lunes, 21 de diciembre de 2015

Ocurrió de pronto.


Ocurrió de pronto. Un día cualquiera me puse las gafas y me planté frente al ordenador y no pude escribir un párrafo decente y me dije: no te preocupes, ya escribirás mañana. Pero mañana sucedió lo mismo. Y pasado mañana. Y todo el maldito mes. Me reñí: te has hecho un hombre normal, P. Y lo era, sí. Trabajaba, pagaba mis cuentas y me emborrachaba únicamente en viernes o sábado, aunque dejé de hacerlo en viernes porque E. insistió en tomar clases de francés los sábados por la mañana. Cés la ví. Mi más grande preocupación era componer la ducha. Me llevó meses encontrar la regadera perfecta. La que se adecuase a la poca presión de agua de nuestro viejo apartamento. La encontré en casa de mis padres, un día en que visitamos a los viejos. Ahora los visitaba con gusto y hasta entusiasmo. Pensar que hace algunos años les aborrecía. Pero uno se va haciendo viejo y comienza a comprender un par de cosas. No me detendré en ello; quizá lo sabes tú, quizá eres viejo. Si no, es indiferente, lo sabrás más tarde o más temprano y te tragarás todas tus palabras de juventud. No hay quien se salve. La vida es una trampa.


      Dejé de escribir y me dediqué a pagar facturas. Echaba un trago de vez en cuando en bar de Sanborns y cada vez con menos frecuencia en bar de T. Ahora podía dejar propinas de cien pesos y regalar botellas de vino mexicano a los meseros de Sanborns en Navidad. Se podía decir que mi vida marchaba. En realidad, me sentía como pirata obligado a andar por la plancha. La adultez, la vejez y al final la muerte.  


A veces intentaba escribir pero no pasaba de unas cuantas líneas. Me preocupaba llegar a fin de mes sin dinero suficiente. E. deseaba salir de vacaciones, estudiar la universidad, comprar ropa de marca, pasear los fines de semana, mantener al gato, mudarse de apartamento, comer más sano. Se dice fácil, pero alguien debe sufrir a cambio de ello. Ese alguien debía ser yo, el hombre de la casa y todo ese cuento. Esta había sido la pelea de toda mi vida: el dinero. Se puede decir que antes la llevaba perdida y ahora ganaba, pero ganar dinero también es una forma de perder. Vivía en un apartamento de la Colonia Roma, estaba casado con una rubita preciosa, tenía un gato y un empleo y podía irme de vacaciones a Holbox, pero algo dentro de mí no se satisfacía. Algo dentro de mí se hundía y se rendía y yo lo estaba dejando rendir. Habría que darle gasolina.




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