domingo, 28 de agosto de 2016

USTED ES EL ÚNICO RESPONSABLE DE SU VIDA


Hace tiempo tenía la intención y la seguridad de escribir un libro. Pero me bebí una botella entera y ya no lo hice.

En eso puede resumirse toda mi carrera literaria. Toda mi vida. Esa botella es interminable. Aún bebo de ella. Estoy colgado a ella. 

Otra cosa que tuve la intensión de hacer es tener hijos. Pero claro que no, con mis maneras y mis costumbres, ja, ¡imposible! Mejor así. Soy el único responsable de mi vida.

Bueno, eso dijo mi psicólogo: que YO soy el único responsable de mi vida. Y yo le contesté, la vez que lo dijo: oiga, ¿usted es psicólogo o cura o gurú de superación personal? Usted como psicólogo debería saber que YO NO SOY el único responsable de mi vida. Nadie es el único responsable de su vida. En ningún sentido. Ni abstracto ni literal. Y él dijo: quiero decir… Y yo interrumpí: lo que quiere usted decir es que yo soy el único culpable de mi vida. Y eso sí que no se lo voy a aceptar. No le pago para que además de aburrirme cada semana, me culpe a mí de mi vida; ¡culpe a mis padres! Y él se defendió: no, no es eso, es que… Me levanté y no volví a visitar a ningún psicólogo. No vale la pena.

Ahora ya no tengo la intención de nada. Escribeteo solo por diversión. ¿Sabes cuántas personas han dejado al lado sus metas por una botella? Y además, no solo está la botella. Están las noches, los amigos, las otras drogas. Y las mujeres. Quise dejarlas al último porque las mujeres dan para todo un buen libro sobre las cosas que pueden arruinar tu vida. USTED ES EL ÚNICO RESPONSABLE DE SU VIDA. Ah, ¿sí? ¿Y quién puso a tope mis tarjetas de crédito, ah? Una mujer, por supuesto. Y mientras ella goza con todo lo que se robó, nadie va y le dice que ella es la única responsable de su vida. Al menos ella sabe que ella no es la única responsable de su buena vida. Sabe que me saboteó y que yo soy el único al que debería agradecer su suerte. Por no reportar como robadas las tarjetas. Mira, tú... ella no tiene que ir al psicólogo. Claro está, tiene que ir a la cárcel.  Pero eso no va a pasar. No pasó nunca.



      Iba a pagar mis tarjetas a pesar de todo. Eso tampoco pasó nunca. Es que… es que… No, yo no soy culpable de eso tampoco. Me echaron del trabajo. Por faltista. No se puede trabajar, no se puede vivir con una mujer como la mía. Todo el tiempo dando la lata. Lo único que traía a casa eran problemas. Problemas con el vecino. Problemas con la cañería. Problemas con su madre. Problemas con la gata. La bendita gata. Nunca agarres una gata de la calle. No sabes lo que significa hacerte cargo de un animal por veinte años. Al principio parece fácil; hasta te sientes buena persona, superior a todos esos que pasan de largo. Quizá se trate de eso: del sentimiento de superioridad con respecto a los otros. Quizá todo se trate de eso en esta vida. Del sentimiento de superioridad y del sentimiento de inferioridad. Es probable que todas nuestras decisiones estén basadas en esos dos sentimientos. Nadie puede mantenerse de un solo lado. Todo es relativo. En mi trabajo soy un peón, un esclavo; con mi mujer, el jefe. Mi mujer, bueno, era una fiera conmigo y una dejada con los otros. Pero ahí va uno, con su sentimiento de inferioridad, buscando el sentimiento de superioridad, a agarrar a una pobre gatita desvalida, asustada y cagada en medio de la calle oscura. Y sin saberlo: VEINTE AÑOS. Condenado a veinte años de esclavitud felina. La próxima vez que veas a una gatita cachorra en la calle, písala. Es mejor así. Y si no me crees, ve a Rescate Animal, en Tonalá casi esquina con Insurgentes. Yo llevé cuatro gatitos ahí. ¿Sabes qué me dijeron? Que lo mejor era darles muerte.

      No sé quién llamaba más. Si mi mujer, para decirme lo mierda que fui al recibirla en mi casa y darle toda mi vida (sarcasmo), o los cobradores de American Express. No me intimidaban. Entrené lo suficiente con mis padres, con mi jefe y con mi mujer. Entrené lo suficiente conmigo mismo. En mis juergas. En mis droguerías. En las casas de citas. No importa con qué te amenacen: nadie puede hacerte nada. Nadie quiere en realidad hacerte nada. Representa un esfuerzo muy costoso para ellos. Y están acostumbrados. No eres el único idiota casado con una bruja que lo lleve a la quiebra. Nadie va a romperte las piernas, chico.

      Con todo eso, nunca tuve tiempo para escribir mi libro. Siempre borracho, siempre drogado, ya sea por la coca o por el veneno de mi mujer. Yo no era yo. Así que no podía ser el único responsable de mi vida.

       Voy por la calle, todo tieso y borracho y una señora me mira. Son las siete de la mañana. Yo apenas acabo. Ella apenas empieza. Me ve y me dice: hijo, ya no se drogue tanto. Ni le respondo. No vale la pena. Ella no hará nada por mí. Lo mismo que nadie. Ni siquiera los cobradores. Todo mundo ladra. Luego me entero que la pobre señora es adicta al Cortisol, un esteroide suprarrenal que le controla el azúcar. Nunca juzgues a un drogadicto. Su droga puede ser más evidente que la tuya, pero solo eso. Y visto desde cierto ángulo, es más libre. Aunque no sea libre; no estoy diciendo que lo sea. ¿Pero quién es libre? Al menos ha tenido las agallas de sumergirse en el ilusorio mundo de las drogas. Es más cobarde sentarse a ver el televisor. Otra vez el complejo. Inferior / Superior. Nadie quiere ser inferior. Incluso los que buscan hundirse, en realidad buscan subir. Como el Dalai Lama, por ejemplo. Lo gracioso viene cuando se busca subir sinceramente; también se acaba bajando. Pero nada de equívocos, hasta ahora he sido muy claro. La cosa es así: si quieres ser un hijo de puta, no tengas miedo a ser un hijo de puta. Pero no nos vengas con hipocresías. Si quieres ser buena persona, jódete. A ver si puedes. No se puede. De verdad. Es como intentar meter la mano al caño y no ensuciarse. El caño es esto, es el mundo. El caño somos tú y yo. Estamos en una cubeta donde no cabemos e inevitablemente hay que pisar a alguien. 

      Poco a poco te das cuenta de que eres un… Pon tú el adjetivo. Un día, en una cruda, te dices: NO MÁS. Y lo crees. Lo crees con sinceridad. Te inventas castigos a tu futura desobediencia. La primera hora todo parece marchar. No es culpa tuya. Gradualmente tus células exigen su dosis. No, no eres tú. Tú no eres el único responsable de tu vida. No, no. Las células, las malditas células tienen inteligencia propia, son listas, aprenden y exigen. Y todo coincide: tu mejor amigo de borracheras te llama, te dice, oye, canijo, ¿dónde estás?, hay fiesta en casa de la loca de Gaby. Entonces entra en juego otra parte de ti. Tu pene se levanta, alza oído: ¿Gaby? ¿La chica que vimos el fin pasado, la de las piernas largas y las nalgas carnosas? Tu pene ya lo captó todo para cuando tú comienzas a cavilar: oh, sí, Gaby, la chica bonita, ¿no? Sí, sí, sí, paso por ti, hermano, estoy cerca de tu casa. Y piensas: bueno, no tengo por qué beber. Puedo ir y no beber. No necesito al alcohol para divertirme.  Y tu otro yo: no señor, eso no pasará, claro que iremos a la fiesta y beberemos hasta que tengas el valor de acercarte a Gaby y decirle lo mucho que alborota a nuestro amigo el pene. Y tú, ingenuamente, te defiendes: okey, pero al menos no tengo por qué drogarme. SILENCIO. Nadie dice nada. Tu sangre, adicta, se queda callada, sonríe por dentro y piensa: a mí me dejas sin mi droga, y yo te dejo sin respirar, te provoco ansiedad y vómito, te mareo, te obligo a esnifarte la coca de tu mejor amigo y a enemistarte con él.  Sales muy seguro de ti. Gaby es una mujer, pero a ti ya se te olvidó eso. Quiero decir, que las mujeres son la peor de las drogas.

      En mi caso no se llamaba Gaby, eso fue un ejemplo. Su nombre era Poly.  Sí, así. Hay madres con complejo de inferioridad que nombran a sus hijas con nombres extranjeros para que ellas tengan superioridad (aunque acaben pero que las que se llaman María o Mariana). Esa noche acabé muy mal. Creo que llamaron a la policía porque quise violar a Poly. Ella misma llamó a la policía. Gracias a Dios no hubo pruebas y nadie quiso atestiguar. Dos meses después del incidente, me casé con Poly.

      Si no son los amigos, es la soledad. Estás en tu casa, leyendo un libraco o masturbándote, y de pronto surge dentro de ti la cosquilla de pegarte un trago. Tus amigos no han llamado, así que puedes estar seguro de que no te meterás en problemas. Además, ya llevas dos días sin tomar. Ya es algo. Récord. Y un trago, nomás uno, no hace daño a nadie, ¿no? Sales a comprar un six, total. Y en el camino… tus ojos vislumbran a toda esa juventud saliendo de noche. El Oxxo está lleno de gente joven divirtiéndose. De chicas buenas riendo y acomodándose el pelo. Y tu cerebro te dice: tú ya estás viejo, tú ya viviste eso, hombre. Pero tu pito y tu corazón quieren un poco más antes de morir. Intentas hacer conversación con la chica en la cola delante de ti. No, ni en pedo. No hay señal de apareamiento. Puedes con eso. Regresas a casa orgullos de ti. Pudiste decir NO. Aunque, dado el primer trago, empiezan las justificaciones. No es que seas un ser despreciable con el que ya nadie quiera beber, no. De hecho, hace dos meses estabas casado con tu mujer y si estás solo ahora es porque se ha ido, ya sabes: las cosas no salieron bien, no nos entendimos, es mejor así: que cada quien siga su camino en santa paz y libertad, que vivir el resto de tu vida con alguien a quien odias. Y si los amigos no te llaman es porque seguro les surgió algo, algo importante para ellos, cosas personales: llevar a sus madres al hospital o llevar a los perros de sus hijas a castrar a la campaña de vacunación y castramiento gratuita. ¿En la noche? Bueno, quizá lo último no. No importa. Además, ya tienes edad suficiente para beber solo sin que ello signifique… lo que verdaderamente significa: miedo y soledad. Y eres suficientemente grande para soportar la soledad. Vamos a disfrazarlo: ayer me quedé en casa, eché una chela o dos y ya; no tenía ganas de salir. Ya aburre. Con todos esos jóvenes allá afuera, echando su desmadre. Es mejor dormir temprano y descansar. Trago tras trago, quieres más. Hasta que no lo soportas y mandas todo al Diablo y sales al primer bar que encuentras que aún te recibe. Y acabas drogándote en los sanitarios más sucios y apestosos de tu colonia. Y regresas solo a casa. No hay a quién decirle: qué buena estuvo, ¿no, amigo?

      Y cada que puedes, como puedes, escribeteas algo. Para al menos decir que eres escritor. 


      Bueno, ese es mi caso. ¿Y el tuyo?




      

 Martin Petrozza

2 comentarios:

  1. Manuel Jesus Kabalcanty Gonzalez Carrasco29 de agosto de 2016, 10:07

    Me gustó mucho el texto. Mi sincera felicitación, amigo.

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  2. De nada te tienes que arrepentir. Para escribir un libro tienes mucho tiempo. Y si crees que no puedes tener hijos por el alcohol. ¡Ovídalo mi padre tuvo ocho!. (Obviamente sin dejar el alcohol y muriendo a los cuarenta y cinco años. Tú ya sabes por qué) Un saludo para todos los alumnos de Casa Lamm.

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