domingo, 29 de marzo de 2015

“De la vez que encontré a mi mujer con dos mujeres y un hombre en la cama…


Me emborrachaba en bares baratos de la Glorieta de los Insurgentes con mi novia E. Llegaba a casa al amanecer, molido por la farra y el desvelo y a las once en punto de la mañana sonaba el teléfono. Era K., mi editor. Por aquel entonces había vendido un libro de relatos a K. Llamaba desde Sudamérica. No sé muy bien cómo K. me encontró y se interesó en mí. Jamás lo había mirado. Toda la negociación se llevó a cabo mediante correos electrónicos y llamadas telefónicas. Me instaba a escribir. Habían pasado tres meses desde que K. me envió el anticipo y no había mandado a K. ningún relato. Deseaba algo inédito. Todo mi material estaba publicado en línea. No aceptaba algo que tuviese escrito de antemano. Quería algo inédito, nuevo, contundente y maravilloso. Por alguna razón, K. suponía que yo podía hacerlo. Pero llegaba molido, como ya dije, dormía durante el día y al anochecer E. me apuraba a salir y beber, o a comprar trago y beberlo en casa. No podíamos dormir sin ello. Si no bebíamos, el cuerpo nos picaba. Nos daba una comezón insoportable. Había que beber. Había que beber hasta emborracharnos y dormir. En mitad de todo eso, había que follar dos o tres veces al día. No tenía fuerzas para escribir. Escribir requiere tantas fuerzas como correr un maratón. Beber requiere más fuerzas. K., le decía, lo siento, hombre, estoy jodido. Dame una semana más K. Te entregaré avances. K. colgaba. Al día siguiente volvía a llamar. Decía: P., estoy a punto de perder la cosa contigo, si no leen algo en TK, cancelarán tu contrato. Vale, decía yo, mandaré algo por la noche. Era una tarea casi imposible. Supongo que es algo por lo que atraviesa todo escritor. Un bloqueo mental (?). No hay nada más complicado para un escritor que trabajar bajo encargo. Antes de K. escribía historias todo el tiempo. Podía escribir una historia diaria. Ahora no podía escribir un solo párrafo. K. había sido claro: inédito, ágil, contundente, sorpresivo. La mayoría de mis textos no eran en absoluto sorpresivos. Escribía las mismas chorradas de siempre: mis amantes, mis ex mujeres, mi alcohol. ¿Por qué K. se pensaba que yo era el indicado? Los últimos años había rezado por un contrato. Bien, lo tenía. ¿Y ahora? ¿Por qué no me llegó a los veinte años, cuando aún podía beber y escribir con mucha energía? Por más que pensaba, no me venía algo. Quince relatos. Es lo que pedían en TK, la editorial. E. me apoyaba, en lo mínimo. Proponía ideas. Decía: escribe de la vez que te emborrachaste en bar de Ele y te tragaste los vidrios de un envase de cerveza roto. O de la vez que te caíste por las escaleras del apartamento de los músicos que conocimos en una ponencia de poesía. O de la vez que te cagaste en los pantalones de tan borracho. O… vale, nena, la paraba, he escrito de todo ello ya. K. quiere inéditos. No hay algo inédito en mí. Todo lo he contado ya. Eso es el problema, dijo, necesitas nuevas experiencias. ¿Por qué no sales a solas y vives cosas?

      Al día siguiente llamé a O., un viejo compañero de farras. Le dije: ¿O., tienes dinero? O. se extrañó. No sé, respondió, ¿dinero para qué? Se lo propuse: hagamos un viaje, O., salgamos de la ciudad. Vivamos aventuras. ¿Adónde?, preguntó. No sé, Dios, es igual, a donde puedas pagar lo de ambos. O. no se entusiasmó demasiado. Sin embargo, aceptó. Nos citamos en la Glorieta de los Insurgentes.

      Bueno, le dije a O. cuando lo miré. Podemos abordar el metro, hasta San Lázaro, coger un autobús a donde sea y ver qué pasa. Sí, dijo. Nos miramos un par de segundos. ¿Traes dinero?, pregunté. O. asintió con la cabeza. Nos miramos otro segundo. ¿Una cerveza antes de partir?

      Entramos a Tres Gallos. Nos instalamos al fondo. Ordenamos cerveza. Bebimos. Le conté a O. sobre K., TK y mi bloqueo mental. Dijo: escribe cualquier cosa, P., lo has hecho siempre. Di un sorbo. Sí, dije, siempre hasta ahora. Preguntó por E. Dije que ella misma había propuesto la idea de viajar. E. era una mujer muy celosa. No lo puedo creer, comentó O. Pues es así, O., ella misma… O me miró directo a los ojos. Ya, dije. ¿Por qué E. me había dado permiso, e incluso instado, a ausentarme de casa? Yo también era un hombre muy celoso. Decidimos espiar a E.

      Bebimos y hablamos del asunto hasta el cierre de Tres Gallos. Una vez cerrado, nos mudamos a bar de Ele, donde bebimos y hablamos más sobre el asunto. Es increíble todo lo que se puede hablar y suponer de algo que no ha pasado. Sospecho que no se puede hablar más de algo que sí ha pasado. Nos emborrachamos. Al amanecer, nos fuimos a Obregón. Nos instalamos en una banca pública y hablamos y hablamos y conjeturamos y supusimos. A las diez de la mañana estábamos muertos. Fuimos a comer tacos a Obregón e Insurgentes. A las once, llamó K. Le dije: estoy en ello, K., lo juro, estoy a punto de escribir algo inédito, bueno y contundente. Colgó.

      Dormimos un par de horas sobre bancas públicas. A la una de la tarde caminamos a la calle de mi apartamento. Enfrente había un bar de cubanos. Nos metimos al bar. Ordenamos mojitos. Una negra trajo nuestros mojitos. Desde allí vigilamos la entrada de mi edificio. Hasta las cuatro de la tarde, no ocurrió algo. A las cuatro con diez, miramos a E. salir. ¡Ahí está!, exclamó O. Nos agachamos para que no nos viese. La vimos ir a la tienda a comprar cerveza y churrumais. Regresó al apartamento. No sé, O., le dije, me siento ridículo; desconfiar así de mi mujer… no sé. ¿Cuántos días se supone que estarás fuera?, preguntó. Una semana, respondí. Bufó. No podíamos permanecer una semana en el bar de cubanos. ¿Alguna idea?, pregunté. Podemos ir a mi casa, dijo O., puedes quedarte ahí. Podemos volver todos los días. Así quedamos.

      En casa de O. dormimos hasta la media noche. Al despertar compramos cerveza y botana y la bebimos. O. me contó sobre una chica a la que conoció recién. Una poetisa. Habló, en particular, sobre sus tetas. Yo le escuchaba mientras pensaba en las tetas de E. Todo el tiempo que estaba con ella, miraba las tetas de otras mujeres. Ahora, no podía dejar de pensar en las tetas de E. y en su cintura y en su culo y su sexo. Estaba buena, de eso no tenía la menor duda. Sobre todo cuando estaba lejos. Bebimos hasta al amanecer. A las once llamó K. No cogí la llamada.

      A las ocho de la noche, cuando despertamos, tenía siete llamadas perdidas de E. También había un mensaje. Ponía: supongo que estarás muy ocupado. Lamento molestar. Bueno, los celos de E. habían asomado. La llamé. No contestó. Pedí permiso a O. para pegarme una ducha. Lo hice. Durante la ducha me masturbé pensando en E. Al salir, llamé a E. No contestó. Me rasqué la cabeza. ¿Pasa algo?, preguntó O. E., dije, no coge las llamadas. Dios, exclamó, me pego la ducha y vamos a tu casa. Sí, dije.

      Durante el trayecto a casa, planeamos lo siguiente: O. tocaría el timbre de mi apartamento, para comprobar que E. estuviese ahí. Yo me escondería en algún lado.

      Bien, me escondí tras una jardinera. O. tocó el timbre. Pasaron dos minutos que se me antojaron una eternidad. E. bajó. Abrió la puerta. La miré saludar a O. Intercambiaron algunas palabras. E. invitó a O. a subir. O. y E. subieron. Cerraron la puerta del edificio. No supe qué hacer. Entré al bar de cubanos. Ordené cerveza Bucanero. Me dio la comezón. Ordené más cerveza. Un negro me traía las cervezas. Pasó una hora. Bebí cuatro cervezas. Comenzaba a inquietarme. El negro hablaba con otros negros. Pegaban de gritos. Me estaba cansando de estar ahí. Ordené mojitos. Ordené un plato de ropa vieja. Ordené más cerveza. Los negros no paraban de reír, hablar y gritar. Hablaban sobre mujeres. Sobre cómo habían cogido a sus mujeres con otros hombres. Era un infierno. O. no bajaba.

      Al cabo de una hora más, bajó O. Venía medio borracho. Alcé la mano para que me mirase. Cuando estuvo sentado a mi mesa, le reñí. Lo siento, P., me dijo. ¿Y bien?, pregunté. Hay fiesta en tu casa. ¿Cómo?, exclamé. Sí, dijo, E. y tres chicas más. No sé de dónde las sacó. Están buenas. Beben. Dios, dije, no sabía que E. tuviese amigas buenas. Supongo que te lo oculta, dijo O. Están realmente buenas. Ya, dije. Callamos un minuto. Luego, O., dijo: P., ¿te molestaría si vuelvo arriba? ¿Qué?, exclamé. Vamos, P., las chicas están buenas y hay una que está a punto de emborracharse; ya sabes. ¿Qué?, exclamé. Prometo no tocar a tu mujer, P., pero… las otras… No, O., olvídalo, lo siento, pero, ¡olvídalo! Vamos, P., insistió, no puedes detenerme, soy un hombre libre. Sacó las llaves de su casa de su bolsillo. Ten, dijo, puedes acostarte en mi cama. Se levantó y se fue. Lo miré. No tuvo que tocar a la puerta. Dejó abierto.

      En fin. Fui a casa de O. Antes de entrar compré burritos de frijoles y queso y cerveza. Me acosté en cama de O. y comí y bebí y me masturbé. Aquella noche no pude dormir. Pensé en E. y en sus amigas buenas y en O. Es un hijo de puta, pensé. Finalmente dormí.

      Al amanecer escuché a O. tocar a la puerta. Me tardé en abrir. Comenzó a golpear la puerta. No abrí. Deseaba hacerle sufrir. Gritó: ¡P., abre! ¡Sé que estás ahí! Bueno, abrí.  Venía borracho. ¿Y bien?, pregunté. Nada, P., dijo, bebimos, es todo. Eso ya lo sé, dije, pero… ¿y E.? ¿Hubo hombres en la fiesta? No, respondió O., únicamente yo. Me tranquilicé. O. se echó sobre el sofá. Te ama, dijo. ¡Cómo!, exclamé. Sí, dijo, E., te ama; se lo pasó hablando de ti y de lo mucho que te ama y le gusta tu sexo, Dios, fue insoportable escuchar aquello, P., pero puedes estar seguro: E. te ama. Ya, dije, al tiempo que me rascaba un ojo. Bueno, dijo, lo siento, voy a dormir. Ya, dije, adelante. O. durmió todo el maldito día. Yo dormí un poco, pero no podía pegar ojo.  A las once llamó K. ¿Ya?, contesté. El rollo de siempre. Vale, le dije, lo tengo, no te apures, esta vez sí que lo tengo. Me dio como plazo dos días más. Colgó.

      A las nueve de la noche O. despertó. Yo daba vueltas por la estancia. Le dije: O., se acabó. Regreso a casa. ¡Cómo!, exclamó. Sí, le dije, regreso a casa. Tengo dos días para entregar un avance a K. No puedes, dijo, E. piensa que estás en Chiapas; yo mismo se lo dije. Bueno, dije, pues se enterará de la verdad. O. suspiró. Como quieras, dijo.


2

Llegué a casa. E. estaba en la habitación. Se sorprendió mucho al verme llegar. Oh, P., no te esperaba. Ya, dije, es igual. La besé. Me abrazó. Me la quité de encima. Lo siento, nena, no puedo, ahora no. Se sentó sobre la cama. Me miró hacer. Me fui directo al ordenador. ¿Pasa algo?, preguntó. Un día, dije, tengo un día más. E. se puso detrás de mí. Me sobó los hombros. ¿Quieres cerveza?, preguntó. Vale, dije, sí, trae cerveza, cigarrillos, comida. Voy, voy, dijo. Sí, sí, dije.

      Abrí una página en blanco en el ordenador y escribí: “De la vez que encontré a mi mujer con dos mujeres y un hombre en la cama…




viernes, 27 de marzo de 2015

Stevenson no desdobló su ego.



Texto por: J. Beltrán


Dáctilo publicó la convocatoria. Recibiría textos de jóvenes escritores y periodistas. Laia hizo un artículo sobre los locos en la literatura. El profesor Carnajo escribió algo sobre las razones por las que las letras dominicanas no eran consideradas como parte de la literatura universal. Al profesor le decíamos Carnajo por su afán con la carnadura de los personajes. En algún momento, pensé convertirlo en protagonista de una de mis historias; eso nunca cuajó.

De vez en cuando lanzo una piedrecita a la narrativa, aunque escribo más artículos de opinión y textos periodísticos. Pero con esta convocatoria, sí me interesaba publicar algún texto; tenía mucho de reto y mucho de ego, mi amor propio necesitaba verse publicado en Dáctilo.

Barajé varias historias. Primero, el cuento de un cigoto que cuenta su odisea previa al aborto. Aquí me enfrentaba al problema de la ficción ¿Cómo hacer creíble que una masa gelatinosa cuenta su propio asesinato? Lo terminé, aunque decidí no prestarle demasiada atención.

Luego estaba la historia de un sujeto que por culpa de un romance rodeado de grimorios y hechicería, sufría una transformación muy Kafkiana. Con este, la dificultad tenía mucho que ver con la estructura; era poco entendible.

Quedaron otros cuentos por contar. El del niño que tenía relaciones con su perra; el del muchacho que en una noche de conflicto político decidía intentar realizar con una desconocida las fantasías que le inspiraba su hermana. También, el tipo que decidía irse a Burundi, pero la hermana se oponía y terminaba suicidándose. Peor, una ciudad huye de unas criaturas que intentan morder a todos los seres humanos; esta tampoco terminó de escribirse.

En fin, eran malas creaciones. Todavía busco una historia que en verdad me sirva. Tengo quince días para enviar algo bueno.

Se me ocurre contar la historia de un tipo que quiere escribir algo para una revista. El sujeto se llama Omar, aunque claro, puedo cambiar el nombre conforme creo el personaje.

Omar vio el anuncio en internet, le pareció interesante y quiso hacer algo bueno. Al igual que yo, él entiende que no es un buen escritor, de hecho, no es un escritor. Sin embargo quiere intentarlo; su ego necesita verse publicado de algún modo.

Mientras comenta con sus conocidos, descubre que algunos, incluso, un profesor al que le tienen un apodo extraño, van a escribir artículos muy serios. Eso le reafirma su idea de escribir una historia.

Banahí le parece un buen nombre para una protagonista. Ahora que lo pienso, también me parece buen nombre. Creo que podría considerarlo, después de todo no puede ser delito robarse un personaje. Si es así, Onetti me autorizó a robar.

Omar empieza a describir a Banahí. A diferencia mía, él hace perfiles de sus personajes y planifica todo antes de empezar a escribir. Yo debería hacer lo mismo.

Empezó a vivir su historia de creador. Ya andaba de un lado a otro en su oficina mientras recitaba una suerte de conjuro. Después se detenía para garrapatear algunas líneas. Se enojó, tiró al suelo el bolígrafo, lo pisoteó, tomó otro, redactaba al decir en voz alta:

Si hago que Banahí use pulseras de conchas marinas, tenga el pelo largo hasta la espalda y use tacones aunque prefiera estar descalza, voy a tener un buen efecto. Ella está obsesionada con el mar, dice que puede leer las líneas de sus olas, asegura que inventó la quiromancia marina. Lo voy a contar en primera persona. El conflicto es: ¿se suicida o se deja guiar por el médico que la quiere llevar a la ciudad? La ciudad no le gusta, sabe que allí el agua del mar tiene polvo y líneas de humo que hacen más difícil leer las aguas. Pero el problema con el suicidio es que no tiene la certeza de que en realidad el océano tenga su oído en el fondo y quizá muera antes de contarle todo lo que ha visto.

La historia que recrea Omar me agrada. Banahí tiene mucho por construir antes de tener un primer plano, aunque va muy bien. Él guarda una foto de ella en la gaveta de su escritorio. Necesito verla, espero que él la saque antes de que yo termine de crearlo en mi historia. El escritorio puede ser un hilo conductor, aunque también pudiera estar ahí para ambientar el estudio del escribiente.

Mi nombre lo llevó una princesa taína. Por eso lo llevo yo. Mi papá decidió que lo merecía, aunque ahora no estoy tan segura de que él piense lo mismo. Junto a mi nombre nació el mar, bueno, no nació, pero siempre estuvo; que para el caso da lo mismo.

No creo que ese sea un buen inicio para la historia de Omar. Él no quiere hacerme caso, se niega a dejarse llevar por mis sugerencias. Opino que es mejor que cuente la historia de otro modo, que comience con algo contundente, una acción. Es una de las cosas en la que suelo estar de acuerdo con Laia.

Debo llamar a Laia en un rato. Ella puede darle muchas luces a Omar sobre como contar un suicidio en el mar sin imitar a Virginia Woolf o peor aún, a Storni. Además conoce un poco más que él sobre personajes excéntricos rayanos en la locura. De paso me da su opinión sobre Omar, empiezo a creer que está loco. Me parece que le vi fantasear con Banahí, pero son ideas mías, un personaje no puede crear a otro y fantasear con él. Si así fuera, yo tendría fantasías con Banahí, aunque claro, ella no es una creación mía.

Tengo diez días para enviar una buena historia a Dáctilo. El cuento de Omar no avanza; se empeña en crear a Banahí cuando el verdadero conflicto es el de los problemas de un narrador. La quiromántica marina no es más que un hilo conductor. Veo los pliegos de papel tirados por la habitación y no forman una estructura sólida: tiene muchos hilos sueltos.

Estoy seguro de que si no publico nada en la revista, me retiraré de la literatura. Hace tiempo busco una señal para hacerlo. No quiero que sea ahora. Omar no termina de entender que pongo mucho en juego con cada línea.

Ayer lo descubrí sentado en el escritorio. De espalda a mí, parecía llorar mientras se halaba el pelo. Los mechones esparcidos por el suelo, hablaban de un largo rato en esa actitud. No se giró a verme. Frente a mi tenía el borrador de su historia, o lo que había hecho hasta ahora.

Intenté leerla, dentro de ella podría encontrar alguna pista de cómo continuar con el cuento. Banahí seguía en el mismo lugar, no me dejaba verla, como tampoco podía ver el rostro de Omar. Intenté rodear el sillón en el que permanecía sentado, para verle de frente, no pude.

El límite para enviar algo a Dáctilo es dentro de 4 días y no he escrito nada. Omar continúa sin mostrarse, las páginas están en blanco, los folios de su historia tampoco avanzan. Creo que lo hace a propósito, pero no entiendo qué razón puede tener para negarse a continuar en el cuento.

Decidí invitar a Laia, si Omar es como creo que es, ella le atraerá bastante. Con ella, puede que encuentre una ranura para colarme y poder salir del bloqueo que me impone.

Los dejé hablar, supongo que a un excéntrico como él, Laia le debe parecer un ser curioso. Entré en su escritorio, tomé los papeles y empecé a leer.

Al principio todo contaba la historia de Banahí. Explicaba quién había sido la princesa taína, como consiguió los secretos de las líneas del mar y como el médico pretendía hacerle unas pruebas psiquiátricas. Pero a partir de unas páginas, la información era otra. Omar se separaba de la ficción para contar lo que creía que era su propia realidad, algo distinto a lo que yo hubiese escrito sobre él. Aunque no puedo decir con exactitud qué habría escrito.

Daba giros sobre una idea de existencialismo, hacía preguntas sobre el ser, la naturaleza de la gente, si hay o no un creador. Luego decidía quebrarle el cuello a Banahí. Varias páginas adelante, me asusté; hablaba de asesinar a dios.

Me pregunté de dónde sacaba Omar las cuestiones de filosofía. Mi historia se destruía poco a poco sin que yo pudiera hacer nada. Continué la lectura.

El susto creció. Sus argumentos se volvieron cada vez más inconexos, hasta hablar de una cuenta pendiente con alguien. Quise saber con quién. Reiteraba que alguien debía pagar, volvía a la filosofía. Preocupado, paré de leer.

Escuché un grito, algo pesado que caía desde la sala. Extraje algunas páginas de la historia de Omar, las sustituí por folios en blanco. Salí a ver qué ocurría. Laia no estaba en la habitación. Omar me vio entrar con sus papeles en la mano. Odio, rabia, asco pasaron por sus ojos en un momento. Se acercó a mí, despacio. Intenté ubicar algo pesado o cortante por si debía defenderme. Di un extraño espectáculo al blandir sus folios como defensa. Por un segundo se detuvo, pero al instante continuó su avance.

Pensé preguntarle por Laia, aunque sospeché que ella estaba mucho más segura que yo. Intenté pensar qué podría hacer él, después de todo era una historia que yo aún buscaba narrar.

Me ofreció la mano para que le entregue sus papeles. Pensé no hacerlo, pero ya no servía de nada quedármelos. Banahí no se escribiría, él no era un escritor y lo sabía. Yo era más narrador porque lo había creado, o eso pretendía.

La convocatoria de Dáctilo continuaba ahí. Mi ego necesitaba verse publicado, el de Omar también. Supuse que iba a escupirme el rostro, comprendí que eso sería lo que esperaría cualquier lector. Me avergoncé conmigo mismo. Su mano continuó expectante, yo seguía sujeto a sus folios. Me temblaron las piernas, miré hacia el escritorio. Él también miró hacia allá y sonrió; su ego fue más audaz.

Su sonrisa me descolocaba. Le hacía tener el rostro de quien oculta una verdad tipo final sorprendente. Volví a pensar en Laia, quizá estaba oculta en algún lado esperando mi reacción.

Sin saber por qué y sin ser perseguido, salí corriendo de la casa. La calle estaba vacía, desdibujada del todo. Empecé a marearme, como un personaje asesinado por la historia mal contada de un autor.

Regresé dentro de la casa. Omar tendría que caer ante mí; yo lo creé. Al entrar, lo encontré sentado, seguía sonriendo mientras hablaba con Laia.

Omar hablaba del desdoblamiento de los autores. Contaba cómo su último personaje se parecía mucho a él. Yo volví al escritorio, tomé mis papeles. Olvidé las ideas sobre matar a Dios e intenté concluir mi cuento sobre Banahí. Quizá, si trabajaba con eficiencia podría concursar antes de que finalice la conversación que había en la sala.





Texto por: J. Beltrán

domingo, 22 de marzo de 2015

Muerto en Medellín.


Di la vuelta en Medellín; yo venía por Coahuila, o así. Había una muchedumbre sobre la calle. Era medio día. Nuca me ha gustado detenerme a mirar. Pasé de frente; miré de reojo. Un muerto. No le vi la cara. Estaba cubierto con una tela blanca. Gente lloraba. Gente iba de aquí para allá. Gente se quedaba quieta, de pie, mirando al muerto. Había patrullas. Policías. Gente rica, de traje, con las manos en los bolsillos, sin expresión. Había meseros del Mamarumba. También había una chica buena. Estaba parada en la esquina de Medellín y Chiapas. Hacía puchero. Tenía un par de tetas bien puesta. Un policía colocaba conos sobre el carril para que los coches no fueran a despanzurrar al cadáver. Otro policía desviaba a los coches. Otro llamaba por radio. Otro alejaba a los mirones. Seguí.

      En la puerta del edificio estaba una señora, una vecina, llorando. Me miró venir. Me dijo: ¡ay, hijo, ay, hijo, era muy joven para morir! Nunca antes me había hablado. Ahora me decía hijo y me tocaba el hombro. ¡Era un joven muy trabajador! Se trataba de un mesero del Tikibar. Pero eso lo supe después. Paro cardiaco. Era un pobre muchacho estupendo, trabajador, buen hijo, buen amigo. Un pan de Dios de veinticinco años. Además de eso era adicto a la cocaína y manoseaba a las meseras. Todos son buenas personas cuando están muertos. A los vivos nadie los quiere. ¿Qué dirían de mí si muriera? Ay, era un joven bueno y amiguero. Jamás le vimos en líos. Tenía el hábito de leer y de escribir. Un joven muy inteligente. Nadie hablaría de mis borracheras. Las llamarían alegría. Era un joven muy alegre y picarón. Me quité a la vieja de encima y entré al edificio. Los focos estaban fundidos. Tuve subir a oscuras. No necesitaba la luz. Había subido las escaleras decenas de veces. Borracho, casi inconsciente. La luz era cosa de principiantes.

      Bueno, me fui a la cocina. Me puse una cerveza y un cigarrillo. Me instalé en el sofá. Me puse a pensar en las tetas de aquella mujer. Luego en S., mi ex mujer. S. tenía las tetas pequeñas, pero la amaba. Ésta las tenía grandes y firmes, pero ni siquiera me inspiraba ir a verla, preguntarle cómo está, o eso. Podía fallársela otro o arrasarla un camión. No iba a dejar mi sofá y mi cerveza por ella. Si S. me llamara, lo dejaría todo e iría inmediatamente. Supongo que es a lo que llaman amor. Yo no sé cómo llamarlo.

Cogí el teléfono. Marqué el número de S. Hola, contestó. Le conté sobre el muerto en Medellín: hay un muerto tirado en la calle. Exclamó. Dijo: ¿le conoces? Es lo que me gustaba de S.: no había que hacer preámbulos con ella. Podías ir al grano y entendía todo y seguía la conversación. No. ¡Qué bueno! ¿Tú qué haces? Nada. ¿Quieres venir a ver al muerto? ¡Dios, no!, ¿estás loco? Vale. Adiós. Adiós. Ya no daba conversación. Antes podíamos hablar por horas, sobre cualquier cosa. Bueno, por algo es mi ex mujer, pensé

Llamaron a la puerta. Grité: ¡Sí! Era O. Lo supe porque gritó: ¡Abran o tiro la puerta! Abrí la puerta. P., hay un muerto en la esquina de tu casa, ¿lo sabías? Ya, respondí, lo sabía. Se sacó la mochila de encima. La puso sobre el sofá. Luego se sacó los audífonos. Siempre iba para todos lados con un par de audífonos enormes. Los colocó sobre la mochila. Finalmente se sacó la chaqueta. La echó sobre todo lo demás. Suspiró. Se estiró de brazos. Se sentó a la mesa. Dijo: ¿qué beberemos hoy, P.? Acto seguido, cogió un cigarrillo de una cajetilla que estaba sobre la mesa. Lo encendió con un encendedor que estaba junto a la cajetilla. Echó el humo de la primera bocanada por toda la sala de estar. Ese era mi viejo amigo O. Además de ello, subió los pies a la mesa y cruzó los brazos por detrás de la cabeza. Sí, el viejo O. El mismo que había vuelto el estómago en la mitad de la sala, hace dos o tres años, cuando yo aún vivía con S., y una vez más, en el cuarto de baño, tres meses ha, cuando ya no estaba con ella. Toda mi vida se medía en antes, después y durante mi vida con S.

      Fui a la cocina a por un par de cervezas. Puse una para O. Cogí un cigarrillo. Me recargué junto a la venta y me puse a echar humo. De repente,  O. dijo: también hay una chica buenísima, con unas tetas enormes. Deberíamos ir a verla. No sé, dije, la he visto ya. O. me miró asombrado. Con la boca abierta. Luego, exclamó: ¡qué pasa contigo, P.! ¡Hay una chica con tetas enormes allá afuera y la has visto y no has ido a por ella ni la estás molestando o pajéandote por ella! Es S., ¿no?

      Llamaron a la puerta. ¡Sí!, grité. Escuche la voz de C. gritar: ¡abre, P., sal, de prisa, hay una chica en la esquina de tu casa, está buena! Abrí la puerta. C. miró a O. dentro y saludó a O. y se sintió de que no le hayamos avisado antes de que beberíamos. No dijo algo, pero supe que se había sentido: C. era así. Puse una cerveza para C. dio el primer trago y dijo: hay un muerto abajo, en la esquina de tu casa, P. Ya lo sé, C., dije, y también sé lo de la chica, lo sé todo. Deberíamos bajar a molestar a la chica, dijo C. Lo mismo pienso, dijo O. C. y yo teníamos veintiocho años. O. diecinueve. Quizá O. aún estuviese en edad de salir a picar cadáveres con varas y de molestar a las señoritas, pero C. y yo debíamos dejarnos de majaderías y conseguirnos unas buenas señoras que nos guisasen y nos planchasen las ropas y limpiaran los suelos de nuestras casas mientras nosotros gozáramos con jovencitas estudiantes. Eso, o quizá la ruptura con S., no sé, me detenía.

      C. se instaló en a la mesa, sobre una silla verde. Bebimos cervezas y hablamos sobre las veces que habíamos visto muertos. O. dijo que en la colonia de su casa se miraba a un muerto una vez o dos por semana. Los mataban a balazos. Cosa de drogas y atracos. C. dijo que él, en cierta ocasión, estuvo a punto de matar a alguien. Pero C. siempre, en cierta ocasión, estuvo a punto de hacer algo que impresionara al grupo, algo exactamente peor de lo que sea que se estuviese hablando, así que no le creímos del todo. Al caso era lo mismo si C. mentía o no. Continuaríamos bebiendo con él.

      Bueno, así estuvimos un rato. Bebiendo y fumando cigarrillos. Hablando de cosas que no recordaríamos al día siguiente, y que, en el fondo, no nos importaban. Pasar el tiempo. Hay peores formas de pasar el tiempo. Trabajar, por ejemplo. Es menos provechoso para alma humana.

      En algún momento C. anunció que debía irse y se fue. O. no se movió un centímetro. O. solía instalarse y quedarse ahí hasta el día siguiente, cuando menos. Yo abrí la puerta y despedí a C.

      Cuando se fue, O. dijo: apuesto a que mañana vendrá y nos contará de cómo se ligó a la chica de las tetas. Sí, dije, es probable. Y cuando le pidamos que nos la presenté dirá que no puede; inventará algún pretexto. Sí, asentí. Por ejemplo, que la folló y luego la humilló y ya no quiere saber de él. Exacto, exclamé.

      A los cinco minutos llamaron a la puerta. ¡Sí!, grité. No contestaron. Me levanté y abrí. Era una señora. Era baja. Vestía una falda y un suéter. Sollozaba. Se excusó y se explicó: entre todos los vecinos de la calle juntaban dinero para el muerto. Quería dinero. Se lo negué. Me miró con incredulidad. ¿Para qué quiere dinero un muerto?, pregunté. Para pagar una misa, respondió la señora, como si se tratase de algo obvio. Lo siento, dije, no creo en Dios. Era un mesero del Tikibar, dijo la señora, no tenía dinero. Pues que no le hagan misa, dije. Era muy joven, apenas veinticinco años, dijo. Mejor, contesté, así no se llevará tantos pecados al infierno. La señora exclamó y se largó de inmediato. No podía creer que yo…

      Cuando regresé a mi sitio, O. dijo: Oye, P. quizá debamos ir a esa puñetera misa; es posible que la chica… Ya, dije, es muy posible, sí. Anda, dijo mientras sacaba unas monedas del bolsillo, alcanza a la vieja, dale esto; no olvides preguntar cuándo y dónde es la misa. No me moví. Ni siquiera toqué las monedas. No, O., no voy darle dinero a un jodido padre de iglesia. Si ama a sus primogénitos, que dé misa gratis. O. lo pensó y se guardó la plata.

      Una hora más tarde se terminó la cerveza. Acordamos comprar más. Cogimos envases y fuimos.

Abajo todo estaba tranquilo. No había rastros del muerto. No había gente aglomerada. No había policías.

Camino a la tienda nos encontramos a un grupo de viejas. Pedían dinero para la misa. Nos miraron entrar a la tienda. Nos miraron salir de la tienda con veinticuatro cervezas en lata. Miraron a O. contar el cambio. Nos echaron ojos. Una intentó abordarnos pero la evité con la mirada.





  

lunes, 16 de marzo de 2015

Tres chavitas y yo.


Vale, por aquel entonces mi mujer me había abandonado. Tenía el apartamento para mí solo. También el alquiler. Renté las habitaciones. Metí a dos chavitas a los cuartos. Luego, me enamoré de otra chavita. Yo tenía treinta años y mi novia veintidós. Una de las chavitas veintitrés y la otra dieciocho. Además, tenía dos gatas de un año y un año y medio. Visto desde fuera, era bueno: vivía en un apartamento de tres habitaciones con una novia y dos chavitas. Pero luego, las chavitas se me pelearon. Las gatas también se peleaban, pero eso era desde antes de las chavitas. Las gatas siempre se habían peleado. En realidad, las chavitas también; las mujeres, pues, se han peleado desde siempre. Se acusaban las unas con las otras conmigo. Todas tenían razón. Una ponía nopales a hervir, cuando la otra requería el trasto de hervir para hervir arroz. Yo decía: A., sabes que D. hierve arroz todas las noches, ¿es que no puedes hervir nopales más tarde o poco antes? Pero hoy me urge hervir nopales, se defendía A., únicamente puedo hacerlo a esta hora porque antes trabajo y después duermo, D. no hace nada, ¿por qué no hierve su arroz después? Ajá, decía, yo, ¿por qué no hierves el arroz después, D.? No puedo hervir después, P., mañana es mi primera clase de baile y no quiero dormir tarde. Ya. Vale, D. ve a dormir, yo herviré tu arroz por la mañana. D. asentía y sonreía. Al entrar a mi habitación, E. estaba recostada, desnuda. Me reñía: ¿por qué hervirás tú el arroz de esa zorra? ¿Qué? Lo he escuchado todo, P., te ofreciste a hervir el arroz de esa zorra, ¿es que no puede levantar el culo más temprano, como hacemos todos aquí? E., por amor a Dios, tú tampoco haces nada. Yo leo y estudio, P., leo y estudio, ella sólo va a clases de baile. Vale, E., te amo, duerme ya. No, de eso nada, P., antes sal y compra cerveza, sabes que no puedo dormir si no bebo antes. Vale, E., eso está bien, yo también quiero cerveza. Salgo a comprar cerveza. De regreso, en mi habitación, con E., la cerveza y el ordenador sonando música, tocan a la puerta. E. se tapa con la sábana. Es D. Disculpa, P., odio molestarte, pero… ¿pueden bajar el ruido de sus voces?, mañana tomo clases de baile. Dios, D., lo olvidé, lo siento, vale, bajaremos las voces. ¡Gracias! Tienes que ponerle un alto, P., dice E. cuando cierro la puerta. Pero, E., le digo, D. paga su parte del alquiler, es nuestro cliente. ¡Al diablo!, exclama E. Hay unos minutos de silencio. Venga, amor, ven, no pasa algo, todo está bien; bebamos en silencio. E. hace muecas. La abrazo. Le acaricio los senos. Sonríe. Bueeeenoo, dice E. Durante la noche bebemos en silencio. Es igual. Sólo así podemos pegar ojo. Al amanecer tocan a la puerta. Es A., dice: P., lo siento, pero… las gatas se han cagado fuera del arenero, ¿podrías limpiar? Joder, sí, gracias por avisar, A., en seguida voy. Me levanto. En efecto, las malditas gatas. Cojo un trapo para limpiar. En eso sale D. ¿Qué haces? La miro. No estás usando el trapo de… Dios, sí, es ese trapo; contaba con que nadie lo notase. En fin. Vale, D., tiraré el trapo después de esto y compraré otro, ¿okey? D. se tapa las narices con los dedos y entra a la cocina. Echo el trapo al excusado y jalo la palanca. El excusado se tapa. D. grita: P., ¡has olvidado mi arroz! ¡Oh, oh, oh!, exclamó, no te preocupes, está en dos minutos. Olvídalo, P. D. entra a su habitación. Azota la puerta. Destapo el excusado con el destapacaños. Bien, me digo, a dormir. Entro al cuarto. E. está sentada sobre la cama. Hay que ponerle un alto, P. Ya, digo, la próxima vez lo haré. ¿Sabes qué hizo anteayer? No, E., no lo sé, ¿qué hizo?, pregunto mientras entro a la cama y me cobijo. Sacó mi ropa del lavador. Ya. La colgó y todo, pero, ¡sacó mi ropa del lavador! Dios, E., deberían ahorcarla, exclamo. E. se tapa la cara con las sábanas. Bufa. Intento dormir. Las gatas maúllan. Hay que alimentarlas. Me levanto. Encuentro a A. en el pasillo. Gracias, P., dice. No es algo, digo. Sale del apartamento. Cojo comida para gato. La pongo en el plato. Las gatas la huelen y llegan al instante. Las miro comer. Pienso: comida y alquiler, ojalá alguien me diera todo eso con solo maullar. Maúllo. Miau, miau. Entro a la habitación. E. está de malas. Me recuesto. No pasan cinco minutos. Suena el despertador. Es hora de levantarse e ir a trabajar. Satán, el infierno no puede ser peor, ¿por qué no me llevas de una vez?, tengo experiencia como siervo. Me pongo la bata y entro al cuarto de baño. Abro al agua caliente. No calienta. Tocan a la puerta. ¡Sí!, grito. Es D. Grita: ah, sí, P., el gas se acabó, olvidé avisarte. ¡Ya!, contesto. Me pegó la ducha con agua fría. Salgo tiritando. Entro a la habitación. Lo primero que dice E. es: ¿sabes qué hora es? Pienso. Las nueve o así, ¿no? Exacto, P. ¿Y? ¿No se supone que D. tiene clases de baile a las nueve? No sé, E., no se lo he preguntado. Te digo, P., lo hace por joder; lo del arroz; por joder. Ya. E. me mira a los ojos. Okey, E., quizá tienes razón, la próxima vez le pondré un alto. Escuchamos a D. azotar las puertas y salir. Bueno, digo, ya está, se ha ido. Estamos solos. Ven. Ven, amor, hagamos el amor. E. se tiende sobre la cama. Me quitó de encima la bata. Abre las piernas. Hacemos el amor. Es una buena cabalgata. Cuando termino, miro la hora. Adiós desayuno. Me visto aprisa. Bueno, querida, me largo, no hagas algo malo, nena. Te amo, dice E. Te amo, respondo. Nos besamos. Adiós, E. No, P., espera. ¿Qué pasa? No te vayas, P., te quiero aquí, todo el día, aquí conmigo. Ya. Anda, P., no asistas al trabajo hoy. No sé, E., no tengo buena relación con los patrones. ¡Ash! Anda, vete, entonces. La abrazo. Vale, trataré de salir antes. ¿Lo prometes? Dudo. Lo prometo. E. sonríe.

      Ha sido un día duro en el trabajo. Entro a mi habitación. E. está desnuda. Lee. Tiene esparcidos por toda la cama libros y libretas. Me mira entrar. Sonríe. Se levanta y corre a mis brazos. ¿Estamos solos?, pregunto. Creo que sí, contesta E. Bien. La tiro al suelo y se lo hago. E. tiene un polvo estupendo. Grita. Cuando terminamos salgo. Quiero lavarme el pene. El cuarto de baño está ocupado. No estamos solos. Regreso a la habitación corriendo (voy desnudo). No estamos solos, ¿no?, exclama E. No. Ash. Es igual, nos han escuchado mil veces. Sí, asiente. Bueno, ¿qué tal el trabajo? Y una mierda, exclamo. ¿Es que no hay un día en que puedas llegar de buenas?, pregunta E. La miro. Quizá… pero hasta hoy no ha pasado. No lo soporto, P., dice. ¿El qué? D. ha entrado al cuarto a hurtadillas, dice. Dios, exclamo, ¿cómo sabes? Lo sé. Sí, pero… ¿cómo? Lo sé. Vaaale. La abrazo. Suena el teléfono. Contesto. Es la sirvienta. Sr., P., dice, lo siento mucho, pero no podré ir a trabajar, tuve un accidente. Ajá. Lo siento mucho, Sr., P. Ajá. Cuelgo. ¿Quién era?, pregunta E. La sirvienta, digo, se ha accidentado; no vendrá más. Es mentira, dice E., un pretexto. Quizá, digo. Tocan a la puerta. Dios, E. se cubre con las sábanas; yo cojo la bata. Abro. Es A. ¿Sí?, digo. P., el gas… se ha terminado. Ya, es cierto, respondo. ¿Podrías comprarlo mañana mismo? Vale, sí, digo. Se va. Cierro la puerta. Miro a E. Le digo: amor, podrías comprar el gas… Ni lo pienses, P., no soy sirvienta de nadie. E., por Dios, tú eres la única que puede esperar al gas. No. ¡Amor! Mañana iré a con mi madre, tendrá que ser pasado mañana. Okey. ¿Quedó cerveza de anoche?, pregunto. Ni una gota, dice E. con voz de niña. Ya, digo. Ve a por cerveza, P., o no podremos dormir. Las gatas maúllan. Vale, digo. Salgo a alimentar a las gatas. Cojo dinero y envases de cerveza. Voy a por cerveza. Al salir, encuentro a D. en las escaleras. ¡P.!, exclama. ¿Qué pasa? Qué bueno que te encuentro a solas. ¿Qué pasa? Es, A., P., ha puesto a hervir nopales. ¿Y? Ash, ya sabes, ¡tomo baile por las mañanas! Ya, tu arroz. ¡Sí! Compraré otro trasto de hervir, ahora se paciente por amor a Dios. Buuueenoo. Gracias. A ti. Regreso con cerveza. Entro al cuarto con un par de vasos y limones. E. está de pie, frente a mí. Dice: si esa zorra tiene baile mañana no es cosa mía, P., no pienso acallar mi voz. Ya, nena, no pasa algo, veremos qué pasa esta noche. Damos los primeros tragos. E. pone música de Billy Evans en el ordenador. Enciendo un cigarrillo. Todo marcha. Bebemos. Enciendo más cigarrillos. Tocan a la puerta. Es A. Dice: P., lo siento mucho, pero… ¿Sí? …todo el humo de tus cigarrillos se cuela por mi puerta; soy alérgica. Oh, no lo sabía, A., lo siento. Cierro la puerta. ¡Es mentira!, exclama, E. Es muy posible, hasta ahora A. jamás se había molestado por el humo. No sé, E., no importa si es mentira, le molesta, eso es todo. Pues que se largue, exclama E. E., nena, ya sabes… E. me arremeda: paga su parte del alquiler. Así es, bebé. ¡Me importa un pito!, exclama E. Vamos, E., no empecemos. En serio, P., me importa un pito, en el anuncio pusiste: fumador. Es verdad, yo mismo se lo conté a E. Okey, amor, quizá no pensó que yo fumase tanto. No importa, insiste, estaba en el anuncio; se jode. Sí, sí. Aplasto el cigarrillo sobre la cornisa de la ventana y echo la colilla afuera. Suena el teléfono. Es A. Contesto. ¿Sí, A.? Oh, P., no quise tocar de nuevo, ¿sabes?, hoy, en el trabajo… abrí mi comida y… ¿Ajá? …bueno, encontré un pelo de gato en los nopales y… ¿Ajá? …quería saber si… podemos… en adelante… prohibir a las gatas entrar al a cocina. Ya, A., sí, está bien, no pasa algo. ¡Gracias! Cuelgo. ¿Y bien?, pregunta E. Nada. Anda, dime, me apura E. Ahora está prohibido que las gatas entren a la cocina, E., A. ha encontrado un pelo en su comida de hoy. E. bufa. No es posible, dice. Es muy posible, digo. E. se echa sobre la cama y coge un libro. Tragedias de Eurípides. Lee. Me ignora. Oímos sonar el teléfono de D. en su habitación. Escuchamos a A. hablar. Escuchamos a D. decir: sí, vale, yo también lo había pensado. Le está diciendo sobre las gatas. Le está diciendo sobre las gatas, murmura E. Sí, eso creo, digo. Guardamos silencio. Nos acercamos a la ventana, que da a la ventana de D. Sí, le está diciendo sobre las gatas. E. pregunta: ¿lo pusiste en el anuncio, lo de las gatas? Asiento con la cabeza. E. me echa unos ojos. ¿Lo ves?, dice, no puede quejarse sobre lo que estaba en el anuncio, P. Pienso: el alquiler. Sí, le digo, mañana mismo hablaré con A. Pienso: el alquiler. El alquiler. El alquiler. 

     Al día siguiente es sábado. El día de aseo. Duermo. Tocan a la puerta. Es D. Dice: P., son las doce del día. Ajá, contesto. ¿La sirvienta? Oh, sí, lo olvidé, digo, no vendrá más. D. alza los brazos y bufa. A. sale. Nos mira. Pregunta: ¿qué pasa? D., grita: ¡la sirvienta no vendrá más! A. exclama: ¡no! E. sale de la habitación. ¿Qué pasa?, pregunta. A. dice: ¡la sirvienta no vendrá más! D., grita: ¡¿qué haremos?! E., grita: ¡ustedes también pueden limpiar! D. se voltea. A. grita: ¡estaba en el anuncio, P., servicio de limpieza incluido en el alquiler! Buscaremos otra, Dios, digo yo, somnoliento. E. está a punto de gritar. La acallo. La meto a la habitación. A. y D. entran a sus habitaciones. Azotan las puertas. E. exclama: ¡el anuncio! 

      Esa era mi maravillosa vida con las chavitas.



viernes, 13 de marzo de 2015

El secreto de nuestra sombra.



En la quincena del mes de Mayo en un atardecer  que aparentaba ser un día cualquiera…  Efraín se encontraba viajando en el bus METROPOLITANO rumbo hacia  su departamento. Y fue cuando algo capturó su atención: un sonido extraño. Eso lo hizo dirigir su mirada hacia  una mujer que estaba sentada a pocos metros de distancia. De pronto,  vio  claramente cómo el cuerpo de esa dama empezó a temblar. Al principio pensó que se estaba riendo, pero debido a que nadie estaba a su alrededor conversando con ella, ni tampoco hablaba por el teléfono móvil.  Entonces lo hizo interpretar que estaba atravesando  algún ataque o convulsionaba por algo. 

Sin embargo, las pocas personas que estaban sentadas al lado de ella  nadie la asistieron.  Esto  sirvió de  motivo para que Efraín se apresure y aunque sentía algo de  nerviosismo, mostró una actitud humanitaria muy determinada. 
Después  esos temblores que sufrió la misteriosa dama, se acrecentaron.  Efraín raudamente aceleró su paso creyendo que algo malo le estaba sucediendo.  Cuando estuvo frente a frente, la mujer le dijo:

— ¿Qué se le ofrece? 
—Disculpe señorita, creí que no se encontraba mal.  Me pareció  verla temblar.

Su rostro se sonrojó como si estuviera avergonzada e inmediato se puso de pie, miró a otro lado  y  le respondió:

—Ya llegué a mi paradero, hasta luego.


Ella no  era del tipo de chicas que él consideraba por atractiva, pero aun así  había algo en ella que le había llamado  la atención.   
Tenía una nariz hermosa y sus ojos aindiados le reflejaron cierto misticismo en su mirada. Desde ese momento la empezó a seguir con la mirada para saber que ruta cogía. 

—Sintió que debía de ir tras ella. 

Esta sensación fue como una voz que se lo decía en secreto: «algo importante podía suceder». Entonces sin pensarlo dos veces, de forma  intempestiva  bajó del autobús en dirección hacia donde iba ella.  

Al principio sus pasos eran indecisos.  Aun así él ya había tomado una decisión. 
La noche como todas las noches de Lima no era muy oscura y las calles llena de esos faroles grotescamente coloniales iluminaban  con una luz ambarina provocando  las improbabilidades de las sombras en cada lado de las cosas. Todo acompañado con  los ruidos urbanos y compuesto con ese clima lúgubre pero místico.   Estar caminando por el centro de Lima resultó en cierto modo un paseo que iría a cambiar su vida por completo.  Efraín no sabía lo que le esperaba.
Después  de varias calles vio que los pasos de esa mujer  ya no avanzaban con la misma fluidez.  Su ritmo había cambiado, cada vez lo hacía más lento, hasta que empezó a quedarse quieta en el medio de la calle.  Parecía una estatua de cemento mirando a la nada.

Efraín desde una distancia prudencial la contempló y se dejó guiar por la misma voz que lo había hecho seguirla, ahora él debía acercarse.
Cuando estuvo a poco más de un metro de distancia  vio su rostro reflejado en una ventana  ocasionándole una gran  sorpresa.  Al  descubrir que esa dama se había  transformado en una anciana.

Su piel tenía tantas arrugas que casi no se podía definir donde se encontraba su boca.  La ropa era la misma solo que inexplicablemente se había transformado en una anciana. Estar frente a este hecho sobrenatural  lo dejó boquiabierto, tan  pronto  ella sintió su presencia volteó  súbitamente para mirar quién se encontraba atrás de ella.
Efraín ya no podía retroceder, ni huir.

Ambos cuando se miraron descubrió que aquel reflejo en la ventana era efectivamente  una mujer totalmente distinta de la que había visto en el autobús.
Se sintió  estupefacto.  La anciana al percibir su  silencio como algo que lo asfixiaba  encontró en ese momento cierta ventaja sobre él.

— ¿Qué desea señor?
—Yo, estaba en el autobús… ¿me recuerda?

Empezó a sonreír  aflorando un tosco tono gutural en su risa,  poco a poco se convirtió en una  carcajada grotesca  que   heló a Efraín. 

—Veo que usted es un hombre muy curioso.
—Señora, yo la vi en el autobús, pero, por favor,  no se moleste ya me retiro.
—Ya es muy tarde, ahora debes acompañarme.

Aunque el corazón de Efraín retumbaba alertándolo que no debía hacerlo, esta extraña anciana  provocó algún tipo de poder para que él tenga que obedecerla casi como un autómata.  No supo a quien pedir ayuda en el medio de esa calle desértica.

—Tranquilo, no se asuste. «En esta vida nada es para siempre, ni siquiera el arte».

Esas últimas palabras lo dejó desconcertado  debido a que el oficio al que se dedicaba estaba muy vinculado con el arte.  Además el significado  que encerraba el tema del arte para Efraín,  era como una secreta pasión que siempre ocupó un lugar muy especial en su corazón y que lo llevó a guardarlo por largo tiempo.  Sin embargo, tomó algunos segundos para que esta anciana descubra y se lo diga, creando en él un  asombro  del cual no hallaba una explicación razonable.  Mientras tanto, ambos ya se encontraban subiendo las escaleras que conducían a la casa de esta anciana, era un segundo piso.  Efraín temeroso seguía tras ella hasta que ingresaron a su casa y lo invitó a que tome asiento.

Todas las paredes estaban adornadas de cuadros de grandes artistas. Obras de arte que debían estar en museos. Eso le quitó el aliento a Efraín,  estar rodeado de tantas obras magistrales.  Sin lugar a dudas debían ser réplicas, porque era inaudito que  alguien pueda haber reunido tal variedad de autores. No obstante, la anciana en todo momento se mostró con una cortesía muy marcada.

Al  poco rato le  ofreció algo de beber. Efraín quiso evitar causar molestias diciéndole: muchas gracias, no es necesario.  A penas terminó de decir esas palabras experimentó sentir unos mareos. La anciana le ofreció una infusión   aromática que  al sentir esa fragancia ya no pudo resistirse.
La bebida tenía  el sutil sabor  de la canela mezclada con el perfume del jazmín, caliente y le dejó un agradable sabor para su paladar.

Probablemente la baja temperatura estimuló la contracción de los vasos sanguíneos del cerebro, que son en muchos casos la causa de los dolores de cabeza y hasta de mareos. Cuando bebió esa infusión sintió recuperarse casi de forma inmediata.
Mientras que  la señora atenta a todo lo que estaba ocurriéndole a Efraín le dijo: 



—Me imagino que ahora está más tranquilo.  Con una mirada penetrante esperaba que dé una respuesta afirmativa.
—Si señora.
—Disculpa, creo que no me he presentado, me llamo Carmen Linares.
—Encantado señora, yo soy Efraín Pacheco. Lamento haberla seguido e incomodarla.
—Es todo lo contrario Efraín, —gracias a  usted—, porque hace muchos años no converso con nadie.
— ¿Qué sucede señora?
—Llámame Luisa.

Te explicaré, trataré de ser lo más clara posible:

"Un día al año nuestra sombra nos abandona, y esto ocurre en todas las  persona, sin distinción alguna.  Quien domine detectar ese momento automáticamente alcanzará  extraños poderes y acceder a lo que más desea.  Incluso  para los que dominamos este arte,  hallas el   momento que te va a  permitir  alquilar el alma de otra  persona.

—Disculpe, está hablando en serio…
— ¿Y tú  crees que una mujer de mi edad  está para  hacer bromas?
—Cuando me viste en el autobús  era más joven y eso fue gracias al alma que había tomado alquilada.
— ¿Entonces, qué edad tiene?
—Más de cuatrocientos años, ya ni recuerdo.
— ¿Son inmortales?
—No lo somos, siempre vivimos mucho tiempo.
— ¿Y, de que mueren?
—Morimos cuando encontramos al amor.
—Eso es lo único que nos puede matar.
—En el momento que nos  enamoramos desfallecemos lentamente.  Somos víctimas de una simple tos o un catarro  y eso nos lleva a la muerte.
—Señora, agradezco su sinceridad, pero,  ¿cómo es que me está contando todas estas cosas? La verdad es que ya estoy sintiendo un poco de temor.
— Efraín, cuando acabe de contarte mi historia la palabra temor ya no tendrá significado  para ti.  Aunque te parezca increíble en todos los años de vida que tengo jamás conocí el verdadero amor, han habido muchos hombres que quisieron tenerme, pero eso no significa nada. Las personas confunden el amor con el sexo y ambos son como comparar el día con la noche.

A veces he pensado que yo no quiero amar a nadie. Pero tampoco sentí que alguien riegue sobre mí una mirada de  amor puro.  Ahora entenderás que  este cansancio  me causa muchos dolores por fuera y por dentro.
En síntesis,  mi vida se ha convertido en una especie de infierno. Pero ya no quiero hablar de mí, yo no importo.  Ahora estas enterado de todo y llevas un gran tesoro con toda esta enseñanza.

—Sigo sin entender señora.
—Veo que eres lento.

"Desde ahora ya sabes  que en cualquier momento perderás tu sombra y ahí tendrás la oportunidad para tomar el alma de alguien. —Créeme  que podrás lograr lo que sea”.

—Dígame señora, lo que sea  es lo que sea…
—Sí mi joven amigo. Mírame:  ¿crees que paso alguna carencia?

Luego de esas palabras  empezó a contemplar su sombra. 

Efraín se encontraba mirando la sombra de cada objeto que decoraba el salón. Las esculturas y los adornos finísimos que ocupaban un lugar especial.  Hasta que todas lo condujeron a un espejo tan grande que ocupaba la misma altura desde el suelo hasta el techo.  Enmarcado con retorcidos adornos tallados a mano, pintados con una purpurina tan fina que parecía la esencia de un sol.
Con temor se acercó para verse a sí mismo y le prestó particular atención a sus zapatos color café, notó cómo su sombra se desprendía de su cuerpo con cierto rigor. Dentro de su mente se dijo: 

 i Es imposible !
 i Cómo la sombra puede desaparecer!

La anciana por increíble que parezca había escuchado las ideas que rondaban en la mente de Efraín:

—Pronto lo verás por ti mismo—.
—Ya puedes retirarte, quizás algún día nos volvamos a ver.

Cuando Efraín bajó por las escaleras lo primero que recordó  eran los bellos ojos oscuros que esa mujer tenía cuando la vio en el bus.   Recordó las incontables arrugas de su rostro… y el dolor que estaba experimentado estando encadenada a esa condena de saber que su vida no tenía descanso.

Después  de bajar las escaleras  se apresuró a ir a su departamento. En esos momentos quiso caminar. No podía subir de nuevo a un autobús, ni siquiera deseaba tomar un taxi. Su mente revoloteaba con tantas ideas, la infinidad de deseos que arrastraba por tanto tiempo, solo lo conducían a una cosa querer lograr su obra perfecta: en pintura o escultura. Alcanzar la reputación, el reconocimiento.  Materializar su ego en el pensamiento de los demás. Por fin había encontrado la vía que lo conduzca a lograr sus sueños. Sin darse cuenta había logrado un sentido adictivo por la aceptación de los demás.

Cuando llegó a su casa, finalmente el cansancio de la caminata sumado a la ráfaga de emociones que había experimentado lo habían agotado. Ya era tarde, por ahora solo deseaba  dormir. 

En el momento que  empezó  a quedarse dormido lo último que vio fue la sombra de las cortinas temblando ante su mirada y lo hizo recordar un sueño hermoso que hace mucho soñó…

Al día siguiente  el  vendaval que azotaba  su ventana lo despertó.  A primeras horas de la mañana y lo primero que pensó fue en la triste historia de esa mujer.  Después  recordó que muy pronto alcanzaría sus sueños.
Pasaron entre 2 a 3 meses hasta que un día en el preciso momento que se encontraba duchando junto con el vapor que  producía el agua caliente había empañado  el espejo. Pudo ver  su rostro nebuloso e indefinible por efectos del vapor.
En esos momentos recordó la historia de aquella mujer que le relató sobre "la sombra que abandona a las personas".  Debido a eso empezó a sentirse iluso y timado por una anciana. 

Por más atento que estaba… en nadie vio tal fenómeno y mucho menos en él. 
De pronto, se encontró envuelto en ese vapor del agua caliente.   Se puso a sonreír con cierta tristeza y cuando subió ambas manos para acomodarse  el cabello mojado vio que en la pared sus brazos no reflejaban sombra alguna.   Ante esta realidad rápidamente se secó con la toalla, salió del baño y comprobó que estando fuera del baño tampoco había sombra  alguna de su cuerpo.

Envuelto en la emoción no demoró en  alistarse.  Salió a la calle sin rumbo en busca de cualquier persona para tomar su alma prestada.  En esos instantes no sabía con seguridad cuanto tiempo estaría sin sombra, pero si sentía que debía de apresurarse.

Vio a un niño y siguió corriendo, luego a un hombre y cuando se acercó lo escuchó que  expresaba tosquedad  en sus palabras y  se hallaba encolerizado  hablando por el teléfono móvil. 

Siguió buscando hasta que encontró un muchacho casi de su misma edad, con toda la apariencia de ser un estudiante universitario.    Instintivamente le puso ambas manos sobre sus hombros… sintió un poder ilimitado mientras que el joven caía desmayado. Efraín   salió corriendo cargando el alma de la otra persona.

Después  vino a su mente diversas imágenes como planos, bosquejos de su escultura soñada.   Y se vio alcanzando, por fin,  el tan anhelado sueño de ser  un artista reconocido. De pronto, apareció otra imagen pero que a la vez se alejaba: era el rostro de esa anciana y el rostro de esa mujer joven que había visto en el bus METROPOLITANO.

En donde precisamente comenzó toda esta  historia.  También recordó la soledad y el cansancio  que estaba encadenada esa mujer. No la había olvidado.

Efraín se puso a caminar guiado por el instinto de sus pasos sin rumbo definido. Llegó a una calle deshabitada y fue ahí que a lo lejos vio la silueta de una anciana  ayudada de un bastón, con la mirada directa al suelo. Fue directo a ella,   se le acercó y sin decirle palabra alguna le dio un abrazo que la cubrió con una luz dorada, la anciana levantó su rostro se convirtió en la misma mujer que había visto  desde el principio aindiada y hermosa.

En el medio de esa transformación ella le correspondió el abrazo y sus lágrimas de amor besaron su rostro,  sonrió enternecida:

i No me has olvidado! , i gracias por liberarme!

Un viento helado los cubrió y sobre ellos se levantaron una hojarasca que envolvía el cuerpo de esa bella mujer, con lentitud se  evaporaba… esa figura abstracta se difuminaba hacia el cielo diciéndole solo unas palabras: gracias, gracias. 

Efraín sintió frio y por unas manos que suavemente acariciaban su rostro como una espiral que giraba sobre él. En esos momentos tenía los ojos cerrados y cuando los abrió miró fijamente el cuadro que un día antes había comprado y simplemente se había quedado mirando hasta hundirse en aquel sueño que acabo de relatar.




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