domingo, 10 de enero de 2016

Lluvia de fuego.


En homenaje a L. Lugones


Recuerdo un atardecer rojizo y cálido en que desperté tras una larga noche de juerga; serían las siete de la tarde cuando el sol desaparecía para dar paso a la luna y yo despertaba dejando atrás el letargo de un sueño pesado y lúgubre, lleno de fragmentos diabólicos; a la vez reconfortante luego de haber bebido tanto y haber fumado tantos cigarrillos, y de haber besado y sobado a mujeres horribles en el Aztecas.

      Desde mi terraza dominaba una vista preciosa: el callejón más oscuro y sórdido del barrio. Un borracho no había llegado al anochecer para contarlo: dormía tirado, o estaba muerto, justo en el medio de la calle, con las extremidades abiertas, semejante a una estrella caída. Un hombre entró arrastrando por la muñeca a una mujer. Al contemplar el cuerpo lo pateó sin fuerza para ver si estaba vivo. Un quejido amargo develó la vida cansada que éste contenía, el alma sin fuerza que anidaba en el pecho del hombre ebrio. La mujer esquivó el cuerpo, con pasos fuertes colocó sus afilados tacones entre los miembros, como cuchillos lanzados por un árabe a un cuerpo extendido sobre una tabla. El hombre registró los bolsillos del borracho. Pelusa y cascaras de cacahuetes.

      Muchos hombres traían a mujeres a este callejón. El más oscuro y sórdido del barrio. No era la primera vez que desde mi terraza gozaba el espectáculo del abuso. El hombre abofeteó a la mujer y la violó. Al terminar, se fajó la camisa en los pantalones, se corrió la bragueta y se fue aprisa con la demoniaca sed saciada, apenas comenzada la noche. La mujer quedó en cuclillas, cogiéndose el estómago, llorando, dejándose caer hasta encontrarse a sí misma recostada junto al borracho, victimas del mismo vicio, compañeros del mismo infierno.  

      Al cuarto para las ocho cayeron las primeras chispas. La somnolencia me hizo creer que era mentira, pero, con un movimiento natural, sin miedo, estiré la mano y sobre la palma se posó un diminuto grano de cobre caliente. Sobre el negro fondo de la noche podía verse descender del cielo más y más trozos brillantes. Una vírgula más cayó, está vez sobre la punta de mi nariz, y ardió. Debo confesar que sentí miedo. ¿De dónde viene este cobre? ¿Es cobre? 

      Acababa de caer una otra chispa en mi terraza, a pocos pasos. La briza era rala, podía decirse que se extinguiría al instante siguiente. No se extinguía. Lentamente podía verse el cielo más tupido de chispas, pero sin llegar a desaparecer la sensación de cese.

      En fin. Aquello no me impediría cenar, ya que no había comido algo desde la tarde del día anterior. Salí de mi terraza, bajé por las escaleras oxidadas del edificio y atravesé la calle, no sin miedo de las chispas, hasta llegar al bar de Te. El bar estaba vacío, como casi siempre, y pude comer a gusto, solo, una chapata de pavo y un vaso de cerveza oscura. Desde hacía mucho comía únicamente en bar Te. Principalmente porque aún me fiaban. Con mi vida de escritor fracasado no podía hacer más por mí. Beber en sucios bares y frotarme con las chicas del Aztecas era todo mi divertimento. Ocasionalmente, acostarme con las prostitutas del barrio, si es que puede llamarse así a fornicar de pie, en callejones oscuros, o debajo de puentes clausurados. Más de diez años me separaban de mi última relación formal con alguna mujer. Desde entonces, entregado a mi mala literatura, a mis bares y mis orgias, no tenía tiempo para enamorarme. Alguna vez ensoñaba con Estela o Patricia, pero no lo consideraba algo serio porque ambas pertenecían al gremio de la prostitución. De cualquier modo, mis ilusiones amorosas duraban tan solo los minutos que tardaba en masturbarme pensando en ellas, cuando no tenía dinero para comprarlas, en mi terraza. Luego, todo se desvanecía y volvía la vacuidad.

      Entre tanto, Te me leía las noticias deportivas. Hacía pronósticos y llenaba quíñelas. La lluvia de fuego quizá había parado porque ni Te ni el mozo de bar parecían notarla. Comía lentamente y bebía con desagrado mi cerveza oscura, servida en el fiel tarro de cristal de bar de Te, el mismo de cada noche; podía reconocerlo por las dos manchas amarillas que decoraban su interior, dando forma a rostros satánicos, y por el desportillado borde que hacía parecer a la boquilla una cadena montañosa. Alguna vez me corté el labio con el tarro. Mi sangre se mezcló con la cerveza y el tarro y yo pactamos con un beso ensangrentado.

      De pronto, entró un hombre asustado al bar. Estiraba los brazos y gemía y se daba vuelta para que alguien le quitase de la espalda un trozo ardiente de cobre. Aprisa, el mozo, ayudándose de un trapo húmedo, quitó de encima del hombre la piedrecilla caliente. Había hecho un agujerillo sobre la ropa y una marca roja le quedó en la piel. El mozo puso la pieza sobre la barra y entre los cuatro llegamos a la conclusión de que sí era cobre, ardiente cobre caído del cielo sin explicación ni motivo. La extrañeza me quitó el apetito y regresé a casa sin terminar del todo mi chapata.

      La terraza estaba llena ya de cobre frío y la lluvia parecía menguar, pero no daba por terminarse. Me recosté sobre la cama y me dispuse a dormir. Sin embargo, al cerrar los ojos y disponerme a ensoñar, un nuevo miedo me sobrevino: el silencio. La calle estaba silenciosa, cosa extraordinaria, pues todas las noches el barrio se llenaba de ruidos de vida nocturna. No podía escuchar un solo grito, una sola pelea, algún auxilio en la oscuridad, ni patrullas rondando, ni motores de motocicletas o música salida de coches, ni borrachos platicando a gritos, ni vecinos haciendo el amor, ni perros lloriqueando al ser apaleados por sus dueños, ni el maullido de gatas preñadas, o gatitos hambrientos. ¿Qué significaba esta lluvia? El único lugar donde había leído algo parecido era en la Biblia, pero es sabido que ese cuento chino no tiene bases científicas, algo que pueda dar explicación, excepto la ira de Dios o alguna tontera semejante. Me levanté a contemplar el cielo. Las chispas parecían venir de todas partes y de ninguna. Se formaba en mí gradualmente un sentimiento de congoja, pero, hasta ese momento no había pensado en huir. ¡Huir! ¿Y mis manuscritos de novelas inconclusas, y mis más de trescientos cuentos escritos a mano, y mis años de entrega al arte, y mis bares queridos donde ya he logrado ganar la confianza de los dueños, y las mujeres, que, conociéndome de años, me fían el sexo? Y pensé en un amigo mío, escritor también, que fue a fracasar a otro Estado. Pero… si todo es como parece, él también debe estar anonadado bajo la lluvia, pensando en huir, y quizá, pensando en mí, pues no viniendo la lluvia de algún foco visible, debía ser general. Discutía conmigo las posibilidades, aunque creía sin motivo aparente que todo acabaría y no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con juntar los papeles y empaquetarlos.

      En ese momento se escuchó un gritó furioso y al tiempo jovial. ¡Ya no llueve cobre! Y en seguida, la gente comenzó a salir y a gritar y a beber. Los vecinos de la casa de enfrente pusieron música. Un perro ladró. Una mujer pasó por la callejuela en un vestido de lentejuelas rojas y me miró contemplarlo todo desde mi terraza. La saludé con la mano y me tiró un beso. Inmediatamente corrí al bar de Te.

      El bar estaba lleno. Al parecer la lluvia y su cese habían motivado a todos a salir a festejar. Todos pedimos cerveza y brindamos sin saber muy bien a salud de qué. Aquella noche las mujeres se dejaron tocar por la contentura y hasta el mozo del bar pudo mojar la brocha. Todo era embriaguez y felicidad en el barrio.

      Al amanecer caí en cama y me olvidé de todo, como cada mañana. Al atardecer, desperté debido al cálido soplo de viento que entraba por la ventana. No solo el aire, todo el cuarto, todo el ambiente era cálido. El bochorno y el sudor me hicieron levantarme. Por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente. Corrí a asomarme por la ventana: la lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez más nutrida y compacta. En el callejón había dos montones de cenizas. El borracho y la mujerzuela. “Polvo eres y en polvo de convertirás”, pensé.

      Salí del edificio por fuerza de instinto. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de virutas de fuego era de una paralización mortal; y por entre aquellas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

      Llamé, llamé en vano. La gente se había ido. Cubriéndome la cabeza con los brazos y manoseando el aire ocasionalmente para alejar del rostro alguna chispa, pude llegar al bar de Te. Estaba vacío. Ni Te ni el mozo estaban ahí. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

      Afortunadamente la estantería del bar se encontraba llena de provisiones. Al menos suficientes para un hombre. Vinos, cerveza, carnes y pan, queso, aceitunas y cacahuetes. Detrás de la barra me sentía dentro de una trinchera. Hasta su fondo no llegaba el viento caliente, ni el sonido de las cosas arder. ¡Qué aterrador sonido!

      Me serví cerveza oscura en mi tarro. Esculcando los cajones encontré un arma. Todos los dueños de bar tienen una. Te no la guardaba muy lejos de la mano. Apenas en el primer cajón, junto a la caja de cobro. La apreté bien fuerte. Di un trago a la cerveza y con la cautela de un neófito, revisé si la pistola tenía balas. Una sola guardaba. Suficiente para un hombre, pensé.

      Reanimado por el trago, repasé mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba, pero con la pistola, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

      Esa tarde y toda la noche, fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arder en las calles. La población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso como alquitrán caliente. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardía no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el clamor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores que gemían todas las bestias con un inefable pavor de eternidad…

      Bebí demasiado antes de caer en cuenta, o caí en cuenta debido a que bebí demasiado: me acometió de pronto un miedo que no sentía, estoy seguro, desde hace más de veinte años: el miedo infantil de una presencia enemiga en medio de la oscuridad casi absoluta del bar. Me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón detrás de la barra, donde el mozo solía pararse a meditar cuando no había mesas qué servir, sin rubor alguno.

      No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió reforzar mi trinchera. Colocando las mesas y sillas sobre la barra puede hacerme una especia de cueva. Por un momento pude recobrar la paz. El sentimiento de seguridad era enorme, comparado con la realidad: mesas y sillas serían mi tumba, moriría dentro del bar, ardería como todos, si no me mataba antes yo. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá afuera. Llegué a comer pan y queso, pero sobre todo bebí cerveza y vino.

      De repente la cerveza de barril se terminó, y junto con eso, el terror paralizante me asaltó. Había gastado sin prevenirlo toda la cerveza. Las luces descendieron. Anochecía. Y el humo de chatarra quemada entraba por debajo de las puertas y me sofocaba.  ¡Había que salir! A duras penas pude levantar las mesas que me hice de puerta.

      Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca. Corrí de regreso al bar, loco, entre la podredumbre. Los trozos de cobre eran tan grandes que además de quemar golpeteaban sobre la ya rendida ciudad y sobre los ya muertos edificios. Uno quemó mi hombro. En el bar pude verlo: quemadura de segundo grado.


      Busqué a tientas por el piso la pistola. Me encañoné y…




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