domingo, 8 de noviembre de 2015

Uno es así.


Avanzaba lentamente por la acera que va al sur, bajo el sofocante sol contaminado de la Ciudad de México. Qué más da. Era el Greñas, un vago de la Glorieta al que conocía muy bien, aunque él a veces no me recordaba. Se balanceaba sobre la delgada línea que separa la locura y la razón. Estaba a punto de romperse la jeta al caerse de dicha línea. Le saludé con la mano, desde la acera que va al norte, pero me ignoró. Siguió de frente, con la cabeza gacha y los zapatos rotos y el hocico caliente, pensando en las podredumbres en que piensan los vagos: ve tú a saber. ¿A dónde irá? A donde vamos todos: a la tumba. A la jodida eterna tumba juzgadora. A mí nadie me va a juzgar. ¡Qué más da!

      Continué hasta la Glorieta de los Insurgentes. Me miré los pies antes de entrar a bar de T. Yo también tenía los zapatos rotos. Pero estaba muy lejos de caer en la locura. Lo mío era diferente. Solo quería una cerveza más. Hasta la última. Hasta la tumba. Hasta que encontrase un modo/ Oye, P., quítate de ahí, bloqueas la entrada, maldito seas. Era T. Entré sin discutir. Tomé asiento a mi mesa habitual, la que da al sanitario, y me quedé ahí pensando en/ ¿Lo de siempre, P.? Asentí con la cabeza. T. me puso una cerveza de litro  doscientos y un tarro de cristal (jamás aceptaba vasos de plástico. Tuve que joder a T. con los vasos por lo menos dos meses hasta que dejó de ofrecérmelos si quiera). Saqué un libro y me puse a leer, pero no pude leer. Siempre llevaba un libro en la bolsa del culo; estaba por dejarlo porque nunca podía leer. La cabeza me daba vueltas. Siempre iba un poco borracho a todos lados. Perdí muchos libros así. Se salían de la bolsa cuando me emborrachaba o cuando dormía en bancas públicas, o qué sé yo. No puedo asegurar algo porque siempre ocurría sin que yo me percatase, claro está. Cuando era más joven podía leer incluso con la cabeza dándome vueltas y recitarte los mejores poemas sin titubear. Ahora recuerdo casi nada. La naturaleza acabará con todos nosotros sin piedad. Antes de que nosotros acabemos con ella.

      La muerte de los perritos de Parque México me tiene sin cuidado. Me interesa más abrir caso para saber quién robó mi cajetilla de cigarrillos la semana pasada, en Parque México, precisamente. La dejé al lado mío, mientras dormitaba en una de las bancas; cuando abrí los ojos ya no estaba. ¡Qué hijos de puta! Los perritos muertos ya están en el cielo de los perros, ¿qué más quieren? Ya no tendrán que sufrir a sus dueños.

      A los veinte minutos entró C. Venía con Dulce, una mujercita que se sacó de un evento de poesía (Dios santo, qué mierda) y que le seguía a todos lados. Amaba a los perritos y a todos los animales (según ella; aunque jamás mostró tanto afecto por un aye aye como por un horrible perro pug). Quedé con ellos y por eso estaban ahí. Sabía que vendría con Dulce y que ella amaba a los animales (por eso recordé a los perros de Parque México) y lo primero que le dije cuando estuvo sentada a mi mesa, fue: la muerte de los perritos de Parque México me tiene sin cuidado. Dulce no supo qué responder. C. rió y dijo: eso, joder, a quién le importa; tanto drama por unos sacos de huesos. Dulce tomó aire y comenzó a reñir. Olvidé todo lo que dijo. Me sabía el cuento de memoria porque mi ex mujer y casi todas las mujeres con las que me lié después de ella fueron amantes y defensoras de los animales. Vamos, no se trata de ser un hijo de puta sádico. Mi odio no era contra los perros. Era contra el amor histérico a los perros que se puso de moda. Mientras la gente se preocupaba por saber quién mató a los animales, les metían la verga por el culo con un corredor comercial en avenida Chapultepec. Políticos. Son los amos del Universo. Pero Dulce manoteaba y lloriqueaba por los perritos mientras le arrebatan algo mucho más importante (ni siquiera lo sospechaba y si se lo dijeras a la cara, directo, no sería capaz de discernir; era un poetisa cursilona y ridícula que usaba sandalias de cuero y blusas floreadas y leía El Principito y lo utilizaba como Biblia para su filosofía de vida cursilona).

      C. ordenó tres litros de cerveza y tarros. T. trajo todo de mala gana. Odiaba que usásemos sus malditos tarros de cristal. Yio no sé pá. Cada quien tiene su manías.

      Bebimos casi sin hablar porque a Dulce le incomodó mucho el comentario de los perros. Trataba de no mirarme a los ojos (supongo que me odiaba). Yo trataba de mirarla a los ojos. Solo por joder. Cuando lo lograba le soltaba cosas en contra de los animales (no valen nada, son seres inferiores/ el perro es una creación del hombre/ la gente que ama a los perros desesperadamente tiene complejos muy grandes/ etc.). Estaba a punto de explotar la pobre. C. reía conmigo pero no demasiado. No era tan idiota cómo para desconocer que si yo la jodía más de la cuenta no se acostaría con él. Dulce tenía un aire de infantilismo y unas tetas aceptables, así que por muy ridícula que fuera, C. la llevaba con él a todos lados, esperando el momento de echarle las manos encima. Desde hacía una semana no sucedía y C. ya se estaba hartando del asunto.  Me lo contó cuando quedamos hoy, a las cuatro de la tarde en bar de T.

      Bueno, a Dulce la salvó O. Llegó con una sonrisa en la cara. Nos miró y amplió aún más la sonrisa. Se sentó a nuestra mesa sin saludarnos siquiera. Lo primero que salió de su bocaza fue: ¡traigo una marihuana nuclear! O algo así, no estoy seguro. Yo bostecé. C. se agitó de emoción. Le alabó. Dulce sonrió. La muy hija de puta gozaba fumar hierba, así lo decía: gozo fumar hierba. En realidad deseaba encajar con C. y con O., a los que, por alguna extraña razón, consideraba admirables. Ya antes habían fumado aquellos tres, en mi casa; Dulce solo daba pequeñas caladas falsas. Pero C. y O. no la evidenciaban porque cuando inhalaba y expulsaba aire, movía las tetas y eso los apendejaba más que la misma hierba. O. sacó de su mochila un morralito y del morralito una bolsita y de la bolsita un puñito de hierba. Lo esparció sobre la mesa y ahí mismo se puso a expurgar la marihuana. Mientras tanto, Dulce se soltó con una aventura marihuanesca, algo que le pasó alguna vez que fumó con unos amigos; el tipo de cosas que le pasan a los marihuanos y por las cuales creen que la hierba es algo muy sagrado o divino o cercano a Dios o a otros mundos desconocidos o a estados alterados de conciencia o a aperturas de la mente y todas esas sandeces. Yo la miraba sin escuchar mientras pensaba en qué pasaría si no tuviera tetas. Ni C. ni O. perderían el tiempo con ella. Era una desadaptada y lo notabas. Según ella misma, no podía lograra una relación estable con ningún chico, a pesar que los chicos la seguían, por sus bolas, ya se sabe. C. y O. también son unos desadaptados, pensé, nada más míralos, con esas fachas y esas ansias de fumar hierba y de emborracharse sin hacer algo de sus vidas. De qué carajos hablo, si yo soy/ T. los miró liar cigarrillos de hierba en su mesa y los sacó. ¡Me van a cerrar el lugar por su culpa! ¡No hagan eso aquí, malditos sean, salgan! ¡Allá afuera puede hacer lo que les dé la gana! Aproveché para ir al sanitario.

      En el sanitario encontré a una chica, a una de cabellos lacios, muy delgada, morena y con un culo respingado. La había mirado otras ocasiones en el bar. La saludé con la cabeza. Me devolvió el saludo y entró al sanitario antes de que pudiera decirle que me gustaba. Se lo diré luego, pensé. Ya no regresé a la mesa. Me puse a dar vueltas por el bar a ver si encontraba a alguien a quien joder. Todos los clientes de T. éramos más o menos los mismos de siempre. Me encontré algunas caras conocidas. Nada para entablar conversación. Regresé a la mesa y me serví en mi tarro.

      No vi cuando entró. De un momento a otro estuvo sentado a mi mesa. Era Britni, un travestido rocanrolero con pinta de Twister Sister. Tenía más de cincuenta años, lo que le hacía gracioso, enigmático, interesante, ridículo, agradable. Sin embargo, no era algo de eso. Era un hombre vestido de mujer. Punto. Podías hablar con él como con cualquier otro hombre. Incluso les echaba el ojo al culo a las chicas. Era todo un hombre. Vestido de mujer. Tenía más huevos que cualquier cabrón. ¡Nomebas a saludar oqué! Alcé la mirada. Tenía ojos claros. Usaba una peluca rubia y una boina de cuero negro. Era todo un Dee Sinder. Choqué mi puño con el de él. Solía usar un anillo con un diamante de plástico enorme y su broma favorita era chocarte el puño con esa cosa. Tomé mis precauciones. No me lastimó. ¡Chevato loco, salúdame bien, cá! Quería saludarme de nuevo (quería herirme con su maldito diamante). Lo hice. Tampoco pudo lastimarme esta vez. ¡aysi, tú, muy chicho! Se levantó de la mesa y se fue a la barra. Lo miré pedirse una cerveza y mientras T. la sacaba del refrigerador, saludar a otro. Le pegó con el anillo. El otro se sobó y le dijo algo, pero todo en guasa. Britni se iluminó. Casi se beatificó. Se elevó del suelo y se realizó. Luego T. le estampó la botella de cerveza sobre el mostrador y le gruñó: ¡vas a pagar o qué! Britni regresó al suelo y pagó la cerveza.

      C., O. y Dulce regresaron. Estaban sonrientes y estúpidos. Aún no tanto, pero ya comenzaban a desdoblarse. C. miró las botellas de cerveza. Las levantó. Casi todas vacías. Le gritó a T. que trajera otra ronda de caguamas. T. casi le grita que no es su criado. Lo pensó, estoy seguro. Trajo las cervezas y antes de que las pusiera sobre la mesa estiró la mano. C. sacó un billete de doscientos y se lo puso en la mano a T.

      A O. no le gustaba venir al bar. Prefería estarse en mi casa. Vivía a pocas cuadras del bar, así que consideraba estúpido venir a pagar a T. cincuenta pesos por caguama, cuando las podíamos comprar a veinticinco en Extra. Eso estaba muy bien. No siempre estaba de humor de estarme en casa. Pasaba muchas horas en casa. Era mi casa. Lo que deseaba era salir y mirar, respirar, airarme, no sé. Hoy estaba contento. Reía y hacía bromas sobre chinos y se pegaba a Dulce. C. también se pegaba a Dulce. No entiendo por qué yo no me pegaba a ella. No parecía una chica difícil. Un poco de cerveza, de hierba… estoy seguro que hasta me perdonaría lo de los perritos y acabaría conmigo si me lo propusiera. Lo malo sería encontrar después un modo de largarla sin que me cerrara las piernas por ello en futuras ocasiones.

      Perdí la cuenta de cuántas cervezas bebimos. Solo pagué una. Todas las demás las pagó C. Es por Dulce, pensé. Se luce.

      En algún momento me levanté de la mesa para ir al sanitario. Ya era de noche y el bar estaba lleno. La fila para el sanitario era tan larga que decidí salir a orinar fuera, en la esquina de alguna calle. No me despedí de C. ni de O. En realidad, no tuve la intención de dejarles ahí. Son cosas que pasan. Salí y comencé a caminar por Jalapa. Ninguna esquina me parecía segura. Y caminé más, hasta Obregón, y luego hasta Monterrey. Eché un vistazo a la fuente del poeta, a ver si había vagos. No me gustaba dormir ahí cuando estaban los limpiaparabrisas. Son muy jodidos.

      Me recosté sobre una banca y me puse a pensar en por qué no iba a mi apartamento a dormir como Dios manda. Pero uno es así.
     
     




3 comentarios:

  1. Muy buen relato.

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  2. Historia que se da en la vida real, narrada con excelencia, amigo Petrozza.

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