miércoles, 9 de noviembre de 2016

Tengo la ligera impresión de que Dios nos odia a todos, en especial a los negros de Haití.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.


A veces, cuando reflexiono y me pongo medio melancólico, creo que Dios nos odia. Imagino cosas así desde un tiempo para acá, antes era un tipo normal con problemas mundanos, o por lo menos hasta que se me acercó un Testigo de Jehová y me dio un folleto donde se afirmaba que la verdad estaba en la Biblia. Comencé por el libro de Job. El tipo era justo y buena vaina; Dios permitió que le sucedieran toda clase de calamidades por una apuesta con el Diablo. Al final Dios reprende a Job por haberse quejado, prohibiéndole el único placer de los oprimidos, pero le resarció todo lo perdido. Pienso que Job era buen tipo, y Dios, con toda su sabiduría y omnipotencia, no debió comer casquillo del Diablo ni hacer apuestas y confiar más en sus súbditos. Al final la moraleja de la historia es que debes amar a Dios porque él siempre tiene la razón.

Esta mañana leí el periódico. Lo primero que se me vino a la mente fue que Él no nos aniquila como cuando el diluvio o las siete plagas, sino que nos dejará a merced de las perversidades de su primogénito patotero para probarnos tal cual hizo con Job, y así ganarnos el paraíso. En todo caso, si en verdad existe ese lugar, estaría atestado de negros o por lo menos de morenitos e indios con un presidente negro con su respectiva esposa también negra. Es que han sufrido, a lo largo de la historia siempre han resultado jodidos, y a pesar de todo aún se les ve sonreír y festejar por las calles. Antes de Hitler, Napoleón, la invasión Europea a las Américas, César, incluso antes de Cristo, por allí andaban los negritos dando pingazos.  Y también la iglesia les ha dado duro, lo del hijo de Noé que lo vio desnudo, o algo así, y que de allí surgieron los negros no es del todo falso o resulta complicado de entender, pero esa teoría duró muchos siglos y justificó la esclavitud.


***


María Joaquina pertenecía a una de las familias más antiguas y ricas de Venezuela, era descendiente del Gran Mariscal de Ayacucho y recién había terminado su tesis en la Universidad de Central. Era atractiva en todo el sentido de la palabra, y de paso millonaria. Por aquel tiempo estaba de moda la iniciativa “Ayuda a un amigo”. Una familia con gran solvencia económica debía comprometerse en adoptar por cierto tiempo a un joven procedente de Haití. El joven debía cursar estudios superiores en el país y retornar al lugar de origen. Un chico llamado Ismael frecuentaba mi grupo de amigos de la universidad, fue uno de los primeros en llegar a Venezuela gracias a esa iniciativa.

Nunca le tuve mala idea al chico, durante el lapso en el que vivió en Venezuela mostró buenas aptitudes. Era agradable, tenía cierta afición por la literatura, terriblemente tímido y muchas veces despistado, eso le confería cierto aíre solitario que, durante algún tiempo, le resultó atractivo, o por lo menos interesante, a María. En muchos aspectos se podría decir que rompía los estereotipos que la televisión nos inculca acerca de los negros; no sabía bailar, no le gustaba el reguetón ni el rap, lacónico, tímido y sencillo en su manera de vestir. No usaba prendas de oro y sentía poco interés por los artículos electrónicos. Buen estudiante, amable educado y en sus modos mostraba un comportamiento que rayaba en lo esnob.


***


Llegó a eso de las 7:00 pm a la fiesta, lo primero que dijo al encontrarnos fue:
- Llamadme Ismael.- Entonces Nemo apretó la mandíbula y murmuró algo así: “Aquí viene este negro hijo de puta”.

- Nos trajeron al tipo equivocado.- Dije. En verdad mi intención era beber y pasarla bien, celebrábamos que al fin María Joaquina había terminado su tesis, y eso era gracias a la ayuda de Ismael con sus clases y todo eso. Pero a nadie le importaba lo que hizo o no hizo el negro, cuando ella presentó la tesis los viejos andaban de lo más contentos y organizaron una reunión.

- No importa, toditos son iguales.- Respondió Nemo. Al haitiano le gustaba la literatura, lo cual no era malo, sin embargo, después descubrí que se dejaba influenciar y que por esos días había leído “María” de Jorge Isaac.

- Epale José Alberto – Dijo Ismael. Estreché su mano y le di un par de palmadas en la espalda; él también había presentado su tesis, y con honores. Nemo le sonrió con esa arrechera contenida de mil demonios.

- Chamo, ya me está arrechando la guevonada.- Dijo Nemo. Te lo estoy advirtiendo, te me comportas hoy y ya sabes lo que hablamos.- En eso se apareció María Joaquina y le brincó encima a Ismael, lo besó en el cachete.
- Con bienvenidas como estas, cualquier negro se alegra.- Dijo Ismael.

- Pero tú no eres tan negro.- Respondió María, le limpió el lápiz labial del cachete y le pegó las tetas del hombro. Nemo ardía de la arrechera, entonces tomó por el brazo a María Joaquina y la llevó de golpe a su lado.

- Gracias. Supongo- Respondió Ismael. Fuimos a la sala. La tía Elda estaba atareada con lo de los tequeños e Ismael fue en su ayuda. Dejé a  Nemo y  María discutiendo.

Ninguno de la patota había llegado; Carlos andaba con Tahimy y no vendría hasta terminar de ayudarla con la decoración en la peluquería; David y Rodrigo compraban ron, eso quería decir que se iban a aparecer más tarde y borrachos con alguna sorpresa; El gordo estaba con Reina en su apartamento, posiblemente no vendría, además, Reina y María no se llevaban bien; y yo estaba de lo más ladillado, razón por la cual me fui a la concina para conversar un rato con la Nana y probar uno de sus famosos dulces.

- La niña María Joaquina, cuando era chiquitica, era gordita con cachetes rosados y el cabello castaño claro y largo. Corría y brincaba por todos lados, uno debía andar tras de ella para que no rompiera nada.- Y era verdad, por todos lados de la casa había fotos de María de pequeña. Escuchaba a la Nana y comía sus dulces, ella era la persona más linda del mundo. Había cuidado de María Joaquina y Jesús Alberto desde que eran unos bebés.  Al rato se apareció Rodrigo junto a su hermano David y me convidaron a fumar un rato en el patio, allí nos encontramos a Nemo que hablaba con el Gordo. Reina estaba sentada con las piernas cruzadas y una malicia en la mirada, apenas me vio soltó una risita. Nemo andaba obstinado y bebía ron a palo seco.  

-Ese maldito negro.- Entonces Rodrigo soltó una carcajada, le dio otro palo de ron. Y todos estábamos cagados de la risa por el asunto. -¿Quien se cree?- En eso se apareció Ismael.

- Epale gente.- Saludó Ismael.

- Epale nada.- Dijo Nemo.- Quiero que te dejes la guevonada de andarle escribiendo poemas a María.- Él chico palideció.

- No te lo lleves José Alberto. Él tiene que aprender a ser hombrecito desde ahora.- Replicó Nemo. Ismael sonreía, lo sostenía porque tenía la impresión de que se caería o se mearía encima- Mira, deja de andar escribiéndole poemas y diciéndole que la amas, porque mientras tú te la pasas escribiéndole poemitas ella me lo mama y se traga mi leche.-

- ¿Qué? – Dijo Reina – Nemo, no te pases de rata.

-Mi leche, y no la tuya negro el coño.- Entonces hizo un además de pegarle y todos lo contuvimos. Reina tomó por el brazo a Ismael y lo sacó de la casa.

- Coño, no te pases de rata.- Le dijo el gordo.- Eso no se hace.-
- El maldito negro se lo merecía.-
- No me refiero a eso, sino a lo que dijiste de María.-
- Coño, sí. Pero ese maldito me saca de quicio.- Le dimos un par de palos de ron y cambiamos el tema. Reina se había llevado a Ismael a su casa. Ya Nemo estaba más tranquilo, hasta empezó a sentir un poco de remordimiento. En el fondo él sabía que estaba mal, Ismael era apenas un chico que se enamoró de la única persona que lo aceptó en un país desconocido y en cierta forma lo usó. Entonces me empecé a sentir un poco saturado del asunto de María y Nemo, fui a la sala a ver si llegaban otros invitados con quien joder. Se decía que vendrían Travolta y El King, con ellos de verdad se la pasaba bien y se hacían fiestas sin malos rollos.

- Menos mal te veo, tengo que comentarte algo.- Dijo María justo cuando me vio en la sala hurgando entre los quesos.
- ¿Qué será?
- Reina se acaba de ir con Ismael no sé para dónde. No le vayas a decir al gordo que se puede poner más insoportable que el mismo Nemo.-
- Ok. Permíteme ir al baño.- La dejé en la sala, estaba buena pero hartaba. No quería enrollarme, la culpable de todo ese embrollo era ella por no hablar claro, después pensé, mientras orinaba, que mi prima no era mala persona, sólo era puta por naturaleza y no lo sabía. En eso escuché la voz de Reina, ella y María intercambiaron palabras. No sé qué pasó, pero algo me decía que no era bueno y fui al patio donde estaban todos reunidos. Allí me encontré a los del grupo como si nada; bebían y hablaban las mismas pendejadas de siempre. Al rato se aparecieron María y Reina, y todo fue como antes. Nemo estaba de buen humor y cuando eso pasaba todos reíamos, era un tipo agradable cuando quería.

A eso de las 3:30 am andaba con una chiquita de limpieza que estaba de lo más rico, pero se apareció la Nana y me agarró con las manos en la masa, me sacó de la cocina con un buen sermón. Entonces me fui de nuevo a la mesa en dónde estaba reunido el grupo. Apenas llegué, Reina hizo un comentario:

- ¿Escuchan? alguien como que está gritando.
- No escucho nada.- Dijo María.
- Es como la voz del negro Ismael.- Agregó Rodrigo.
- Coño sí. Se escucha como un “Te amo maría Joaquina”.- Dijo David, y se echó a reír.
- Dejen la jodedera. Dejen a ese niño en paz.- Dijo María. Nemo asomó una sonrisa, pero se le borró cuando acabó la canción que sonaba y el hueco entre canción y canción se llenó con la voz post adolescente de un negrito haitiano enamorado. Entonces se levantó y corrió hasta la entrada, le seguimos el Gordo, Reina, María, David y Rodrigo; y los invitados a nosotros. Llegué un poco tarde porque me tropecé con un mesón y me eché un batacazo que me hizo recordar mi nacimiento. Al llegar a la entrada tuve que abrirme paso entre la gente para darme cuenta de que la puerta del pórtico estaba trancada con llave. Sin embargo, se veía como el negro Ismael luchaba contra Nemo o cómo recibía los coñazos. María gritaba “Basta, Basta…”. Reina y el Gordo estaban cagados de la risa, David aupaba a Ismael y Rodrigo me miró, se racó la barba como preguntándome: “¿Araque, qué hacemos con estos locos?”

 De allí que le pedí ayuda a David para saltar la cerca, él me empujó muy fuerte y me di un segundo batacazo cuando caí del otro lado. Cuando me incorporé logré separarlos, pero no pude evitar que el negro recibiera una docena de coñazos en la cara. Entonces vi el rostro de Ismael bañado en sangre y con lágrimas en los ojos.

- Te amo María Joaquina.- Él retomó la senda indescriptible de la fatalidad que lo arrastraba al fracaso al seguir, y seguir, insistiendo en algo que no estaba bien y atentaba contra su autoestima. Gritó, y gritó con fuerza, todos escucharon. Hasta se arrodilló y le pidió matrimonio a María, mientras todos los presentes, incluso Nemo, reían. Respiré y medité por unos instantes, ahora reflexiono y pienso que si existen dos cosas en esta vida que no quiero repetir son: Ver a mi mamá desnuda y a un negro llorar. Los hombres no deberían llorar, y si son negros menos.

- Vete a la mierda negro el coño, esto nunca te lo perdonaré.- Replicó María. – Se supone que te lo habías llevado.- Le gritó a Reina, y ésta se encogió de hombros con una sonrisa en su rostro. María entró. Ismael se quedó tieso. En eso Carlos se apareció con unas llaves que sacó de no sé dónde y abrió la puerta, terminó de meter a Nemo a la casa. Luego fue al estacionamiento y regresó con la camioneta. Se detuvo a un lado, abrió las puertas y esperó por nosotros.

- Vente Ismael, vámonos.- Le dije. Lo monté a trompicones en el carro. Nemo estaba tipo macho vernáculo que defiende el honor de su dama, se había lastimado el brazo de tanto darle coñazo al negro. Entonces María fue a curarle, todavía no recuerdo porque no trasladamos al negro a un hospital. Llevé al negro Ismael a su casa y no nos marchamos hasta cerciorarnos de que no saldría de nuevo. Carlos sacó un par de cervezas mientras vigilábamos.

- Coño, todas las mujeres son putas.-
-Araque, deja de hablar así.- Respondió Carlos.
- Pero no viste como lo abrazó y lo beso con todo y el peo que Nemo le formó al negro por lo de las cartas y que ella había escuchado.-
- Araque. Todas las mujeres son putas como tú dices, pero no con todo el mundo, sino con quién a ellas les da la gana. Y están en su derecho.- Lo dijo como regañándome. Luego bajó el tono y agregó:
- A veces uno se confunde. Eso es lo que pasa.- Hablamos otras cosas más que no recuerdo. Regresamos de madrugada a la casa, ya la mayoría de los invitados se habían marchado. Sólo estaban los muchachos; David haciendo de que tocaba la guitarra, pero estaba hecho mierda de la borrachera; Rodrigo encerrado con la chiquita de limpieza que yo había apartado temprano; Reina conversaba con María, parecía estar aconsejándola; y el Gordo y Nemo se fumaban un porro, miraban el amanecer. Apenas se dieron cuenta de que habíamos regresado nos invitaron a ver el nuevo día. Fue una linda mañana, el sol apareció suave con tonalidades verdosas y, a lo lejos, se veía la playa.
Pasó el tiempo y no había vuelto a pensar en Ismael hasta el día en el que un testigo de Jehova se me acercó y me dio un folleto. Y esta mañana, después de leer en el periódico algo de un huracán que pasó por Haití y mató como a 400 personas, me di cuenta de que entre las victimas estaba él negro Ismael.


María y Nemo, se reconciliaron a las pocas semanas y aún están casados, viven en Francia. Carlos, se casó con Tahimy y aún atiende la peluquería. El gordo y Reina montaron una posada en Margarita. Rodrigo, David y yo aún nos reunimos de vez en cuando para hablar de pendejadas. 




Texto por: Roberto Araque
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