viernes, 30 de enero de 2015

Cinco poemas de María José Mures.

Texto por: María José Mures
Sitio del autor, aquí.


Hilo de Vida

Con un hilo que me dio
hice mi tela de araña,
me dio vida,
a punto del precipicio.

Dolor perfecto 
Cómo será tocarte a mi costado.
Juan Gelman
Robada por ti
y no quiero amarte
pero te llevas mi alma
te quiero y más quiero,
y este dolor sigue perfecto
en la noche a punto lloro
apunta mi mano una locura.

Lo que fue tu compañía
siembra soledad y crece
como seno en tropel.
Eres mi pasión de ser
ven pronto, sin calma
ven, ciérrame los ojos
con ardoroso labio
cierra mis ojos y boca
o todo para siempre.

Quiero amarte

Quiero amarte,
decir más es estropearlo
llegar a ti como tú imaginas.

Metida en mí
pero fuera de sí
así quiero amarte
con el gemido de la más valiente.

Cómo decir

Cómo decirte que sin ti...
el mundo...
los mapas...
los mapas del mundo,
los océanos...
la noche...
los océanos de la noche,
mi cuerpo...
la ausencia...
mi cuerpo en tu ausencia,
tu sexo...
mi boca...

Los lados del ecuador

Espera la piedra abierta
con el queroquero en cielo azul.

Un paisaje dentro de otro
¿fractal o matrioska?
La casa que calienta
es la de tus labios
o tu mano investigando
a los lados del ecuador
buscando latitudes.







Texto por: María José Mures
Sitio del autor, aquí.

domingo, 25 de enero de 2015

Y de la vez que S. echó agua en la cara a C.


Eran las doce de la noche. Quizá un poco más tarde. Dormía. Era la única noche en que podría hacerlo: S. había salido a con su madre y pasaría la noche con ella. Ahora no tendría que beber y que follar. Beber y follar estaba bien, pero a veces hay que darse un respiro. Los respiros son lo más importante. Son lo único que hace que el sexo sea algo bueno. Una vez me di un respiro de siete meses. Dios, después de ello tuve el mejor sexo de mi vida. En fin. Eran las doce de la noche cuando sonó el timbre. Bajé a abrir porque pensé que podría ser S. Solía pelearse con su madre. También solía olvidar las llaves en la cocina.

      Bueno, era C. Venía hecho una cuba. Venía con dos colegas más y con una mujer. La mujer estaba buena. Hola, le dije. C. me presentó a los chicos y a la chica y preguntó si podían subir a estarse en mi casa. Traigo bebida, dijo C. Hizo asomar una botella de su maletín. La chica sonrió. Vale, dije. Subimos en caravana. Primero la chica, seguida de C. y de los chicos y al final yo. Iba en bata, no deseaba que me viesen el culo; les hice pasar primero. Una vez dentro, se acomodaron en sillas. No tenía tantas sillas, así que tuve que estar de pie. Entraré al cuarto a ponerme pantalones, dije, mientras tanto podrían coger vasos de la alacena y servir de esa botella, y… C., dijo: sí, sí.

      Regresé a la estancia con pantalones y zapatos. C. me ofreció un vaso con whisky. Lo tomé y me instalé sobre la ventana. C. me ofreció un cigarrillo. Lo acepté. Uno de los chicos me ofreció fuego. La chica me sonrió. Estaban agradecidos de que les rescatara de la fría noche ahora que no tenían a dónde ir. C. y todo lo que tocaba C. era un desastre.

Otra cosa que hicieron por mí fue decir que yo era un escritor estupendo. C. nos contó de ti, dijo el otro chico. Yo asentí con la cabeza y miré a C. C. sonrió. Les dije que eres un escritor hijo de puta y un borracho. La chica rió. Dijo que eres un maldito cabrón, dijo la chica mientras se reía con muchas ganas. Todos reían y decían lo hijo de puta que C. había dicho que yo era. Nos contó de la vez que te emborrachaste tanto que quisiste besar a una chica enfrente de tu mujer, dijo alguno de los chicos y todos rieron. La chica comenzó a patalear. Bueno, dije, no supe lo que hacía exactamente. Y de cuando te caíste en la fuente de Cabrera, dijo el otro. Y de la vez que una chica te abofeteó porque le tocaste el culo. Sí, sí, decía C. mientras reía. Comencé a sentirme humillado. No eran risas fraternales. Y de la vez que quisiste beber vidrios de una botella rota de cerveza. Ya, dije, eso no fue exactamente así, pero… Y de la vez que llegaste a casa cagado en los pantalones de tan borracho. Bueno, dije sonrojado, no creo que eso sea algo de lo que se deba hablar. Y de la vez…

En algún momento pararon. Comenzaron a hablar de lo hijo de puta que era C. Contaron de la vez que se peleó con un perro de tan borracho que iba, y de la vez que vomitó encima de un chico en un bar y le echaron, y de la vez que se bajó los pantalones para mostrar el culo a un par de mamarrachos que le insultaron. Todos reían mucho. Los chicos también contaron historias de ellos mismos. Decían cosas, como: una vez me emborraché tanto que…, y así. Bebían deprisa. Incluso la chica bebía deprisa y pensé que si continuaba así no habría modo de follarla por la buena. En todo caso, no me había insinuado a ella ni nada. No había modo de que viera a una mujer y no pensara en acostarme con ella, en el modo de llegar a hacerlo o en las posibilidades de hacerlo. Aunque no me insinuase, siempre pensaba en ello.

Oye, P., ¿sabes qué ha pasado con R.?, me preguntó C. Alcé los hombros. No, dije. ¿Quién es R., C., no me has contado de él, quién es?, preguntó la chica, entusiasmada. ¡Es un maldito borracho hijo de puta!, exclamó C., y contó, para que supieran quién era R., de la vez que R. le pegó a una columna de concreto, pensando que peleaba contra uno que le había llamado idiota. Y de la vez que lloró porque una mujer le dejó. Y de la vez que confundió a su madre con una prostituta. Ese era R. Había desaparecido hace dos meses o así. Nadie sabía adónde había ido. Probablemente no había ido a ninguna parte. Lo más seguro es que estuviese encerrado en la habitación de su casa, sin dinero, sin ánimo, sin esperanzas, sin nada para escribir en el seso, y que volviera de repente, como solía hacer, a contarnos de todas las chicas con quienes se acostó durante su ausencia. Era imposible de creer porque R. era el hombre más feo que cualquier chica hubiese mirado. Tenía buen corazón, además de ello. Pero era un escritor borracho e hijo de puta.

La botella no duraría mucho. Uno de los chicos lo notó y propuso comprar cerveza. Todos lo aceptaron, pero nadie tenía dinero ni ánimos para salir y comprar. La chica dijo: C., llama a T., dile que estamos en casa de P., invítalo a venir y pídele que traiga cigarrillos y cerveza. Cigarrillos, exclamé, bien pensado. C. sacó un papel de la billetera, donde tenía anotado el número de T. y de algunos más (supongo que de ahí sacaba mi número cada que llamaba). Me pidió permiso para usar el teléfono. Vamos, dije, llama. Antes de que se levantara al teléfono, uno de los chicos preguntó quién era T. ¡Que quién es T.!, gritó C. Dios, dijo, T. es dramaturgo, un escritor de teatro. Es un cabrón hijo de puta y un maldito borracho. Una vez se emborrachó tanto que acabó dormido en una banca de parque… Todos rieron. P., me dijo, C., ¿recuerdas cuando T. se puso a imitar a su profesor de clase hasta el amanecer y no dejó dormir a O.? Ya, dije, sí que lo recuerdo. Y una vez, continuó C., T. estaba tan desesperado de follar que se ligó a una mujer horrible y la besó y todo. Risas, muchas risas.

C. llamó a T. y le invitó a venir. Yo había bebido lo suficiente para que ya no me importase dormir. Lo que más deseaba era que viniese T. y les contara a estos chicos de cuando nos emborrachamos en casa de H. y me caí por las escaleras. Dios, que buena estuvo ésa. 

Al cabo de media hora llegó T. Venía con O. y traían cervezas y cigarrillos. Los abrazamos y les recibimos como a profetas. Todos reíamos, sin saber exactamente de qué. C. los presentó con los chicos y la chica. T. y O. se acomodaron sobre otra de las ventanas. Encendieron cigarrillos y bebieron directo de las botellas de cerveza. C. dijo: oigan, muchachos, les estaba contando a todos de la vez que ustedes dos recitaron poemas de Baudelaire en una fiesta de quince años a la que entramos sin ser invitados. Risas. Y de cómo nos corrieron. Risas. Y de cómo O. dijo: es la quinceañera más fea que he visto en mi vida. Risas. Y del padre de la quinceañera, que amenazó con partir la cara a T. porque se creyó que fue él quien dijo lo de su hija. Risas. Y T., el muy cobarde, dijo: pero yo no fui, señor, se lo juro. Risas. O., dijo: Dios, nunca olvidaré la cara de susto de T. Risas. Bueno, dijo T., estaba borracho, hombre, ¿qué iba a hacer?

Hubo un momento de silencio. Luego, O. dijo: ¿recuerdan la vez que P. se cayó de las escaleras? Ya, dije, eso pensaba antes que entraras a casa, O. Aún recuerdo que S. no me creyó que me hubiese caído; pensó que una mujer me había dejado chupetes, Dios. Risas. Sí, dijo C., chupetes en la espalda y en las caderas, ¡cómo no! Vamos, P., yo también lo hubiese creído si fuese S., eres un maldito infiel. Risas. ¡Es un cabrón hijo de puta!, gritó C. Risas. No sé cómo una mujer puede soportar a hombres como ustedes, son unos borrachos hijos de puta, dijo la chica. Risas. ¡Yo tampoco lo sé!, exclamé. Risas.

Después de las doce de la noche, el tiempo corre más rápido. En algún momento la habitación comenzó a clarear. La luz del día entró por las ventanas. Uno de los chicos dormitaba, sentado. El otro apenas hablaba y ya no reía. La chica tenía los ojos rojos y a la luz de la mañana no me pareció apetecible. Daba la impresión de que se desvelaba continuamente y de que bebía y follaba con cualquiera. Hace tres horas ello no me hubiese importado, pero ahora era despreciable. C. tampoco hablaba ya. T. y O. fumaban en silencio. Bueno, dije, me marcho. Nadie contestó. Entre a mi habitación y me dormí.

Poco más tarde, escuché a S. gritar. Me gritaba a mí. Eso fue lo que me despertó. Vale, dije, ¿qué hay? ¡Qué hay!, gritó. Una panda de borrachos, eso es lo que hay ¡en la sala de MI casa! Ya, dije, solo son C., y T. y O. y un par de chicos, no sé. ¡Sácalos ahora mismo, P., sácalos! Joder, murmuré, ¿por qué no simplemente te echas a dormir y me dejas dormir a mí y a todos? ¡Qué por qué no me echo a dormir!, gritó S., ¡quizá porque son las dos de la tarde, hijo de puta! Vaaaaleee, dije, voy, voy.

Me levanté de cama. Salí a la estancia. En calzoncillos. Bueno, dije en voz alta, muchachos, es hora de irse, anden, es hora de mover el culo, so cabrones. T. y O. estaban despiertos. Vamos, P., acaba de llamar R. dice que están bebiendo en casa de J., iremos para allá ahora mismo, ¿te vienes? No, dije. Los chicos y la chica despertaron. Se disculparon y se fueron casi de inmediato. Cuando me despedí de la chica, le pellizqué el culo. Soltó una risita. Dijo: no creo que a tu mujer le guste que pellizques el culo de otras mujeres. Ya, dije, no lo tomes en serio, era un cumplido, ahora vete, S. está furiosa. Le cerré la puerta en las narices.

T. y O. insistían en ir a casa de J. C. dormía como un tronco. ¿Por qué no me ayudan a levantar a C., en vez de joder?, dije. Movimos a C. pero no se levantaba. Le gritamos al oído. Le abofeteamos. Dios, dijo O., creo que está muerto. Vamos, O., dije, eso no puede ser, esas cosas no pasan en la vida real. Yo también creo que está muerto, opinó T. Dios, C., dije, ¡levántante y anda! Nada. En eso, cayó un litro de agua sobre la cara de C. C. se levantó de inmediato. ¡Fuera!, gritó S. S. le había echado un balde de agua fría en la cara. C. salió de allí, corriendo como un perro mojado. T. y O. se cagaron de la risa. S. les miró. Dejaron de reír y se encaminaron a la puerta. Bueno, dije mientras les abría, nos vemos luego, chicos, adiós, adiós, adiós. C. dijo: tu mujer es una jodida bruja, déjala. Pensaré en ello, dije. Adiós. Adiós.

Volví a la habitación. Dentro estaba S. Dijo: ¿quieres dormir una hora más, amor? ¿Hago café? Ya, dije, dormiré una hora más y luego puedes hacer café. Muy bien, dijo. Oye, S., dije, mientras tanto, ¿podrías masajearme las sienes?, van a explotarme. Claro, bebé. Gracias, S., eres una mujer estupenda; en cuanto me levante te haré el amor y luego te llevaré a ver a tu madre. S. sonrió. Dijo: okey.





jueves, 22 de enero de 2015

Tres horas y media.



Pasé toda la mañana con un presentimiento inexplicable que me impidió almorzar, un temor extraño que me producía un dolor pulsátil en la cabeza y la extraña sensación de tener un clavo en el estómago. Según iba camino a casa los dolores se intensificaron.

    Por fin llegué a casa y al entrar lo descubrí. Había sucedido. Se lo había llevado todo. Todo, excepto una crema de manos desparramada en el lavabo y su perfume inundando el ambiente de manera insoportable. Se había cansado de mis locuras y había decidido despedirse a la francesa, ¡maldita sea! No podía asimilarlo. ¡Ni siquiera había tenido la decencia de escribirme una nota! Ella, tan perezosa para algunas cosas, tan expeditiva para otras (para esta, por ejemplo), había arramplado con todo en apenas tres horas y media, justo el tiempo que le sobraba hasta que yo volviera del trabajo. Ella, a la que conocía a la perfección, había vaciado las habitaciones de los objetos que daban calor a la casa (los suyos) y me había dejado solo en mitad de este infierno helado. Ella, a la que seguramente le habría sobrado tiempo de esas tres horas y media para salir por el portal dando zancadas de avestruz. No pude hacer nada salvo desesperarme. En tres horas y media (o menos) había vaciado la casa y rematado nuestra historia.

    Lo cierto es que, a pesar de la sorpresa, conseguía entenderla de alguna forma. últimamente su corazón se había vuelto una piedra y ya nada podía devolverle su calor. Había perdido sus impulsos generosos y su humor inglés, y ya nada le hacía la más mínima gracia. Supongo que nunca llegamos a comprendernos del todo pero, ¿acaso no merecíamos un último diálogo, un último abrazo cordial, un final más amistoso?

    Necesitaba escaparme de aquella casa, necesitaba un poco de aire, el ambiente de la casa me estaba asesinando.

    Puse pies en polvorosa y anduve lo suficiente hasta llegar a La Castellana. Esta calle, siempre tan amada por mí, tan sólo unos días antes, electrizante y repleta de vida, ahora me parecía sucia y gris. Mientras caminaba evitaba alzar la vista, cualquier contacto con conocidos me hubiera resultado penoso. Apenas me acompañaban las fuerzas y andaba como si arrastrara un cadáver. Por unos instantes me asusté y tuve que buscar un banco para sentarme, sentía unos pinchazos agudos cruzándome el corazón y las piernas me temblaban hasta el punto que creí perder el equilibrio por un momento.

    Entré a un bar y pedí una copa que, aunque no me apetecía, me bebí de un trago sin rechistar. Después una segunda y una tercera y una cuarta y alguna más. Bebí como los antiguos poetas malditos, hasta que mi diálogo interno se detuvo y dejé de pensar.

   No sé muy bien cómo ocurrió, pero terminé hablando con una mujer madura. No era guapa en el sentido clásico pero se podría decir que el conjunto funcionaba de alguna manera. Movía las manos de una forma muy cinematográfica y se esforzaba mucho por parecer graciosa. Llevaba un vestido absurdo con brillantes de plástico en las hombreras, totalmente inapropiado para estas horas de la tarde. Y  un tatuaje en el antebrazo que decía "me gusta meterle mano a la vida", que a pesar de estar bajo aquellas circunstancias me extasió. De repente me estaba besando, con su boca amplia y fuerte, como si fuera a comerme, mientras se colgaba de mi cuello. No recuerdo mucho más.

    Desperté. Solo. En una sucia habitación de hotel, con las luces encendidas. Había estado durmiendo aproximadamente tres horas y media y sólo tenía el pantalón puesto. Mi camisa y mi cinturón no aparecían por ningún lado, mi cartera reposaba encima de la cama, más delgada que el papel. Me había robado pero, ¿cómo? Siempre recordaba las cosas, por mucho que bebiera. Seguramente me habría echado algún tipo de somnífero en la bebida, ya que sentía los vértigos característicos.

    ¿Qué Dios, qué karma, qué capricho del destino, qué cambalache, qué rueda de la suerte, qué azar, qué venganza del pasado, qué espíritu justiciero me estaba haciendo todo esto?

    No tenía dinero, me faltaba la mitad de la ropa, era de noche y seguramente estaba muy lejos de mi casa. Lo resolví metiéndome en la cama y echándome a dormir.




domingo, 18 de enero de 2015

Aunque fuese verdad.


En noviembre, C. y yo nos fuimos a conocer a P. y fracasamos; le buscamos en el 12:51, un bar sobre la Glorieta de los Insurgentes donde se rumoraba que asistía casi cada viernes y cada sábado; no había algo que nos asegurase que ése sábado iría, pero aún así fuimos desde nuestras casas (un recorrido de casi una hora) porque éramos (somos) fanáticas de sus textos y deseábamos conocerlo, hablar con él, beber con él, ser parte de sus cuentos, no sé; nuestras expectativas eran altas, demasiado altas, casi al grado de ensoñar que P. se enamoraría de nosotras y nos llevaría a vivir su vida, la vida de un escritor borracho y sin moral, y saldríamos en las portadas de sus libros y… en fin, teníamos veinte años y sed de vivir: los textos de P. saciaban nuestra sed, pero había que probarlo en carne viva, o, al menos, así lo exclamó C. cuando le vino la idea de buscar a P. a costa de todo, dijo: B., tenemos que vivirlo en carne viva; signifique lo que signifique, C. deseaba vivir a P. en carne viva y yo no iba a quedarme atrás, no cuando fui yo quien leyó a P. primero, quien le dijo a C.: C., debes leer esto, por Dios, debes leer a P., y menos cuando fui yo la primera en decir que me gustaría conocerlo y todo; no, señor, no iba a quedarme atrás: emprendería con C. la aventura, cosa que ya era, en sí, vivir a P. en carne viva, aunque no lo supiéramos ni lo sospecháramos, y aunque al final fracasáramos, como hicimos, a pesar de que vimos a P. (lo que más nos duele), porque, de verdad, ¡vimos a P. en el bar!: sentado, con una chica rubia a su lado: eso fue lo que nos intimidó, que estuviera con una rubia de ojos verdes, bebiendo, riendo y… ¡besándose!, cosa que nos pegó duro a pesar que fuese predecible, porque P. siempre escribía sobre sus mujeres y sus amantes y sus prostitutas y su cerveza, es que... ¿esperábamos encontrarlo solo y con los brazos abiertos para nosotras, de las que desconocía la existencia?, vaya si una es imbécil a los veinte años, pensé, pero luego caí en cuenta que la chica con la que estaba tenía alrededor de veinte años, aunque lucía un poco mayor; le dije a C.: apuesto que no tiene más de veinticinco; C. asintió mientras bebía cerveza y la miraba con cierto odio, casi como si le hubiese robado algo suyo, como si P., o algo de P. fuese suyo sólo porque había leído algunos de sus textos y mirado poco más de un par de fotografías suyas, las que había en la web, ni siquiera fotografías personales, ni nada; no la culpo, de algún modo yo también sentía que algo de P. nos correspondía, se nos debía a nosotras por haberlo leído con tanta fe y por seguirla la pista con ahínco, hasta llegar aquí, al 12:51, al que habíamos venido cada fin de semana durante un mes y medio sin encontrar a P. y aún así no habíamos renunciado, e, incluso, habíamos rondado por las calle de la colonia Roma, donde se decía, o se suponía (no me queda claro de dónde sacábamos la información), que vivía y recorría con sus amigos, un grupo de escritores borrachos como él, por las noche y las madrugadas, entrando a bares y a hoteles a follar con sus conquistas: ahí lo teníamos, frente a nuestras narices: P. rondando las calles, entrando a bares y a hoteles con sus conquistas, en este caso, con la rubita veintiañera que se reía y se apretujaba contra P., y éste la miraba con lujuria y la abrazaba y la sobaba y le hablaba al oído mientras todos a su alrededor reían y brindaban: P. no iba solo, no en exclusiva con la chica, iba con un grupo de gente, entre ellos hombres y mujeres (más hombres que mujeres) que conjeturamos debían de ser los amigos escritores de él, u, ¿otros lectores más atrevidos?, Dios, es que C. y yo éramos unas tímidas, algo de verse; atrevidas para seguir la pista, investigar, espiar, casi acosar a P. (le habíamos enviado ya correos electrónicos y mensajes de Facebook que nunca contestaba), y temerosas de plantarnos frente a él en la vida real y decirle: hola, somos B. y C., somos lectoras tuyas, etc., como si fuera a comernos o… Sí, eso era hasta cierto punto lo que temíamos: que nos comiera, por decir de algún modo, ya que, como he dicho antes, P. era un escritor borracho y sin moral, un lobo, un comeniñas, un pervertido sexual (sic), lo que nos atraía y al mismo tiempo nos atemorizaba, ya que, a decir verdad, C. y yo no éramos precisamente las Lolitas que P. esperaría, no señor, no, esa Lolita era la rubia que tenía entre brazos aquella noche; nosotras tan sólo éramos unas niñas cachondas que se masturbaban con sus textos (mentira, no, no nos masturbábamos literalmente, ni siquiera a ello llegábamos porque nos daba pena hacerlo, pena con nosotras mismas, educadas bajo preceptos morales a los que añorábamos deshacer, pero no nos atrevíamos, no aún, no, ni siquiera con P. al lado de nosotras, en la mesa de al lado, y ni siquiera cuando P. nos miró, Dios, ¡nos miró!, y nos saludó con la cabeza, quizá porque notó que lo mirábamos demasiado y olió lo que deseábamos, no sé; el caso es que no pudimos hacer algo más que reírnos cuando se levantó de su mesa, dejando a todos sus acompañantes, incluida a la rubita, y se paró frente a nosotras (iba muy borracho, casi al grado de caerse estando de pie) y preguntó nuestros nombres, nos halagó y nos invitó a sentarse con ellos, con él y sus amigos, a lo que contestamos con risitas estúpidas (también estábamos borrachas, creo, porque la bebida no era lo nuestro y no estábamos seguras de estar borrachas o emocionadas) y mejillas sonrojadas y dijimos, finalmente y casi entre balbuceos: sí, sí, en un momento vamos… ¡y no fuimos!, nunca fuimos, nos sentimos intimidadas ante lo que más deseábamos; le vimos irse al sanitario y regresar, agarrándose de las paredes, a su mesa, antes de lo cual pasó por la nuestra y nos sonrió, y sentarse junto a su chica, que le esperaba y le sujetaba para que no fuese a caer) y que tenían la ilusión de salir con él una noche a platicar… Dios, sí, a platicar, ¡con P.!, el viejo borracho comeniñás; si él lo supiera no lo perdonaría: hacerlo venir a nuestra mesa, o ir a la suya… ¡sólo para platicar!, como si él quisiese platicar con dos niñas que no han leído gran cosa, ni vivido gran cosa, ni bebido gran cosa, con dos niñas que no tienen el valor de acercarse a él aunque se las coma… vamos, en definitiva P. se decepcionaría de nosotras inmediatamente abriésemos la boca para preguntar sobre uno u otro de sus textos y decir, suspirando: señor, P., ¿sería tan amable de firmar mi libreta?, cuando él, si acaso, querría firmarnos las nalgas ahí mismo, a los ojos de todos y asentar así su existencia y su fama y reputación de escritor borracho y loco y perseguido por jovencitas hasta los bares que frecuenta, y muy probablemente, después de ello, llevarnos a su casa o a un motel y hacer un trío con nosotras, o un cuarteto con nosotras y su rubita, o ve tú a saber qué otra perversión: pegarnos, orinarnos las caras, defecarnos encima, hacernos tragar su semen, inyectarnos heroína contra nuestra voluntad, azotarnos con un látigo de nueve colas, colocarnos pinzas en los pezones o penetrarnos por detrás y llamar a sus amigos para que nos obliguen a realizarles orales mientras él nos penetra por detrás y su chica nos azota las espaldas, o algo mucho peor, no sé, algo que sólo la mente del retorcido P. podría elucubrar, y luego escribir a modo de cuento risible haciendo pensar a la gente (los lectores) que algo así no podría ser posible, que P. exagera y ensueña y nunca pasó, y no se investigue jamás, debido al modo satírico, irónico o hilarante en que P. describiría lo sucedido, sobre nuestra temprana muerte, ni se sospeche de nuestros cadáveres en el fondo de un río de aguas puercas, muerte merecida por la malsana curiosidad de entablar relación con un escritor maldito, aunque C. se burle de mis pensamientos y los llame exagerados, sin saber que con ello colabora a la supuesta inocencia de P., sin saber que la rubita es la próxima víctima de una serie de muertes causadas por la intriga de conocer a quien ofrece dulces a las niñas, y… en fin, por el miedo o la pena, aquella noche de sábado perdimos nuestra oportunidad, la oportunidad de conocer a nuestro escritor predilecto y del que estábamos enamoradas malsanamente: le vimos ser avisado por alguno de su grupo de que le dueño del bar cerraría y le había mandado decir que cerraría para que fuese saliendo de ahí con toda su manada y su hembra y se largase; también fuimos avisadas nosotras y no supimos qué hacer, si salir de inmediato, o esperar a P. (como si viniese con nosotras), y sobre todo, qué hacer una vez fuera porque el Metro estaría cerrado y no habría modo de regresar a casa (eran las dos de la madrugada) aunque deseáramos, situación que nos obligó, o nos envalentonó para pagar nuestra cerveza, salir, esperar a P. y, con mucha verguenza, decirle: P., hemos leído tus textos, ¿podemos ir con ustedes a donde sea que vayan a ir?, sin pensar en que el pobre de P. estaba borracho, muy borracho, al grado de ser sacado casi a rastras por su chica y un amigo y al escuchar nuestras palabras no podría decir absolutamente nada, y en lugar suyo, la chica rubia, mirándonos de arriba abajo (íbamos con falda y escote), defendiendo lo que sí era suyo, diría: NO, con voz alta, decidida y llena de furia; a pesar que los amigos de P. se acercaran a nosotras y nos saludaran y nos halagaran y miraran con ganas de tumbarnos ahí mismo y le dijeran a P. que dos lindas niñas querían venirse con él a su apartamento; la rubita seguía diciendo NO, NO, NO, y por algún motivo los hombres se alzaran de hombros y nos dejaran de pie, solas, en medio del callejón oscuro donde estaba el bar y se fueran gritando y cantando y diciendo a P. que había dos niñas allá a atrás y que si él lo permitía irían a por ellas y las llevarían con ellos al apartamento de P.; pero P. no podía ni hablar, así que la rubita negaba con la cabeza y decía: ya, malditos perros, dejen a esas niñas en paz, y los perros le riñeran diciendo: por favor, E., déjanos llevar a las niñas a casa, y ahí terminara nuestro fatal encuentro con P., mismo que contamos a la escritora Verónica Pinciotti, a la que escribimos por Internet y le relatamos las cosas y se ofreció a ayudarnos a escribirlo todo y a publicarlo en el sitio de P. para que se enterara de que por su borrachera se perdió de nos niñas de veinte años y diga: ¡Verónica, eso no es verdad, no me jodas, y aunque fuese verdad...!




viernes, 16 de enero de 2015

Una misa por Milena.

Escritores invitadosTexto por. Yuni Ramírez

Es una de esas épocas difíciles, murmuró la vieja Sima. Suspiró y volvió a hacer énfasis en la palabra época, como si en su articulación hubiera algo de profecía. Laura no estaba de ánimos para sus presagios; se podía notar. Esa mañana había llorado hasta que la cara se le llenó de mucosidad. Ahora, sentada en el último banco de la iglesia, recordaba a Mila. Nunca le preguntó porqué ella oraba en latín. ¿Por qué, Mila? Quizás le parecía que así Dios la atendería más rápido. No la atendería nunca, o eso pensaba Laura. Entre divagaciones y divagaciones, esperó. Por un momento, se sintió cómoda allí. Aquella iglesia se prestaba para dudar de Dios; pero también para pensar en él de manera seria, sin preocuparse mucho por las conclusiones. Laura sabía que la única conclusión era la muerte y dejó de existir Mila para corroborarlo. Tal vez por eso, en ese momento, la iglesia tenía cierto aire de cielo. Estructuralmente era un lugar sin gracia. Escasa iluminación, olor a humedad, paredes verdosas. Demasiada simetría en el conjunto. A la izquierda resaltaba el reflejo de un cuadro de la virgen, a la derecha, el cuadro. Intentó encontrarle lógica y se dio cuenta de que sabía poco al respecto. Rarezas del espacio, pensó. Durante un rato, ojeó el lugar con curiosidad, luego bajó la cabeza. En verdad era un sitio tétrico. La vieja Sima encendió velas rojas. El acto, irónico, llamó la atención de Laura, quien paseó la vista en círculo. El templo estaba lleno de gente, o siempre lo estuvo y ella no lo había notado.
Se estrujaba los ojos cuando entraron con el cuerpo de Mila, dormido dentro de un ataúd. Los músicos comenzaron a tocar: Réquiem en re menor K.V 626. Laura quiso desaparecer también. Confutatis maledictis, flammis acribus addictis, voca me cum benedictis. Ahora, quizás, ella comprendía lo que significaba morir. Cor contritum quasi cinis, gere curam mei finis.

     Laura sabe algo, susurró la vieja Sima al sacerdote. ¿De qué? No sé, está muy rara. El padre se encaminó hacia ella.

— ¿Estás bien, hija?, preguntó el cura.
Laura no respondió.
— ¿Estás bien?, insistió.
—Sí, contestó ella.
—Te veo muy abatida.
—Debe ser culpa, contestó Laura, y sonrió.
—Volveré después de la misa, concluyó el padre, y se dirigió al tabernáculo.
Laura exhaló aliviada. La abuela Sima se le acercó:
— ¿Qué te dijo el padre?
—No te importa, le respondió Laura.

    Sima murmuró y se persignó.

   Fue en una primavera fría. La tierra azteca se impregnó con su olor a mediterráneo. Mila pisó Tlaxcala en el 1991. Nadie pensó en Eslovenia, con sus problemas de territorio, sino en la expresión cálida de la señorita Spomenka. Para entonces, Tlaxcala era una ciudad pasiva, a la que la gente iba a perderse. La fachada colonial y las calles desoladas fueron suficientes para su espíritu de anacoreta. Trajo consigo una pequeña valija, un libro de Ivan Cankar y el catecismo de Primož Trubar. Los recuerdos de Eslovenia los dejó en Eslovenia. Años después, cuando recibió la noticia de la muerte de su padre ni siquiera se inmutó. Entrega, estoicismo e indiferencia. La gente del pueblo se hizo admiradora de sus herméticas costumbres. Ninguno sabía sobre su niñez en aquella habitación crema, dónde la tisis y el sabor a hierba eran todo lo que había. Su padre la acurrucó por las noches. En usencia de la madre, la sobreprotegió como a una minusválida. Entre fiebres y fiebres, la niñita desarrolló una naturaleza esquiva.

     Aquella foto, con velas rojas alrededor, miraba y sonreía. A nadie más se le ocurrió pensar que miraba y sonreía, solo a Laura. Mila lucía tan oscura como su vida. Y quizás era eso, oscuridad. Nadie podría presenciar aquellos juegos inocentes con la muñeca azul, de piernas enclenques y el cabello marchito. Aquellos días desteñidos la llevaron a una apatía definitiva por el mundo. Tos, mantos y silencios condujeron al padre a la desesperación. Un día, entre el desquicio y la impotencia, la ofreció al Dios del cielo, Aquél que todo lo podía evitar, menos aquellas cosas que sucedían mientras miraba caer la lluvia sobre los Alpes, extasiado de su obra. La llevó a una congregación de monjas y allí la dejó. Así la adolescente conoció al Señor. Desamparada y deprimida aprendió a rezar, acto de fe que sirvió para subsanar su soledad. Primero se habló a sí misma, después a un dios de quien fue fácil enamorarse. Estuvo de acuerdo con que Él no le hablara, al tiempo, formaron una extraña simbiosis. A su modo de ver, Él fue el único que estuvo en aquel momento de la caída que le dejó esa pequeña marca en la nariz, cuando un pedazo de madera, con un clavo incrustado, le atravesó una de las fosas nasales.

     Es verdad, el retrato parecía mirarlo todo. Su boca esbozaba una sonrisa de triunfo, como si en la muerte hallara satisfacción. “Si soy parte de la mente de Dios y estoy en Él, ¿cómo puedo decir que existo?”. La foto no parecía ser la misma. La luz de las velas le daba un matiz distinto. Su rostro, por primera vez vivo, insinuaba cierta alegría. “Si existo dentro de Él, ¿lo sabrá? ¿O seré una especie de bicho del que no se tiene conciencia?”. Parece una santa, parece que duerme, le decía la vieja Sima a todos los que se acercaban a mirarla; luego llevaba el jarrito para la ofrenda y decía que las velas estaban gastándose. En un gesto cómplice, las velas se estaban gastando. “¿Existirá Dios y todo el cuento?”. Ella nunca se había tomado en serio el ateísmo, ¿para qué? Más bien, era supersticiosa.  Siempre predicó la inexistencia de Dios para molestar a los religiosos del pueblo. Una justificación que la libró de largas y aburridas ceremonias. Nada más pensarlo, bostezaba. Un largo bostezo. Ahora tenía unas cuantas preguntas por responderse. No importaba. Nada más necesitaba saber si Mila estaría en alguna parte y qué tenía que hacer para llegar hasta ella. Quería saber dónde encontrarla; cuanto antes.

     Laura trabajaba en uno de esos cafés, alrededor de la Plaza Constitución. No se habrían conocido a no ser porque un lunes ella se sentó, con sordidez y malas intenciones, alrededor de la Fuente de la Santa Cruz, donde Mila impartía catequesis. Así que tú eres la santita, dijo Laura. Y tú la nieta de doña Sima, contestó la señorita Spomenka. Laura sonrió. Su abuela no era famosa por discreta, así que lo dio por sentado: Mila conocía cada detalle de su vida. La religión fue el pretexto de ese primer diálogo. Al final, se encontraron más similitudes que diferencias. Las dos vivieron una infancia marcada por la observación anuladora de los adultos. Nadie podía acceder al subconsciente de Laura, cuando deseos inquietos llenaban su mente y el anhelo de irse lejos la hacía desesperarse. Ellas a los pocos días se convirtieron en cómplices. El sacerdote y la vieja Sima quisieron celebrar la complicidad, en cambio, la miraron con recelos, como si Laura con sus pies pudiera desandar el camino recorrido por Mila. Para la paz de ellos, Laura comenzó a interesarse por la iglesia, no cuestionaron sus motivos y la recibieron con acción de gracias. Pregonaban a un Cristo que podía ablandar los corazones más difíciles y la mostraron a ella como testimonio del pragmatismo de sus prédicas.

     Mila depositó en Laura sus fiebres, su temor y la incertidumbre que le asaltaba si el clima cambiaba de manera súbita. No fue diferente el día de las fotografías, aquella tarde cuando fueron a tomar fotos de la Calzada de San Francisco. La noche las pilló. Laura reposó la cabeza sobre las piernas de la señorita Spomenka y descansó sobre ella. Hablaron de Dios y su naturaleza asexual. Ateísmo. Astrología. Filosofía hindú. Mila, eres religiosa porque eres piscis. ¿Qué signo zodiacal será Dios? ¡No te rías, Mila! En serio, quiero saber, a la mujer  escorpio la religión nos provoca morbo. A mí, por ejemplo, el Ave María me incita a hacer el amor. ¡Oh, Mila, te sonrojaste!

     Mila hizo como que tosió y se echó a reír.

    Siguieron hablando de otras cosas hasta que el viento frío le produjo un acceso de tos a la piscis, quien pidió a Laura que la acompañara a su casa, en la calle Lardizábal. Casi terminaría la misa. La escorpio se enredaba el cabello en un dedo. Un niño la miraba y ella miraba a los demás, con esa mirada de templo vacío, de abismo inconmensurable. La vieja Sima no conseguiría entrar a su mente, ver cómo miró de manera fija cuando Mila se cambiaba de blusa, cómo se sintió cuando descubrió su cuerpo delgado y pensó en rezarle a ella todas las noches. ¿Y por qué no? Avemaríapurísimasinpecadoconcebida. Mila tomó un rosario del buró y le preguntó si quería aprender a rezar. Milita, sí, por favor, enséname.
El sol les cayó en la cara. Laura saltó de la cama y fue a un laboratorio a revelar las fotos. Era otra mujer. Es decir, era una mujer. Puso atención en cada uno de los detalles de las imágenes. En casi todas salía Mila. En una la notó alegre, observando el campanario del ex Convento Franciscano de Nuestra Señora de la Asunción. En la segunda, cansada de las escaleras que daban a la Capilla del Cristo del Buen Vecino. Vista así, seguía siendo una chiquilla. En otra, la sorprendió con una mirada estática hacia algo o alguien que se encontraba al frente, quizás ella, lista para hacer la próxima toma. Este descubrimiento precipitó un hormigueo en su estómago. Cerró los ojos, besó la foto y se entregó al recuerdo. De último, estaba el retrato de medio cuerpo admirado en el funeral, donde su rostro inmaculado era portador de la santidad y la gracia de Dios. Esa imagen que parecía tener vida; allí Mila dibujaba una sonrisa a medias, quizás la sonrisa siguió al flash. La cámara no la capturó en el momento preciso.


     Buscó en su mochila el crucifijo de aquella noche. Se acarició las mejillas con las cuentas. Los labios. Los párpados. Reconstruyó cada momento vivido esos días, las reacciones de Mila al ver las fotos, sus miradas furtivas, aquella loca alegría. El sacerdote la trajo de regreso a la realidad. La misa había acabado. Su objeto de deseo estaba muerto y casi rumbo a una tumba. Sintió un viento seco invadiéndole la garganta, después un corcho atragantado y, finalmente, un cristal fino cortándole las arterias. Los ojos del confesor  estaban ahí. Su mirada altanera posada sobre el rosario la hizo sentir fracasada. Se mojó los labios con la lengua y pensó en contarle cómo, cuándo y dónde aprendió a rezar.




Texto por. Yuni Ramírez

domingo, 11 de enero de 2015

Sufrir por ella.


Cayó en mis manos, por azares equívocos, un libro de poesía intitulado Poesía y circo, editado por una editorial mexicana independiente. Era un compendio de poesía. En primera instancia, no me interesó. Luego, al leer el índice, miré el nombre de Lu escrito en él. Había dos poemas de ella: tus ojos, tus ojos y El silencio de nuestros sexos, impresos en las páginas 67 y 71, respectivamente.

Conocía a la autora de las pláticas de P. sobre ella: hace dos meses P. y Arcila se acostaron con Lu, sin saberlo el uno del otro; hasta que se descubrieron. También descubrieron que, además de ellos, había un puñado de chicos más que se involucraban sexualmente con la poetisa. Entre ellos, Olvera, quien le había publicado un par de poemas en un misterioso poemario editado por él mismo, bajo el sello independiente Hojas de maple, del que nadie había visto una copia. Olvera era, según otras fuentes de información, novio oficial de Lu. P. me lo había contado todo. Cuando le mostré un ejemplar de Poesía y Circo, me contestó mostrándome otro ejemplar de Poesía y Circo. El suyo venía firmado por casi todos los poetas del compendio, entre ellos, por Lu. El autógrafo de Lu ponía una dedicatoria, decía: “Con cariño para P., el navegante de mi selva negra”.

Personalmente, había mirado a Lu en dos ocasiones: una, en Foro Hilvana, donde asistió a mirar recitar a un grupo de poetas venidos de Chihuahua, y otra, en Casa Refugio, donde acompañó a un amigo de Arcila a ver a Arcila organizar un evento sobre prevención de la violencia. En ambas ocasiones, no me presenté con ella ni me interesó hacerlo, ni por su parte mostró interés en mí. En ambas ocasiones yo iba acompañado de P., quien tampoco se acercó a Lu ni ella a él, y ahora tenía un libro suyo y lo llamaba el navegante de su selva negra. Pensé en P. como un hombre con mucha suerte. 

P. describió a Lu así, en un texto suyo sobre la poetisa, que cito para hacer una idea clara de la situación entre P. y Lu, en cómo P. miraba a Lu: Lu era una poetisa de veinte años de la que yo sabía que gustaba de la poesía cursi y afeminada, estilo Neruda y sandeces de ese tipo. No era fea, lo que tampoco significa que fuese guapa, aunque su belleza era apenas suficiente para acostarse con ella sin sentir remordimiento, o para lamer su vagina (incluso, quizá su ano), sin demasiada afectación. Su cuerpo, casi andrógino, no valdría de nada de no ser por cierto infantilismo en los rasgos de su cara, y de unos ojos negrísimos sobre una cara pálida, a los que hacían juego unos cabellos igualmente negros y lacios, caídos hasta poco por debajo de los hombros. El conjunto daba como resultado una mujer sencilla, casi bonita y hasta de apariencia ingenua, que uno podía cepillarse hasta cansarse de tan poca carne sin sentir por ello que perdió el tiempo.”

Lu era una chica que pasaba desapercibida, y luego, un día, se clavaba en ti de modos increíbles. Mi caso fue el siguiente: Leí las páginas 67 y 71 del compendio de poesía Poesía y circo. Luego de ello, necesité conocer a Lu. Había en su poesía algo que me atraía sobremanera. Por supuesto, conocía de Lu demasiado, mucho más de lo que debía saber, gracias a P. Por ejemplo, su proclividad al sexo, su dirección, el tamaño de sus genitales, el color, olor y sabor de su trasero, entre otras cosas salidas de la enorme boca de mi amigo P. Pero yo no era P. Acostarme con Lu no era mi objetivo. Hablar con ella, adentrarme en sus pensamientos, saber quién era exactamente Lu, más que conocer su sexo, era lo que yo necesitaba.

Me cité con P. y se lo dije. P. se rió. Dijo: Lu es una prostituta, amigo, no llegarás a algún lado con ella, probablemente se acueste contigo, casi es un hecho, porque se acuesta con todos; no te recomiendo enamorarte de una mujer así: sufrirás, y Lu no está tan buena como para sufrir por ella. Si quieres fóllala, pero piensa en ello como un pequeño placer, un comodín de la vida, un regalito, una cosa fácil y buena, pero sin valor. Yo dije: ¿Puedes darme su dirección?, es todo lo que te pido. Sí, vale, Zacatecas 216. Planta Baja. No vayas por las noches; recibe gente.

2

Me presenté a Lu con las páginas 67 y 71 arrancadas del libro; todo lo demás me parecía malo. Toqué a la puerta. Abrió Lu. Eran las seis de la tarde. Hola, dije, mi nombre es Salmoneo Gutiérrez (le estiré la mano), leí tus poemas en Poesía y Circo (le mostré las hojas), es un gusto; necesito hablar contigo. Me tomó la mano, sin decir hola o algo, sonrió y dijo: bueno, pasa.

      El apartamento de Lu era un departamento completamente femenino. Había toda clase de flores en toda clase de floreros, lámparas de luz graduada, perfumes, inciensos, tapices de color pastel, frutas sobre la mesa, tapetes, etc. La cara de luz también era femenina e infantil. Sus modos, su voz, sus delgadas manos; todo apuntaba en dirección contraria a la mujer que P. describía. No podías creer que esta mujer fuese a la que P. llamaba prostituta, y de la que te advertía sufrimiento si la llegabas a amar. Me recibió amablemente. Cuando me declaré admirador suyo, sonrió. Se sonrojó, incluso.

      Hablamos durante un par de horas. La conversación de Lu me fascinaba. Más allá de los fondos, las formas eran sutiles, delicadas, exquisitas. Su hablar pausado, su mirada perdida, su sonrisa y sus labios, el brillo de sus ojos al recordar versos de Rilke, o al escuchar rimas de Bécquer. Los movimientos de su cuerpo eran suaves y seductores. Quizá, me dije, aquí radica el principio de aquello que P. llama un monstruo. Bebimos té.

      La conversación fue interrumpida cuando llamaron a la puerta. Lu, casi con asombro (de olvidar la cita, no de la cita en sí), se levantó de la mesa y acudió al llamado exaltada. Era un hombre. El hombre la saludó emotivamente con un beso en la boca. Cuando entró y me miró, miró a Lu; ésta dijo: oh, es Salmoneo, un amigo mío. El hombre sospechó. El hombre, claro está, debía ser alguno de los amantes de Lu y, conociendo de ella su promiscuidad, dijo: si es necesario, vengo otro día. No, no, se apresuró a contestar Lu. Acto seguido, me levanté de la silla y me despedí fríamente. No deseaba más de Lu. No deseaba enfrentar a Lu y su reputación. Enfrentar a sus amantes. No deseaba sacarla de un mundo del que no pedía ser sacada. No deseaba enamorarme de Lu, ni sufrir por ella. Las palabras de P. resonaron en mi cabeza: “sufrirás”.

3

A pesar de ello, o por ello, comencé a pensar en Lu con tanta frecuencia que me obligué a encontrarme con ella una vez más. Jamás declaré a Lu alguna intención sexual y amorosa, así que no podía culparme de algo, y, siendo justos, no podía yo culparla de algo porque hasta ahora no me había sido infiel, ni me había enterado por mi propia cuenta de que ella fuese lo que P. y Arcila y todos decían de ella. Es probable que todo sea mentira, me dije. Es posible que P. mienta o tenga una imagen borrosa de Lu, falsa, tergiversada por los rumores. Eso me dije, pero en el fondo sabía que ello era imposible, por dos razones, a saber, que P. jamás mentía, y que él mismo fue amante de Lu y constató, junto con Arcila, el grado de moral del que carece la poetisa. Sin embargo, miré a Lu por segunda vez.

      Llamé a su puerta. Abrió Lu. Hola, le dije. Nos saludamos como dos grandes amigos. La invité a comer y aceptó. Fuimos a Volver, en la Roma. Comimos hamburguesas y refrescos de cola y hablamos sobre poesía. En algún momento me preguntó si tenía novia. No, respondí. ¿Tú?, pregunté. Puse atención a su respuesta. Ocurrió así: miró al cielo, suspiró, entreabrió los labios pero se contuvo de responder lo primero que sea que haya pensado; luego de un segundo o dos, dijo, muy despacio: quizá sí. Por supuesto, yo debía preguntar a qué se refería. Así lo dictaba la norma de la conversación. No quise preguntar algo, después de todo conocía la respuesta: no tenía un novio, tenía muchos, si es que se les podía llamar novios. El que no preguntara provocó a Lu un pequeño sesgo en el ritmo de la conversación y de las ideas. Sin que yo dijera algo más, comenzó a explicarse sola: salgo con Olvera, es mi novio, pero no le soy fiel. Bueno, pensé, al menos es honesta. Escucharla hablar así me fue casi asombroso. Con el mismo rostro infantil que recitaba a Benedetti, decía: me acuesto con una serie de amantes. Asentí con la cabeza. Sí, lo sabes, eres amigo de P., ¿no? Sí, sí, respondí. Supongo que te lo contó todo. Bueno, sí. En fin, dijo, ahora supongo que crees de mí lo peor. Bueno, dije mientras me alzaba de hombros, no lo sé. Me gustas mucho, Lu. El último enunciado salió de mí sin que yo lo deseara. Me sonrojé. Lu río. Ya lo sé, dijo. Me sonrojé aún más. Rió aún más. No pasa nada, dijo y me tomó la mano. Tú también me gustas. Se acomodó más cerca de mí y me cogió ambas manos. Me plantó un beso delicado en los labios. Las palabras de Petrozza resonaban en la cueva de mi cabeza mientras mi yo, decía: la amas, la amas. Intermitentemente, imágenes de Lu acostándose con muchos me venían a la mente. Las palabras de Petrozza y mis deseos de amar a Lu. Todo ello peleaba dentro de mí. El sentimiento de amor, el sentimiento de ser un número más en la lista de la poetisa Lu, el sentimiento de ser un hombre que pueda decir: yo también me acosté con Lu, el sentimiento de traición. 

      Aquella tarde fuimos al Hotel Roma, en la calle de Jalapa. Decidí sufrir por Lu.  





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