viernes, 29 de enero de 2016

El personaje.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

Algo que como nunca había sucedido sucedió; En algún lugar remoto alguien soñó continuamente con un personaje de un libro hasta hacerlo real por unas horas. Él, después de una conversación con su soñador, constató que su mundo no existía como tal sino que era parte de un universo inventado por algún escritor de mediano talento; toda su vida era una fábula y estaba desde un comienzo condenado. Él ya se había percatado de que algo andaba mal, existían lapsus mentales, coincidencias e incongruencias que le hacían dudar. Entonces, cuando le tocó regresar al mundo imaginario, empezó a reescribir la novela para sitiarse en un lugar donde pudiese llegar a ser feliz


Durante el tiempo que anduvo con su soñador tuvo la oportunidad de leer los dos últimos capítulos de su historia, memorizó cada detalle en ese intervalo y encontró la forma de asesinar al héroe. A partir de ese instante surgió la confusión; existía una gran cantidad de personas que habían leído el libro y tenían cierta idea de lo que aconteció, pero cuando releyeron, o indagaron un poco, se toparon con que el gran villano había logrado lo que nadie había escrito


El escritor se encontraba desconcertado, no se podía explicar lo sucedido. En cierta oportunidad intentó reescribir el final de la manera en la que él lo recordaba, cuando releía los últimos párrafos notaba que habían sido modificados. Este hecho lo llevó al manicomio. Después de algunos años no se volvió a saber nada más de él y llegó el momento en el que nadie creyó que el libro estaba escrito de otra forma, inclusive aquellos que recordaban el primer final tenían dudas. La memoria es subjetiva, entonces ninguno de los que habían leído la obra sostenía lo que recordaba aun cuando una gran cantidad de personas pudo reunirse e indagar un poco sobre el asunto.


La felicidad no es eterna. Al morir el soñador la historia volvió a su estado original. Entonces el antagonista se encontraba en una situación en la que conocía lo que sucedería y, sin embargo, no podía evitar su destino. Resultó peor, era una marioneta consciente y eso lo atormentó internamente aun más de lo que estaba escrito o de lo que pudiese imaginar el lector.


Volvió la confusión. Si la primera vez que sucedió algunos se mostraron escépticos y consideraron que era una cuestión de marketing, para la segunda oportunidad ellos formaban parte del cúmulo de individuos que, en el peor de los casos, estaban conscientes de la ausencia de un giro argumental al final de la trama. No existía explicación convincente. Otros consideraban que era alguna paranoia colectiva, pero para los miles que habían leído el libro resultó algo real. De allí que muchas personas dejaron a un lado las respuestas psicológicas y se dedicaron a indagar en la brujería, mentalismo y satanismo la respuesta de lo sucedido.


Entre esos grupos que buscaron respuestas alternativas surgió el nombre de un individuo. En varias notas de prensa se hablaba de un Señor: Jesús Gutiérrez. Aunque esto no motivó su aparición en la prensa, él afirmó que había logrado ingresar a mundo ficticio y conversó con el antagonista.  Lo encontró en una tasca – la única que se describe en el libro.-. Él bebía como un desgraciado mientras los demás, estáticos como maniquíes imitando una gran juerga, esperaban que el lector leyera la escena dónde el protagonista entregaba un poema a la camarera. Él, como dueño del bar y ferviente admirador de la doncella, debía sacar al tipo a patadas.Gutiérrez comentó que el antagonista disfrutaba la escena, no obstante, después de repetirla y conocer la trama la encontraba innecesaria; prefería meterle una bala al pendejo y solucionar de una vez todos sus problemas.


El lector no había llegado, estaba estancado en la escena de la playa con el interminable parloteo del escritor acerca de la vida y sus calamidades. Entonces él se le acercó y vio en sus ojos una alegría, al principio la consideró exagera e injustificada, luego comprendió el motivo y le correspondió. Entendió lo maravilloso y afortunado que era poder ingresar a ese mundo, también en las posibilidades; se preguntó si podría hacerse lo mismo en otras obras de mayor calibre. Lo cierto es que en un mundo donde todo el mundo hace lo que debe hacer, aquellos tipos que vagan por dónde les da la regalada gana se convierten en seres solitarios, toparse con uno es tan probable como hallar una hebra rojo en un toro, y cuando eso sucede se le toma como algo casual. No es así, para quien sabe apreciarlo, es algo que ocurre cada mil años y debe celebrarse. Entonces ese personaje visco, jorobado, atolondrado, mezquino, ordinario y malvado como los mil demonios se mostró como un niño cuando observó al señor Gutiérrez pasearse por su bar. Conversaron, charlaron, bebieron, rieron, les tocaron las tetas a todas las camareras, pintaron las caras de todos los personajes y siguieron bebiendo. Ya cuando no había nada qué hacer ni qué explicar el antagonista le pidió a su visitante que lo sacará de allí. Después de varios meses vagando por todo el universo, Gutiérrez accedió; se llevaría al personaje. Tenían que ascender al edificio más alto del lugar y lanzarse. Pero cuando lo hicieron, en plena caída libre, el personaje desvaneció; la escena del bar había comenzado. Gutiérrez, por más que lo intento, no pudo regresar y su entrañable amigo quedó encarcelado.


Su amigo, ese tipo tan malvado que describía la novela, en sus ratos libres vagaba a lo largo de todo ese universo irreal. Ya había hecho de todo, no obstante, cada vez que el lector leía una escena donde el personaje participaba perdía su libertad y se convertía en una marioneta. Incapaz de evitarlo, veía una y otra vez cómo se repetía la historia y moría en cada libro leído. El personaje soñaba con el día en que pudiese acabar con esa farsa, o que algún nuevo soñador lo sacara de ese mundo y volverlo real por algunas horas. También en su viejo amigo Gutiérrez y en cómo volvería.



La razón por la que surgió el nombre de Gutiérrez fue que dedicó lo que le quedaba de vida, fortuna y salud en adquirir todos los ejemplares de esa novela escrita por un fulano de tal que desapareció después de andar varios años en un manicomio. Cada ejemplar adquirido era incinerado, sólo eso. Compró los derechos de autor sólo para liquidar la obra y darle paz a un amigo que viviría como pocos, moriría como todos y no renacería.




Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

domingo, 10 de enero de 2016

Lluvia de fuego.


En homenaje a L. Lugones


Recuerdo un atardecer rojizo y cálido en que desperté tras una larga noche de juerga; serían las siete de la tarde cuando el sol desaparecía para dar paso a la luna y yo despertaba dejando atrás el letargo de un sueño pesado y lúgubre, lleno de fragmentos diabólicos; a la vez reconfortante luego de haber bebido tanto y haber fumado tantos cigarrillos, y de haber besado y sobado a mujeres horribles en el Aztecas.

      Desde mi terraza dominaba una vista preciosa: el callejón más oscuro y sórdido del barrio. Un borracho no había llegado al anochecer para contarlo: dormía tirado, o estaba muerto, justo en el medio de la calle, con las extremidades abiertas, semejante a una estrella caída. Un hombre entró arrastrando por la muñeca a una mujer. Al contemplar el cuerpo lo pateó sin fuerza para ver si estaba vivo. Un quejido amargo develó la vida cansada que éste contenía, el alma sin fuerza que anidaba en el pecho del hombre ebrio. La mujer esquivó el cuerpo, con pasos fuertes colocó sus afilados tacones entre los miembros, como cuchillos lanzados por un árabe a un cuerpo extendido sobre una tabla. El hombre registró los bolsillos del borracho. Pelusa y cascaras de cacahuetes.

      Muchos hombres traían a mujeres a este callejón. El más oscuro y sórdido del barrio. No era la primera vez que desde mi terraza gozaba el espectáculo del abuso. El hombre abofeteó a la mujer y la violó. Al terminar, se fajó la camisa en los pantalones, se corrió la bragueta y se fue aprisa con la demoniaca sed saciada, apenas comenzada la noche. La mujer quedó en cuclillas, cogiéndose el estómago, llorando, dejándose caer hasta encontrarse a sí misma recostada junto al borracho, victimas del mismo vicio, compañeros del mismo infierno.  

      Al cuarto para las ocho cayeron las primeras chispas. La somnolencia me hizo creer que era mentira, pero, con un movimiento natural, sin miedo, estiré la mano y sobre la palma se posó un diminuto grano de cobre caliente. Sobre el negro fondo de la noche podía verse descender del cielo más y más trozos brillantes. Una vírgula más cayó, está vez sobre la punta de mi nariz, y ardió. Debo confesar que sentí miedo. ¿De dónde viene este cobre? ¿Es cobre? 

      Acababa de caer una otra chispa en mi terraza, a pocos pasos. La briza era rala, podía decirse que se extinguiría al instante siguiente. No se extinguía. Lentamente podía verse el cielo más tupido de chispas, pero sin llegar a desaparecer la sensación de cese.

      En fin. Aquello no me impediría cenar, ya que no había comido algo desde la tarde del día anterior. Salí de mi terraza, bajé por las escaleras oxidadas del edificio y atravesé la calle, no sin miedo de las chispas, hasta llegar al bar de Te. El bar estaba vacío, como casi siempre, y pude comer a gusto, solo, una chapata de pavo y un vaso de cerveza oscura. Desde hacía mucho comía únicamente en bar Te. Principalmente porque aún me fiaban. Con mi vida de escritor fracasado no podía hacer más por mí. Beber en sucios bares y frotarme con las chicas del Aztecas era todo mi divertimento. Ocasionalmente, acostarme con las prostitutas del barrio, si es que puede llamarse así a fornicar de pie, en callejones oscuros, o debajo de puentes clausurados. Más de diez años me separaban de mi última relación formal con alguna mujer. Desde entonces, entregado a mi mala literatura, a mis bares y mis orgias, no tenía tiempo para enamorarme. Alguna vez ensoñaba con Estela o Patricia, pero no lo consideraba algo serio porque ambas pertenecían al gremio de la prostitución. De cualquier modo, mis ilusiones amorosas duraban tan solo los minutos que tardaba en masturbarme pensando en ellas, cuando no tenía dinero para comprarlas, en mi terraza. Luego, todo se desvanecía y volvía la vacuidad.

      Entre tanto, Te me leía las noticias deportivas. Hacía pronósticos y llenaba quíñelas. La lluvia de fuego quizá había parado porque ni Te ni el mozo de bar parecían notarla. Comía lentamente y bebía con desagrado mi cerveza oscura, servida en el fiel tarro de cristal de bar de Te, el mismo de cada noche; podía reconocerlo por las dos manchas amarillas que decoraban su interior, dando forma a rostros satánicos, y por el desportillado borde que hacía parecer a la boquilla una cadena montañosa. Alguna vez me corté el labio con el tarro. Mi sangre se mezcló con la cerveza y el tarro y yo pactamos con un beso ensangrentado.

      De pronto, entró un hombre asustado al bar. Estiraba los brazos y gemía y se daba vuelta para que alguien le quitase de la espalda un trozo ardiente de cobre. Aprisa, el mozo, ayudándose de un trapo húmedo, quitó de encima del hombre la piedrecilla caliente. Había hecho un agujerillo sobre la ropa y una marca roja le quedó en la piel. El mozo puso la pieza sobre la barra y entre los cuatro llegamos a la conclusión de que sí era cobre, ardiente cobre caído del cielo sin explicación ni motivo. La extrañeza me quitó el apetito y regresé a casa sin terminar del todo mi chapata.

      La terraza estaba llena ya de cobre frío y la lluvia parecía menguar, pero no daba por terminarse. Me recosté sobre la cama y me dispuse a dormir. Sin embargo, al cerrar los ojos y disponerme a ensoñar, un nuevo miedo me sobrevino: el silencio. La calle estaba silenciosa, cosa extraordinaria, pues todas las noches el barrio se llenaba de ruidos de vida nocturna. No podía escuchar un solo grito, una sola pelea, algún auxilio en la oscuridad, ni patrullas rondando, ni motores de motocicletas o música salida de coches, ni borrachos platicando a gritos, ni vecinos haciendo el amor, ni perros lloriqueando al ser apaleados por sus dueños, ni el maullido de gatas preñadas, o gatitos hambrientos. ¿Qué significaba esta lluvia? El único lugar donde había leído algo parecido era en la Biblia, pero es sabido que ese cuento chino no tiene bases científicas, algo que pueda dar explicación, excepto la ira de Dios o alguna tontera semejante. Me levanté a contemplar el cielo. Las chispas parecían venir de todas partes y de ninguna. Se formaba en mí gradualmente un sentimiento de congoja, pero, hasta ese momento no había pensado en huir. ¡Huir! ¿Y mis manuscritos de novelas inconclusas, y mis más de trescientos cuentos escritos a mano, y mis años de entrega al arte, y mis bares queridos donde ya he logrado ganar la confianza de los dueños, y las mujeres, que, conociéndome de años, me fían el sexo? Y pensé en un amigo mío, escritor también, que fue a fracasar a otro Estado. Pero… si todo es como parece, él también debe estar anonadado bajo la lluvia, pensando en huir, y quizá, pensando en mí, pues no viniendo la lluvia de algún foco visible, debía ser general. Discutía conmigo las posibilidades, aunque creía sin motivo aparente que todo acabaría y no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con juntar los papeles y empaquetarlos.

      En ese momento se escuchó un gritó furioso y al tiempo jovial. ¡Ya no llueve cobre! Y en seguida, la gente comenzó a salir y a gritar y a beber. Los vecinos de la casa de enfrente pusieron música. Un perro ladró. Una mujer pasó por la callejuela en un vestido de lentejuelas rojas y me miró contemplarlo todo desde mi terraza. La saludé con la mano y me tiró un beso. Inmediatamente corrí al bar de Te.

      El bar estaba lleno. Al parecer la lluvia y su cese habían motivado a todos a salir a festejar. Todos pedimos cerveza y brindamos sin saber muy bien a salud de qué. Aquella noche las mujeres se dejaron tocar por la contentura y hasta el mozo del bar pudo mojar la brocha. Todo era embriaguez y felicidad en el barrio.

      Al amanecer caí en cama y me olvidé de todo, como cada mañana. Al atardecer, desperté debido al cálido soplo de viento que entraba por la ventana. No solo el aire, todo el cuarto, todo el ambiente era cálido. El bochorno y el sudor me hicieron levantarme. Por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente. Corrí a asomarme por la ventana: la lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez más nutrida y compacta. En el callejón había dos montones de cenizas. El borracho y la mujerzuela. “Polvo eres y en polvo de convertirás”, pensé.

      Salí del edificio por fuerza de instinto. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de virutas de fuego era de una paralización mortal; y por entre aquellas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

      Llamé, llamé en vano. La gente se había ido. Cubriéndome la cabeza con los brazos y manoseando el aire ocasionalmente para alejar del rostro alguna chispa, pude llegar al bar de Te. Estaba vacío. Ni Te ni el mozo estaban ahí. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

      Afortunadamente la estantería del bar se encontraba llena de provisiones. Al menos suficientes para un hombre. Vinos, cerveza, carnes y pan, queso, aceitunas y cacahuetes. Detrás de la barra me sentía dentro de una trinchera. Hasta su fondo no llegaba el viento caliente, ni el sonido de las cosas arder. ¡Qué aterrador sonido!

      Me serví cerveza oscura en mi tarro. Esculcando los cajones encontré un arma. Todos los dueños de bar tienen una. Te no la guardaba muy lejos de la mano. Apenas en el primer cajón, junto a la caja de cobro. La apreté bien fuerte. Di un trago a la cerveza y con la cautela de un neófito, revisé si la pistola tenía balas. Una sola guardaba. Suficiente para un hombre, pensé.

      Reanimado por el trago, repasé mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba, pero con la pistola, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

      Esa tarde y toda la noche, fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arder en las calles. La población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso como alquitrán caliente. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardía no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el clamor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores que gemían todas las bestias con un inefable pavor de eternidad…

      Bebí demasiado antes de caer en cuenta, o caí en cuenta debido a que bebí demasiado: me acometió de pronto un miedo que no sentía, estoy seguro, desde hace más de veinte años: el miedo infantil de una presencia enemiga en medio de la oscuridad casi absoluta del bar. Me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón detrás de la barra, donde el mozo solía pararse a meditar cuando no había mesas qué servir, sin rubor alguno.

      No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió reforzar mi trinchera. Colocando las mesas y sillas sobre la barra puede hacerme una especia de cueva. Por un momento pude recobrar la paz. El sentimiento de seguridad era enorme, comparado con la realidad: mesas y sillas serían mi tumba, moriría dentro del bar, ardería como todos, si no me mataba antes yo. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá afuera. Llegué a comer pan y queso, pero sobre todo bebí cerveza y vino.

      De repente la cerveza de barril se terminó, y junto con eso, el terror paralizante me asaltó. Había gastado sin prevenirlo toda la cerveza. Las luces descendieron. Anochecía. Y el humo de chatarra quemada entraba por debajo de las puertas y me sofocaba.  ¡Había que salir! A duras penas pude levantar las mesas que me hice de puerta.

      Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca. Corrí de regreso al bar, loco, entre la podredumbre. Los trozos de cobre eran tan grandes que además de quemar golpeteaban sobre la ya rendida ciudad y sobre los ya muertos edificios. Uno quemó mi hombro. En el bar pude verlo: quemadura de segundo grado.


      Busqué a tientas por el piso la pistola. Me encañoné y…




jueves, 7 de enero de 2016

Un mes sin filete.

Texto por: inDiios
Sitio del autor, aquí.


Relato dedicado a “Pajarito”; acelerado, bizarro y con suerte. Un abrazo a la eternidad, primo. 

Cuando cursaba el sexto semestre de carrera, deseaba vehementemente acabar los estudios y encontrar otro trabajo, presentar mi carta de renuncia, ver así la cara de autogol de mi jefe que tanto fastidiaba, algunas veces hasta me mandaba a comprar sus cigarrillos Hamilton, yo no era practicante, pero él siempre buscaba la forma de insistir con su cargo sobre el mío, ser asistente de marketing incluía también hacerle recados tontos. Ansiaba cambiar de trabajo porque no soportaba sus maneras, era muy displicente conmigo, pero jamás imagine que después de terminar mi carrera, me encontraría un día cortando cabezas de cordero y despiezando género en una casquería en el barrio de Aluche en Madrid.
            Con dos maletas de veintitrés kilos cada una y un equipaje de mano de ocho kilos sobre mi espalda, la persona que me recibió en el terminal cuatro del aeropuerto de Barajas, me entrego una llave junto con una dirección anotada en un papel un poco arrugado, doblado en cuatro, también me alcanzo un plano esquemático de la red de metro de Madrid. Llevaba mucha prisa me dijo; - “Perdona chaval estoy muy liado, me has pillado en mal momento…”, me dio un apretón de mano, trato de parecer preocupado por mí, sonrió falsamente y se marchó, yo voltee a ver como se alejaba. Me vi solo en un lugar totalmente desconocido, no tenía ni familia, ni algún pariente lejano en Madrid. Me obligaba a encontrar la forma de llegar a aquella dirección que el sujeto me había dado. Era jueves, casi las nueve de la noche, preguntando logre tomar una línea de metro que me llevaría a “casa”, pero confuso, cansado y sobre todo neófito, aparecí en la estación de Sol, en pleno corazón de Madrid, la hallé espectacular y clásica, con mi melancolía trataba de encontrar algo de Lima en esos edificios antiguos, pero sentía que estaba dentro de una película de Alex de la Iglesia. Después de la impresión que me produjo la vista, me di cuenta que tenía toda mi vida en dos maletas, acostumbrado a andar a la defensiva, logre ahuyentar a dos tipos con acento raro y que después de defenderme verbalmente, se iban insultándome en su lengua, no les entendía pero podía oler su hostilidad. Por un momento olvide mi tristeza y me llene de rabia, ahora entiendo a Nietzsche creo que se refería a estos momentos, en los que viene bien sentir rabia.  De nuevo en el metro, esta vez tomando la ruta correcta, encontré a dos españoles que pacientemente me indicaron como ir al lugar que buscaba, además de ayudarme con el equipaje. Yo les llamo ángeles a estas personas que aparecen en momentos precisos y te ayudan desinteresadamente cuando crees que nadie lo va a hacer. Llegué a la estación de Nueva Numancia en el corazón de Vallecas, era tarde cuando caminaba por aquellas calles me sentía extraño, solo llevaba horas en España, recordaba que también me decían que me cuide de los fascistas y nazis, pero curiosamente encontré antifascistas, anarquistas y metaleros que solo veía en las revistas “Kerrang” y “Heavyrock” caminando por la avenida La Albufera, surrealismo puro para mí. Sentí un raro vínculo con ellos que me incito a preguntarles sin temor; -¿Disculpa brother, la calle Peña Prieta?, -Tu tira para arriba macho, sigue recto y a la tercera calle doblas a tu derecha. -¡Gracias tío!         -¡Tranquilo chiquitín!
            Ya llevaba recién un mes en España, estaba viviendo en carne propia todo lo que me habían contado amigos y conocidos; “… si cholo, los primeros meses son los peores”, “…en la construcción te sacan el ancho”, “si vas solo vas a sufrir un huevo”…  Efectivamente, los primeros meses eran cruciales, algunos no soportaban la presión y se regresaban, mandando al diablo todo lo que habían hecho para viajar. Lo heroico es mantener tu postura ante las “cosas”, no claudicar en el camino. Yo no tenía otra opción, solo seguir adelante. En las noches recordaba la cara de mi novia en el aeropuerto, la de mi madre con la misma mirada tierna y triste de aquel día que me nebulizaban en el hospital cuando tenía quince años, debido a mi ataque de asma. Pensaba también, en que estarían haciendo mis amigos, mi novia, mi familia, como estarían esas vistas antiguas y neo realistas de Lima, lo que queda de ese art nouveau, el brutalismo del centro cívico, las calles de barranco, el jirón Quilca, los gallinazos planeando perfectamente en el cielo, la vieja casa donde vivía Cesar Vallejo, los recitales de rock independiente que me estaría perdiendo, los jugos de papaya o guanábana en el mercado posteriores a mis largos paseos en bicicleta por Huachipa, ¡Dios! ¡Me voy a volver loco!, ¡como he podido dejar todo eso y cruzar el atlántico! Daba vueltas en la cama y no lograba conciliar el sueño, las tres de la mañana y en Lima eran las nueve de la noche. Con la soledad, la cama y algunos pocos trastos me obligaban a escapar de la habitación, si no salimos de casa, estamos seguros de los peligros que trae la calle, pero también si nos quedamos dentro, la soledad nos termina matando o enloqueciéndonos.
Se me acababa el dinero. Todas las mañanas compraba el periódico de anuncios clasificados, marcaba los anuncios que me interesaban y los transcribía en una libreta, llamaba y concertaba citas de trabajo, por las tardes me iba a los cibercafés a ingresar mis datos en páginas web de empleo, también conversaba con mi familia. Se me había hecho casi rutina, ya empezaba a acostumbrarme poco a poco a vivir lejos, pero nunca del todo, a veces el vino tinto me ayudaba a recordar todo como si fuera ayer, trataba de no ponerme triste, buscaba refugio en la música, en la televisión, en la vieja guitarra que conseguí en un rastro, en los amigos que iban apareciendo, en los sueños bonitos que tenia, pero claro no dejaban de ser solo sueños. Logre obtener mi primer empleo de comercial en una empresa que prestaba servicios para distintas entidades bancarias, mi trabajo consistía en domiciliar nominas, pero a los clientes tenía que atraerlos en frio, es decir en centros comerciales e intempestivamente, algunos eran amables, otros no y la mayoría simplemente pasaba ignorando todo lo que decíamos, me resultaba complicadísimo, lo abandone.  Al mes siguiente me contrataron en un empresa de telemarketing, pero al no lograr entender muy bien lo que me decía la gente, pese a que se habla el mismo idioma, tuve que dejarlo también, mejor dicho me despidieron y aquí comenzaron las dificultades. Me dio un bajón y la congoja se apodero nuevamente de mí, me sentía inútil en Madrid, nunca me habían echado de un trabajo, siempre era yo el que lo dejaba, hay una primera vez para todo  y esta era la mía, pasaban los días y no encontraba trabajo, pasaba la semana y nada, el dinero otra vez se acababa en pagar habitación, transporte y comida, finalmente la crisis financiera norteamericana repercutió en mi vida y me vi afectado por la recesión una vez más, yo que huía de aquello, por  eso salí de Lima. Llegue en el momento “indicado” en el año 2008 la crisis desempaco maletas también, la época de bonanza se acababa, eso me decían algunos amigos colombianos; “antes encontrabas curro de un día para otro”, “antes decorabas tu habitación con lo que tiraba la gente, ¡era una chimba!”, “antes tenias dos o tres trabajos”… La recesión también cruzo el continente y me alcanzo en España. Necesitaba un empleo urgente, pero un empleo en el que no gane un sueldo por comisión, un empleo de sueldo fijo.
Una mañana muy soleada se dejaba ver por la ventana, la persiana estaba estropeada y no bajaba, yo vivía en una quinta planta y la vista no estaba mal, a veces me quedaba mirando fijamente a las nubes encontrando formas curiosas, el cielo azul era perfecto, cuando llovía a cantaros sacaba la mano por la ventana y observaba como las gotas caían sobre charcos. No era normal para mi, siempre estuve acostumbrado a la fina garua y a la neblina tan melancólica de Lima. El piso era de un peruano  que llevaba como nueve años en España y fue él quien toco la puerta de mi habitación; -¡Oye Pepe! ¿Y sigues buscando curro?  – ¡Claro! ¿Por qué? ¿Sabes algo? – Si, hay un tío acá en el mercado Las águilas que paga muy bien, te doy su número llámalo y haber que te dice, yo he trabajado con él, la chamba es huevo.  Yo estaba dispuesto a trabajar en cualquier empleo, incluso desde que tome el avión a Madrid ya tenía esa idea en la cabeza, así que llamé al señor del mercado y acudí a él.  -¿Has trabajado en esto alguna vez?  Me preguntó el señor del teléfono, que ahora lo tenía en frente; un hombre calvo y con cara risueña, se llamaba Manuel. – ¡Claro! Le dije. No tenía ni idea, pero necesitaba un trabajo y no podía dejar pasar oportunidades. Cuando fui al día siguiente, encontré al señor Manuel en su puesto, me llevo a un pequeño almacén  para que me familiarice con los productos y de paso conozca a los compañeros, “todos son muy majos” me dijo, primero me presento a su socio, era su hermano, otro hombre con el mismo aspecto pero con un rostro de amargado, cuando me presento con él me sentí casi ignorado, luego se dirigió a un sujeto de baja estatura y de tez blanca muy hablador, era un ecuatoriano y en dos minutos de conocerlo me conto que era hincha del Barcelona y que hacía cinco años que no iba a su país, no tenia papeles, luego me presento a un polaco el cual no abrió la boca para nada. Después de aprender lo básico del genero y de los pedidos en la cámara frigorífica, el señor me llevo a mi puesto de trabajo, yo estaría cortando y despiezando el género pero no en atención al público, más bien detrás, cuando más cerca estaba de desempeñar mi tarea, más miedo sentía y una especie de angustia o pena, no descubría exactamente que era. Llegué y me presentaron a un rumano de veinticinco años, nos saludamos y me explico un poco la dinámica del trabajo, decía lo justo, hablaba muy bien español, se limitaba a decir cosas básicas como; si, no, claro, vale, no se… pero consideraba que él era un buen tipo, entonces me dijo; - debes cambiarte, no puedes trabajar así, ensuciaras tu ropa, ¿no te dio una camisa y zapatos el señor Manolo? Le respondí que no, y me mando a preguntarle a un anciano que atendía a los compradores en las vitrinas donde se exhibía el género. -Disculpe señor, necesito una camisa para trabajar, ¿tiene alguna?, he comenzado hoy. El anciano me quedo mirando de arriba abajo, tenía un cuchillo muy afilado en su mano izquierda, lo acariciaba sutilmente, luego se rasco la ceja blanca, volteo a ver a un tipo que cruzaba con su bolsa de hacer las compras, regreso su mirada hacia mí y me dijo que no, pero que buscaría algo para darme. Después de algunos minutos me alcanzo una bolsa, la abrí y observe lo que contenía; eran unos zapatos de plástico estos que usan los jardineros para no mojarse los pies, salpicados totalmente de residuos y una camisa que alguna vez fue blanca, parecía que era la camisa de Charles Manson pero qué importancia podía tener eso, igual nadie me vería, estaría cortando carne dentro del puesto del mercado. Me saque la ropa con cuidado la doble como siempre lo hago y la guarde en un lugar seguro, me fije y la ropa del anciano estaba al costado de donde yo dejaba la mía, mire sus zapatos y me dio otra sensación rara, eso de ver los zapatos de la gente cuando no los tiene puestos, es realmente extraño. En fin, seguí con lo mío, cuando ya estaba con el “uniforme” puesto, comencé primero a limpiar una cámara que era como un pequeño almacén, el rumano me indicaba como debía hacerlo, vaciábamos unos cubos llenos de algo que no era carne, con algún liquido que variaba de color dependiendo lo que llevaba dentro, algunos estaban llenos de tripas, otros llenos de corazones, hígados, vientres de algunos mamíferos y otros de cabezas de cordero, era un ambiente realmente sangriento, el olor a sangre se me introducía  hasta la sien, mientras trabajábamos, Calin el rumano,  me preguntaba cosas que se le iban ocurriendo; hablamos de países, sueldos, del clima, de informática, de chicas, de nuestras familias, de planes de vida, de Bob esponja, de Bukoswski… hasta que me preguntó en que trabajaba yo antes, cuando le dije que era teleoperador, se quedo mirándome y carcajeó. A mí no me parecía tan descabellada la idea.  -¿qué coño haces acá? Me dijo. Este trabajo es duro, es mas físico, si tú sabes hacer algo, mejor busca trabajo en eso. ¿Y tú? Le pregunte. –Yo no tengo papeles, trabajo aquí hace dos años y ahorrare hasta tener papeles. – sí, tienes razón, pero necesito un trabajo.   – Esto no es para ti tío. Y que sabrá este, pensaba yo.  Terminamos de limpiar y vaciar los cubos, pasamos a trozar el género. Sobre un repostero había una madera más del triple de la que utiliza mamá cuando corta el pollo para “nuestro almuerzo en casa”. Al costado tenía un recipiente que reposaba en el suelo pero lo que contenía flotaba en su mismo líquido y lo podía alcanzar para ir seccionándolo y colocándolo en otros recipientes, el primero contenía viseras, mi labor consistía en sepáralas, seccionar el hígado, las tripas y demás órganos. Al comienzo yo cortaba de manera instintiva, pero ahí estaba el rumano para decirme como debía hacerlo, ya me había hecho dos cortes en el dedo y media uña del índice estaba ausente a causa del stainless.  Calin poseía una habilidad que lograba separar todo en segundos, incluida la forma de lanzar los órganos y viseras en depósitos correspondientes, era muy diestro con el cuchillo. Logre cogerle la maña y de algún modo en minutos ya tenía algo de destreza también, cuando me concentraba en el trabajo y olvidaba por completo lo que estaba haciendo, entraba el anciano a vociferar y a pedir que le saquemos más “cosas” cortadas, comenzaba a importunarme, yo me preguntaba, donde diablos estaba la carne, solo me dejan que corte las sobras. Fue una eternidad para la hora de descanso, Calin me dijo que tenía diez minutos para descansar o tomar café. Cruce una vitrina y me vi reflejado, sentí pena por mí, me vi sucio trabajando entre sangre y viseras  con un sueldo que no lo justificaba, me pagarían doscientos euros a la semana, trabajando nueve horas diarias y hasta más, sentía que no avanzaba mucho con mis metas trazadas, esto no estaba en mis planes. Antes de irme me fije que Calin en vez de salir a tomar un café o a fumar un cigarrillo, simplemente abrió una especie de puerta situada en el techo del local, bajó una escalerilla desplegable y se trepó, me quede ahí de pie observando cómo se perdía en la oscuridad de ese agujero, cinco segundos después me cambie y fui a caminar, me senté cerca a un pequeño parque, encendí un cigarrillo y una lagrimilla escapó por mi mejilla izquierda, los coches cruzaban raudos, las personas caminaban con prisa, con preocupación de algo, algunos aviones dejaban marcas en el cielo azul, solo veía felicidad en la cara de los niños que iban con sus padres y en aquellos perros que iban con sus dueños meneando la cola y tirando de su correa para poder olfatear algo. Yo estaba solo y sin dinero para comer, en Lima podía estar sin dinero pero un plato de comida nunca me faltaría y solo jamás estaría, hasta eche de menos a mi ex jefe. Como extrañaba el bullicio de mi ciudad. Arroje el cigarrillo al suelo y retorne al mercado, cuando llegué le pregunte a Calin por que no salía conmigo a fumar o a tomar un café, me dijo que él dormía allí arriba, le pregunte por qué no buscaba una habitación de alquiler y me dijo que ahora me tocaba cortar cabezas de cordero. Tenía que seguir con lo mío y yo nunca había cortado ni siquiera un pollo, esta nueva labor consistía en realizar un corte perfecto justo en el medio del cráneo de tal manera que la parte superior se abriera quedando al descubierto la lengua del animal, tampoco debía usar mucha fuerza puesto que esa fuerza se podía ir con todo hasta la mandíbula inferior, corté más de seis cabezas con todo y lengua, cuando llegaba Calin, reía un poco al ver que su aprendiz destrozaba aquellas cabezas, me decía que tenga cuidado con la lengua, incluso cortó algunas cabezas con su acostumbrada destreza para que yo pueda hacerlo mejor, el que si reclamaba era el anciano, entraba y gritaba; -¡COMO COÑO VAIS A CORTAR ASÍ LAS PUÑETERAS CABEZAS, ESTO NO LO COMPRARA NADIE COÑO!. Nunca le respondía nada a ese señor, yo miraba el reloj y daban las doce con quince, ¡Dios las horas no pasan!, volvía a verlo y eran las doce con dieciocho. Más tarde llegó el señor Manolo y nos preguntó algunas cosas acerca del trabajo, luego nos dijo a qué hora almorzaríamos cada uno para poder relevar el puesto, dicho esto se marcho. El primero en irse a almorzar fue el señor Antonio, el anciano que despachaba al público, entonces llego el hermano de don Manolo, se llamaba Daniel, este hombre tampoco hablaba, solo abría la boca para ordenar, parecía que disfrutaba mandando, me dijo que saliera y atendiera a la gente. -¿Me cambio de ropa? Pregunté. –No así está bien me respondió. No me gusto nada la idea, no era agradable para los clientes que alguien con la ropa de Jack el destripador los atienda, creía que este señor lo hacía por fastidiar, así que me dio lo mismo, total el negocio era de él. Me puse algo que me cubría parte de la cara y salí a atender a los clientes, era inevitable verme reflejado en las vitrinas, recordaba cuando  vestido de traje y corbata visitaba al jefe de logística de Graña y Montero, cuando era ejecutivo comercial de una corporación papelera en Lima, cogía mi automóvil a la salida del trabajo y escuchaba a Rafo Raéz, rumbo al canal cinco a recoger a mi primo, nos íbamos al cine ó a tomar algo por ahí con alguien más, tiempo después vendí el coche para emprender un largo viaje y aquí estoy, en Madrid recordando como tonto aquellos tiempos no muy lejanos. Pero qué más da, las cosas en la vida no aparecen gratuitamente, hay que lucharla, yo decidí esto y tengo que asumirlo, un hombre cobarde no sirve para nada.
Todo el tiempo que atendía al público, el señor Antonio no me quitaba la mirada de encima, me analizaba como si me fuera a robar algo, después de un momento me dijo; - ¡EH CHAVAL! Tienes dos horas para merendar y ni un minuto más tarde ¿vale? Lo mire, me saque la mascarilla que traía en la cara y la arroje contra la vitrina mientras él observaba como me alejaba en silencio,  fui por mi ropa, me cambie y salí del lugar, me daban dos horas porque era un trabajo de horario partido, al final trabajaba como diez horas. Cuando llegué a casa, me prepare algo para almorzar, mientras cocinaba me empeñaba en pensar en cosas bonitas, como la sonrisa de mi novia, el amor de mi madre, la pujanza de mi padre y los concejos de mis hermanos, pensar en eso me fortalecía para seguir adelante, “jamás los defraudare”.  Sonreí solo, como un loco, hay que estar loco para dejar “momentáneamente” lo que amas, pero esa locura me ayudara a ser mejor persona y a valorar mucho mas algunas cosas, más que locura, creo que es un tema de valentía, me sentí bizarro después de mucho tiempo.  Acabe de cocinar y almorcé solo, estaba ya un poquito mejor, pero era ineludible pensar que tenía que volver a ese trabajo, acabe mi comida y lave los platos, fui al baño me lave la boca, la cara, fui a mi habitación y me di cuenta que tenía dos llamadas perdidas de un teléfono fijo, me tumbe a la cama y llame, me contestaron de una oficina de almacenes de una gran cadena de alimentación, recordé que había dejado varias solicitudes de empleo ahí, me cambio el semblante, me citaron para una entrevista y me preguntaron el horario que deseaba. No podía estar más feliz, era el trabajo que estaba buscando, sin comisiones ni nada, sueldo fijo y con ocho horas de ley. No me importaba que sea un trabajo pesado como me decía Calin, la consigna era trabajar para tener dinero y ya está.
Retorne a mi jornada de trabajo y las horas restantes se me pasaron muy rápido. Tenía otra puerta abierta que me daba sosiego. Al finalizar el día llego el señor Manuel se acerco a preguntarme; -¿Y chavalote como te ha ido en tu primer día?  – La verdad don Manuel mal, esta camisa salpicada de sangre todavía huele al sudor de alguien, y ni le cuento de las botas, además son las nueve y cuarenta de la noche, y yo entre aquí a las ocho de la mañana, doscientos euros a la semana me parece una cantidad irrisoria para alguien con permiso de trabajo como yo, y solo he cortado panzas, viseras, mollejas y cabezas… - Es tu decisión, te pagare el día y ya está, no se habla más. Pero solo una cosa macho, no esperes cortar filetes de carne, ¡que esto es una casquería coño! ¿No sabéis lo que es eso?
Me fui con veinte euros en el bolsillo y con una experiencia más, divagaba acerca de mi futuro. Sentado en el paradero esperaba el autobús para ir a casa, me di cuenta y había más de diez personas detrás de mí haciendo fila. La noche estaba fresquita, el viento soplaba armónicamente y despeinaba a algunos distraídos, la luna desparramaba su luz sobre nuestras cabezas y pocos lo notaban. 
Llego el día de la entrevista para el trabajo de mozo de almacén en Mejorada del Campo, tuve que viajar en metro hasta conde casal y de ahí coger un autobús que me llevaría al polígono de Mejorada, cogí un asiento al costado de la ventana, me puse los audífonos, pulse Play y a disfrutar del paisaje, salíamos de Madrid y todo se ponía más verde, echaba de menos a mi novia cuando veía esos paisajes, recordaba también mi ciudad; las combis, la cultura chicha,  todo el caos, pero extrañamente echaba de menos todo eso también.  
Llegue a tiempo, incluso fui el primero. Deseaba tanto trabajar que fui seleccionado entre doce personas que estuvimos aquel día escuchando las condiciones de salario, horarios y algunos impresos que tuvimos que cumplimentar, además de la entrevista personal con el jefe de planta. De los doce, quedamos solo dos. Es increíble todo lo que uno puede lograr solo con desearlo, claro también hay que luchar mucho, mucho, pero si en realidad lo deseas, lo consigues. Yo he quedado alucinado con eso. Con lo caprichosa que es la vida algunas veces o es que tratara de enseñarnos algo y lo ignoramos totalmente.
Después de un año de trabajar de mozo de almacén, me dieron vacaciones, planifique mi viaje y enrumbe a Lima otra vez. Cuando estaba en el avión tenía una pelota imaginaria en la garganta, una ansiedad pero de las buenas, por mi cuerpo recorría un júbilo colosal, ganas de ver a mi gente, de decirles cosas al oído, abrazar a mis viejitos, de besar a mi novia; aunque muchos hayan pensado que esa relación se iba a desvanecer como el alcohol en las mejillas de un niño, la distancia podía hacer dos cosas con aquel “fuego” que llamamos amor, o apagarlo poco a poco, mes a mes, año a año, o ir alimentando ese fuego, con cada llamada, con cada recuerdo, avivarlo y mantenerlo siempre encendido, pues eso sucedió conmigo. Me case con ella en Lima y regrese a Madrid a trabajar, tengo que estar con ella en Madrid, si no mi vida seguirá casi vacía, trabajando, a veces triste, a veces alegre, extrañándola, eso no es vida.
Ha pasado tiempo y todavía no he podido traerla, han seguido sucediendo cosas buenas y malas, épocas muy duras, días en los que solo tenía una barra de pan, dos zanahorias y una cebolla, etapas en las que ya extraviaba mi esperanza, pero eso jamás debemos perder.  Estaba olvidando que cuando uno desea algo con todo su ser, lo consigue. Así será, encontrare otro trabajo por las mañanas, hare lo que sea  y de algún modo ella estará aquí conmigo, solucionare mis cosas, pagare otras, homologare mis estudios, estudiare algo más, publicare mis poema; son algunos temas que están pendientes y los terminare.
Ya es primavera en España y los días buenos ya están aquí, el sol se cuela entre mis cortinas, amanece un día soleado y me siento con todo el brío del mundo para hacer las cosas bien, enciendo el ordenador y cargo el Winamp pongo Play en orden aleatorio y suena una canción de Carlos de Abuín; “Tras un mes sin un filete, a base de macarrones, me puse unos pantalones y me he encontrado un billete… Hoy estoy feliz que bonito es vivir”.







Texto por: inDiios
Sitio del autor, aquí.
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