lunes, 3 de octubre de 2016

¡Muchas gracias, chica lista!


Una mujercita envió un texto a mi correo personal. Era un cuento. ¿Sobre qué? Quién sabe, ni lo leí. En el correo pedía que le echara un ojo y le diera mi opinión. Antes estaba acostumbrado este tipo de cosas, pero hace mucho que no me pasaba. Le respondí que el cuento estaba muy bien, pero podríamos discutirlo mucho mejor con unas cervezas encima. Y que estaría dispuesto a leer más textos suyos si los llevaba impresos el sábado a las ocho de la noche a Tres Gallos. Respondió que sí, que sería un honor y todo eso. Me toqué los huevos y sonreí. Pensé: Dios, por favor, que al menos esté buena.

      Llegó muy puntual. No estaba mal. Pensé: bah, después de dos o tres cervezas no me importará hacérselo en el callejón.

Me saludó con entusiasmo. Me llamó maestro. Se sentó a mi mesa y puso un montón de hojas impresas. Pensé: joder, no era en serio. Suspiré y dije: bueno, vaya, vaya. Si que has trabajado duro, eh. Okey. Bueno, mira, hagamos una cosa: bebamos. Ya habrá tiempo de leer todo esto.

      Pedimos un par de caguamas. Brindamos. Y se soltó. Oh, sí. Lo había olvidado: hay que escucharlas. Oírlas, quiero decir. Sacudí la cabeza y pensé: vamos, vamos, es solo una hora, no creo que dure más; se emborrachará antes de que lo notes y podrás manosearla en el callejón. Es tuya. Cree que eres un buen escritor. Estará dispuesta.

      Mientras ella hablaba yo asentía con la cabeza. Me acercaba para escuchar mejor. Sonreía o torcía la boca cuando había que hacerlo. Pero no me hagan repetir una sola palabra de lo que dijo porque no recuerdo nada. Abría los ojos cuando ella los abría. Negaba con la cabeza cuando ella negaba con la cabeza. Sí, bueno, me puse en piloto automático. Y en algún momento le dije, oye, ven, acompáñame al callejón. Quiero fumar un cigarro. Me levanté y la tomé de la mano para levantarla a ella. La jalé hasta el callejón. Se dejaba hacer, eh. La aventé por ahí y saqué un cigarro. Lo encendí. Le eché todo el humo en la cara. Le dije: ¿Tú fumas?  Abanicando mi humo con la mano, respondió: no. Di otra calada. da igual, dije.
     
      La miré a los ojos. Me acerqué muy despacio. La miré a los ojos y le dije, mentalmente: te voy a coger. Te voy a coger, perra. Te voy a dar la cogida de tu puta vida. Bueno, era mi técnica. Mirar y transmitir mis deseos sexuales. Me acerqué a ella. No se quitó. Probé besarla, pero me arrepentí, así que solo pasé mis labios muy cerca de los suyos. Al final le susurré al oído: me gustas mucho. Mientras pensaba: da igual, sólo te cogeré y te botaré como a un zapato. ¡Pero, oigan, les estoy compartiendo mis pensamiento más oscuros! ¡No me juzguen! Uno es libre de pensar lo que quiera, ¿no? A fin de cuentas no la violé ni nada. Solo me acerqué a ella y le susurré dulcemente (de verdad, dulcemente) me gustas mucho. No la toqué. No le puse un dedo encima, caray. Tomen nota de eso porque es importante.

      Me aventó y se echó a correr.

      Regresé a mi mesa. Ahí estaban las caguamas. Eran las segundas, creo. La segunda ronda. Y sus manuscritos. Y su suéter, ja. Tomé el suéter y lo olí. Yo no sé que encuentran los fetichistas en oler prendas. Olía a metro, chinga. A sudor, no sé. Nada especial. Nada sensual. Y algunos se huelen calzones. Que falta de buen gusto, ¿no?

      Me estuve ahí hasta que Sergio me anunció que cerraría. Pagué la cuenta y me fui. Antes de salir Sergio me gritó que había unas hojas y un suéter en la mesa. Le grité que los tirara o lo que sea.


2

Al día siguiente, claro, era domingo. Los domingo son el único día que abro Facebook. Así que abrí mi Facebook para ver qué mierda se escurría por ahí hoy: ya me había cansado del cáncer de mama, de los perritos despanzurrados, del calentamiento global, de la matanza de bovinos para la producción de carne (¿por qué tiene que poner el video de cómo matan al ganado?) y de las personas desaparecidas.

      Ya saben lo qué pasó, ¿no? Esta mujercita, la que me envió el cuento, publicó en Facebook que yo traté de violarla. Me tapizó el perfil con insultos y etiquetó a un montón de gente, Dios. Todos me dejaron comentarios ofensivos.

      Al principió no me importó, pero luego… No debí hacerlo, lo sé: leí algunos comentarios al azar. Eran muy personales y ofensivos. No los repetiré aquí para que se burlen aún más, eh. No pude resistir la tentación de contestar alguno. Ya antes había recibido insultos en mi correo personal y en Facebook. Incluso en la calle. Por escribir textos machistas y cosas así. Se puede decir que estaba acostumbrado. Y como experto les digo: lo mejor es ignorar. El fuego de sus encolerizadas almas se extingue con el tiempo. Sin embargo, no sé… contesté uno. Y ese uno me respondió. Y otro más, junto con ese. Y contesté a ese otro, y otro me contestó, junto con otros tres pinches locos que hasta amenazaron con enjuiciarme legalmente y no sé qué. Ya de puro coraje les reté a hacer cualquier cosa. Y otros diez o veinte le siguieron el jueguito. De esos veinte contesté tres o cuatro. Interminable.

No sé cómo llegó un grupo de feministas. Pasé más de cinco horas, sin exagerar, contestando mensajes. Privados y públicos. La muy lista publicó mi correo y mi teléfono. Hasta me llamaron al celular. No contesté, por supuesto. Sabía que eran ellos.

      La cosa no paró ahí. Se pasan, caray. ¡Hicieron un video en YouTube! Unas pinches viejas locas se grabaron insultándome y solicitando a las autoridades mi arresto. Pero no tenían pruebas ni nada, así que me reí de ellas y les dejé un comentario en el video; les puse algo de que si seguían chingando me las iba a coger a todas, o algo así; lo primero que se me ocurrió. Entonces organizaron una marcha. Marcharían por los alrededores de mi casa, de Tres Gallos, del bar de Sanborns y de todos los lugares donde era bien sabido que yo me emborrachaba.


3

No sé si marcharon o no. A esas alturas, ya no me importaba nada. Cerré mi cuenta de Facebook, cambié mi número celular y me dije: la próxima vez la violas, total.

      ¿Y saben qué? No me lo van a creer. Pero a partir de eso comencé a recibir otro tipo de correos. De mujercitas que me defendían. Que escribían lo injusto del caso, ya que, según ellas mismas juraban: yo sería incapaz de violar a alguien. No sé por qué creían eso, pero lo aseguraban. ¡Me compadecían! ¡Mujeres me compadecían! Yo ni las conocía ni sabía cómo se habían enterado de todo. Pero me cité con muchas de ellas, jajajaja, y me acosté con ellas gratis y de buena gana. Además que mis únicos dos libracos publicados comenzaron a venderse más. Y hombres me buscaron por Facebook para invitarme el trago y contarme que a ellos les había ocurrido algo muy parecido. 

      ¡Muchas gracias, chica lista!

      ¡ Ah, y la acusé con Facebook por acosarme y le bloquearon la cuenta, jajaja! 





5 comentarios:

  1. Ingenioso, Martín, siempre sorprende,pues impredecible.

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  2. Estupendo narrador, Martin Petrozza; a quien divierta la lectura, le gustará, pese la crudeza del género literario, en el cual se enmarca, el realismo sucio. Pero nadie se equivoque, cuando Petrozza escribe en estilo formal, también sabe hacerlo a perfección. ¡Admiro a ese estimado amigo mex!

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  3. qué clase de depravado es ese que cuando una persona le pide ayuda y " toqué los huevos y sonreí" jajajajaj

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  4. Y era un tal Juan Carlos.

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