domingo, 14 de febrero de 2016

Ni siquiera me quité los zapatos.


Le pregunté a Hugo en secreto si podía conseguirme cocaína porque E hace meses que jodía con que le consiguiera un par de tiros para quitarse de encima el antojo; cada que nos reuníamos con O y los demás, E les gritaba, en algún momento de la noche (aunque yo era, en realidad, el único que podía hacerse responsable (era mi esposa)), que le comprasen coca o se pondría muy mal. Y no era una loca de la cocaína, no. ¿Cómo explicas eso, Señor? Durante aquellos meses intenté dos veces contactar y ambas fallé. En la segunda, me estafó un vago de la Glorieta de Insurgentes. Sí, lo sabía en el fondo. Ningún vago regresa a cumplir con su palabra. Le di cincuenta pesos como anticipo. Nunca volvió. Y además, ¿qué clase de droga me traería por cincuenta pesos? Da igual. Le pedí a O cincuenta pesos, porque aquella vez estábamos en bar de T, que está sobre el redondel de la glorieta, y me salí sin advertirles algo y regresé con el vago y llamé a O por la ventana del bar y le dije, O, dame cincuenta pesos, luego te explico. Fin de la historia. Fin del dinero. Fin de la noche. El vago no regresó y tuvimos que comprar Bacardi y beberlo en mi casa, pero E no aguantó hasta el amanecer, a pesar que esa vez bebimos hasta las dos de la tarde del día siguiente. O dice que hasta la tres. Qué importa. Nos jodimos mucho y perdimos dinero y no hubo coca.

      Hugo respondió que sí casi de inmediato. Casi antes de que yo acabase de preguntar. Le ofrecí salir a fumar un cigarrillo, uno de los míos. Aceptó. Le dije a E que iría a fumar con Hugo y que se quedase en su sitio. E asintió. Estaba acostumbrada a que yo saliera a fumar cigarrillos mientras ella se quedaba en el bar, el bar de T. Afuera fumamos y Hugo llamó a alguien por celular y ordenó quinientos pesos de polvo. Antes de entrar acabamos los cigarrillos. Mientras tanto yo miraba a E a través de los cristales para que nadie se fuera a propasar. E era una mujer muy guapa, en serio, y no sería la primera vez que alguien intentaría ligarla y yo tendría que ir a partirme la cara. Aunque, a decir verdad, jamás he llegado a los golpes. Una ocasión, precisamente en bar de T, casi lo hago. Fue la vez que conocí a Hugo, de hecho. Fuimos al bar E, C y yo, y un hijo de las mil putas intentó ligar a E mientras yo fumaba un cigarrillo afuera, con C. Lo vimos claro. Bueno, no quise interceder tan pronto. E se lo quitó de encima sola. Pero luego, no sé, treinta o cuarenta minutos después, volvimos a salir a fumar y el muy descarado volvió a joder a mi esposa (en ese tiempo no estaba casado, pero es igual, ¿no?) y por si fuera poco, se sirvió un vaso de cerveza de nuestra botella de cerveza, la que estaba en la mesa de E, que era nuestra. Eso sí que no lo soportamos. Le dije a C, hombre, E puede mandar al carajo a ese sola, pero la cerveza no, ¡vamos! Acto seguido, el mamarracho tenía a C cogiéndolo del cuello y obligándolo a pedir perdón y a pagar la cerveza que había tomado. Sin embargo, no venía solo, claro que no. En el instante siguiente teníamos a quince personas gritándonos y amenazándonos. No exagero. T saltó a defendernos. T es el dueño del bar. Hugo, que miró todo, también se unió a nosotros. Hubo chicas que también nos apoyaron, desde sus mesas. Más bien a E, quien le gritó a todos que ella no deseaba nada con él. Y luego, no sé cómo, porque nunca queda claro cómo empieza una cosa así, salimos afuera a partirnos la cara. Pero a mí nadie me tocó. Tampoco sabría explicar cómo o por qué, a pesar de que busqué pleito con alguno, ya todos estaban ocupados o me ignoraban. Además de Hugo se unieron otros. Chuco, el ayuda del bar, T, como ya dije, un par de amigos de Hugo, y el griterío de mujeres en contra del acosador. Al final se fueron. C y Hugo son peleadores natos. Troncos de casi uno con ochenta salidos del barrio y con mucha experiencia. Con ellos bastó para ahuyentarlos a todos. Cuando se fueron saludé a Hugo y le agradecí y le dije que como esto ya estaba acabado (la noche en el bar) él y sus amigos podían irse con nosotros, con E y C a mi casa a seguir la peda. Y fuimos. Y a partir de entonces Hugo y yo nos encontramos casualmente en bar de T y nos saludamos como grandes amigos y nos cuidamos las espaldas y sabemos que si estamos juntos estamos seguros, o al menos, respaldados. Los clientes de T son más o menos los mismos, así que en adelante nos miraron como a gente con la que no te debes meter. No volví a tener problemas por E. Los borrachos la conocían. Se decían entre ellos, es la esposa de P, el escritor ese, el que se empeda aquí cada viernes y cada sábado. No te metas con ella. Está bien parado con T y los demás. A pesar de ello siempre miraba a través de los cristales, cuidando a mi hembra, sin hacer ruido de ello para que al primer hijo de puta que se le ocurriese acercarse, no supiera ni de por dónde le salió el pedo.  

      Regresamos a la mesa con E y había un chico, uno al que había visto muchas veces antes en el bar pero al que jamás había hablado porque era gente oscura, es decir, dark; vestía de negro y se pintaba los ojos con rímel y todo eso. No es que discrimine a los darks, solo que ellos no tienen ganas de hablar conmigo. No estoy en su onda y lo saben y por mí está bien. En fin. El dark se llamaba Victor y resultó ser una persona genial. Hablamos sandeces de borracho durante unos buenos minutos. Hugo había hablado con él en alguna otra ocasión, así que pidió a E permiso para coger una silla desocupada de nuestra mesa y E aceptó y se sentó ahí sin hacer absolutamente nada. Siempre estaba por el bar, parado o sentado sin hacer absolutamente nada, mirando a la nada, bebiendo su cervecita muy despacio. Pero esta vez tuvo la desgracia de sentarse, sin saberlo, al lado de mi asiento y aproveché para verterle encima toda la verborrea borrachesca que me sale cuando llevo más de once cervezas dentro. La recibió muy bien. Era un buen conversador. Y en algún momento, sin que yo lo notase, Hugo recibió una llamada y salió a cogerla y me llamó desde allá. Yo no lo vi. Victor fue quien me dijo, te habla tu amigo. Salí del bar de inmediato.

      Era la droga. Había llegado y había que ir por ella a la esquina de Insurgentes y avenida Chapultepec. Fuimos caminando y brincando los barandales de la glorieta para no rodear tanto. Tardamos demasiado porque, como sabemos todos los defeños, hay dos esquinas de Insurgentes y Chapultepec. Así que tuvimos que ir a una primero y luego a otra y no encontramos nada, sino hasta varios minutos después. Un hombre en una motoneta nos entregó la coca. Bien, pensé, E estará feliz. Camino de regreso al bar repartimos. Le di a Hugo doscientos pesos y me entregó tres papeles. Una es para E, explicó. Le di las gracias y entramos al bar y E me reclamó que dónde diablos me había metido todo este tiempo y por qué no le daba razón de mis actos. Cuando le dije que había ido por coca exclamó que ya lo sabía y sonrió y dijo a verla, a verla, a verla. Le mostré los papeles y sonrió aún más y preguntó cuándo la inhalaríamos. Hugo no perdió el tiempo. Se fue directo al sanitario y se pegó sus tiros él solo, como buen coquero solitario. Yo no quería hacerlo ahí, en el sanitario, porque, para ser franco, hace muchos años no lo hacía y temía regar el polvo o desperdiciar o no poder picar a gusto o cualquier tontera de novato. Se lo comuniqué a E. Estuvo de acuerdo con esperar.

2

De pronto, de la nada, sentí una mano que me palmeaba y volteé y era Carlos, un viejo amigo dramaturgo al que por la mañana había dicho que estaría en bar de T, que me cayera ahí si deseaba verme (lo olvidé por completo). Lo saludé con entusiasmo. Venía con cuatro o cinco personas más. Gente del teatro, me dijo. Y los saludé a todos y todos nos saludaron a mí, a E y a Hugo. Ordenaron cerveza y se salieron a fumar. No pude hablar con ellos. Es lástima. Cuando me emborracho hablo mucho. Se salieron todos, menos Carlos. Se sentó a mi lado. Fue cuando noté que Victor ya no estaba. Le pregunté a E. por Victor y alzó los hombros. Cuando te saliste, se salió, comentó. Bueno, no importa.

      Así pasamos las últimas horas. Bebiendo más de la cuenta, hablando sandeces, sonriendo, gritando, cantando las canciones de heavy metal que a veces sonaban, recordando tal o cual vez que nos emborrachamos aquí mismo, etc. Hasta que T nos echó, más o menos a las tres de la madrugada. Siempre era mi grupo el último en salir. T nos trapeaba los pies y lo entendíamos. Afuera, mientras se cerraban las cortinas del bar, encendíamos cigarrillos y organizábamos qué hacer con el resto de la noche. Casi siempre terminábamos en mi casa. No fue la excepción. Hugo se despidió. Se subió a su moto y se fue, como cada noche en bar de T, borracho, conduciendo su diabólica 1600 a ciento ochenta kilómetros por hora hasta Tacubaya. Los amigos de Carlos también se fueron, excepto uno. Carlos, Jorge (el amigo que no se fue), E y yo encendimos cigarrillos y caminamos rumbo a casa, por Insurgentes, en busca de un lugar dónde comprar alcohol. Pero a las tres y media de la madrugada es difícil si vives en la colonia Roma, donde la vinata de la esquina es una especie en peligro de extinción y solo florece hierba mala: oxxos y extras y seven elevens. Uno a uno, nos fueron cerrando sus ventanillas, hasta llegar a un puesto. Tomen nota, borrachos de la Roma, tomen nota: un puesto de dulces y cigarros sueltos en la esquina de Insurgentes y Monterrey, donde también se junta la calle del bazar del Oro que vende cerveza clandestinamente. Veinte latas de medio litro de cerveza Victoria por doscientos pesos. Y compramos cigarrillos. Sí, cargamos toda esa gasolina hasta el apartamento donde yo vivía con E, y nos metimos a un cuarto vació y nos sentamos en sillas y en la cama. E y yo, en las sillas, pegados a un escritorio de cristal, donde abrí las grapas y corté la coca con la paciencia y desesperación necesaria, y pude hacerlo bien, como en los viejos tiempos, sin tirar, sin desperdiciar, apartando las sobritas para un bazuco y lengüeteando los papeles vacíos y la electoral y explicándole a E cómo hacerlo sin regar. Aunque E no era una novata.

      Yo me pasaba la lengua por los labios y rechinaba los dientes y E me reñía por ello. Me pedía que no lo hiciera porque no le gustaba verme en ese estado de ansiedad. Decía que parecía una víbora. Jamás antes habíamos inhalado juntos. Todo ello abiertamente, sin incomodarle la presencia de Carlos y de Jorge, quienes nos contaban cosas del teatro, como las últimas obras que habían dirigido o sus opiniones sobre tal o cual profesor que hayan tenido en la universidad. Creo que estudiaron juntos. No, ahora que lo pienso, no puede ser. Jorge era por mucho mayor que Carlos. Lo que sí, es que ambos estudiaron en Monterrey, en la Autónoma de allá. Tampoco estoy seguro. De Carlos sí, él me lo ha contado muchas veces.

      Luego, no sé cómo, caímos en una conversación nostálgica. Algo sobre recuerdos de la infancia. Propuse jugar un juego sobre ello. Tuvo que pasar tiempo antes de que lo hiciéramos, pero lo hicimos. Consistía en, por turnos, recordar en voz alta alguna frase que nos haya marcado, o alguna escena. Le dimos varias vueltas. Yo conté de la vez que un profesor de química, en la secundaria, nos dijo, muchachos, lo que se dice con la boca, se sostiene con los huevos, y E recordó una escena de sus primeros años, cuando un albañil fue a cambiar el piso de su casa y su madre le dijo que ella no podía caminar por el pasillo porque se cambiaría el piso, y en su mentecilla trató de resolver el enigma de cómo ni ella ni su madre ni su padre podían pasar por el pasillo porque se cambiaba el piso, pero el albañil que lo hacía sí podía, y cómo podía ser que al mismo tiempo pisase lo que no se puede pisar y cambiarlo; o algo así, ya estaba muy borracho y muy drogado.  Pero me pareció bello y amé a E un poquito más. Siempre amo a E un poquito más cada día. Pero no les echaré ese rollito cursi porque esas son cosas que ustedes mismos pueden vivir, que vivirán incluso si no se lo proponen y lo entenderán, o lo entienden ya, y no hay mucho que decir al respecto. Lo que quizá no vivan si no se lo proponen es lo que pasó después.

      Dejamos de jugar porque todo tiene un fin. E se fue a dormir a nuestra habitación. Yo quedé con Jorge y Carlos y seguí bebiendo. Serían las once o doce del día. De los veinte latones (así se llaman las latas de cerveza que contienen quinientos o seiscientos mililitros) E no tocó ni uno. Creo que Jorge tampoco, aunque puedo faltar a la verdad. El caso es que, con la coca y la cerveza (antes de ir a bar de T bebí en casa tres latas de Tecate y una caguama), pero sobre todo con la coca, que esconde los síntomas del alcohol y te permite beber mucho más, comenzó a arderme el estómago y me sentí mal. Me excusé para ir al sanitario y camino allá, es decir, en el pasillo que conecta el cuarto con el sanitario, sentí mi alma salírseme, como si me hubieran parado el corazón o como si la presión se me bajase; pensé que me desmayaría y por no sé cuántos segundos o fracciones de segundos, me vi siendo niño y vi a mi madre y a mi padre y me sentí feliz de estar con ellos en casa, otra vez, antes de que me volviera loco e injuriara a mi padre y abandonase el hogar paterno, antes de que probara la primera cerveza y la primera droga, antes incluso de que pensara en una mujer como un hombre piensa en una mujer, antes de que saliera de mi boca la primera grosería, antes de que comprendiera por qué E no podía pisar el piso que se cambiaba en el pasillo. Vi a mi madre sonreír. Vi a mi padre sonreír. Y quise correr a abrazar sus piernas… pero volví en mí y regresé a ser P, el escritor fracasado de treinta años, y me dije, ay, qué buena está la coca, Dios. Voy a ver si mando pedir más antes de dormir. En fin. Fui al sanitario, eché una meada, y cuando regresé al cuarto Jorge salía de él y me pedía que le abriera la puerta del apartamento para irse. Lo despedí y se fue y cuando volví al cuarto por segunda vez, Carlos ya estaba dormido. Cerré la puerta y me fui a mi habitación. E dormía. Pensé en despertarla y decirle, oye, E, ¿quieres que mande llamar por más coca? Pero yo mismo me dije, ya P, ya duérmete, ya descansa y deja de joderte tanto. Me eché en cama, junto a E, pero no puede dormir. Ni siquiera me quité los zapatos. 




3 comentarios:

  1. Me gusta tu relato. Lupita Mueller.

    ResponderEliminar
  2. Novedad no hay, y luego hay que dedicarle tiempo a redactarlo bien.

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com