viernes, 25 de septiembre de 2015

Ella.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.


Ella era una mujer extraña; sentía una singular afinidad por los marginados, los no amados, los animales feos y las cosas rotas. Sin embargo, poseía cualidades excepcionales; hablaba varios idiomas, tocaba el violín y estaba dotada con una memoria casi eidética. Detestaba el sushi, amaba el brócoli y le apasionaba la fotografía. Tenía una bicicleta rosada con una carabela con un lazo rojo pintada a un costado, esa imagen también estaba tatuada sobre su muslo derecho. Era buena dibujante, su color favorito era el marrón y no lo usaba en sus obras. No resultaba extraño verla plasmar vasos rotos, edificios abandonados, vagabundos, borrachos, prostitutas y cuantas cosas le pareciesen hermosas desde su peculiar punto de vista. La conocí en uno de esos días, yo caminaba por no sé cuál avenida un viernes por la tarde. Llovía y estaba empapado, regresaba del trabajo. En algún momento del viaje sentí que alguien me observaba, me detuve y busqué con la mirada algún gesto extraño en quienes estaban por allí. Entonces ella se acercó y preguntó:

-¿Puedo tomarte una fotografía?-

No respondí, me marché. Al igual que ella, yo sentía una rara empatía por los caídos, los destronados y fracasados; por aquellos que lucharon,  sufrieron y perdieron. En las olimpiadas, durante la carrera de 100 metros planos,  me fijaba en el que estaba en el último lugar. Veía su lucha, el intentarlo con todas sus fuerzas y saber que su cuerpo no respondía. A veces los grababa con mi reproductor, quería ver sus expresiones justamente al final. Lamentablemente la televisión siempre enfoca al ganador con esa maravillosa sonrisa de dientes simétricos y blancos. Eso aburre. Las celebraciones por las victorias resultan repetitivas, por lo general  abrazan la bandera o muerden, lamen, izan o besan, la medalla o trofeo. Nunca sentí agrado por los ganadores, me parecían falsos. Tampoco por la gente en general, en especial por aquellos con tan grandes pretensiones como sus ideas preconcebidas de la vida y felicidad. Teníamos muchas cosas en común, nunca pensé en conocer a alguien como ella.

La segunda vez que la encontré fue en una plaza, ella dibujaba. Algo me decía que la había conocido anteriormente, me refiero a mucho antes de que me fotografiara. Me sentía identificado cada vez que la miraba directo a los ojos, era como un espejo. Llegamos al punto de hablar sin hablarnos, no sé exactamente hasta qué punto pudo entender mis intenciones o pudo prever mis pensamientos. En algunos casos ni siquiera había pensado en ir a la cocina y traía un jugo o galletas, antes de sentirme preocupado o cansado sentía sus brazos consoladores alrededor de mi pecho, hablaba en un tono conciliador y neutro. Era ese tipo de sensación que no concibes explicar, pero que resulta majestuosa. Como ha de suponerse comenzamos una relación, vivimos una larga temporada juntos.

***

Ese día, mientras dibujaba en el parque, le dije:

-Pintas muy bien.-
-Dibujo, no pinto. Es diferente-
- Entonces dibujas muy bien.-
-Lo sé. - Apenas la escuché, pensé en marcharme y como si ella hubiese advertido mis intenciones agregó:
-Me puedes acompañar…si quieres.- Así comenzó.

***

De niño tenía ciertas impresiones; en algunas oportunidades estaba sentado en una dirección, pero sentía que mis piernas apuntaban a otro lado. Muchas veces no eran sólo mis piernas, también brazos, tronco y cabeza. Era una sensación vaga, pero presente. Con frecuencia olvidaba lo que hacía durante una caminata, sólo recordaba el inicio y el final. Le comenté acerca de ese asunto. Ella anduvo dubitativa por un tiempo, luego dijo:

-…Como si tu cuerpo quisiera hacer otra cosa.-
- O estar en otro sitio. – Agregué. Sobrevino un silencio.
- Mi nombre es Ana…Ana Gabriela.-
- ¿Y no es Pamela?-
-No.-
-¿De qué color es tu pelo?-
-¿Qué?-
-Nada.-
-¿Para qué quieres saber el color de mi pelo?-
- Me refiero a que cuando te conocí lo tenías rojo, después te lo teñiste de verde. Me di cuenta por las fotos que en alguna oportunidad lo tuviste negro con mechas azules, luego amarillo pollito. No es que diga que te quedan mal, todo lo contrario.-
- ¿Estás diciendo que estoy medio loca?- Sonreía. Fingía estar ofendida, y me miraba como hurgando en mi respuesta algo que no sabría explicar.
- No.- La conversación se extendió más de lo previsto, en algún momento me perdí y ella dijo:
-…Castaño oscuro.- No recuerdo nada más.

***

Ella, a pesar de que sentía cierta empatía por las cosas rotas no disfrutaba quebrándolas, en especial los corazones. Y sin embargo, lo hacía. En alguna oportunidad dijo que era como un karma que traía de chiquita. Envidiaba a las mujeres que se topaban con patanes que sólo las usaban para el sexo o para sacarles dinero. En esa oportunidad me obligó jurar nunca enamorarme de ella y tratarla como a una cualquiera, al momento no presté la mayor de las objeciones a su petición y reí – aunque me pareció una afirmación muy arrogante de su parte-.
Nuestra relación se basó en sus visitas y nada más, aunque vivió en mi casa un tiempo no fue algo permanente o por lo menos no existían intenciones serias de hacerlo por largo tiempo. La única condición en nuestra relación era que no la buscara, ella lo haría y me esperaría si estaba ocupado. Tampoco le importaba si estuviese casado, con novia o metido en alguna otra relación; no quería saber nada de mí, yo sí estaba interesado en ella pero nunca se lo hacía notar. Qué más podía pedir: sexo, comida y dinero. Al principio me sentía como una especie de prostituto barato, me agradaba la idea de ser el chulo de una casi treintañera millonaria. Y mientras más indiferente era a su presencia, sus visitas aumentaban en frecuencia. Pero sabía que le pasaba algo, no quería romper el encanto de mi relación ideal, sin embargo, recordé un cuento árabe. Era acerca de un pastor al que le permitieron entrar a un palacio o algo así. Dentro había una cantidad de habitaciones con jardines esplendidos y cosas inimaginables.  Tenía acceso a todos y cada uno de ellos, con la excepción de uno que poseía una cerradura especial. Después de explorar todas las habitaciones pensó en entrar a la última, lo demás es historia. Fue entonces cuando le pregunté qué le pasaba. No contestó, se mudó. No quiso vivir conmigo.

***

Después de varios meses sin tener contacto, se apareció en mi casa con un manojo de  cartas. Me invitó a leerlas. La mayoría eran proposiciones, algunos poemas de mal gusto y uno que otro texto con intenciones románticas. Hubo uno que llamó la atención. Él, aún después de diez años, le llamaba; la felicitaba por  cada cumpleaños y le escribía textos al celular o a su correo. Cada carta era peor que la anterior, incluso pude prever sus intenciones a medida que las leía. Ella nunca respondió hasta que se enteró de que tenía cáncer. Más por lástima que por otra cosa decidió visitarlo.  Me imagino que por el trato y la insistencia los sentimientos afloraron. Todo bien. Transcurren los días, semanas, los meses y los años, el chico no murió. Su salud mejoró, incluso parecía tener mejor desempeño sexual cada día. Cierto día él confesó que se había curado, el cáncer terminal había desaparecido. Ella no le creyó, pero se sentía mal en desear que muriese. Era un chico pobre, vivía en un campo a las afueras de la capital. No me contó cómo lo conoció ni qué tan profunda fue su relación, pero me imaginé al chico; lo visualicé y sentí poco menos que lástima por él. Me hubiese gustado conocerlo,  cuando me contó lo intrincada y la forma cómo llegó a manipularla sentí no menos que admiración por su inteligencia y talento – mal encaminado-. Reí, volví a reír y reímos juntos, nos burlamos de su historia amorosa. Lo que para ella era una historia traumática para mí era un chiste. Ella lo tomó con calma. Brindamos por él y por cada uno de los chicos que se tomaron el tiempo de escribirle. Bebimos, tuvimos sexo, invitamos a unas amigas y tuvimos más sexo. Amaneció y, antes de marcharse, le dije:

-Nunca me dirás tu nombre.-
-Me puedes llamar cómo tú quieras; Ivonne, Brigitte, María, Susan, Elda, Natalia…-
- Ella.-
-¿Qué?-
-Eres “ella”.-


-Ok.- Era “ella”, la que buscas y rara vez encuentras. No la he vuelto a ver. Así como vino, desapareció. He pensado en buscarla o llamarla, luego recuerdo el manojo de cartas y declino. Cuando pienso en ella entiendo que era un poco rara.





Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.



domingo, 20 de septiembre de 2015

Hazte pajas, y cuando una niña te pida cien pesos, dáselos.


Una niña de quinces años se acercó a mí y dijo que podía mamármela por cien pesos si quería. Esto ocurrió en una playa turística de Acapulco. Me había acostado con prostitutas antes pero la desenvoltura de la niña me sorprendió, y más, que yo no estaba ahí para pagar por sexo, no es lo que pensaba mientras descansaba echado sobre un camastro al lado de un primo mío venido de Canadá. Vino de vista a México y me pidió que lo llevase a alguna playa. El primo dormía sobre un camastro al lado del mío. No escuchó la propuesta de la niña. Mi reacción fue rotunda. No, hija, lo siento, pero no soy esa clase de persona. Vaya si lo era. Pero dicen que una mujer atrevida aterra al más atrevido de los hombres. La niña alzó los hombros y se largó. Antes de que se perdiera de vista, desperté al primo y le dije: ¡A qué no sabes lo que esa niña acaba de proponerme! Se lo expliqué. La miró irse, de espaldas, haciendo visera con la mano.  Era una niña morena sin ningún atractivo singular. Excepto, claro, el atractivo de sus propuestas. Mi primo, entusiasmado, me instó a seguirla. 

      Antes de que dejara la playa, le grité. Volteó con una sonrisa en la cara. La miramos detenidamente. El primo, sin preámbulos, exclamó: yo tengo cien pesos. La niña sonrió aún más. Se acercó al primo y de la mano lo llevó tras unas rocas. Yo esperé ahí, de pie, en medio de una playa casi solitaria. Escuchaba las olas del mar, y a veces, el chupar de la niña y los gemidos del primo. Tuve una erección.

     Miré al primo salir y acercarse. Ten, me dijo, yo invito. Me dio cien pesos. Ya, dije. Asintió con la cabeza y esperó mientras yo iba a detrás de la roca.

    La niña estaba de rodillas. Se había hundido mucho en la arena mojada. No podías ver los dedos de los pies ni las rodillas. No dijo algo. Inmediatamente me bajó los calzones y me la mamó. Me corrí en su boca. Le di el dinero. Así supe que no era una profesional. Se levantó. Me sonrió y echó a correr salpicando agua de mar con los pies, hasta perderse.

    Bueno, le dije al primo, estuvo bien. Sí, afirmó, estuvo bien. Y regresamos a los camastros a echarnos y a cerrar los ojos y a gozar de la somnolencia del orgasmo.

     En algún momento pasó frente a nosotros un hombre muy moreno. Vendía plata. Nos ofreció cadenas y pulseras. Cualquier cosa a setenta pesos. El primo compró una cadena y una pulsera. Yo compré una cadena. ¿Por qué? No lo sé. Nos pusimos las cadenas y volvimos a recostarnos y a cerrar los ojos y a sentirnos unos chulos.

    Cuando oscureció nos levantamos. Nos estiramos y acordamos ir a beber cervezas al Barba Roja.

2

Entramos al bar. Nos acomodamos en la barra. Ordenamos cerveza. La bebimos y miramos a las chicas. Al principio no dijimos algo. Hablamos sobre los turistas gringos y sus diferencias con los turistas europeos o los turistas canadienses. Los turistas gringos nos parecían los peores. Mal educados. Sintiéndose los reyes. Los europeos son más reservados, explicó el primo. Yo estaba de acuerdo con él. No tenía bases para estar de acuerdo o no, pero por alguna razón, dentro de mí, sabía que era así: los gringos, pedantes; los europeos, gente serie y respetuosa. Probablemente estábamos equivocados. Qué más daba. Nadie nos discutiría. Luego, conforme nos emborrachábamos, las chicas nos parecían más y más atractivas; una necesidad de sexo se apoderaba de nosotros gradualmente. Éramos un par de veinteañeros solteros en Acapulco. ¿Es qué nos íbamos a pasar la noche bebiendo y hablando como un par de viejos mientras esas muñecas se paseaban en calzones delante de nuestros ojos? Nos retamos a ligar.

      Lo haremos así, planeó el primo: nos separamos una hora. Cada quien por su lado, a ver quién logra llevar alguna chica all cuarto. Ya, dije, está bien. Sí, sí, dijo, el chiste es llevar a una chica al cuarto, aunque, si nos es posible, llevamos más, dos o tres o cuatro. Sí, dije, todas las posibles. Exacto, exclamó el primo. No importa si no quieren acostarse con nosotros, una vez en el cuarto... Sí, así es, confirmé. Además, continuó él, ninguna chica acepta ir al cuarto de un chico si no tiene intenciones. Cierto, dije, es así. Nos quedamos sentados unos buenos minutos. De espaldas a la barra. Mirando a todas la chicas buenas que se pasaban por ahí. Cazando a las solitarias.

    ¿Qué pasa si solo uno de nosotros no lo logra?, pregunté. Bien, contestó el primo, si uno de nosotros logra llevar a una sola chica, el otro duerme fuera. Ya, dije, es justo. Sí, hombre, me dijo, no vamos a aguarle la fiesta al otro, ¿no? No, claro que no, hombre. Silencio. ¿Y si uno lleva a dos chicas y el otro no lleva nada? Bueno, pensó, en ese caso deberá ceder una de las dos al otro. Muy bien, exclamé. Sí, pero... si uno lleva a dos, él escoge cuál ceder y con cuál acostarse. ¿Y si una de las dos es fea?, ya sabes, a veces hay una bonita con una amiga fea. En ese caso, apuntó, el otro entretiene a la fea para que el otro pueda acostarse con la bonita. Justo, dije, que así sea. Silencio. Oye, pregunté, ¿y si uno lleva a tres chicas y el otro a ninguna? Ya veremos, respondió, quizá una chica se quede sola, o quizá las tres se acuesten con ambos, no sé, todo puede ser. Sí, dije, todo puede ser. Silencio. Hay que actuar con cuidado, explicó, no hay que ser muy cínicos o no querrán irse con nosotros. Entiendo, dije, sí, con sutileza. Ajá, exclamó.

     Una pelirroja se sentó al lado de nosotros. El primo me tocó el codo. Estaba del lado mío. Anda, dijo, está de lado tuyo, anda. ¿Viene sola?, pregunté. Eso parece. No sé, esperemos, quizá su novio esté en el baño. Bien pensado, contestó. Esperamos cinco minutos, si no viene alguien a por ella, vas tú. Sí, sí, dije. Ordenamos más cerveza. La pelirroja ordenó un coctel. Estaba guapísima. Está guapísima, me susurró el primo. Sí, sí, ya lo sé, contesté. Bebió el coctel con elegancia. Ya han pasado más de cinco minutos, hombre, anda, me instó el primo. Sí, dije, sí. Silencio. 

    En el momento en que me decidí, la chica se levantó y se fue. ¡Hombre!, exclamó el primo, has demorado mucho. Ya, dije, quizá vuelva. Mi primo echó una mirada a la barra. No volverá, sentenció. ¿Cómo sabes?, pregunté insólito. Se ha llevado la bebida, dejó el lugar, no volverá. Bueno, me defendí, de cualquier modo no lucía como una chica que se fuese con dos fulanos mexicanos. ¡Va, tú qué sabes!

     Hagamos algo, propuso el primo, voy a darme una vuelta por el bar. Tú quédate aquí por si regresa la pelirroja. Sí, contesté. El primo se levantó y se perdió entre la gente. Rogué por que no tardara demasiado.

     No tardó demasiado. Regresó y dijo: hombre, allá al fondo hay un grupo de chicas solas, vamos. Bueno, contesté, vamos. Ordenamos un par de cervezas más y fuimos.

      Las chicas bailoteaban en bola. Oye, oye, espera, exclamé. ¿Qué? Yo no bailo, joder. No sé hacerlo. Me miró asombrado. Tú te mueves y ya, dijo, no hay que saber bailar, nadie sabe bailar, solo te mueves y la oscuridad del bar hace el resto. Bueno, está bien, dije.

      El primo se acercó a ellas bailando de lo lindo, cerveza en mano. Las chicas le sonrieron. Le hicieron lugar y pudo mezclarse. Yo quedé apartado, de pie, sonriendo como un imbécil. Con mi cervecita en la mano. Un chico de casi dos metros pasó junto a mí. Me empujó con el hombro. Una de las chicas lo miró y rió. Otro chico pasó y me empujó también. Estaba en el paso. Me acerqué más a la bola de chicas, tratando de coger el ritmo. ¿Mexicanas?, pregunté al aire. Nadie contestó. Todas bailaban y sonreían pero no decían una sola palabra. El primo se incluyó bien. Por un momento sentí que era un desconocido que venía con ellas.

      Así estuvimos dos o tres canciones, hasta que las chicas pararon. Soplaron y se echaron aire con la mano. ¡Ufff!, exclamó una de ellas. El primo se presentó. Las chicas se presentaron con él. En algún momento me presentó a mí: P., un colega. Ya, dijeron ellas sin hacerme mucho caso. ¿Vienen solas?, preguntó el primo. Alguna contestó que sí, que andaban de noche de chicas. ¿Qué eso?, preguntó el primo en español, pero con acento canadiense. Sin hombres, respondió alguna otra, con una sonrisa en la cara. El primo rió y exclamó: estupendo, por que... ¡nosotros venimos en plan de chicos! ¡Sin mujeres! Todas rieron. !Ya sé!, exclamó el primo, hagamos algo, eh, ¿porqué no bebemos algo en la playa? Ninguna contestó. Una de ellas fue a la barra y trajo cócteles para todas. Salud, dijo el primo chocando su cerveza con el cóctel de una y luego todas chocaron con él sus cócteles. Nadie chocó conmigo.

       Bebieron los cócteles de prisa y alguna llevó las copas de todas a la barra y de un momento a otro reanudaron el baile. Jalé al primo aparte y le dije: no va a pegar, andan en plan de chicas. ¿Qué es eso?, preguntó. Que no quieren hombres, ya te lo dijeron.

       Regresamos a la barra sin despedirnos. No había lugares ya. El bar estaba lleno. Oye, le dije, no quiero desanimar, pero... he pasado por esto muchas veces. No lo vamos a lograr. Las chicas de estos sitios no buscan sexo con dos como nosotros. Si al menos tuviésemos dinero, o coche, o midiésemos más de uno ochenta...


3

Al día siguiente regresamos a la playa y rentamos los camastros que habíamos rentado la vez pasada. Nos recostamos a tomar el sol con la esperanza de ver a la niña pasar. Planeamos ofrecerle más dinero por irse con nosotros al cuarto. Todo el día. Incluso más dinero por llamar a una amiga o amigas que hicieran lo mismo. Le pagaríamos la peda y los servicios sexuales a cuanto quisieran (sabiendo que eran baratas). El primo hasta fantaseó con llevarlas a México y mantenerlas como esclavas sexuales.


     Pero la niña no pasó. Vimos al vendedor de plata y desesperado, el primo le preguntó si no conocía a una niña morena, más o menos de quinces años y de uno con sesenta metros. El vendedor dijo que no, que no conocía a alguien así. Supuse que mentía porque… en realidad… todas las niñas de quince años deben ser así aquí. Va, le dije al primo cuando el hombre se fue, no es culpa suya, quizá la conoce muy bien y no desea meterse en problemas. Ya sabes, conocer a una que hace eso podría atraerte pleitos legales, no sé. El primo suspiró. Propuso probar por la noche una vez más en el Barba Roja. Ni en pedo, contesté. Acepta tu destino. Hazte pajas, y cuando una niña te pida cien pesos, dáselos.




domingo, 13 de septiembre de 2015

Desaparecer.

De pronto, todos comenzaron a desaparecer. R. viajó a España. Misael a Rusia. Leo consiguió trabajo y no volvimos a mirarlo. G. se casó. O. hizo nuevos amigos. A. obtuvo una beca para estudiar en Alemania.

         Entré a una subasta y gané una freidora. Por trescientos pesos. Recogí el trasto en La Raza y lo llevé casa. E., mi mujer, y yo, freímos tortillas y las comimos como botana, con cerveza. Nos sentó bien. Entré a otra subasta y gané un sofá. Por cuatrocientos pesos. Lo colocamos en el cuarto de estar y comimos tortillas fritas y bebimos cerveza echados en él. A veces hacíamos el amor sobre él. Lo llamamos El viejo Ed. No me pregunten por qué. Las parejas hacen cosas así.

La vida en México marchaba. El presidente. El gobierno. Manifestaciones por todos lados. E. y yo tirados sobre el viejo Ed preguntándonos por los destinos de nuestros amigos. ¿Qué será de Nava? ¿Qué será de tal o cual? Comiendo camarones empanizados. Una vida mediocre, si tú quieres. De cualquier modo no cambiaríamos el rumbo de los acontecimientos.

           Mandé manuscritos a decenas de editoriales. Nadie quería publicar a P. Lo consideraban inútil. ¿Por qué publicar a un escritor que narra los detalles más cotidianos de su vida cotidiana? Vale, no me publiquen, pensaba.

E. exclamaba: ¿qué comeremos hoy? No sé, respondía yo, ¿qué puede hacerse en la freidora? Agotamos las posibilidades, nuestras posibilidades, de freírlo todo. Tortillas. Camarones. Papas. Aros de cebolla. Alitas de pollo. Quesadillas. Pescado. Salchichas. Intenté freír carne roja. ¿Qué comeremos hoy? El recibo de luz se incrementó. Nos salieron barros en la cara. Queso frito, dije, eso no lo hemos intentado. Nos pudríamos sobre el viejo Ed mientras los colegas se pudrían en Europa. Cuando regresen les freiré espárragos, pensé. Eso, espárragos. Hoy queso frito, mañana, espárragos.

            Los bares de siempre. Ya no causaban emociones. T. nos tenía harto. Federico nos tenía harto. Sergio nos tenía harto. Beber en casa reducía las posibilidades. ¿De qué? Llamé a Nava y le cuestioné sobre su vida. Nada nuevo. Vida en pareja. Ya, dije. ¿Qué hacen las parejas para no aburrirse? ¿Follan? El viejo Ed ya no nos aguantaría más jodiendas. Viajemos, sugirió E. Sí, claro, soy millonario. No, no lo soy. México, un gran país para los extranjeros. ¿Qué hacen los extranjeros para no enloquecer en México? Ya, regresan a sus patrias. ¿Y los mexicanos, a dónde regresan?

R. mandó una carta desde España. No es la gran cosa, ponía. Ya, le dije a E., R. escribe que España no es la gran cosa. Misael mandó fotografías por whatsapp de él en la Plaza Roja. No es la gran cosa, escribió enseguida. Léelo tú misma, dije a E.

Dejé de escribir con la misma frecuencia que antes. Ahora todos mis pensamientos oscilaban entre los diferentes alimentos que podían freírse, y las vagas intensiones de salir y buscar un nuevo bar para alimentar al alma. También podían vislumbrarse intenciones suicidas, pero ya había pasado por eso alguna vez, así que no les di importancia. En el fondo sabía que no lo haría. Acariciaba la posibilidad como a una salida cómoda, casi utópica. Como todas las cosas que las personas hacen en las películas, pero nunca en la vida real, aunque se suponga que las películas salen de la vida real.

Una vez salí a comprar cigarrillos. Pasé delante de un bar nuevo. Casi entro. Me quedé fuera mirándolo. Había gente joven y música popular. No iba a soportarlo. Supuse que a E. le gustaría probar aquí. En casa le pregunté si había notado al bar nuevo, sobre Medellín. Contestó que sí y en la misma oración expresó su deseo de probar con él algún día. Al día siguiente volví a salir. Me pasé por aquel sitio. Encendí un cigarrillo y lo fumé afuera del bar. Los meseros eran jóvenes. De un momento a otro en la vida te das cuenta de que el mundo pertenece a los malditos jóvenes. Me miraron estarme ahí y me ofrecieron propaganda. Una chica salió y me mostró un menú. ¿A cuánto ponen la cerveza de a tercio?, pregunté. A veinticinco pesos. ¿Whisky? Sesenta la copa. Ya, muchas gracias. ¿Gusta pasar? No, muchas gracias. Si pasa ahora ponemos la cerveza a veinte pesos hasta antes de las diez. Es muy tentador, pero… no soporto la música de moda. La chica hizo una mueca y se fue. Me estuve ahí fumando e imaginando cómo sería traer a E. aquí. En algún momento el cigarrillo se terminó y me fui.

Ya no queda aceite, P., me dijo E. La freidora había dado lo suyo. Ya no nos emocionaba. Ya, respondí, podemos comer cosas al comal, sin aceite. Sí, contestó ella. Hizo quesadillas de queso al comal. Tampoco quedaba cerveza. Ella no había perdido su encanto. Le di dinero a E. para que trajera cerveza mientras yo iba al baño a cagar. Cuando regresó nos echamos sobre Ed y comimos en silencio. A veces me preguntaba qué podría pensar E. Miraba al horizonte y masticaba despacio, con cierta somnolencia. Cada dos o tres mordidas se percataba de que había que beber y bebía. Por fuera era bella. Dentro de su boca: queso y tortilla y cerveza… el bolo alimenticio. Los dientes. La lengua. El esófago. El estómago. Había lamido el culo de E. muchas veces, hasta bien adentro del ano. Estoy seguro que había tragado materia fecal alguna vez; no se siente pero está ahí, porque no puede ser de otro modo. No me importaba. Sin embargo, no podía pensar demasiado tiempo en el bolo alimenticio.

Misael escribió explicando que le urgía tramitar documentación en México. Me ofrecí para cualquier cosa que necesitase. Me explicó el asunto. Luego me emborraché y lo olvidé todo. Se lo conté a E. Me dijo: oye, P., ¿no debías ir a la embajada rusa a tramitar algo para Misael? Encendí un cigarrillo. Subí la pierna a la pierna de E. Éramos un bulto sobre el sofá. Creo que ya pasó la fecha límite, contesté más para mí que para ella. ¿Y ahora qué hará Misael? Expulsé humo. No sé, dije indiferente, ya lo arreglará. La gente siempre acaba por arreglar sus problemas. Debiste ayudarlo, P., me riñó E., es un buen amigo. Sí, sí, dije, realmente pensé ayudarlo, pero… lo olvidé… es todo.

Decidimos salir a probar a nuevos bares. Caminamos por la colonia en busca de algo que nos atrajese. La colonia estaba llena de bares. No nos satisfacían. Eran caros, elegantes, con gente educada y egoísta. Buscábamos algo más vulgar. Económico. Con gente sin educación pero compartida. Nos detuvimos ante Insurgentes 300. Un bar al lado de una tienda de ropa para darketos. Quince peses la cerveza. Era tentador. Había algo en el ambiente que no gustaba. No me detuve demasiado a pensar en ello. Lo pensé en casa: la luz. Estaba completamente iluminado. Vendían comida. No sé, no me fío de los sitios con hamburguesas y tacos. Hay un tiempo para beber y otro para comer. Pasamos de largo.

Los bares de Medellín los descartamos inmediatamente. Habíamos pasado frente a ellos muchas veces antes. Eran sitios para otro tipo de borrachos. Borrachos escandalosos y bailarines. Necesitábamos un bar oscuro, sin estropicio, sin jóvenes, sin música. Me acordé del bar la Perla, en la Carrasco, a donde me llevó Eusebio Ruvalcaba hace un año. Era un sitio precioso. Se lo conté a mi mujer y exclamó: ¡está muy lejos! ¡Ya lo sé!, contesté, sólo quería contarlo. De Medellín pasamos a Monterrey. La Sarria. La vieja y casi buena Sarria. Ni lo intentes, E., de ahí me echaron hace dos años. Me negaron el servicio. ¿¡Por qué?! ¡Va, no querrías saberlo!

Aquella tarde terminamos en casa. Compramos ocho cervezas de a litro doscientos y las bebimos sobre Ed mientras comíamos chicharrones de harina y cacahuetes.  Acabamos con seis antes de quedarnos dormidos.

Me despertó un mensaje de Misael. En realidad fueron varios mensajes. Preguntaba si había logrado algo en la embajada rusa. Joder, pensé. Supuse que lo habías arreglado tú, escribí en contestación. ¡Qué! ¡No! ¡Te lo pedí a ti de favor! ¡¿Por qué creíste eso?! ¡NO LO SÉ MISAEL!, quizá por qué ya no escribiste algo más después de pedirlo. ¡No escribí por no joderte con presiones, confinaba en ti! Ya no contesté. Miré dormir a E. y ello me provocó sueño y me recosté encima de ella y me dormí.

E. despertó caliente. Comenzó a menearme el asunto. Bueno, me dije, ésta quiere lo suyo. Dejé que me la mamara antes, para calentar. Hicimos el amor encima del viejo y fiel Ed por enésima vez. Si yo fuera tú, no me sentaría en él. Seguro saldrías embarrado.

O. llamó. Preguntó si podía vernos por la noche, en nuestra casa. Antes de desaparecer solía pasarse por la casa cada fin de semana. Se sentaba a la mesa y se fumaba mi tabaco (un tabaco que compré en una tabaquería y no me gustó) en las pipas con forma de cráneo que compré en la Glorieta. Se instalaba con soltura. Soltaba el cuerpo. Bebía, fumaba. Tenía clase para hacerlo a pesar de ser casi un vago. Una vez E. le dijo: eres un vago con estilo. O quizá lo dijo él de sí mismo. No recuerdo.

Compramos una botella de whisky y ocho cerveza de litro de doscientos. Chicharrones. Dos cajetillas de cigarrillos. Limones. Escombramos la estancia.

O. no vino. No se apareció en toda la noche. Cuando le marqué al móvil no contestó. Algo se le habrá atravesado, sugerí a E. Es un maldito hijo de puta, exclamó ella. Ya, defendí a O., quizá tuvo un accidente y ahora va rumbo a un Hospital metido en una ambulancia. ¡Esas cosas nunca pasan! Bueno, siempre está la posibilidad de ello. ¡Qué va, es un hijo de puta! Abre la botella, vamos a comenzar sin él.


Al día siguiente nos olvidamos de O. por completo. No volvimos a mencionarlo. G. nos invitó a su casa a pasar una velada familiar. Ahora que había parido su mujer, lo llamó velada familiar. Reunirnos y beber y hablar, pero con moderación. Eso era su plan. Yo no puedo beber con moderación, le comenté a E. Ni yo, exclamó. Mejor no vamos. No fuimos. Compramos cerveza y la bebimos sobre el viejo y fiel Ed. Y nos olvidamos de todos y desaparecimos para todos. Aunque ellos desaparecieron primero.  




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