jueves, 7 de abril de 2016

No esperes que la luna vaya a escucharte si le aúllas como un gato.

Texto por: Alberto Blazquez


Acabábamos de “hacer el amor” y ya volvía a odiarla con toda mi alma. Tras mi última embestida y sin esperar a que llegase a sacársela, se había quedado quieta, con los ojos cerrados y una extraña sonrisa en sus labios enrojecidos. Ahora escuchaba su respiración pausada. El mero hecho de tenerla allí dormida a mi lado me producía nauseas. La odiaba. Hasta la última fibra de mi ser odiaba ese cuerpo, esa mente, esa voz… todo lo que suponía.

Me incorporé y me senté en la cama. Mientras liaba un cigarrillo observé su pecho subir y bajar lentamente, al ritmo de su respiración. Fumé fijándome en sus pezones, los cuales había mordido miles de veces y sentí deseos de volver a hacerlo. Respiré hondo, embriagado por el ambiente. Apestaba a sexo, tabaco, sudor y odio. Cuando el odio se vuelve tan intenso que no lo puedes ocultar también puede olerse.

Sonó mi teléfono móvil. Lo dejé sonar durante unos veinte segundos con la intención de que el sonido la despertase, no por sentir necesidad de hablar con ella o algo por el estilo, más bien solo por joderla, pero no se movió de su posición. Deseé que hubiese muerto. Me levanté y cogí el teléfono, ya que su sonido me estaba desquiciando.

 – ¿Si? – pregunté, sin mirar siquiera el nombre del contacto que me llamaba.

 – Pedro, – contestó la voz de mi encargado al otro lado del teléfono, – hay demasiada mercancía hoy. Tienes que entrar antes para ayudar a cargar.

Diez segundos de silencio.

– Pedro, ¿estás ahí? – se impacientó el desgraciado.

– Sí, estoy “ahí”. En veinte minutos llegaré.

Colgué el teléfono antes de que me diese las gracias, porque sabía que no iba a hacerlo, y me puse a liar otro cigarro, con calma. Estaba harto de ese bastardo. Siempre había mucho trabajo, pero el sueldo era igual. Con gusto podría hacerlo él todo, no pensaba ir cuatro horas antes a trabajar. Lo acababa de decidir. Podía esperar sentado.

Subí la persiana haciendo el máximo ruido posible al tirar de la cinta con la intención de putear a esa desgracia que dormía en la cama, y salí de la habitación dando un portazo. Esperé tras la puerta en silencio para ver si se había despertado, pero no escuché ningún movimiento. Ya se había acostumbrado. Al fin y al cabo, tenía suerte, yo también pensé durante muchos años que podría acostumbrarme, pero jamás llegué a conseguirlo. Durante otra serie de días interminables probé a ignorarla, pero, qué va, me resultaba imposible. Ahora me dedicaba a envenenarme pensando cuanto la odiaba a cada momento. Solo con imaginar su nombre sentía rabia.

Vagué por el pasillo, sorteando bártulos abandonados que nadie se molestaba nunca en recoger y me encontré con nuestro gato, Apollo Creed. En su día se dedicaba a marcar continuamente mi cara con su pata, de ahí su nombre, pero ahora recorría la casa en la penumbra, buscando comida donde podía. Solía comer todo tipo de mierda y enfermaba a menudo. Se encontraba andando a trompicones mientras tosía, preso de arcadas enloquecidas. Bajó la cabeza y vomitó. Le observé, aún desnudo. Se estaba reponiendo de la vomitona y reparó en el charco que había generado su estómago, lo olfateó y comenzó a lamerlo. Le aparté con el pie de mi camino, no soportaba a ese gato.

Me puse una camiseta que encontré por el pasillo y unos vaqueros manchados que recogí de lo que en otros tiempos fue un sofá. Ni siquiera me puse calzoncillos. Paré en la entrada de casa y me miré en el espejo del recibidor. Tenía cenizas en el pelo, que empezaba ya a clarear en diversas zonas. La barba había estado creciendo, descuidada, durante un par de días y tenía los ojos enrojecidos y acuosos. Sentí asco. Sabía perfectamente que no la odiaba a ella, me odiaba a mí, pero me resultaba más fácil creer que era a la inversa. Aticé un golpe al espejo con el reverso de la mano, tratando de borrar ese esperpento que estaba en el espejo, pero solo conseguí hacerme daño en la mano.

Salí de casa y dejé que la luz de la luna me acariciase la cara. Me sentía realmente enfermo. Llevaba treinta y ocho horas sin comer, casi cuarenta y ocho sin dormir y sabe Dios cuanto tiempo sin cagar. Solo con pensarlo empecé a sudar frío. No es que el sudor estuviese frío, es que estaba irradiando frío. No comprendía como se me podía poner dura aún, pero esa hija de puta siempre lo había conseguido. Era el pegamento de la cohesión del “ambiente hogareño”, follar. Era lo que impedía que diésemos rienda suelta al asco que nos teníamos el uno al otro, y acabásemos por matarnos entre nosotros, llevándonos por delante a ese asqueroso gato.

Todavía no había salido el sol, y la luna se reía de mí desde el cielo. ¿Qué hora podría ser?, ¿las cuatro de la mañana? Que importaba. Pensé en mi jefe. Hacía falta ser muy despreciable para llamar a una persona a las cuatro de la mañana para que entre a trabajar. ¿Qué necesidad había de interrumpir el sueño de alguien, para tratar de que se arrastre a un sitio que detesta, para hacer algo que detesta, con gente que detesta, bajo las ordenes de alguien que detesta? Era de locos. Mi jefe estaba loco. Y yo también.

Me crucé con un hombrecillo que caminaba con calma, pero con energía. Silbaba con alegría una melodía de un anuncio, y eso me irritó. La luna se reflejaba en su rostro, burlona. “Silba, silba”, pensé, “la luna se ríe de ti, de mí, de mi jefe, del tuyo y de todos”. Pasó por mi lado, ajeno a mis pensamientos y dejó un regusto a colonia que me revolvió el estómago. No pude resistirlo más, me sentéy luché contra las náuseas. Conseguí dominarlas porque no tenía nada que vomitar dentro de mí, y me dediqué a dejar pasar la madrugada.

Sentado en el banco observé un gato callejero. Me recordaba al mío, blanco y con manchas negras. Le odié a él también. Había estado allí todo el tiempo, maullando hacia el cielo, pero simplemente no había reparado en su presencia. Me levanté despacio para no espantarlo, y me armé con un adoquín que reposaba cerca del banco. El gato fijó sus ojos nocturnos en mí, y durante todo el proceso me observó con atención, listo para correr cuando fuese preciso. Apreté el adoquín en mi mano. Me hice daño al clavarle las uñas y, mientras una de ellas se rompía en tres trozos, pensé en ella, pensé en mí, pensé en mi jefe, en el señor que silbaba, en mi gato, en todos los gatos que maúllan a la luna pensado que van a ser escuchados y en todas las personas que aúllan como gatos. Temblé de rabia y frío y, con un certero lanzamiento, el adoquín voló hacia el gato, que se lanzó contra unos arbustos buscando refugio. Fue rápido, pero le había sorprendido. La pedrada llegó a golpearle en los cuartos traseros, pero consiguió penetrar en los arbustos con un maullido sobrenatural impregnado de dolor.

Y todo en menos de tres putos segundos.

La adrenalina se mezcló con el dolor febril que me recorría el cuerpo, y corrí hasta los arbustos chillando el nombre de mi gato, mientras le retaba a ser valiente y a salir. Viendo que no atendía a mis demandas, removí los arbustos con un palo y los pateé hasta que fui consciente que los arbustos se lo habían tragado ya, les pertenecía.

Vagué por las calles sin rumbo. Solo necesitaba calma. La vida me había derrotado. Y yo lo sabía. Eso era todo, no había que pensarlo más. Me habían hecho papilla. Nunca se es tan fuerte como te hacen creer, como mucho puedes elegir de qué manera morir de hambre, si eres afortunado.

Un murmullo vetado interrumpió mi paseo. Eso me molestó profundamente. Busqué al responsable con la mirada y lo encontré. La ventana de un bajo estaba iluminada y podía escucharse dentro el relato monótono de un televisor. Ese hombre estaba chiflado. ¿Ver la tele a las cinco y media de la mañana? Tenía que darle un escarmiento. Eran ese tipo de despojos los que contaminaban las sociedades de bien. Me acerqué decidido a la ventana, que, aunque parezca mentira, no tenía barrotes ni ninguna protección contra vándalos justicieros como yo, o como los adolescentes del barrio que aún son felices y están en edad de decidir en qué malgastar su vida. Aporreé el cristal con la mano cada vez más fuerte y pronto una cara regordeta y enrojecida por la rabia se asomó, lanzando juramentos que jamás había oído en toda mi vida. Resultaban ingeniosos. Le asesté un puñetazo en la frente en cuanto abrió la ventana y le grité todo tipo de insultos y palabras soeces. El gordo, asustado, corrió hacia el interior de la vivienda, cerrando la puerta de la estancia. Yo cerré la ventana desde fuera y destrocé el cristal a patadas. Ahora seguro que ponía barrotes.

Satisfecho con mi hazaña, me senté en el bordillo. Me entretuve liando un cigarrillo, con calma, y lo fumé tranquilo mientras pensaba en cuan divertida era la existencia humana. Toda una vida hablando, riendo, andando, meando, cagando, cepillándote los dientes, peinándote el pelo, follando, fumando, escuchando música, trabajando, leyendo… y, ¿para qué?

Unas luces azules me iluminaron el rostro, mientras fumaba mi segundo cigarro. Las luces provenían de un coche, del que dos individuos se bajaron. Otro coche de luces azules se presentó en la escena. Me levanté y caminé hacia ellos. Me hablaban, pero no les escuchaba. Estaba mirando a la luna, que seguía sonriendo desde el cielo. Me sonreía como siempre, burlona, pero la diferencia es que esta vez yo también le sonreía a ella. Porque había conseguido aullar como un maldito humano por fin.






Texto por: Alberto Blazquez


3 comentarios:

  1. Gran prosa, un buen texto lleno de rabia, odio, cabreo e incluso miedo. En un intento de destrozar el folio en el que se escribe, sin darse cuenta, el autor crea un sentimiento en el papel con el que muchos nos sentimos refejados.

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  2. Has hecho que en pocos minutos me ponga cachonda, después sienta pena, a continuación me ría y luego vuelva a sentir algo de pena.
    Me ha gustado, me ha gustado muchísimo. Imagino que muchas personas nos sentiremos identificadas.
    Ahora yo te pregunto también, ¿para qué?

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  3. Me gustaría saber qué pasaba por tu cabeza al escribir todo esto.
    Me ha parecido espectacular. Que manera de escribir

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