domingo, 22 de noviembre de 2015

¿Dónde has estado?


Un rayo de flamante sol se coló por entre la capa de ozono y el UV me dio de lleno en la cara mientras dormitaba, echado sobre el camellón del Viaducto, a las dos de la tarde. No me pregunten cómo llegué a ahí. El calor me despertó. Me levanté y me fui. ¿Qué más? Me bajé del camellón como pude. Me raspé las palmas de las manos y un poco los codos. Hay cosas que no se pueden explicar en esta vida. Tengo un trabajo estable, un apartamento en la colonia Roma, una mujer, un gato. No recuerdo cómo atravesé el Viaducto ni cómo me subí al camellón. No quiero ni imaginarlo. Hay recuerdos vagos del Greñas y otros vagos de la Glorieta. En fin. Me sacudí las ropas y emprendí el camino a casa. A pie. Desde Viaducto y Monterrey hasta San Luis e Insurgentes.


2

¿Dónde has estado? Cada vez lo escucho con más frecuencia. Alzo los hombros. No sé, en bar de T., contesto.  R. estuvo en bar de T., explica mi mujer, mientras me hace espacio en la cama (son las tres de la tarde. Aún duerme) dice que estuviste con él y los otros hasta la una; luego desapareciste, llamó para preguntar si estabas vivo. Ya, digo, sí, creo que sí. ¿Dónde estabas? Ahora lo recuerdo, sabes, digo mientras me desvisto y me recuesto. Salí a orinar, pero se me fueron los pasos y llegué hasta Obregón. ¿Y luego? Hasta ahí llega el cuento, luego de eso no recuerdo algo. E. suspira. Ya sabes, me defiendo, esas cosas pasan; beber te borra el caset, ceslaví, yio no sé pá (sonrisa). E. sonríe. Me pone al tanto de la situación: las facturas. Gas. Agua. Renta. Teléfono. Suspiro. Me llevo las palmas de las manos a la cara. E. las mira. ¡Qué te pasó! Ah, nada, raspones de niño. Déjame ver, pide. Me mira las manos. Frunce los labios. Observa con detenimiento. Es una buena mujer, Dios. Hay que lavarte y untarte crema, sentencia. Qué va, exclamo al tiempo que salgo de cama. Me levanto. ¿A dónde vas? A ningún lado, aquí mismo. Cojo la computadora y la enciendo. ¿Qué harás? Pagar las malditas facturas, E. Ah, ya. Sí, sí. Bueno, ahora basta un par de cliqueos para pagar tus deudas. Hace mucho que no toco el dinero con que pago las facturas. Diez minutos y estoy libre. Tengo un trabajo estable, un historial crediticio perfecto, una reputación de pagador, cartas de recomendación de mi casero y de mi empleador. Aún así a veces se me borra el caset, Dios. Qué más da.


3

En Sanborns todo ocurre como de costumbre. Entro de la mano de E. y Federico me recibe con su singular timbre de voz y su exquisita cadena fónica: Bienvenido, señor, ¿lo de siempre? No hay algo más bello que el sentimiento de que las cosas embonan y fluyen de manera natural según tu gusto y capricho. El bar de Sanborns es un ballet. Cada cual hace su papel. Federico resbala hasta la barra en primer arabesque, y regresa con cuatro hermosas botellas de Tecate en quatrime devant. Yo sonrío y le aplaudo para recibirlo como una foca aplaude por ganarse el pescado. Señores y señoras… las cervezas… ¡están servidas! ¡El show pude comenzar!


      Me casé con E., entre otras cosas, porque es la única mujer que soporta mi modo de beber; bebe a mi ritmo y no me riñe por desaparecer la noche entera.


     Entramos a las ocho de la noche, hora en que comienza el dos por uno. A las diez de la tarde estamos cayéndonos de borrachos. Hemos bebido ocho cervezas cada quien. A estas alturas E. comienza por desmoronarse. Para mí es la muerte de la primera etapa, el nacimiento de la segunda. Sanborns Insurgentes queda a cuadra y media de casa. Mando a pagar la cuenta y le dejo a Federico cincuenta pesos de propina. Siempre son los mismos números.

      Hacemos el camino a pie a casa. En el trayecto fumo un cigarrillo. Le preguntó a E. si desea pasarse a bar de T. son a penas las diez con cuarenta de la noche. Es muy probable que encontremos a los chicos ahí, a O. C. y R. y los otros. Pero dice que ya no puede más. Se rinde. Antes, cuando recién nos ennoviamos, siempre me seguía hasta el último trago. Ahora ella tiene un límite y yo respeto ese límite y ella respeta el mío, si es que lo tengo.


4

Las cervezas de Sanborns tiene la facultad de emborrachar al más duro. No sé, son la misma marca, por supuesto, pero al beber ahí bastan ocho cervezas para sentirse cansado. E. no es culpable, yo mismo me rendiría de no ser porque algo dentro de mí me obliga a seguir bebiendo mientras haya luz de luna. Dejo a E. en casa. Me pongo la chaqueta y salgo hacia bar de T.


    Caminar me devuelve el ánimo. Llego por Jalapa a la Glorieta y ahí está el amarillento bar de T. Entro. Esta casi vacío. En cuanto me ve T. grita que cerrará a las doce, no más. Me lo advierte porque sabe que suelo seguir hasta las tres o cuatro de la mañana sin importar si es domingo. Es domingo. Sergio, de Tres Gallos también suele gritarme la hora del cierre en cuanto llego a su maldito bar. Los dueños de los bares son tus mejores amigos y tus peores enemigos al mismo tiempo. Al menos T. me da precio especial y ha llegado a fiarme el trago. Sergio no. Ese es un completo hijo de puta. No importa cuánto le ruegues, te cierra la puerta en las narices. T. a veces baja cortina y me deja estarme dentro mientras escombra y prepara todo para el cierre definitivo. Bueno, así es la vida. Uno no puede hacer siempre lo que quiere.


      Sí, sí, contesto a T., ya lo sé, hombre, solo me tomaré un par de caguamas a lo más. Antes de decirlo T. me pone la primera cerveza en la barra del mostrador. La pago y me voy a mi mesa, al lado del sanitario a beberme la cerveza en paz y silencio. No están O., ni C., ni R. Nadie conocido. Un par de jóvenes y un viejo, sentados a cinco mesas de mí, me miran. Es una invitación a unirme a ellos. Están muy borrachos, se nota. Bueno, me digo, ahí voy; veamos que nos prepara la vida esta noche. Me levanto, cerveza en mano, y me siento a con ellos. ¡Salud! ¡Salud! ¡Salud! ¡Salud!


5

Entro a casa casi cayéndome. E. está despierta. Ha tomado la ducha y huele muy bien. Huele a crema de cuerpo y a champú. Yo soy un asco. E. lo comprende todo e inmediatamente va al cuarto de baño y abre las llaves, me templa el agua y me echa las toallas encima, rápido. Me hace entrar y me deja ahí. Me cierra la puerta. El agua cae, reconfortante, sobre mi sesera chamuscada. Hago todo en piloto automático. Me lavo la cabeza, me lavo el cuerpo. Cuando recobró un poco de mí mismo, sonrío y me digo: ¿dónde has estado, P.? No recuerdo algo de anoche después de sentarme con esos en bar de T.


    Salgo de la ducha y voy al cuarto. Sobre la cama está mi ropa, planchada, fresca, elegida por E. Camisa, pantalón, calzones, camiseta, calcetines, zapatos, cinturón. Y sobre la mesilla del cuarto, un plato con fruta, un sándwich, una taza de café. Dios santo, E. es la mujer perfecta, pienso. Me visto a prisa y me siento a comer. E. está ya vestida, lista para irse a la universidad. Será lingüista. Además de todo E. lee y será lingüista y me superará en todo y es hermosa y tierna y soporta mi carácter y mi modo de vida. La bendigo mentalmente. Me dice: P., me marcho, debo irme, mucha suerte en tu trabajo. Sí, sí, contesto con la boca llena. Me besa incluso con la boca llena. Antes de salir del cuarto se despide otra vez, esta vez con la mano y me manda un beso.


6

Voy al trabajo a pie. Hago cerca de treinta minutos, por todo Monterrey, hasta la Cuauhtémoc, hasta el circuito y un poco más allá, a Lago Patzcuaro. Son las nueve con treinta. Mi hora de entrada es a las nueve, pero jamás he llegado a esa hora. Siempre llegó después de las diez. Me voy despacio, con calma. Miro a la gente conducir y enloquecer. Les escucho pitar los cláxones. Son una bola de malnacidos locos y casi asesinos. Son capaces de atropellarte con tal de avanzar un centímetro.


     En el trabajo no me entrometo con nadie. Hago lo mío y adiós, hijos de puta. No salgo con esa gente. A veces quieren salir a beber o a ver el partido de México, pero me excuso bajo el pretexto de ser abstemio. Les digo que no bebo y que no miro futbol. Lo único cierto es lo segundo. Cuando me preguntan por mi fin de semana les miento: bien, gracias, nada especial, un fin tranquilo, vi a mi madre y comí con mi esposa en Elks. Eso les satisface. Un buen chico, P. Casi un santo. Jamás lo verás tirado sobre el camellón de Viaducto, a las dos de la tarde, en domingo.







     

     
     


      

1 comentario:

  1. Axel Blanco Castillo25 de noviembre de 2015, 9:50

    Genial texto amigo Martin Petrozza

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