cogí el plato y una grapa y la navaja y me armé un par de líneas bien guresotas y me las jalé en chinga. Una detrás de otra. Sin respirar. Y me dije Coquis, eres una reverenda ansiosa adicta coquera loca lacra hija de la chingada, pero cómo te quiero, cabrona. Y luego de un destello de luz en mi cerebro, como un toque eléctrico enviado por Dios, que la neta me sacó de onda, pero no hay pedo, despacito y con calma, con la paciencia de la que sabe que ya pasó el pedo y salió airosa, les armé unas rayas delgaduchas a César y Rogelio y con mi carita triste por haber sufrido junto con ellos el hurto, les ofrecí coquita rica, porque con coca las penas son menos. La aceptaron de buena gana y me dijeron pinche Coquis, tú sí eres la bandota. Y un latigazo de placer me recorrió el cuerpo y me eché al sofá a armar un bazuco pa relajarme.






      
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