domingo, 27 de marzo de 2016

Niña de Casa 2


¡Ay, Laura, Laurita, Laurix Bombiux, chiquita, tiernita, niñita de casa! Ella no tenía la culpa de que yo fuera un majadero y un desgraciado, ¿no? Un coquero medio gay y medio pasado que lo único que deseaba era sentirse un poquito no tan coquero ni tan gay ni tan pasado. Ah, y ni tan calvo. Pero qué le voy a hacer… cuando me da la cruda moral, me da bien fuerte. La enamoré y todo, ja. También es un poco culpa suya, ¿no?, ¿quién le manda ser tan pendeja?


      Bueno, compré mi droga con Alejandro, mi diler de cabecera. Pensé que no lo lograría; no me contestaba el muy chucho, pero al final pude hacerme de mis cositas y olvidarme del mundo. A lo mejor eso es lo que realmente quiero, olvidarme del mundo, salirme, dejarlo, morirme, que me maten, que ya no tenga que ser yo. Bah, eso es el cuento de todos los drogadictos, no el mío. A mí me gusta estar volado y ya, eso es todo. Y cuando me caigo, me voy con Laurita y se me pasa. ¿No les dije ya que soy un desgraciado? Quedé de llamar a Laurix, pero con los primos que me armé, se me olvidó. Y ahí tienen a la pobre de esa mujercita, llamando desesperadamente a ver si no me sentía mal de la gripe esa que le inventé la vez pasada, la vez que hasta me llevó al Star Médica. Ay, mi angelito de la guarda. Todas las mañanas te rezo, pero por las noches, le rezo al diablo. Ay, sí, yo, muy malo, ¿no?


      Escuché que tocaban la puerta, casi la azotaban. Era Laura. Conocía el edificio donde vivía, pero no el departamento. ¿Departamento? Bueno, el cuarto de azotea donde vivía. Debió preguntar a los vecinos. Me encontró en calzones, apestando a mota. De todo eso tengo recuerdos vagos. Recuerdo risas mías, muecas y quejas de ella, decepción, llanto, histeria, enojo, portazo. Esa fue la primera vez que me vio drogado.


      Al día siguiente no la busqué, pero el fin de semana le mandé caritas llorando por Facebook. No las contestó de inmediato. Le mandé más caritas llorando y caritas tristes y caritas con los ojitos en tache, de muerto, pues. Y un gatito que me salió ahí en el chat de celular de Facebook, todo desparramado. Ahí ya contestó. Era Laura, Laurita, Laurix Bombiux, no iba a resistir un gatito despanzurrado, no. Chateamos un rato y acabó por perdonarme. Como estaba abajo, le juré que no lo volvería a hacer, que lo había hecho por primera y única vez, solo para probar qué se sentía. Ja, me lo creyó. ¿A mí? ¿Con esta calvicie y esta cara y esta delgadez?  Quedamos para comer en Don Keso.


      ¿Ya les dije que Laura era muy bonita? Llegó vestida con pantalón de mezclilla, blusa blanca y… sandalias. No puedo resistirme a las sandalias. Soy un fetichista de los pies. Casi me hinco ante ella y le beso los pies y le doy gracias a Dios por haberme puesto a Laura en el camino y juro que no volveré a drogarme nunca. Pero venía con Pancita, el perro ese, el pug horrible y eso me desanimó. No se lo dije. En cuanto la vi venir con esa cosa, la saludé efusivamente, alcé al perrito y lo acaricié y besé y exclamé, ay, qué lindo perrito, que bonito pechocho, qué loco, qué hermoso. Y Laurita rió y sobó la cabeza del perro que tenía yo en brazos y dijo ay, sí, sí, ¿verdad que es un precioso? Y yo sí sí, es un adorable, bla bla bla, y pensando: hazlo por el perdón de Laura, humíllate si es necesario, está preciosa y tiene unos pies deliciosos y si logras cogértela serás muy feliz. Sí, esa fue la vez en que me puse por meta acostarme con Laura. Si lo lograba calmaría mucho mi sed de autoestima.


      Esa tarde fue clave. Comimos pizzas individuales de jamón serrano y coca colas. Yo quería cerveza, pero estaba de caza y debía controlarme. La cosa empeoró más tarde, cuando dieron las cinco. El cielo se nubló y yo, como ovejita condicionada, cada que el sol se metía necesitaba hacer cosas malas. La tarde nublada me hacía cosquillas. Aun que sea una cervecita, pensaba, unas chelas no son malas, pues. No podía arriesgarme. Laura recién me había perdonado. Si le demostraba que además era un borracho incapaz de resistir el vicio, se me acabaría el jueguito. y yo apenas empezaba a jugar.


      Caminamos todo Ámsterdam, para pasear al Pancita ese. Ah, qué bien se siente pasear de la mano de un bomboncito bien, por la Condesa, con tu perrito de moda después de comer en Don Keso, a lo sano, sin prisas, sin maldades. Hasta me lo creí. Por un momento sentí que el aire que me resoplaba en la cara y me alborotaba el poco cabello que me quedaba, era mi aire, mío, dueño del mundo, Don Germán, un señorón con su esposa y su perro y su casa aquí, a unas cuadras, en la mera Condesa. Sí, a eso era adicto. La sensación que Laura provocaba en mí me gustaba tanto como la sensación que provocaba en mí la cocaína. Y Laura detrás del perro, levantando las bolitas de caca que tiraba por el culo, con una bolsa hecha de fécula de maíz para no contaminar con plásticos. Y yo, con mis tenis Nike, mirando a todos del hombro para abajo y sacando mi iphone cada treinta segundos a ver si no había mensajes del trabajo, de la empresa, pues, ya sabes. Supongo que a los treinta y cuatro años esa era más o menos la vida que debería tener, y no la que de verdad tenía: adicto a la coca, a las noches alocadas, a los jotos y las chavas del África. Trabajo: diseñador fri lans. Ingresos mensuales: la caridad de la revista Vice y mis otros clientezuelos menos famosos. Propiedades: mi culo. Posesiones materiales: dos grapitas de coca, un par de churros de marihuana, una lata de cerveza, un condón caduco, cien pesos. Futuro: un día el sida me va alcanzar. O un pasón. O un cuchillo en mis órganos vitales, saliendo del Cabaretito en la zona rosa.


      Bueno, la luna se alzaba y yo me convertía en lobo. Las narices me picaban. Quería mi coquita rica. Mi cerveza. Quería ser el alma de la fiesta en el Fusión. Pero yo, tranquilo, nais, caballeroso, llevé a mi niñita de casa hasta la puerta de su casa, donde la despedí con un besito en los labios y le te quiero mucho, y ella, yo también, Germán, te quiero muchísimo. Laurita entró y yo me quedé ahí, como el payaso que era, mirando la casa que nunca sería mía y a la que no podía entrar porque su madre, nomás de verme la primera vez, me vetó y me odió por manchar el apellido de su familia saliendo con su hija, la princesa. Ufff, no, no, no, me dije, no te hundas en pensamientos deprimentes. Tú eres Germán Acosta, el heterosexual más famoso entre los homosexuales y las locas del Cirquè nuit bar, y me fui aprisa a mi casa a quitarme los Nike y a ponerme zapatos y chaqueta de cuero. Abajo, playera interior, de tirantes. Y me fui de volada al Papi fun bar a tomarme unas chelitas y a levantarme un jotolón, que desde hace tiempo tenía antojo, pues.



2

La segunda vez que Laura me agarró con las manos en la masa, fue un jueves. Le escribí a las tres de la tarde que la extrañaba mucho. Ella contestó que ella también. Le pedí vernos para comer. No pudo, tenía comida familiar en Santa Fe. De verdad la extrañaba. La noche del miércoles me la pasé trabajando y bebiendo hasta las cuatro de la mañana. Metiéndome coca, por supuesto. Y no sé… a las cuatro y cuarto o así, que me da una depresión terrible. Casi lloro, de verdad. No pude dormir. Pensé en mi vida, en mis enemigos, en que no tengo amigos ni perro que me ladre, ni siquiera un pinche pug. Ninguna mujer me ama. Y como no soy gay, gay, ningún hombre me ama tampoco. He caído muy bajo. No creo que lo entiendan. Yo solo quería ser joven un poco más de tiempo. Encima, odiaba mi trabajo. Me metí a eso del diseño y la ilustración digital porque según deja dinero. Mentira. Lo mío lo mío es… Eso también me deprimía. A mi edad aún no sabía para qué había nacido. Nada me satisfizo de chico. No terminé ni la preparatoria. Ninguna carrera me atrajo. Me tentó Comercio Exterior o Derecho, pero, como ni la prepa tenía… Tomé un curso de diseño digital en una escuela patito que pagó mi madre con muchos esfuerzos. No me hagan acordarme de mi madre. Caray. Y así, poco a poco y de curso en curso, de trabajillo en trabajillo, me hice disque diseñador. Pinche revista Vice, con lo que paga no alcanza ni pa droga de la buena. Dormir en un cuarto de azotea me avergüenza. Me llevaba la chingada, pues. Y extrañé a Laurita, tan fresca, tan linda y desinteresada. ¿Qué habrá visto en mí la pobrecita? ojalá yo supiera querer. Ojalá la quisiera un poquito a la pinche Laura pendeja esa, niñita de casa, princesa de mierda, chingao. Ojalá no fuera tan pendeja y pudiera venir a verme y echarse por ahí en el suelo y fumarse un porro y meterse unos lineazos. Ojalá me la mamara en el bañó de África. Ojalá pudiera llevarla al África. Siempre he buscado a una mujer chingona, caray. Una que me diga Germancito, te traje un poquito coca, mi amor. Jajajajajajaja. ¿Pero saben qué? ¿Quién va a querer a una pinche vieja así? Si lo que uno quiere en el fondo es ser un señor decente, un Mister, con una mujer bien, pues, una de apellido bonito, que venga con una buena dote y que herede una casa grande cerca de la playa.


      Ay, ya casi me pierdo. Sí, bueno, esa tarde no puede comer con Laura. Le mandé mensaje a Hugo, un jotolón que conocí el fin de semana pasado, a ver si quería comer conmigo. Aceptó. Quedamos en Plaza la Rosa, en la zona rosa. Me bañé, me perfumé, me puse mis mejores calzones y me fui caminando a ver a ese Hugo. Era un cahparrito querendón, blanco, de cabello castaño y más puto que Ricky Martin. Comimos en el local de Bisquets Obregón. Yo unas enchiladas, él una torta de pavo. Cafés con leche. Bueno, eran las tres y media de la tarde, y ya saben, de día soy un caballero, de noche… nos fuimos a pasear por ahí.


      Acabamos en mi casa. En mi cuarto, okey. Era un mariconsito rico. Me lo chingué tres veces. Me dejo el pito morado. Se la mamé y todo, pero soy activo, eh. Solo me echo una pinga a la boca de vez en cuando.


      Y sí, carajo, esa Laura tenía la costumbre de llegar de sorpresa. Se daba muchas libertades. ¿Es que no tenía amigos? Está bien que le haya mostrado interés, pero ya debía saber que las noches eran para mí, no para ella. Mis noches. Para mí. En el día y por la tarde, lo que quisiera. Hasta a la iglesia iba si me lo pedía, a pasear al pug, a caminar de la manita en Parque España, a comer helados a Roxy, hasta a la primera comunión de su sobrino… pero las noches. No era tan noche, tampoco. ¿Las siete de la tarde? Supongo, porque Laura tenía prohibido salir después de las diez adonde sea. Y llegó. Tocó la puerta de mi cuartucho. Hugo no se asustó, era un descarado, yo era el closetero. Pero estaba medio drogado, así que ni me acordaba de Laura. Abrí como si tal cosa. Y Laura ahí, asomándose y viéndolo todo (basta una mirada para recorrer todo el cuarto). ¿Qué vio? A mí en calzones, en primer lugar. A Hugo desparramado en la cama, desnudo, con la verga bien parada y ensalivada. Sobre la mesilla, dos grapas de coca abiertas, un poquito de marihuana en una bolsita. Seis latas de cerveza vacías pegadas a la pared. Mucho humo de cigarro.


      Dio media vuelta y salió corriendo. No dijo ni pio. Y Hugo, desde la cama, con voz de puto ¿quién era esa, tú?, y yo nadie, nadie, no te apures y por dentro pinche Laura pendeja, ya no me va hablar, ya valió madre, ya la cagué gacho, pinche inmoral, pinche medio puto culero, pinche Germán, por eso no te vas a casar nunca ni vas a tener hijos ni familia ni casa ni nada bueno en esta vida; me hubiera ido a los baños Finisterre, pendejo de mí. Entré al cuarto, me bajé los calzones y me cogí a Hugo con mucha fuerza e ira.



      De momento, con Hugo, la droga y la cerveza ahí, pude soportarlo. 

      Pero al día siguiente, por la tarde, cuando desperté, me deshice.  






4 comentarios:

  1. Sublime! Ajajaj ��

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  2. Me recuerda a muchas personas!

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  3. Me encanta cómo escribe Verónica Pinciotti ������

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  4. Tus textos me recuerdan el estilo de Xavier Velasco, o los llamados novísimos latinoamericanos (rudos, callejeros, aunque rayando en lo fantástico). Por cierto Feliz cumpleaños, Verónica Pinciotti, te envío un abrazo, gracias por dejarnos leer tus textos.

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