domingo, 22 de mayo de 2016

Luz y mi problema


Comencé a salir con Luz si saber muy bien cómo, por qué o desde cuándo. Nuestra relación siempre marchó en el tiempo de una forma vaga. En realidad nunca nos declaramos ni nos dimos el sí. Podría decirse que todo ocurrió de manera natural.


            El caso es que una noche estábamos metidos en la cama, su cama, en su casa, haciéndolo. Y ella, de repente, dijo: no puedo creer que estemos haciendo esto. Me detuve un momento. ¿Cómo?, exclamé. , continuó, no puedo creer que estemos haciendo esto. ¿Puedes creerlo tú?
            

           Pensé en Luz. En cómo nos conocimos. En todo lo que nos dijimos antes de encontrarnos aquí, en esta situación. ¿Cuántas palabras habremos utilizado antes de llegar a esto? ¿Cómo debieron sucederse esas palabras para llegar a esto? ¿Una sola palabra lo habría cambiado todo? Quizá. Una palabra pudo arrojarnos a un McDonalds, a un bar, a una despedida, a un salón. O a la cama, su cama, en su casa, como lo hizo la cadena de palabras que entablamos desde que nos conocimos. ¿Qué fue exactamente lo que dije para llegar hasta aquí? ¿Por qué no funciona con todas las chicas? El lenguaje es como un juego de cartas. Estrategia y azar. ¿Azar? Pensándolo bien, yo tampoco podía creerlo. Es raro. Un día conoces a una mujer y al otro estás con su lengua en tu sexo.


            No contesté. La puse de lado y se la metí. Ella gimió. Y pensar que cuando la miré por primera vez ni siquiera me gustó. Me pareció demasiado vulgar. ¿Y si la embarazo?, pensé mientras se lo hacía. Qué jodido. ¿Cuántas personas habrán nacido así, sin amor, sin ganas? Sus nalgas estaban bien, aunque eran muy morenas. La negrura de su región anal no sugería higiene. Sus cabellos eran demasiado gruesos y olían a spray. Nunca me ha gustado el olor a spray. Es demasiado vulgar. Si alguien, señalándome a Luz me hubiese dicho: oye, ¿te quieres acostar con ella? hubiera contestado que no, que ni en pedo. Luz tenía razón: no podía creerlo. Esto no era real. Esto no estaba pasando. No, no.


Perdí la erección. ¿Qué pasa?, me preguntó Luz, echando la cara atrás, para verme a la cara. Yo estaba detrás de ella; recostados de lado. Oh, lo siento, dije y me quité a Luz de encima y me levanté. Ella me miró desde la cama. Una mirada de admiración. Yo realmente le gustaba a esta mujer. Dijo: ven acá, no pasa nada, ven, ven… me tomó de las manos, ella sentada sobre el borde de la cama, yo de pie. Se metió mi verga a la boca. Si alguna virtud tenía Luz, era la del sexo oral. Lo hacía muy bien. Pude terminar en su boca. Es más fácil así. Puedes pensar con libertad en cualquier otra mujer.


Esa fue nuestra primera relación sexual. Dejó mucho que desear. Luz lo pasó todo por alto. No pasa nada por una noche de mal sexo, ¿no? Yo ni siquiera pensé en ello. Tuve mi orgasmo y salí airoso. No hubo reclamos. Todo bien. Luz era maternal en ese sentido.



2


Todas las noches Luz me esperaba afuera de mi trabajo. Salía más o menos a las diez. No quedaba mucho tiempo antes del cese de actividades del transporte público. A veces bebíamos una cerveza en algún sitio cercano y después cada quien se iba a su casa. Yo vivía al sur. Al otro lado de la ciudad. El recorrido era cansino y tortuoso. Ella vivía al norte, mucho más cerca. Un día me propuso ir a su casa y tomarnos las cervezas ahí. Podía quedarme a dormir si quería.


Al principio fue cosa de viernes y sábados.


Primero llevé sólo lo necesario, lo elemental, lo estrictamente útil. Pero un día acabé por tener más cosas necesarias, elementales, estrictamente útiles en casa de Luz que en mi casa. Y de a poco, terminé llevando las cosas menos esenciales, como las chanclas que nunca usaba, pero que llevaba por si un día las necesitaba, o el talco para los pies, que tampoco usaba nunca, pero me hacía sentir seguro el verlo ahí junto a la cama, junto a los zapatos.


Sin saber muy bien cómo, por qué o cuándo, acabamos metidos en una relación de pareja. Monótona. Aburrida. Fría y cruel.


Luz continuó recogiéndome afuera de mi trabajo. Ya no íbamos por ahí a beber cerveza, ni comprábamos cerveza para beberla en su casa. Inmediatamente abordábamos el metro e íbamos a su casa. Hacíamos el recorrido casi sin hablar. En el fondo yo odiaba a Luz. Aunque ella se esforzaba por agradarme. Me contaba cosas. Pero yo no escuchaba esas cosas. No me interesaban. Ni siquiera las recuerdo. Cosas sobre su madre o sus amigos de la infancia. Sobre su pasado. Sobre las cosas que pensaba. 


Si era viernes comprábamos pizza en Julios Pizza. La comíamos en el restaurante. La acompañábamos con una cerveza. Luz se mareaba con una cerveza, eh. Y al terminar caminábamos a casa. Nos metíamos a la cama, y… Luz deseaba hacer el amor. Yo también deseaba hacer el amor. ¡Pero no con ella! Jamás logré hacerla tener un orgasmo. Simplemente no podía. No podía, de verdad. Su cabello, su olor, su piel, su sexo y el modo en que gemía... 


Hablamos sobre ello. Luz dijo: dime la verdad, ¿es problema tuyo o mío? Traté de calmarla. Le mentí. Le dije que era problema mío. Lo era en realidad. No era culpa suya. No me gustaba. Pero eso no era su culpa. Tampoco mía, ¿no? 

Oh, sí, claro, si no me gustaba, ¿para qué me fui a vivir con ella? Bueno, el recorrido trabajo-casa era más sencillo en su casa. Y a veces me caía bien. Si no fuera tan insistente. Si no quisiera hacerme el amor religiosamente, cada noche en punto de las once. Si no le diera tanta importancia al sexo, quizá… Supongo que esto es lo que sienten las señoras que están casadas con unos patanes panzones y borrachos. O las prostitutas. Bueno, al menos a las primeras las mantienen y a las segundas les pagan dinero. Llegué a pensar en sincerarme con ella. En decirle oye, mejor seamos amigos. Puedo pagar el gas si me dejas vivir contigo. Eso, ja, eso. Su casa era buena, grande, acogedora y de fácil acceso. Todo lo contrario a ella, a Luz. Me interesaba su casa. Estaba dispuesto a pagar renta por vivir en su casa, siempre y cuando esa renta no se pagase con sexo ni con cariño.


Una de esas noches en que Luz se empeñaba en levantarme los ánimos, y en que acababa en su boca, como cada noche, me preguntó y me obligó a responder francamente si había algo que ella pudiera hacer por mi problema. Ahora lo consideraba un problema, eh. Y estaba bien segura que el problema era mío.


Fue la noche en que se lo dije directo. Le dije sí, hay algo que tú puedes hacer: bajar de peso. No sé si lo mencioné, pero Luz era una chica regordeta.


Se puso como loca. Primero, calmada, murmuró no debiste decir eso. Casi siento lástima. Pero luego, se puso a hablar y a hablar y a hablar. Acabó gritando que yo era un maricón impotente de mierda, un bueno para nada, un vividor, un traidor, un puto.


Mira, Luz, yo me voy, ¿okey?, es claro que yo no soy el hombre de tu vida, dije mientras me levantaba y me vestía. Luz me miraba, recostada en la cama, cubierta con las sábanas, como una niña asustada. Y yo lo siento, muñeca, pero no soy ese hombre, ¿okey?, si tú no estás dispuesta a bajar de peso, yo no tengo por qué soportarlo, ¿ves? Luz no decía nada. Yo me ponía los calzones, los calcetines, la playera interior. Todo de prisa. Y exclamaba ¡siento que te hayas tomado esto muy en serio, eh, pero no somos nada, apenas dos que se acuestan… el pantalón… y eso de maricón, ja, no tienes ni idea… la camisa… yo puedo estar con una mujer como Dios manda, eh, siempre y cuando la mujer tenga un cuerpo como Dios manda!... los zapatos… no, no tengo por qué soportar que me humilles solo porque mi cuerpo no reacciona a… a… al tuyo… listo, estaba vestido, de pie, con todas las posibilidades de irme de ahí. Y Luz no decía absolutamente nada. Me miraba como una niña a un padre. Le dije: me largo, eh, me largo. Hubo un silencio. Y de pronto, el ridículo. Suelo caer mucho en ello. Yo, de pie, vestido, amenazando con irme, pero sin irme, y ella, recostada, sin detenerme ni nada. Di media vuelta y salí del cuarto.


3


Pasé el resto de la noche en el sofá. ¿A dónde iba a ir? ¡Y qué flojera salir!


Al amanecer, Luz me despertó. Me dijo: ¿no que te irías, cobarde? Oh, oh, oh, me defendí, Luz, ¿estás loca?, eran las dos de la madrugada, ¿cómo iba a irme? Luz estaba desnuda. Se le miraban todas las carnes. Contestó ¿también le temes a la noche, marica? ¡Oh, suficiente, Luz, me largo!, exclamé.


Me levanté del sofá y me fui a recoger algunas cosas y a meterlas en mi maleta. Cogí cosas al azar. Creo que cogí el desodorante, un zapato, una corbata, dos camisas, cosas, cosas sin importancia. Y cuando tuve todo hecho me encaminé a la puerta, decidido a largarme de una vez y a no volver nunca. Además, se hacía tarde para ir al trabajo. En todo caso tendría todas esas horas para calmarme y dejar que Luz se calmara y regresar con ella, hasta que otra vez sucediera.


Pero en la puerta estaba Luz. Y seguía desnuda. Y tenía otra actitud. Oh, sí. Me detuvo. Por fin, pensé, aunque en un momento muy inapropiado, eh. Nos miramos a los ojos. Nos sostuvimos la mirada. Di un paso más. Luz no se quitó de la puerta. Di otro. Le dije anda, quítate, me voy. No contestó. Sonrió. Oh, no, pensé, nada de sonrisitas, foca, nada de perdonar y olvidar, nada de no volverá a pasar. No. Di otro paso.

Luz se me fue encima, ja. En serio. Se dejó caer de rodillas y me agarró bien duro con las manos y me la mamó desesperadamente. Yo le decía oye, calma, así no, así no, al menos deja me quito los pantalones. Quería sacarme la verga por el cierre.


Terminamos en el suelo. Ella pesaba más que yo, imagínate. Al final me vine en su cara.


Luego me levanté y la miré. Era una pobre chica de treinta y dos años desesperada por encontrar a su hombre. Yo tenía veinticinco. Ella seguía en el suelo, desparramada, llena de semen. Estaba claro: sería capaz de humillarse si yo me quedaba. Y yo necesitaba una casa. Y no podía correr a Luz de su casa, era su casa. ¿Ya ves cómo la vida juega con uno cruelmente? 


Deshice la maleta.







1 comentario:

  1. Carlos Daniel Robles Grajales23 de mayo de 2016, 11:23

    Excelente cuento. Muy realista y ameno. Felicidades.

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