jueves, 20 de octubre de 2016

Te jodes

Texto por: Marissa Greco


Tengo miedo, he escuchado otra vez la voz que me agita y me mueve a hacer cosas que no debería, es tan clara como si la tuviera aquí mismo, sobre mí. Me da miedo de mí por esa razón. Bebo la cerveza, la quinta esta mañana y me entretengo mirando el vaso sucio de mis dedos sucios, que tiemblan al llevarme a la boca el líquido tibio que no sabe más que a orín.

En el telefonillo han llamado no sé cuantas veces, sé que es mi suegro, el padre de mi marido, bueno de mi ex marido, viene a veces para husmear en mi territorio. Por supuesto no le abro, puto viejo maloliente que solo sabe decirme que estoy más gorda y más vieja, y él que se habrá creído. Hace mucho que no está en mi vida ese hombre, más de ocho años, en mi corazón nunca estuvo aunque él crea que sí y me sonría, cuando aún lo hacía, dando la aprobación de un sacerdote, dando las bendiciones. No necesito tu compasión. Que tu hijo me dejó y que llevo sola todo este tiempo, sí. Pero tu maldita compasión, no, no la quiero. Aunque las veces que lo he visto he hecho el paripé de que me importa lo que le ocurre y que lo quiero como si no hubiera ocurrido nada. Luego escupo en su recuerdo y me olvido hasta que sacude con sus manos grasientas el timbre de mi telefonillo y entonces me acuerdo de la sangre que le corre al cabrón de mi ex por su cuerpo, ese que amé una vez, y ya me asaltan los demonios. Bebo más deprisa, saco otro litro de cerveza del congelador, bien fría y escucho la puerta de mi vecina que ya sale a hacer sus diligencias.

La muy zorra es todo lo que yo era y ya no soy, y no sé si me gustaría ser, porque a ella le pasará como a mí, de hecho le pasó, pero cree que su alegría y buen humor la van a sacar de la hondura donde está metida.

Es pelirroja de bote, como todas lo somos ya, somos una pegatina sobre otra en la imagen original, con los ojos azules, bonitos, muy bonitos, tiene esa piel de las que son medio del norte, blanca o más bien, rosácea. Lleva los pantalones muy cortos en verano y las faldas también muy cortas en invierno, tiene las piernas regordetas, cosa que indudablemente le fascina a los hombres. Se pinta lo justo para no parecer una fulana. A mí me quedaría como una patada en el culo ese rojo en los labios, yo que tengo arrugada la boca tanto como el alma, quedaría patético en mi cara. Pero a ella...le queda tan bien. He ido por la calle a su lado y me ha dado la impresión, en verdad la impresión no, la pura realidad de que yo no existía y su ego crecía como crecían las miradas de los hombres en su piel. ¡Qué asco de vida, supeditados al criterio de los demás! Y he sentido en todos esos momentos un dolor en la espalda y unas ganas de tirarle un jalón de la melena, porque la rabia me va entrando por la espalda y luego va saliendo como le da la gana. Para que no vuelva a sonreír su boca de fresa.

Ahora que se ha ido, he pensado dónde irá. Me llega hasta aquí su olor a colonia barata pero atractiva y me he quedado mirando la nada en un punto de estancamiento como es mi vida en general, una puta charca donde me ahogo sin agua, solo con cerveza, y de la mala además.

A los pocos segundos ha salido un ratón de debajo del frigorífico. Esa es otra, ella vive en el lado derecho de este edificio viejo y yo en el izquierdo, a ella no le sube ni un ratón, a mí uno o dos cada día. ¿Por qué tiene la gente tanta suerte, carajo? Claro que es una pregunta sin respuesta, de esas retóricas que diría mi vecina, que tanto sabe de literatura y la mierda de las palabras, porque ella estudió en la universidad y es no sé qué de postgrado en no sé qué especialidad. Me da igual todo lo que me diga, me suda el coño directamente. Pero disimulo y ella sabe que disimulo y  ella también disimula. Todos lo hacemos.

No tengo consciencia para saber cuándo me he quedado dormida ni lo que he hecho mientras estaba borracha, a veces me da por desnudarme y salir a la terraza, aquí en este quinto sin ascensor, nadie puede verme, aunque creo que más de uno me ha visto pero que le den a todos. En fin, que me he despertado porque he escuchado un grito.

-       ¡Oh, por dios! ¡qué asco, no puedo no puedo!

He salido a la zona común que comunica mi casa con la de la vecina divina y me la he encontrado en la terraza llorando y señalando un lugar en el suelo.

-       ¿Qué te pasa, hija? ¡Qué susto me has dado!
-       ¡Un ratón, un ratón. Está ahí mismo, muerto, en una bolsa. No me explico cómo ha llegado hasta aquí. ¿Tú tienes ratones, Ana?

Me ha preguntado eso y yo me he reído por dentro, como una puta loca que es lo que soy, luego me ha llegado un flash  del pozo de mi amnesia. La imagen es que he salido de casa un momento, cuando estaba aún con la cerveza en la mano y no me había tirado al sofá todavía y, que llevaba algo colgado de la otra mano.

-       ¿Yo, ratones? No he visto aún. Pues vaya putada, Lucy, con lo asqueroso que son esos bichos, menos mal que tengo gato.


La maldad me ha brillado en los ojos, y por unos pocos segundos he sido más que ella.




Texto por: Marissa Greco

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