domingo, 11 de septiembre de 2016

Morir tomado


Lo único que quiero en la vida es morir tomado. No quiero que la muerte me alcance sobrio. No lo soportaría. El morir. De este modo, quizá, me sea leve la muerte y la disfrute.


         El chico del Tiki Bar, el mesero, murió de un pario cardiaco. Tenía veintiocho años. Era un adicto.

Di la vuelta en Medellín; yo venía por Coahuila. Había una muchedumbre sobre la calle. Era medio día. Nuca me ha gustado detenerme a mirar. Pasé de frente; miré de reojo. Un muerto. No le vi la cara. Estaba cubierto con una tela blanca. Gente lloraba. Gente iba de aquí para allá. Gente se quedaba quieta, de pie, mirando al muerto. Había patrullas. Policías. Gente rica, de traje, con las manos en los bolsillos, sin expresión. Había meseros del Mamarumba. También había una chica buena. Estaba parada en la esquina de Medellín y Chiapas. Hacía puchero. Tenía un par de tetas bien puesta. Un policía colocaba conos sobre el carril para que los coches no fueran a despanzurrar al cadáver. Otro policía desviaba a los coches. Otro llamaba por radio. Otro alejaba a los mirones. Seguí.
       
Lo conocí una ocasión en que salía de casa, bien tieso, a buscar un bar. Me llamó con un silbido. Oye, me dijo, ¿puedes correrme perico? No sé cómo lo supo. Seguí de largo, sin voltear a verlo si quiera.

 En la puerta de mi edificio estaba una señora, una vecina, llorando. Me miró venir. Me dijo: ¡ay, hijo, ay, hijo, era muy joven para morir! Nunca antes me había hablado. Ahora me decía hijo y me tocaba el hombro. ¡Era un joven muy trabajador! Se trataba de un mesero del Tikibar. Pero eso lo supe después. Paro cardiaco. Era un pobre muchacho estupendo, trabajador, buen hijo, buen amigo. Un pan de Dios de veintiocho años. Además de eso era adicto a la cocaína y manoseaba a las meseras. Todos somos buenas personas cuando estamos muertos. A los vivos nadie nos quiere.

         Cuando le pasa a otro no importa, peroa veces uno piensa en su propia muerte. Veintiocho años. Y de la nada, ¡pum!, el corazón. Aquella vez, en Tres Gallos, con mi caguama en la mesa, pensé: ¿qué dirá de mi la gente cuando muera? Sergio me preguntó si querría otra cerveza porque iba a cerrar en diez minutos. Le contesté que no y me salí por la puerta de emergencia, la que da al callejón. Me di un jale de coca. Regresé a la mesa. Terminé con lo mío. Me despedí de Sergio antes de que se pusiera pesado.

Caminé hasta el casino de Génova. Todo el camino a allá me toqué el pecho, para asegurarme de que mi corazón siguiera latiendo. Me metí al casino y me senté en la barra del bar. Ordene un whisky en las rocas. Me lo trajo Diana. Y pensé: date prisa, embriágate. Si hoy es tu día, más vale estar bien borracho.

         Le dije a Diana que me llevara al 33, un bar, un after. Le dije que si me llevaba, yo la invitaría. Pero Diana nunca quiso salir conmigo. Creo que era lesbiana. No por mí, lo digo sinceramente. De todos modos yo siempre me le insinuaba. Después del tercer whisky le decía cochinadas al oído. Le daba risa. Quizá me tenía lástima. Oye, bonita, ¿y si bebemos desnudos en mi departamento? Tú te dejas el moñito (del uniforme) nada más, y yo la corbata. Te la meto rico por el culo y me masturbas con la garganta, ¿eh? Oye, muñeca, ¿Sabes lo que es un chancro? Yo sí. Me pegaron uno el mes pasado. ¿Quieres verlo? Y una vez, Carlos, el gerente, me la aplicó. Pedí un whisky en las rocas y dijo: éste te lo sirvo yo. Se fue a la trastienda y regresó en diez minutos con mi whisky. Estaba de un color pálido. Me dijo: es un whisky especial. Es un afrodisiaco. Se fue con una sonrisa en la cara. Antes de que diera el primer trago, Diana me detuvo: le echó sus mecos, me dijo. Me lo quitó de las manos y lo echó al fregadero. Me puso otro, en otro vaso. Tendrás que pagar los dos, pero te he salvado, dijo. Le sonreí. Gracias, mamita. Carlos me odiaba. Nunca le pregunté por qué. Mis sospechas: él medía 1.90 metros, tenía la voz grave, era bien parecido… pero… bueno… tenía que trabajar en el casino. Yo medía 1.70 metros, era un desfachatado y podía estarme a las dos de la madrugada, mientras él me servía las copas y me hacía los mandados, bebiendo y jalando coca y manoseando a las meseras del casino y acostándome con algunas de ellas. Y además podía irme en cualquier momento. Él debía quedarse hasta terminar su turno. Carlos no podía soportar que yo tuviese más libertad y más suerte. Y que no debiera vestirme con un horrible traje sastre.  

            Para quitarme la cruda me tomé dos aspirinas, me bañé, me bebí una cerveza y me di un jalecito de coca. A la una ya estaba como nuevo, recargado, con ganas de más. Vendría Andrea, mi última conquista. La saqué de un bar en Génova, no recuerdo el nombre. Enfrente del Cueva de Lobos.
           
            Sonó el timbre. Me toqué el pecho. No quería que el corazón se me detuviera mientras me acostaba con Andrea.

            Una vez, mientras lo hacía con una chica, me sentí muy mal y no pude terminar. Afortunadamente la chica no era muy exigente, y me lo pasó por alto. Pero pensé que si hubiera sido una chica que de verdad me gustase, me hubiera desmoralizado. Aquella vez no pensé en un paro cardiaco. Nunca pensé que pudiera morir encima de mi última conquista.

            Andrea entró bufando. Venía muy acelerada. Según ella tuvo una audición de teatro antes de venir aquí conmigo. Creo que era actriz, o estudiante de actuación, o de canto. Me lo contó, pero por supuesto no la escuché, y además, me importaba poco. Era una chica atractiva, aunque su autoestima era el de un perro cojo. Eso me beneficiaba. Tenía un detector en los huevos para este tipo de chicas. Las conquistaba en dos minutos. Son el tipo de chica que siempre elige mal a sus parejas. Se desparramó en el sofá, bufó y dijo: dame una cerveza por amor a dios; me quiero matar; necesito beber, beber!!! ¿Tienes coca?, por favor di que sí o no lo soportaré. Sí, le respondí. Oh, cierto: mi tipo de chica: adicta a la cocaína. Es más fácil así. No tienes que ser guapo. Basta con llevar siempre un poco de coca para ellas. ¡Gracias a Dios, te amo, cabrón, te amo!!! La besé en los labios. Fui a la cocina por una cerveza y se la di. Luego fui al cuarto por un papel. Me senté a la mesa de la sala y piqué la coca. Andrea me contó todo sobre su mañana. No la escuché. En vez de eso pensé en que la coca se me acabaría muy pronto y tendría que conseguir más. Y eso significaba conseguir más dinero. No estaba seguro de lograrlo. No al menos para esta misma tarde, para la noche a más tardar.

            Dinero.

            La pasé el polvo a Andrea. Inhaló su parte como una desesperada. Luego yo hice lo mismo. Pensé: ya te preocuparás por dinero después. Ahora cógete a esta pinche vieja hasta que se te ponga el pito rojo y córrela de tu casa antes de que anochezca y quiera beber y drogarse más.

            Bueno, me bajé los pantalones. Ella ya no era una niña y sabía qué clase de hombre era yo y que quería de ella. Abrió la boca. La mayoría de la gente dirá que coger no se compara con hacer el amor. Pondrán en la cúspide al amor. Pero hay un placer en coger, en dominar, en humillar, en pensar: no me ama, solo quiere mi cerveza y mi coca. Hay un placer en cosificar mucho más grande que el placer del amor. Amé y todo, soy divorciado. No hablo por hablar. Cuando hacía el amor con mi mujer creía que no existía placer más grande. Pero el amor es sumisión, y no hay placer más grande que el de atropellar, el de traicionar y pasar por sobre otro. El de vencer. El de ganar. Sí, ganar. Cada que terminaba de cogerme como a una puta a una mujer, sentía que había ganado algo.Cada que negociaba sexo por droga, o sexo por comida, por alcohol, por compañía, por protección. Y todos queremos ganar.Si le preguntan a Andrea, muy probablemente pensará que ella ganaba, que ella me sobre pasaba al intercambiar sexo por coca. Después de todo el sexo no cuesta nada, es gratis. 

            Aunque Diana nunca quiso salir conmigo, Ana sí lo hizo. Ana era su compañera, otra mesera. Al principio no le caí bien. Se notaba en su cara. Pero un día fui y estaba sola, Diana no había ido a trabajar. Tuvo que atenderme toda la noche. Esa noche venía de Tres Gallos y estaba muy borracho. Le pedí una cerveza y un café americano. Luego, otra cerveza, otro café americano y unas enchiladas. Y ordené unas papas francesas para ella. Eso la contentó muchísimo. Es increíble lo que un pequeño detalle puede hacer. A partir de ese momento me atendió con una sonrisa. Me sirvió todos los café que quise y hasta cocacolas. Todo gratis. Y a las tres y media de la noche, le dije: ¿qué harás?, ¿a dónde irás? Su turno había terminado. No sé, dijo. ¿Quieres ir conmigo por ahí?, yo invito. Bueno, contestó. Me la llevé así, tan fácil como llevarte a un gatito pobre de la calle. Pagué la cuenta y salí. La esperé afuera, por la parte de atrás del casino. Venía cambiada de ropa.

            En mi casa le dije: oye, ¿puedes ponerte el uniforme? Lo entendió todo. Fue al baño a cambiarse. Salió en tanga. Solo se puso la camisa y el moño. No pude más. Le pegué dos cachetadas y la cogí. Gritó como una loca. Le agarré bien fuerte las nalgas; casi le entierro los dedos. Le escupí en el pecho. Le mordí las tetas. Le di nalgadas. Le comí el culo. Se la metí por el culo. Gracias a Dios siempre me tocan mujeres que pueden soportarlo todo. Creo que es la fuerza de atracción. Hay algo en nosotros que nos reconoce.

Al día siguiente le di doscientos pesos. Me los agradeció mucho. Sí, sí, le dije, no es nada, luego paso a verte al casino, anda, ya vete. Y ella, sí, muchas gracias, de verdad, gracias, espero verte pronto… Y yo pensé: ja, ahora eres una prostituta barata. Si no hubieras aceptado el dinero te guardaría cierto respeto, pero ahora no. En adelante harás todo lo que yo quiera. Puedo darte más dinero si te niegas.

Y Andrea no me cobraba con dinero, pero sí con droga. ¿Saben cómo me la llevé a casa a ella? La vi en el bar. La estuve observando un buen rato. Ella iba con amigos, yo iba solo. Había algo en ella, quizá esa fuerza de atracción de que  hablo. Le hice una seña. Me llevé el pulgar a la nariz y jalé aire. Ella lo captó en seguida. A los pocos minutos se acercó a mi mesa y me dijo: ¿entonces qué, tienes polvo? Sí, le dije, ¿cuánto quieres? ¿A cómo está? A doscientos la grapa. Dame una, dijo. Se la di y se fue. Era un volado. Si todo salía como lo planeado, regresaría. Y regresó. A la hora o así, regresó y me dijo, oye, ¿tienes más?, es para una amiga. Oh, no, le dije, yo no vendo, yo te ofrecí a ti porque me gustaste. Sonrió. Dijo: ¿entonces no tienes más? Sí tengo, pero solo si es para ti. Sonrió aún más. Vente conmigo, le dije, siéntate en mi mesa, bebe aquí y luego te llevó a donde hay más. Se instaló en mi mesa y me contó todo sobre su vida de actriz o cantante o lo que sea que haga. A las tres de la mañana se despidió de sus amigos para irse conmigo. Ya iba muy peda. Me la cogí en el sillón.

 Terminamos a las siete de la tarde. Lo hicimos tres o cuatro veces. Por mi parte era todo. Mi cuerpo no podía ofrece más. Ya no había cerveza ni coca. Andrea estaba en el suelo, tirada. Yo sentado en el sillón. Otra vez el maldito pensamiento: dinero. Le dije a Andrea que debía irse, yo saldría y no podía llevarla conmigo. No le importó, ya tenía lo que quería: ya estaba bien borracha y bien tiesa al mismo tiempo. Dijo algo de ir a un bar con amigos suyos, algo sobre que iría a un bar en la Condesa con algunos amigos suyos, algo sobre invitarme a ir con ellos, algo sobre un bar e ir, sobre llevar coca e ir. Me negué definitivamente.


Cuando se fue, por fin, entré a mi habitación. Estaba muy cansado y muy asustado porque el corazón me latía muy de prisa. Desde lo del mesero del Tiki bar no podía estarme en paz. Antes ni siquiera notaba que el corazón me latía de prisa. Ahora estaba alerta al menor síntoma, al menor dolor, al menor enrojecimiento del pecho o al menor cambio en el ritmo cardíaco. Saqué del ropero una botella de whisky medio vacía. Me acosté en la cama y me di traguitos de whisky mientras pensaba en cómo conseguir más dinero. Ya estaba muy quemado como estafador en el medio inmobiliario. Debía hacerme de nuevos clientes, quizá en otro Estado. El dinero que quedaba quizá me alcanzaría para un mes más, con trabajos. Y también pensé que era un buen momento para morir. Ahora que estaba borracho, recién cogido y puesto de coca. Ahora que ya no tenía dinero ni cerebro para hacer más. 





2 comentarios:

  1. Creo que todos le tememos a la muerte, sin embargo con el tiempo y la madurez, cuando te vas acercando más a ella, te repites que pasarás a otro plano, que el karma de tu vida presente ya está pagado y tu reencarnación será más benévola contigo. Goza la vida. La muerte siempre nos sorprende.

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com