domingo, 25 de octubre de 2015

De ser escritor V.



Un día leí un cuento y me sedujo. No vale la pena mencionar qué cuento y qué autor. Pensé en mi vida y me dije: escribiré. Escribí y me olvidé de otros asuntos, por ejemplo, el de trabajar. Comencé a beber porque me leía más y más libros y las biografías de los autores y muchos de ellos bebían. Me lo tomé muy en serio. Llegué a escribir más de cien relatos y a beber más de cien cervezas y más de cien copas. Llegué a conocer a otros que escribían y bebían y me hice amigo de ellos. Me acosté con mujeres que apreciaban mi nueva forma de vida. Tenía veinticinco años. Vivía de trabajos varios. Me dije: así es como viven los escritores. Algunos de mis relatos se publicaron en revistas de bajo presupuesto y cobré cierta fama local. Esto supuso los aplausos de otros borrachos y el sexo de algunas mujeres más. Pero las grandes ligas no querían publicar mis textos porque los consideraban vulgares y efímeros. Quizá se deba a que mi vida era vulgar y efímera, como la mayoría de las vidas. ¿Qué vida hay que tener, y qué literatura hay que hacer para llegar a las mayores?

                A lo largo de mi seudocarrera literaria, llegué a editar un par de libros míos y más de media docena para otros. Todos los escritores deseaban ser publicados y reconocidos. Comencé a cuestionarme el sentido de ello e incluso, a despreciarlo. Miré la ambición mía en ellos y me avergoncé. ¿Para qué y para quién se escribe? Expuse mis nuevas ideas en el grupo de escritores y me admiraron. Principalmente, por rechazar la fama y la literatura para masas. Pero la cuestión no se resolvía: ¿para qué y para quién se escribe? La mayoría coincidía conmigo, pero no dejaban de escribir y de dar lecturas en salones y de mandar manuscritos a editoriales independientes. No era el único enganchado. Cada uno, a  su manera, luchaba por un lugar para su nombre en el mundo de las letras. Lo llaman el mundo subterráneo de las letras. ¿Y qué era eso? La sombra del mundo no subterráneo de las letras. Más o menos las mismas reglas de amiguismo y mafia regulaban quién publicaba y quién no. Los editores independientes disfrazaban su sed de grandeza con trajes de humildad y sinceridad de la que carecían verdaderamente. Las esperanzas de cada uno de nosotros eran prostituidas por seudoempresarios que instalaban cuadriláteros adonde hacían subir a poetas a pelear a versos y les cobraban por editar libritos de poemas.

                Jamás participé en algún concurso de cuentos. Muchos lo hicieron. Muchos fracasaron. Algunos obtuvieron los premios y se jactaron, pero luego el tiempo borró sus nombres de la cabeza de los lectores y de las listas de los ganadores. Todo era un engranaje. Una pequeña replica del engranaje de las grandes editoriales. Los odiaban, pero querían ser como ellos.

                A los veintiocho años se acercaron a mí lectores desconocidos a querer beber conmigo y a halagarme por mis textos. No aceptaba los halagos. Esto, al parecer, los impulsaba a seguirme con ahínco. Decían: P., el escritor de verdadero. Yo no me reconocía como tal. A veces pensaba en dejar el juego y hacer una vida normal, pero estaba demasiado metido. Tuve que actuar como ellos esperaban que actuase. Me convirtieron en P., el personaje. Mi vida privada avanzaba por senderos tortuosos, pero yo era P., el escritor borracho y fuerte que había mandado todo al carajo por un sueño. No podía llorar frente a ellos ni sincerarme. Decirles: no me deben algo, saquen sus culos de aquí y hagan cualquier otra cosa. No escriban. No lean. No se coman el cuento. No lo entendería. Querían más y más y más y más. Escribí para ellos más de trescientos cuentos y relatos y los publiqué en compendios en libros y se vendían y más gente vino a mí a pagarme los tragos y a decirme que ellos algún día serían como yo. No lo platico con orgullo.

                Una oleada de poetas surgió de la nada. Todos nacidos en mil novecientos noventa y tantos. Los insulté en un poema por antojárseme adolescentes bravos y orgullosos. En adelante cobraron fama. Llevaron la poesía por caminos humillantes para la poesía. Ya crecerán, pensaba. Ya pasará la ola y se ahogarán en ella y se encontrarán solos y cobardes y estafados. Algunos madurarán y otros se hundirán hasta desaparecer, olvidados y frustrados. Quizá alguno de ellos sobresalga y pueda contarnos cómo fue que se perdió y cómo salió. Es el proceso natural. Mientras tanto podemos sentarnos a verlos hacer y reír con sus juegos. Las poetisas se embarazarán y los poetas cogerán trabajos y serán sepultados por la vida cotidiana. No hay vida más complicada de llevar, que la vida fuera de la norma. La norma termina por encarrilar al burro mas endiablado.


                Vi caer a la mayoría. En cualquier momento puedo caer yo. Puedes caer tú. 





viernes, 23 de octubre de 2015

Selección poética del libro: Muelles de la palabra (Colombia, 2015).

Texto por: Fernando Chelle
Sitio del autor, aquí.




Selección poética del libro: Muelles de la palabra (Colombia, 2015)



Muelles de la palabra

La evanescencia de la palabra me salva del mundanal ruido,
las hay sentimentales, impresionistas, pintoras,
son muelles del verbo eterno
que nos roza en la garganta,
en los pulmones.
El himno gigante sigue anunciando
y corre, se ramifica y como siempre
se dilata en nuevas sombras.  
Las páginas brillan,
ahora resplandecen y se modifican,
pero son páginas,
no humo, perfume, sonido o viento.
La palabra
cabalga sus nuevos corceles,
compañeros del poeta
que sigue cantando, gritando, viviendo,
ahora despojado del métrico corsé
y de la rima represora,
ahora lejos del mármol y las escalinatas
camina por las calles con todo el pecho al viento.
La palabra ya no quiere ser el queso de las ratas,
quiere estar ahí, inmediata y cotidiana,
enamorada de los guantes, las calles,
la sopa y las colmenas.
Preferí beber tus ismos,
zurcirte, engarzarte y presentarte
pura, directa y palpitante,
con un verbo libre que viaje
hacia asideros que lo terminen de nacer,
donde habitan mis cómplices,
mis hermanos. 


Nuevas correspondencias

David de estos días,
vencedor de las temibles sombras
y las amargas noches.
Constructor de mundos libres
donde cantan  ruiseñores,
y los sueños de palabras,
bastos como la claridad,
traen nuevos perfumes
ricos y triunfantes.


Polvo es, mas polvo de una plaza

Como inmensas sombrillas
los tres castaños cabecean en la plaza
rodeada de faroles apagados.
Los bancos tristes, cansados
de esperar visitantes,
dejan pasar el fuerte viento
entre sus  listones de madera.
Una enredadera, se descuelga
como una cabellera agitada
sobre un muro de ladrillos.
Todo ha sido invadido por el polvo,
Impregnado por el polvo,
los castaños
los faroles
la enredadera
los bancos cansados de esperar.


En el principio será la luz, entre otras cosas

Es un lindo día para nacer
para ver la luz filtrarse entre las hojas de los árboles
y sentir como el viento sopla y muerde las ventanas.
Quien naciera en este día
podría observar un cuerpo que escribe
tapado en una cama,
un brazo solitario y hacendoso fuera del abrigo
trasladando el pensamiento
transmutando las ideas
plasmando mundos en un viejo cuaderno.
Pero hay más,
si alguien naciera en este día,
al menos en este sitio sin bombas ni lamentos,
podría oler el café y la tierra mojada.
Quizá nazca llorando por el impacto
por la violencia del cambio,
pero al ver,
la luz filtrarse entre las hojas de los árboles
al sentir,
el viento soplar y morder las ventanas
al contemplar,
el cuerpo de un hombre que escribe tapado en una cama
y oler,
el café y la tierra mojada
pensaría,
¡qué lindo día para nacer!


Mar

Una línea horizontal
divide los colores que convergen
en una geometría sin puntos cardinales.
Las lenguas burbujeantes que lamen mis pies
se repiten
y a lo lejos,
son papel picado
son polvo del día,
surcan el horizonte
y se disipan.


Me queda la palabra

La palabra rompe el velo de la realidad
para dar lugar a otra,
más rica, diversa y polifacética.
Esplendor desconocido de los sentidos,
blanco, negro y de colores caprichosos.
Palabra de vida que me advierte de la muerte,
frondoso paraíso de la niñez
donde descanso, reposo y sueño.


Oda a la página en blanco

La página en blanco es generalmente blanca
y el blanco alude a su vacío
a la nada que contiene
a la posibilidad infinita de discursos
a la ausencia de letras, de palabras.

La página en blanco
es una invitación a la fiesta del lenguaje
quiere que la violen
pide que la transgredan
que la irrespeten
para dejar definitivamente de ser
ese vacío infinito del universo
ese material poroso sin corazón
ese desdichado fragmento de la nada.


Mis huesos bajo los pinos

Allá arriba, al final del pueblo,
movidos por el viento,
se hamacan los altos pinos
de la postrera sombra.
Son los antiguos vivos
de esa cárcel de muertos,
de ese viejo campo
sembrado de cruces.
Allí terminaran, bajo una lápida gastada
mis cansados huesos,
no en un panteón
con su triste escultura de mármol,
en una tumba simple
como la de mi abuelo.
No sentiré la lluvia de ese día sombrío
ni escucharé los llantos
del mundo de los vivos
dormiré eternamente
solo será descanso
solo seré recuerdo.


Pereza

¿Por qué pereza me privas de la luz
que surge tras el movimiento?...

Solo acordes de Zeepelin
parecen saciar tu suerte de árbol
mientras el hombre fuma su pipa.

No me privas de la delicia
y si de ser el dios creador,
de poner en ejercicio
la razón que me diferencia.

Razón que me dio palabras
como ladrillos, como puentes
con que crear y transmutar la maravilla.

¡Oh pereza!, debo luchar como el hombre
que arranca de su cuerpo la daga enemiga
tratando de reconstruirse.

Debo pisar esos suelos
de acordes y disonancias
de colores y perfumes
donde moneda es el arte
corriente y no de cambio.




El loco

Que no sé qué fue de su vida,
paseaba un pato con ruedas
en medio de la muchedumbre
y reía.
Entablaba serias discusiones,
vaya uno a saber con quién,
y en ocasiones se enojaba.
Nunca lo volví a ver,
ni dirigiendo el tránsito
ni acariciando perros
o simplemente solo
perdido en su tristeza.
Algunos dicen que fue abogado
otros que boxeador
y que fueron los golpes los culpables de todo.
Lo cierto es que en la esquina falta algo,
dicen que se fue
dicen que esta acá
dicen que se ha muerto
dicen que volverá.
Que no sé qué fue de su vida
que nunca lo volví a ver.


Cuerpo vivo que va cantando

Puedo respirar el instante fugitivo,
cuatro décadas, ocho lustros
ya pronto llegarán a mis rodillas cubiertas,
a mis pies calzados todavía ágiles y fuertes,
a este cuerpo vivo que canta
sus sueños intactos.
Me observo las manos,
se mueven seguras
como pinzas mecánicas, precisas,
que se estiran tanto como se encojen
siguiendo mi voluntad.
Cuatro años lejos del árbol de mi cuadra
con otros ríos fluyendo por mis venas
otras montañas soportando mis huesos
y un sol nuevo cada mañana
entibiando mi frente calva.
Mi nombre es el mismo que cuando niño
sigo escribiendo versos como en Mercedes
algunas canciones las he olvidado,
otras suenan más tristes
pero no todas …
He visto algunas cosas distintas
algunas vacas por ejemplo,
tienen joroba
aunque el mirar es igualmente triste.
Sigo siendo poeta,
constructor de sueños con andamios de palabras,
las busco, las palpo, las degusto
y las ubico en una cuerda celestial.
Ellas me preceden y me sucederán,
seguirán nombrando,
pintando, gritando, susurrando.


Porque mi muerte será un elemento literario

Voy a ser tierra,
polvo,
y no del de Quevedo.
Si paso por el agua
o la recibo
será de los profundos ríos de Arguedas,
posiblemente arda
como la única llama de Bécquer,
o me convierta en aire
lascivo como el lorquiano. 


Postal cucuteña

Desde el Zulia desciende la lanza motilona,
en la redoma el indio apunta hacia el salado,
mientras en la sexta, se mezclan coloridos y gastados mercaderes.
Corre la avenida bulliciosa
que se pierde en la montaña.
Los faroles tímidos y escondidos
en la basta arboleda
mueren en la universidad.
El General y la Toto duermen juntos
en el basto predio del barrio latino.
Una serpiente de agua zigzaguea
junto al malecón, mientras el
sol ardiente calcina los patios.
Guaymaral saluda en el parque a
Simón y desciende raudo

A morir en el canal.








Texto por: Fernando Chelle

Sitio del autor, aquí.















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