domingo, 22 de febrero de 2015

Era una mala noche.


Era una mala noche incluso para T. El bar estaba vacío. Yo tenía veinte pesos en el bolsillo de la camisa. Pedí a T. fiado. Movió la cabeza negativamente. Vamos, T., le dije, vengo a este puñetero bar cada viernes y cada sábado con más religiosidad que los católicos van a misa. T. me puso una cerveza. Di un trago. T. dijo: ¿sabes, P.?, cerraré temprano, esto no marchará. Di otro trago. Dije: ¿por qué no me dejas a cargo? T. sonrió. Ni siquiera pensó en ello como una posibilidad. Una mosca pasó volando enfrente de mí. La soplé. T., dije, ¿por qué no contratas mujeres animadoras?, las mujeres siempre atraen a los borrachos. No puedo pagarlas, P. Ya. La mosca seguía dando la lata. T. la espantó con un trapo.

Le pedí a T. otra cerveza. Me la puso de mala gana. Le dije: si te molesta tanto, puedo quedarme aquí a verte la cara, sin beber, pero no lo vas a soportar, T.; si borracho te parezco desagradable, créeme, no querrás aguantarme sobrio. T. dio un trapazo al aire. Vamos, T., deja en paz a la mosca. T. me miró con odio. Bueno, entonces asesínala, anda, incrementa tu karma. No creo en eso, rezongó T. mientras daba trapazos al aire. No importa si lo crees o no, T., es ley de vida: si matas, te jodes. Es sólo una mosca, P., ya cállate. No importa, T., la vida es vida, no tiene tamaño; la vida de un elefante o de una mosca, es igual, es vida, ¿ves? T. dio al fin a la mosca. Quedó en el mostrador, despanzurrada. Bueno, dije, allá tú. Sí, sí, dijo T., bueno, es hora de cerrar, P., adiós. Vamos, hombre, si aún no termino con mi… Puedes terminar mientras guardo los trastos. ¡Qué carácter, T.!, por eso tienes el sitio vacío, joder. ¡Por eso y por matar moscas!

T. acabó con los trastos. Se sacó el delantal. Lo colgó en un clavo clavado a la pared, junto al mostrador. Bueno, P. es hora de mover el culo. Ya, dije.

De repente comenzó a llover. T. no podría irse ahora. Yo mismo no podría irme ahora. Bueno, T., le dije mientras ambos mirábamos las nubes, has desatado la ira de Dios matando a una de sus creaturas, ¿aún tienes dudas respecto al karma? Yo puedo ayudarte a limpiar tu karma. Ah, sí, refunfuñó, T., ¿y cómo? Bueno, ponme otra cerveza y te lo diré. T. volvió detrás del mostrador. Se colocó el delantal. Cogió una Tecate y me la puso. Iba a decir todo respecto al karma… Si abres la boca, te largo, P., no quiero escuchar nada respecto al karma. Vale, T., como quieras.

Deberías ponerte una cerveza, T. No contestó. Saqué un cigarrillo de la chaqueta y lo encendí. T. me señaló. Desde que a la ley le dio por cuidar los pulmones de la ciudadanía, prohibió fumar dentro de bares cerrados. Vamos, T., le dije, no hay nadie, nadie vendrá, es casi como estar en casa… Movió la cabeza negativamente. Bufó. Se sacó el delantal. Lo aventó debajo a un banco. Se puso una cerveza y se instaló de su lado de la barra, frente a mí. Bueno, P., tú ganas. Dejaré de ser el dueño de este cuchitril y seré tu amigo. ¿De qué quieres hablar, so cabrón? No importa cuántas ganas tengas de hablar o de hacer algo, si alguien te pregunta directamente de qué quieres hablar o qué quieres hacer, no hay nada qué hablar o qué hacer. Bueno, dije, si lo pones así, quizá sea mejor que vistas el delantal y me sirvas cervezas.

¿Sabes?, exclamó T. en algún momento, creo que esta vez es definitivo: cerraré el negocio. Estoy quebrado. Dios, T., no pensé que fuera tan grave. Lo es. A penas cubro el alquiler. Tú y tus amigos son la única panda de borrachos que vienen a beber aquí. Las más de las veces les fío. No se puede, P., no se puede. Ya. T. había entrado a esa zona melancólica que provoca el alcohol mezclado con penas a la primera cerveza. Esto no iba a ser bueno. Ahora sería yo quien tendría que soportar a T. Me gustaba más joder a T. ¿Cómo es que te hiciste alcohólico, P.? Estoy pensando seriamente en hacerme alcohólico luego de cerrar el bar. No es fácil ser alcohólico, T., no lo recomiendo a nadie. Desde mi lado del mostrador las cosas parecen muy sencillas: vienen por aquí en jueves o viernes, algún sábado, en martes; no los hveo en lunes porque no abro. En fin. ¿Cómo hacen para vivir de ese modo? Nunca lucen preocupados por algo, Jesús. Bueno, dije, en primer lugar, no matamos moscas, ¿ves? T. frunció el ceño. En segundo lugar, T., ¿quién dice que mi vida es fácil? Bueno, alzó los hombros en respuesta, siempre te miro aquí, despreocupado por absolutamente todo, bebiendo cerveza, hablando con la gente, pellizcando a las chicas, no sé, no pareces un hombre con responsabilidades, P. Quizá no las tengo, T., mi única responsabilidad es conmigo mismo. ¿Tienes mujer, P.? Dios, sí que la tengo. ¿Dónde está? En casa. ¿Qué hace? No lo sé, T., espero que nada malo. ¿Es que no te riñe por ser un borracho? Todo el tiempo, T., todo el maldito tiempo ¿Cómo es que siguen juntos? No lo sé, T., nos amamos. De algún modo nos amamos. ¿Cómo pagan los gastos? Tengo un trabajo, T., soy escritor. Vaya, eso ya lo sé, P., todo el barrio lo sabe: eres P., el escritor, ¿y luego? ¿Quién te paga por ser escritor? Bueno, a veces vendo algún libro. T. hizo una mueca. ¿Y los demás? Nunca había pensado en ello, T., no sé cómo viven. R. vende obras, o algo, no sé, escribe obras de teatro; O. tira un poco en un trabajo, luego en otro, según la necesidad. Bueno, P., yo trabajé treinta años de mi vida, monté un bar… y ve, casi estoy como al principio: no tengo nada, no tengo casa, no tengo mujer, no tengo hijos, no tengo plata: soy un crío de quince años, pero tengo cuarenta y cinco. A veces quisiera pegarme un tiro. Bueno, eso explica tu jodido humor, T. T. agachó la cabeza.

Otra mosca se crió gracias a la generación espontánea, voló frente a nosotros y se posó en el dorso de mi mano. T la miró. Mira, dije, mueve las patas como si se frotara las manos. Sí, asintió C., he visto a muchas moscas hacer eso. Sí, dije. Luego, emprendió el vuelo. No sé, T., si me lo preguntasen a mí, quisiera ser dueño de mi propio bar, ya sabes, abrir las puertas a las seis de la mañana, dejar al bello sol entrar y servirme una copa para desentumir los músculos, sí; ver llegar a la gente, sobre todo a las chicas; adoro la gente que bebe, es siempre más honesta. No tienes idea, P., quebrarías en dos semanas. Bueno, a diferencia de ti, T., me haría amigo de los borrachos, no pondría cara al entregar las bebidas y cobrarlas, y no les daría fiado. Quizá deba comenzar por lo último, dijo, ¿cuándo pagarás tu deuda? Ya lo veremos, T., yo mismo no lo sé, puede que la otra semana reciba dinero, puede que no; ¿lo ves?, mi vida es más complicada que la tuya: tú al menos tienes un bar, en mi vida no hay algo seguro, excepto la locura y la muerte, aunque la locura es prescindible. Exageras, dijo T., eres un holgazán, es todo, tu rollo literario no justifica tu pobreza, hay escritores ricos y todo eso. También hay dueños de bares ricos, T., fracasar en la literatura es algo casi seguro, pero, Dios, ¿cómo haces para fracasar un negocio seguro?, deberías dar clases. T. se levantó del banco. Caminó afuera. Ha dejado de llover, P. Bebí el último trago de mi cerveza. Me levanté y fui a con T. Miramos al cielo. Hacía un aire frío y húmedo. Bueno, T., supongo que es hora de mover el culo, ¿no? T. asintió con la cabeza. Bien, dije. T. regresó al mostrador. Hizo cosas, no sé. Trajo candados. Bajó la luz. Salimos. Bajó la cortina. Echó los candados. Encendí un cigarrillo.

      T., le dije, ven conmigo, quiero que mires algo. Vamos, P., déjame en paz. No, en serio, quiero llevarte a un bar cerca de aquí, es un sitio estupendo: hay meseras con culos enormes y animadoras y música alta y buen ambiente; no hay moscas. T. bufó. No quieras joder más de la cuenta, P. No es por joder, T., vamos, anda, te demostraré por qué mis amigos y yo venimos contigo: tu local es estupendo, T.: no hay música, no hay gente, no hay animadoras. Es un sitio realmente estupendo, T., no quiero que cierres, hombre. T. escupió al suelo y dijo: vale, vamos al bar. Ya, dije, bueno, pero, ¿sabes?, tendrás que fiarme también en aquel sitio, porque…  Joder, P., eres un hijo de puta, no pienso pagarte la borrachera en otro sitio, ¡cabrón!, por un momento creí tus mentiras, lo que te apetece es seguir tomando, sí, vas a echarme el rollo de que mi sitio es mejor, pero… ¿y?, al final te habré pagado la peda yo cerraré de todos modos.

      C. llegó por la esquina. Mira, le dije, el viejo C., ¿qué hay C.? Hola, dijo C. Miró la cortina del bar echada abajo. Joder, T., ¿has cerrado? T. no contestó. C., dije, ¿tienes dinero? C. asintió con la cabeza. Vamos, le dije, conozco un sitio estupendo, ¿sabes?, con animadoras y meseras buenas y todo eso. C. se alegró. Sí, anda, vamos. T. hizo una mueca. Bueno, esperen, aún no me he ido, ¿no? C. volteó a ver a T. ¿Abrirás?, preguntó. T. comenzó a abrir los candados. Vaya, T., dije, nos salvas de caer en manos de la música de moda. C. dijo: llamaré a R. y a O., quedé de hacerlo en cuanto llegase al bar. Sí, dije, anda, llama a esos borrachos. Bueno, dijo T. con la cortina alzada, espero que esos hijos de puta sí traigan dinero. Es igual, T., dije, hoy es hoy, mañana será mañana. Sí, pero tú no pagas el alquiler, huevón. Entramos. Nos instalamos en la barra. Pon dos cervezas, dijo C., yo invito esta noche. Buuueeenooo, exclamó T., puedes comenzar por invitar lo que se ha bebido P. antes de tu llegada, ¿sabes?, he tenido que fiarle siete cervezas; siete cervezas a diecisiete la pieza, son…

      Bueno, T. volvía a ser T., el bar volvía a abrir sus puertas, y C. y R. y O. volvían a emborracharse conmigo. Me había costado escuchar a T., y todo eso, pero valía la pena. La vida sigue. 





domingo, 15 de febrero de 2015

Extrañar a B.


Dejé de salir con B. porque me abandonó. No hay más de qué hablar sobre el asunto. Se enfadó y me abandonó y se acabó y dejé de salir con B., de vivir con ella, de reñirla, de besarla, de hacer el amor con ella, de hablar, de reír, de ducharme con ella, y todo el mundo se enteró de ello. Cuando iba al bar, la gente solía acercarse a mí y palmearme. Mierda, no había necesidad de palmearme. Me decían: venga, P., todo irá mejor algún día. Las mujeres van y vienen. Allá afuera hay un mundo de posibilidades. Asentía con la cabeza a todas las chorradas que me echaban encima y bebía mi cerveza en silencio, sin ánimo de contrariar a nadie ni de discutir las ventajas de la soledad. En fin. No deseaba absolutamente algo en la vida. Ni siquiera regresar con B. Estaba dispuesto a pasar unos buenos años solo. A regresar a los barrios de las prostitutas, a jalarme la pija en los excusados públicos y a hacer propuestas indecorosas a las chicas en bares, pero sin involucrar sentimientos. Francamente se apoderaba de mí un sentimiento de libertad, un sentimiento bienhechor. Entusiasmo. Supongo que es lo que llaman ganas de vivir la vida. Pensé: al próximo que me consuele por B. le voy a patear el culo. Yo soy P. Y todos van a saber quién es P. P. no es uno que se detiene por un desamor. P. es un Casanova. P. y su récord de mujeres folladas. Las gatitas de P. P. se follar a todo el barrio. No hay una que sobreviva. Sí, señor. P. P. P. Bueno, después de doce cervezas comienzas a sentirte grande.

      Entonces entró una morena y se sentó a mi lado. La miré de reojo. Me dije: comienza tu reinado de follería, so cabrón. Le sonreí. No me contestó la sonrisa. Me levanté de la barra y me llevé mi cerveza a otro lado. No era tan bueno después de todo. Además, me dije, ahora estás muy borracho. Mañana comenzarás a levantar chicas por los bares. Sí, eso es. Quizá debas afinarte un poco con las prostitutas, no sé, calentar motores, para estar al punto cuando tengas que desenvolverte con alguna mujercita que se crea todas tus mentiras de amor. No, no, de amor nada; no volveré a enamorarme, ni falsa ni verdaderamente: se los diré directo: nena, P. quiere follar, olvida las rosas, olvida los versos, los regalitos, el chantaje emocional: ¡bájate las pantaletas!

      La morena estaba muy bien. De pronto ya no estaba sola. Supongo que ocurrió mientras yo me pensaba todas esas cosas. Supongo que desde fuera tendría la cara de un idiota, ensoñando sobre follar. Charlaba con un hombre. Los observé un tiempo, cazando el momento adecuado, en que la morena estuviese sola de nuevo. El momento llegó pasados algunos minutos. Cuando estuvo sola, me encomendé a mi santo patrono, San Urbano I, y me levanté y me fui a por ella. Me paré a su lado y le dije: Me gustas. Quiero acostarme contigo. Esta noche. Dios, hizo una mueca y se alejó, casi corriendo. No quise esperar a que se lo contara a su amiguito y me partiera la cara. Me salí afuera a fumar un cigarrillo. Me dije: vamos, es cuestión de calentar, ¿hace cuánto que no lo haces? Pasé cuatro años bajo el yugo de B. Había perdido el toque. Es lo único que lamentaba.

      C. se apareció por ahí. Me miró y se vino conmigo. Hola, P., ¿qué hay? Hola, C., nada, todo marcha, ¿qué te trae por aquí? Vine a encontrarme con un par de amigas, P., ¿no las has visto por aquí? No lo sé, ¿quiénes son tus amigas? Una morena y un marica, dijo C. y se cagó de la risa. Dios, no, C., no he visto a ningún marica. Dame una chupada, dijo C. y me arrebató el cigarrillo. Hay una morena allá dentro, C., pero no me he entendido con ella, espero que no sea la tuya porque… C. saludó a la morena a través del cristal. Dios, sí es, dije. ¿Qué?, dijo C. devolviéndome el cigarrillo para entrar a con su amiga. Nada, ya lo verás, dije antes de que entrara al bar.

      Terminé el cigarrillo. Entré. Ahí estaba C., sentado a una mesa, con la morena y con el marica. Me miró y me hizo señas para que les acompañase. Bueno, pensé, qué más da, ahí voy. Me paré frente a su mesa. C. dijo, G., este es mi amigo P., es escritor. El marica sonrió y me estiró la mano. Yo dije: hola, G., un gusto. Luego: Kay, él es P., es escritor. Bueno, supuse que aquí se armaría, pero no. La morena me estiró la mano, sonrió sugestivamente y me dijo: hola, P., un gusto, ¿por qué no te sientas aquí? Palmeó un espacio junto a ella. Ya, dije, está muy bien. Me senté junto a ella y durante un segundo nos miramos las caras. No era tan bonita de cerca, pero estaba bien. C. dijo: brindemos. Brindamos. Reímos. C. dijo: P., me enteré sobre tu abandono, qué hija de puta B., espero que no te afecte demasiado. Ya, dije, no pasa nada. ¿Sabes?, a veces es mejor estar solo. Sí (Dios, C. lleva solo más de cinco años, si hay alguien que debe saber eso es él). No hay nada como la libertad. Sí. Nadie que te diga qué hacer y te dé la lata. Ajá. Sólo tú y tu libertad, P., si quieres hacer algo, lo haces, sin más, no das explicaciones a nadie. Lo sé, C., entiendo. En algún momento el marica dijo: C. tiene mucha razón, la libertad puede ser muy interesante. Yo no dije algo. Kay preguntó quién era B. y por qué C. me consolaba. B. es mi ex mujer, dije. Sí, dijo C., le abandonó hace un par de semanas; caray, qué hija de puta, abandonar así a P., no, no, P. es un hombre impecable, Kay, tú no lo sabes, pero P. es un… Sí, interrumpió Kay, sé qué clase de hombre es P. Sonrió maliciosamente. Le pellizqué la pierna. Sonrió. Me susurró al oído: ya vamos a ver si cumple lo que promete… o es por ello que le abandonan. Sonreí y dije: C., hazme un favor, no menciones a B. en esta mesa, ¿quieres?

      C. comenzó a hablar sobre un proyecto literario al que deseaba incluirme. Algo sobre un fanzine. Bueno, dije, está muy bien C. G. dijo que alguna vez participó en un fanzine. Era diseñador gráfico, o algo. Ya, dijo C., me alegro. Luego, se dirigió a mí: podrías escribir una columna, P. Sí, dije, estaría bien. Conozco a un chico que puede ayudarnos con la ilustración. G. dijo: yo hago ilustración digital, para todo tipo de medios impresos. Sí, G., qué interesante, dijo C. y se echó un tragó al cogote. Kay dijo: G. es un ilustrador estupendo, deberían incluirlo en su proyecto, C. C. contestó: estamos cubiertos, Kay, ya tenemos ilustrador. Yo dije: si aquel chico llega a fallar, conozco un par que pueden hacerse cargo, C. C. asintió. Kay me pisó el pie. Vamos, ¿qué pasa?, le pregunté al oído. ¿Tienes cigarrillos?, preguntó. Sí. Vamos fuera, anda. Me excusé para salir con Kay. C. dijo: sí, sí, anden a fumar; mientras tanto yo iré al sanitario. Todos nos levantamos excepto G.

      Así que eres escritor, me dijo Kay una vez con los cigarrillos encendidos. Sí, bueno… ¿Eres un escritor famoso? No. ¿Entonces? Soy un escritor, es todo; escribo. Yo también soy escritora, ¿sabes? ¿En serio? Sí, escribo todos los días. ¿Qué escribes? ¡Las cuentas! Se cagó de risa. Soy contadora, dijo. Ya, dije, eres una gracia. Sí, dijo aún riendo. Y además tienes un culo precioso, ¿quieres acostarte conmigo? Dejó de reír. Ay, P., dijo, ¿siempre eres así con las mujeres? Qué te importa, te he hecho una pregunta; anda, di que no y acabemos con esto, ¿vale? Le toqué el culo con la palma abierta. Suspiró. No, dijo. Retiré la mano. Ya, dije. ¿Por qué quieres acostarte conmigo? Tienes un culo… yo tengo una polla… no es tan complicado, Kay, quiero acostarme contigo porque me gustas. No puedo creer que hayas durado cuatro años con una mujer. No puedo creer que te tomes tan en serio aquello de acostarte conmigo llevando esa falda. ¡Ey, una puede vestirse como le dé la gana y no por eso… Sí, sí, el rollo de siempre: quieren vestirse como putas pero no que las traten como tal; hipócritas: ¿para que desean mostrar su cuerpo si no lo van a dar? Lo damos, P., pero no al primero que se nos plante enfrente. Es igual; guárdate el sexo, eres la punto cinco por cien, aún me quedan diecinueve intentos. ¿Qué?

      Aplasté la colilla del cigarrillo con la suela del zapato y entré al bar. Miré a una chica. Estaba bien. Casi todas las mujeres estaban bien para mí. Me acerqué a ella por detrás. Muy de cerca. Le susurré hola. Volteó. Asustada, dijo: ¿qué quieres? Acostarme contigo. Esta noche. Debajo del puente. Dio un grito y corrió. Un hombre vino a ver qué pasaba. Se me plantó enfrente. Ella, detrás de él, dijo: ¡es un pervertido! ¡Me propuso acostarme con él debajo del puente! Vi venir el golpe pero no lo sentí. C. se interpuso. Cogió al hombre (C. era muy alto y corpulento), lo arrinconó contra una de las esquinas del bar. Yo dije: C., déjalo, déjalo que me parta la cara. C. gritaba: P., anda, pégale. Lo tenía bien sujeto. Vamos, C., ha sido culpa mía, suelta a ese hombre. La gente hizo alboroto. Un par de hombres vinieron a por C. y el hombre. Los separaron. C. gritaba: ¡le voy a partir la cara! El hombre no decía absolutamente nada. G. y Kay estaban detrás de mí. ¿La uno de diecinueve?, preguntó Kay mientras mirábamos cómo lanzaban a C. y al hombre. Asentí con la cabeza. Ay, P., eres un caso, ¿no? G. dijo: qué pasa, de qué hablan, ¿por qué es un caso?, ¿¡qué ha pasado?!

      Separaron a C. y al hombre y los echaron a la calle. G., Kay y yo salimos a buscar a C. Lo encontramos hablando con el hombre. C. decía: P. es mi hermano. El hombre decía: lo siento, C., perdí la calma, Dios. Cuando nos vieron llegar callaron. C. dijo: P., ven, da la mano a este hombre, es un hermano. El hombre se echó a mí. Dijo: lo siento, hermano, un hermano de C. es un hermano mío. Nos abrazamos. No pasa algo, dije. Kay dijo: P., eres un maldito cabrón con suerte.

De pronto salió la chica. Nos miró a todos hablar y estrecharnos las manos y reír. Se quedó de pie frente a la escena. El hombre le dijo: Ara, ven, acércate, estos hombres son mis hermanos. La chica dio media vuelta y se largó. Antes de desaparecer, gritó: ¡me largo, J., no pienso irme contigo a ningún lado! J. alzó el brazo y exclamó: ¡qué te den, so zorra! Luego, nos confesó: llevo dos meses pagándole la borrachera y no cede a acostarse conmigo. C. rió. Dijo: hermano, es mejor estar solo. Yo dije: sí. Kay dijo: dos meses, P., dos meses… ¿y tú la quieres en una noche?, ¿sabes?, tienes una autoestima que, joder, me estás convenciendo: P., el hombre de una noche, ja ja ja. Bueno, kay, respondí, si es así, vamos, conozco un puente debajo del cual podemos… Es broma, P., no voy a acostarme contigo, puedes pasar a la uno punto cinco. Bueno. Las estadísticas dicen que una de cada veinte chicas ceden a la primera noche, pensé, ¿dónde está esa mujer cuando más la necesitas? 

Entonces comencé a extrañar a B.


  

viernes, 13 de febrero de 2015

Los viajantes del tiempo.


Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

Recientemente un hombre se apareció en un transitado aeropuerto de Buenos Aires,  Argentina, y dijo provenir del futuro. Su sorpresiva llegada creó gran expectativa entre los presentes, sin embargo, lo único que expresó fue algo relacionado con el Iphone 27:

    “Los gráficos son una porquería y los hologramas parecen de cartón.”
No dijo nada más, pero eso bastó para que el ambiente estuviese tenso por varias horas. Durante la jornada fueron suspendidos algunos vuelos debido a la llegada de un sinnúmero de personas ansiosas por conocer la estrategia del fabricante de la mencionada línea de productos. La autoridad pública también se hizo presente y el hombre del futuro fue arrestado bajo los cargos de instigación a delinquir y alteración del orden público. La abrupta detención del ciudadano creó suspicacia y descontento entre los asistentes quienes no permitieron que lo trasladasen a un centro penitenciario. En vista de eso un comisario de la policía, en una improvisada conferencia de prensa, aseveró:

    -Me importa un huevo que venga del futuro, del presente, pasado o del pretérito perfecto, pero tenemos que saber si las siguientes generaciones van a poder tener un iPhone mejor que el nuestro.- Realizó una pausa, carraspeó y continuó.- El ciudadano estará bajo custodia de las autoridades mientras se aclara la situación, más adelante daremos detalles…- Eso calmó a los asistentes quienes permitieron el traslado del hombre a un centro de reclusión con la esperanza de que las autoridades lograsen dilucidar lo que realmente sucederá con los próximos Iphones.

    Hasta ahora no se ha sabido nada del paradero del misterioso hombre del futuro, sin embargo, por medio de fuentes extraoficiales se pudo conocer que el hombre había viajado a través de un agujero en el tiempo procedente del año 2036 y perdió la mayor parte de sus aparatos futuristas en el trayecto. Además, el iPhone 27 que ha traído el “hombre del futuro” no tiene linterna ni reproductor de audio.

    Tambien, como se ha de recordar, el tribunal de segunda instancia en lo civil, mercantil del niño, niña y adolescente remitió una demanda de paternidad a la máxima instancia judicial del país. A pesar de que en un principio era calificadocomo una demanda por inquisición de paternidad en la actualidad esuna paradoja judicial; el demandadoapeló el fallo basándose en el hecho de que en un futuro no muy lejano viajó en el tiempoy sostuvo relaciones sexuales con la demandante unas semanas antes de conocerla. La demandante indica que el Señor Rodríguez Sarti también debería ser condenado por violación y agresión  ya quefueron relaciones íntimas no consentidas bajo el efecto de algún estupefaciente. No obstante, la defensa alega que, a pesar de que nunca han negado el hecho de que el demandado posiblemente violó a la demandante, no puede culparse ni enjuiciarse a un ciudadano por un crimen que no ha cometido, tampoco se le puede otorgar la paternidad al hombre porque aún no ha sostenido relaciones sexuales con la agraviada. El dilema acerca del posible crimen se basa en que  la defensa alega que no ha sido consumado  y los demandantes lo contrario al demostrarse que el Señor Rodríguez padre Biológico del infante. Por otro lado, juristas indican que si se envía una comisión al pasado para evitar la supuesta violación de la señora Bello Mejías se estaría cometiendo el equivalente a un asesinato en primer grado y diversas organizaciones políticas han fijado posición acerca del tema en cuestión; algunos a favor de una pena severa. Otros expertos precisan que el Señor Rodríguez deberá ser juzgado por los crímenes que cometerá después de su viaje en el tiempo y no antes como precisan los demandantes, pero no se tiene idea cuándo ni dónde lo hará. Tampoco existe una orden de vigilancia ni presentación en los tribunales porque atentan contra el derecho a la privacidad y libre tránsito del demandado, pero sí una medida de alejamiento y presentación mensual en los tribunales de control.


    Por otro lado, Científicos de todo el mundo manifiestan su preocupación acerca del aumento de este tipo de hechos; de mantener la tendencia podrían desencadenar el colapso del universo o una brecha en el umbral espacio-tiempo con consecuencias aún desconocidas. Lamentablemente lo único cierto es que un niño tiene un padre que no lo reconoce, una mujer fue ultrajada y el agresor es en gran parte “inocente” de los crímenes cometidos. Y lo peor es que nadie a ciencia cierta sabe el destino del Iphone, las acciones de la compañía se desplomaron al conocerse los comentarios del misterioso hombre del futuro.





Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

domingo, 8 de febrero de 2015

Desde lo del Elvis.


Comencé a salir con U. una o dos semanas ha; pongamos dos semanas antes del evento en Elvis. El evento en Elvis es el parte aguas del rollo que quiero sacarme de encima. Sucedió una noche de viernes en que salí con U. a un bar de la Juárez (por aquel entonces aún no vivía con U.), a beber cervezas con una amiga suya y su novio. Entramos a un bar en Génova y bebimos y hablamos; mejor dicho, ellos hablaron, lo que es yo, no tuve tema de conversación, ¿quién lo tendría en medio de una charla entre viejos amigos? Afortunadamente, no duró demasiado. A las nueve de la noche, o poco después, la amiga de U. se excusó y se fue. Nada de lo que ocurrió durante dicha velada es rescatable.

      Una vez en libertad, decidimos ir a casa, a casa de U., a pasar la noche juntos en cama, a platicar, a ver películas, a hacer el amor, no sé. Sin embargo, camino a casa me vinieron ganar de orinar; U. dijo: malditas mujeres, siempre tienen ganas de orinar, ¿por qué no fuiste antes de salir del bar? Sí, fui, me defendí. Lo ves, dijo él, eso fue hace menos de dos minutos: malditas mujeres. Propuse entrar al primer bar que se nos posara enfrente, para entrar al sanitario, a cambio de lo cual yo invitaría a U. un par de rondas. U., por supuesto, aceptó; era un borracho de primera y hubiese aceptado cualquier cosa a cambio de cerveza, su lema era: en segundo lugar amo la cerveza, en primer lugar, la cerveza cuando la paga alguien más, o así, no recuerdo con exactitud. Podía manipularle con cerveza como a un niño con dulces.

      Caray, encontramos un bar a la vuelta de la esquina, entramos, y dentro, encontramos otra cosa más: Andrea. Pasé directo al sanitario sin mirar a Andrea. U. se acomodó en una mesa. Cuando salí del sanitario sucedió lo inevitable: Andrea me vio. Me saludó efusivamente, me abrazó, me besó las mejillas. Cuando pude zafarme, le dije: Andrea, él es U., es mi novio. Andrea le saludó y se instaló con nosotros. Luego, los amigos de Andrea se instalaron con nosotros también. La situación cambió. Ahora yo tenía viejos amigos a la mesa. U. no se incomodó. U., cuando bebe, es sociable. Se adaptó a Andrea y a sus amigos mejor de lo que yo misma me adapté a los amigos de Andrea, y a la amiga de U. Por ello, cuando Andrea propuso ir al Elvis (me entusiasmé; el Elvis es un sitio de mi predilección), no tuve que rogarle para que aceptara irnos con ellos. U. no conocía el Elvis ni sabía de qué iba el antro; aceptó porque entre los amigos de Andrea iba una chica. Estoy segura de ello, aunque U. lo negó después, cuando hablamos de todo lo ocurrido en Elvis.

      Como preámbulo, debo decir que Elvis es un sitio para bailar (U. no sabía bailar), y Andrea es un chico al que conocí hace dos o tres años antes y del que me enamoré, o creí enamorarme, y luego olvidé, y reencontré aquella noche en aquel bar. Sin embargo, jamás ocurrió algo entre Andrea y yo, cosa que le juré a U. más de cien veces; entiendo que no lo creyera porque en Elvis, al calor de las cervezas y de los bailes, me acerqué demasiado a él. U. lo notó y se alejó y me dejó hacer mientras él se acercaba a la chica que venía en el grupo de Andrea y la seducía (siempre negó que sus intenciones fueron las de la seducción).

      Todo es confuso. Ambos, U. y yo, bebimos tanto que no supimos exactamente qué pasó. Lo analizamos en pláticas de horas, posteriores, durante más de veinte días, de las cuales dedujimos algunas cosas, por ejemplo, que U. se besó con X., la chica del grupo de Andrea. Ello quedó claro, no había duda: U. lo recordaba casi con certeza. A pesar que negaba haberse acercado a ella en plan de ligue, estaba seguro de que lo hizo; dice: lo hice por venganza, tú andabas de  puta y me dije: bueno, pues total. Por mi parte niego haberme besado con Andrea, cosa que asegura U. Dice: Andrea te gusta, no lo puedes negar. En una de las versiones, al ver que yo me besaba con Andrea, U. me cogió del brazo y me insultó. Es la versión más inverosímil porque U. estaba disfrutando con X. En otra, fue hasta salir del antro, camino a casa, que U. me reclamó, y yo dije: sí, me gusta Andrea. La última versión es verosímil, pero la negué. Es verdad que siento atracción por Andrea, es muy posible que bajo los efectos del alcohol me le haya lanzado, hay algo en él que me es irresistible. Sin embargo, soy fiel a U. y le respeto, y si lo pienso detenidamente, no, no me siento atraída por Andrea.

      En discusiones subsecuentes, U. logra convencerme de que besé a Andrea, que fui yo la que inició todo, la que se declaró esa noche a él. La semana siguiente volvimos al bar y volvimos a encontrarnos con Andrea. U., al mirar el modo de comportarse de él, me dijo: ¿lo ves?, no actúa normal, algo pasó entre ustedes aunque no nos acordemos.

Mis recuerdos e impresiones son los siguientes: encuentro con Andrea en el bar. Temor de que me sepa con U. Entusiasmo sincero. Inquietud por saber si Andrea y U. se entenderán. Tranquilidad al observar que todo marcha entre ellos. Emoción por la propuesta de Andrea de ir al Elvis; antipatía por U., por no haber sido él quien lo propusiera sabiendo que disfruto mucho ir allá. Alegría de ir a Elvis. Camino a Elvis, amor, mucho amor por U. Besos. Dentro de Elvis, calor, mucho calor. Mareo. Oscuridad. Andrea. Andrea. Andrea. Recuerdos de cuando conocí a Andrea durante su cumpleaños. Recuerdos de Andrea durante aquella noche pasada. El rostro de Andrea impregnado en mi memoria. Ganas de besar a Andrea. ¿Besé a Andrea aquella primera noche? Recuerdos vagos. Simpatía por Andrea. ¿Dónde está U.? U. besando a X. Enfado con U. Los amigos de Andrea miran cómo U. se besa con otra. No quiero ver. Si me lanzo a Andrea, ¿me rechazará? Andrea baila bien. ¿Por qué me hace esto U.? Quiere una relación abierta. Pensamiento: Andrea, me gustas, me gustas mucho. No, no es verdad, no me gustas. ¿Quién eres tú, Andrea? Andrea es un misterio que no quiero revelar. Me ofusca. Quiero irme a casa. ¿Dónde está U.? U. baila con X. y tres chicas más. U. se ha besado con X., ¿por qué? U. es un puto, Andrea, ven, quédate conmigo. De pronto, alguien dice: ya nos vamos, ¿se vienen? Luz. Sí. U. está a mi lado. Amo a U., no me importa que se haya besado con X., le amo, le amo, le amo. Andrea no es algo al lado de U. Andrea tiene muchas seguidoras. Andrea se acuesta con muchas mujeres. Amo a U. Salgamos de aquí y vayamos a casa. Risas. Rumores. Uno de los amigos de Andrea le dice: está muy bien la novia de U., ¿eh? Andrea ríe. No soy nada para él. Podría usarme. Podría acostarse conmigo y luego reírse. Amo a U. Nos despedimos de ellos, uno por uno. U. y yo camino a casa, solos. U. enojado. U. al borde de las lágrimas. U. dice: ¿Por qué te besaste con Andrea? Yo digo: no me besé con Andrea. Realmente lo creo. No quiero herir a U. U., créeme por favor, créeme por amor a Dios, te amo a ti, Andrea no es nada. U. insiste. Lo niego. U. alza la voz. Temo. No quiero terminar con U. No quiero que me abandone. U. pregunta: ¿te gusta Andrea? No, contesto. U. insiste. Pregunta diez veces. No puedo más. ¡Sí!, grito, me gusta Andrea. Lagrimas en las mejillas de U. No, no, no, repito, no me gusta Andrea. Silencio. Frío. Noche. Caminamos. Mareo. Quiero ir a casa. Quiero dormir. Quiero volver el estómago. Quiero decir a Andrea que le diga a U. que no nos besamos.

      Andrea me soba la cabeza. Se sienta a mi lado. U. sufre. Dice: Te gusta Andrea. Yo pienso: ¿me gusta Andrea? No, digo, y si vuelves a decirlo, me vas a convencer. Por ratos me convence. Luego miro a Andrea detenidamente y no es verdad, no me gusta, no podría estar con él. Es muy puto. Es popular. Habría que soportar esa popularidad a su lado. Prefiero la soledad de U. U. tiene tres amigos, no más. U. no es invitado a fiestas ni solicitado en ningún sitio. La mayor parte del tiempo está solo. Puede entregarme su soledad. Vamos, le digo, ¿quieres salir a otro bar? U. asiente con la cabeza. Salimos.

      Camino a otro bar, pienso: ¿por qué U. teme de Andrea? Andrea no es alguien para mí. Pero U. actúa como si Andrea fuese todo para mí. Dice: tus palabras dicen no, pero tus acciones, frente a él, dicen lo contrario. Recuerdo: Andrea me saluda efusivamente. Me soba la cabeza. Se sienta a mi lado. Me sonríe. ¿Quiere acostarse conmigo? No, ya lo hubiera hecho hace más de dos años; me hubiera acostado con él si él me lo hubiese propuesto hace dos años. Jamás se ha insinuado conmigo. U. está loco. ¿Qué voy a hacer? No quiero pensar más en Andrea, pero U. siempre lo trae a la conversación. Andrea me escribe y yo le respondo. U. se enfada. Me digo: no volveré a responder. Lo hago. Aún así, U. insiste en que me gusta Andrea. U., sin embargo, se escribe con X. No han dejado de escribirse desde lo de Elvis. Le reclamo. Es injusto. Yo abandoné a Andrea, mi escasa relación con él quedó en el olvido. Se limita a las veces en que le encontramos en el bar. Cuando esto sucede, no hablo con él. Si lo hago, es estrictamente sobre literatura. Mientras lo hago pienso: ¿me gusta Andrea? y miro a U. de reojo y me digo: amo a U. Pobre U. Sufre por nada. Pero no puedo dejar de hablar con Andrea (aunque sólo sea sobre literatura).





viernes, 6 de febrero de 2015

Mis yoes / Buceo Literario

Texto por: Daniel Campodónico
Sitio del autor, aquí.


MIS YOES

Lo estoy esperando agazapado tras este muro, porque sé que va a pasar por acá. Lo sé porque lo estuve siguiendo y allí viene: Viste como yo, camina como yo, habla como yo; pero no soy yo. Aunque nadie nos distinga, ése no soy yo y apenas pasa junto al muro me pongo de pie y lo encaro. Él no puede creer lo que ve, intenta decir algo pero no le doy tiempo, de inmediato clavo la afilada hoja en su cuello y corro asustado, ya que por un momento, creí sentir esa puñalada en mi propio cuello y mientras corro, lo espeso de la sangre baja por mi garganta; toso; y solo para cerciorarme toqué mi yugular: estoy sano. Tiro el cuchillo  en un basurero y sigo a pie hasta llegar a casa. 


    Allí entré en silencio, no quería molestarla. Fui hasta su cuarto y la vi, sentada en su silla, mirando nada; de espaldas a mí.

         —¡Papi papi… volviste!

    (Si yo no hablé… ¿cómo supo que era yo?, habrá sido por mi olor… el sonido de mis pasos; ¿tanto así me conoce?), y corre a abrazarme:

          —¿Me trajiste los dulces que me prometiste?
     —No… disculpame, en el apuro se me olvidó —le dije mientras pensaba: (ese desgraciado le prometió dulces, ¿qué más le habrá prometido?), espero que no haya sido como el otro, aquel otro, el primero que he matado de una larga lista. Aquel la lastimaba, era el peor de todos y por eso, lo arrastré con rabia hasta el bote y lo arrojé allá… en medio de aquel lago profundo; con mucho peso y aún vivo, para que sufra. 

    Sí, el primero fue por venganza y el resto, sólo por perfeccionamiento. 

    Recuerdo el sabor del agua salada entrando por mis narices, recuerdo la desesperación y todo a mi alrededor… se puso negro; casi muero en el bote aquel día, pero yo sobreviví, y el no. Al llegar a casa, mojado aún, la encontré como era habitual: escuchando la radio y al correr hacia mí, pobrecita, pechó un mueble que aquel mal hombre había dejado en el camino, yo corrí hacia ella y la tomé en brazos, la alcé, la puse contra mi pecho y mirando lo blanco de sus ojos le dije: 

     —Otra vez olvidé traerte los dulces, pero ya voy a buscarlos, vuelvo en seguida 

     Y salgo tan rápido de casa, tan apurado voy, que no me doy cuenta de que alguien me está siguiendo; pero sí noto el plomo entrando por mis espaldas, y al escuchar el segundo disparo, caigo de rodillas y logro girar,  para ver a mi asesino corriendo, dando grandes ancadas casi sin mover los brazos… tal y como lo hago yo.


    (Tal vez sea mejor así), pensé, (tal vez él recuerde llevarle dulces, a mí pobre niña ciega).








BUCEO LITERARIO


Estábamos todos en silencio, yo, miraba la copa de grapamiel… y me recordaba el frío que hacía afuera; vos, tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor; y sentados en una mesa tres niños pequeños devoraban muzarellas, haciendo uso de sus manos, enchastrándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos, mientras sus padres discutían afuera. 


    En ese momento, entró ella al bar. 

    Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos; pasó con toda su adolescencia junto a nosotros. Yo levanté la vista, vos te prendiste un cigarro; me llamó la atención esa flor roja que le prendía en el pelo a la altura de la sien y la seguí con la mirada. Vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a surgir palabras. Yo apuré el trago, vos fumabas, y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo pa´ que me traiga otra grapa:



     —¿Por qué camina usted así?  —le preguntaste. 

    —Para no pisarlas —respondió el mozo encogiéndose de hombros y recién ahí notamos, que había palabras regadas por todo el suelo, hasta la altura del tobillo. 

    Observé a los padres, que seguían discutiendo afuera, mientras los niños chapoteaban en un mar de letras. Tú apagaste el cigarro, yo me agaché para tocar el agua, y allí viste por encima de mi hombro como emanaban las palabras, se escurrían por la mesa de la muchacha y ya las teníamos por la cintura cuando me terminé la grapa. Los padres, entraron con las palabras por el pecho, las iban apartando con sus manos y braceando al avanzar llegaron donde los niños; pasó una muzarella flotando; jugaban una guerrilla de agua locos de la vida. Pero a vos te molestó, porque ya no podías fumar. Claro, es que a esa altura los dos flotábamos, si yo, para terminarme la grapa, tuve que bucear. El trago se me había quedado abajo y logré sacarlo a flote mientras que el mozo, arrodillado sobre la más alta estantería, de cara contra el techo se niega a traerme la cuenta, insiste en que no las quiere pisar… y ella cierra su latita, todos caemos, dejamos de flotar, la poetisa se retira, se despalabró el bar.






Texto por: Daniel Campodónico
Sitio del autor, aquí.



domingo, 1 de febrero de 2015

Toma dos más.


Bueno, esto ocurrió más o menos así: H. llamó para darme cita en algún bar. Eran las doce del día, un día sábado; H. solía llamar los sábados a esa hora porque yo era el único que aceptaba salir con él los sábados a medio día a bares. Por aquel entonces, H. cursaba una maestría en un instituto en la Juárez y yo vivía en la Roma. No hacía otra cosa que escribir, aún podía vivir sin trabajar y podía emborracharme cualquier día a cualquier hora.

      Acepté salir con H.; lo hacíamos cada sábado a la misma hora: pasaba por él al instituto y nos íbamos al bar del Sanborns de Reforma 222 a beber dos por uno de doce a seis. Sin embargo, en algún momento redujeron el horario de promoción y ahora debíamos beber en cualquier otro sitio antes de ir al Sanborns. Éramos hombres rutinarios. Nos habían quebrado la rutina. No sabíamos exactamente qué hacer. Salimos a Génova en busca de algún bar que pusiera la cerveza a menos de veinticinco pesos. Así caímos en la horrible Cueva de lobos, que es un bar lleno de gente del Estado y música a todo volumen y guardas de seguridad con sobrepeso. Total, la cerveza costaba veinte la pieza (hasta las cinco de la tarde). Entramos y nos pedimos un par de cervezas.

      Me gustaba salir con H. a pesar de que con él no podía hablar de literatura. En algún momento pude hablar de literatura con H., pero luego cogió un empleo en un banco y lo secaron y lo convirtieron en un hombre de créditos y prestaciones y ya no pudo hablar de literatura ni de arte ni de algo que yo respetase. Al menos, aún podíamos hablar del pasado, de nuestras vivencias en la universidad, de nuestras ex novias y de la temporada en que nos acostamos con prostitutas de la Merced y de la temporada en que nos drogamos con todo lo que caía en nuestras manos. Además de ello podíamos hablar de filosofía, aunque no seriamente porque H. no había leído a la mayoría de los filósofos, a pesar de lo cual tenía un montón de teorías filosóficas empíricas y podía discutir filosóficamente de casi cualquier cosa; lo que se llama filosofar en bares, o filosofía de borrachos. En fin, era bueno hacer eso con H., era realmente bueno y sanaba el alma hablar porque H. era la única persona a la que podía contar mi vida sin que me juzgase y era la única persona que tenía por aquel entonces, el único amigo, vamos.     Me desgarraba verle cursas una maestría, que para mí era la pala con que cavaba su agujero aún más profundo, el agujero que le enterraría. Él lo llamaba superarse; deseaba crecer en el banco. Yo lo llamaba hundirse, y aunque se lo decía abiertamente no insistía porque ya estaba encarrilado y no iba a hacerme caso y después de todo era su vida, etc.

      El bar estaba vacío, o casi vacío. H. y yo estábamos al pendiente de la entrada de mujeres al mismo, de mujeres solas, a las que pudiésemos ligar, o al menos hablar con ellas, o intentarlo. Todo el tiempo estábamos en la búsqueda del sexo opuesto. No importa que tan personal o interesante fuese nuestra charla, si entraba una mujer buena, o un grupo de mujeres buenas, interrumpíamos todo y nos concentrábamos en trazar los planes que nos llevaran a la conquista del sexo. En ocasiones, debido a nuestra desesperación y las posibilidades reales de conquista, lo intentábamos con mujeres feas, sólo por el placer de conquistar, de asentar nuestra existencia, de reforzar nuestra autoestima, no sé. Si no había mujeres, ya ebrios, nos contentábamos con entablar conversación con hombres con quienes pudiésemos ampliar las posibilidades de nuestra borrachera: que pagasen nuestra cuenta, que nos presentasen a mujeres, que nos llevase a fiestas u a otros bares, con más gente, con mujeres. Éramos un par de buitres filosofando en nuestras ramas, hasta que alguna presa…

      Aquella tarde no hubo mujeres. Entró un grupo de extranjeros y se instaló detrás de nosotros. Hablaron en inglés. Todo ello nos hubiese pasado desapercibido, de no ser porque un hombre, al que no habíamos notado, se levantó de su mesa (venía solo), se acercó a al grupo de extranjeros y les habló en un inglés bastante malo. Era un mexicano moreno, bajo de estatura, desfachatado; el ícono del hombre mexicano. Los extranjeros rieron con él, pero al cabo de un tiempo, no sé, diez o quince minutos, comenzaron a dejar de reír y a ignorarlo. Irremediablemente tuvo que volver a su mesa antes de hacer el ridículo. Al regresar, nos miró a nosotros, que a su vez, le miramos actuar. Nos sonrió. Llegó a su mesa, cogió su cerveza y una maleta y se vino a con nosotros. Se instaló. Brindó. Dijo: esos pinches gringos me la pelan, y se empinó la botella hasta vaciarla. Acto seguido, llamó al mesero y dijo: tráenos una cubeta de Tecate, canijo. Luego, dirigiéndose a nosotros: yo invitó, no hay pedo. Nosotros por supuesto, aceptamos.

      En estos casos, H. y yo hablábamos poco y permitíamos a nuestros acompañantes hablar lo suficiente de ellos mismos para hacernos una de idea de ante quién estábamos y qué podíamos sacar de él, o cómo podíamos divertirnos con él. En ese sentido, H. y yo nos entendíamos muy bien; no hacía falta hablar para saber lo que estaba pensando el uno o el otro.

El hombre nos confesó su nombre y su edad: Juan Jesús. Treinta y nueve años. Su historia, según la contó, es la siguiente: recién llegaba de Canadá, a dónde se fue a trabajar hace dos años en un sembradío de naranjas. Su patrona era, según aseguró, una mujer rubia, alta, tetona y caliente, de la que se hizo amante. Juan Jesús Juntaba el índice y el pulgar y se lo besaba para jurara que sus palabras eran verdaderas y que por diosito santo esa mujer estaba loca y re buena y se lo cogía todas las mañana en los campos de naranjos. H. y yo reímos y le celebramos su aventura. Brindamos con él. Le palmeamos la espalda. Le hicimos bromas cachondas sobre su aventura sexual con su patrona canadiense. Bebimos de su cerveza. Luego, en algún momento, se puso la maleta en las piernas y volvió a repetir el rollo de que recién regresaba de Canadá. Abrió la maleta y sacó un sobre de papel manila tamaño oficio. Nos mostró ciertos documentos, no sé, no los leí, con sellos de Canadá, de algunas instituciones, o lo que sea. Sí, le dije, vale, te creemos, hombre. Pero ya estaba suficientemente borracho como para insistir.

La cerveza se acabó. Juan Jesús ordenó otra cubeta de cerveza. H. y yo nos miramos. ¿Qué haríamos si Juan Jesús se emborrachaba y salía con el cuento de no tener dinero? Sería él quien nos estafara a nosotros. Le dejamos hacer, pero siempre con la cuenta en la cabeza por si resultaba que debíamos pagar nosotros.

Con algunas cervezas más en la cabeza, Juan Jesús no paraba de hablar de sí mismo. Dijo muchas cosas, pero lo importante para el relato es que dijo que deseaba follarse alguna mujer porque había llegado recién de Canadá y no tenía esposa ni nada y no conocía a nadie. H. y yo lo soltamos: le ofrecimos llevarlo a la Mercede, donde podría conocer algunas chicas por ciento sesenta pesos. Se entusiasmó. Preguntó si podíamos ir ahora mismo, porque recién había llegado de Canadá y necesitaba hacerlo con alguien porque no tenía a nadie en DF. Decía todo esto mientras cogía la botella de cerveza con sus regordetas manos y se la empinaba. Daba tragos largos y azotaba la botella contra la mesa al terminar. Con la otra mano se sobaba el muslo de la pierna izquierda. Lo pensé un segundo, y respondí: no, aún es muy temprano. Las creaturas de la noche, salen por la noche. Se lamentó.

Bien, eran las tres de la tarde. La promoción de Cueva terminaría en dos horas y las prostitutas saldrían más o menos desde las seis, aunque las mejores no llegarían sino hasta las ocho o nueve. H. lo entendió tan bien como yo. Si estábamos condenados a pasar todo ese tiempo con Juan Jesús, y en vista de que la promoción acabaría, al menos deberíamos pasarlo en un sitio de nuestro agrado. Sobre todo, abusando de que Juan Jesús pagaba el trago. H. me lo propuso a mí, que en realidad era proponerlo a Juan. Dijo: conozco un bar por mucho mejor que éste, vamos allá a esperar a las chicas. Supe que se refería a Tres Gallos, un sitio donde realmente disfrutábamos estar. No podían música ni había gente pusilánime como en este horrendo bar. Juan Jesús no lo comprendió al instante. Tuve que explicarle con detalle. Ya estaba borracho. Aproveché la situación para decirle: amigo, tenemos que irnos. Se asustó. Nosotros éramos puerta a las puertas abiertas de las mujeres. No podemos continuar bebiendo porque ya no tenemos dinero. Me froté el pulgar frente a su cara. Se calmó. Ofreció pagarnos el trago hasta la llegada de las hembras a sus puestos de trabajo en la Merced. Eso está muy bien, respondí, pero ahora que lo pienso… si te llevamos a por una mujer, nos vamos a quedar con ganas de entrar con alguna y… Me interrumpió: no hay problema, les invitaré una mujer a cada uno de ustedes. Lo decía con honestidad. Había mucha franqueza en sus palabras, pero no estaba seguro si era la honestidad y franqueza de un cumplidor, o de un borracho. Los borrachos tienen muy buena fe y buenas intenciones cuando están borrachos. H. asintió con la cabeza al tiempo que me miraba. Vamos, dije, anda Juan, levántate y anda, vamos a Tres Gallos. H. se levantó y fue al sanitario. Yo salí afuera a fumar un cigarrillo. Ambos estábamos evitando el pagar la cuenta. Aunque Juan había quedado de pagar las cubetas, hacía falta pagar lo que bebimos antes de la llegada de Juan. No volteé a ver cómo lo hizo, pero salimos de allí sin que alguien nos reclamara.

En Tres Gallos bebimos durante una hora o así. La situación con Juan se volvió insoportable. Se emborrachó al grado de no poder conversar con él. H y yo le hacíamos muecas. Repetía constantemente que venía de Canadá, que había llegado recién y que se había follado a su patrona. Eso era toda la vida de Juan. También pedía que lo lleváramos con prostitutas.

En algún momento, Juan abrió su maleta. Creo que fue en el momento en que H. y yo ya lo ignorábamos. Sacó un sobre con su documentación de viajante o de trabajador canadiense, no sé, y otro sobre, de menores dimensiones, pero más ancho. De él sacó un fajo de billetes de mil pesos. Los alzó al aire y exclamó: ¡hoy llegué de Canadá, estuve trabajando en los campos de naranjos…! H. le bajó la mano en seguida. Yo le cogí por la camisa y le dije: no puedes hacer eso en México, imbécil, te van a matar por quitarte el dinero. H. colocó el fajo sobre la mesa. Tomé la mochila y lo guardé. H. me dijo: joder, ¿qué vamos a hacer?, todo el mundo lo vio. Era cierto. Todos habían mirado y ahora nos miraban con disimulo. Probablemente creyendo que estábamos muy borrachos y muy locos, o muy idiotas.

Podemos robarlo, dijo H. alzando los hombros. Miré a Juan. Estaba cayéndose de pedo. Bueno, respondí, no es mi estilo, ¿sabes?, puedo robarle siempre y cuando sea en su propia cara y bajo su propia voluntad, como pensaba robarle las cervezas de esta tarde y las chicas de la Merced, pero… robar a un bulto… ¡vamos, H., no seas un hijo de puta! Al menos no uno sin estilo. H. alzó los hombros. Tú dices, dijo, ¿qué hacemos con éste?

Cogí la maleta y la apreté bien fuerte. H. cogió a Juan Jesús y lo obligó a levantarse. Mientras tanto, pagué las cervezas con mi dinero (no deseaba sacar el fajo delante de todos una vez más). Salimos con toda la calma que pudimos, y una vez doblando la esquina cogimos un taxi.

Llevamos a Juan a un hotel en Hidalgo. Pagamos el cuarto con el dinero de Juan. Le dejamos recostado. Bueno, dijo H. tomando dos billetes de mil pesos: ¿por las molestias que nos ha causado? Ya, dije, toma dos más.

Nos fuimos a la Merced y compramos mujeres en salud a Juan Jesús y después nos emborrachamos en el Aztec´s, un centro nudista en Eje Central. Luego lo olvidamos todo y muchos años después lo recordé. 





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