domingo, 4 de octubre de 2015

Era el único cliente.



Escuché a un hombre decir que le echaba el ojo al culo a Lilia cada que ella salía de su oficina. Acto seguido, escuché la risa de otro hombre. Yo también le echo el ojo al culo, contestó cuando paró de reír, es un buen culo, Dios santo, lástima que tenga esa jodida cara. Sí, sí, respondió el otro, pero eso qué te importa, la pones de a perrito y prau prau… Yo reí discretamente. Escuché a uno de ellos jalar saliva para reír. Sí, pensé, todos los hombres somos iguales.


      Esto ocurrió en bar de Sanborns. El mismo bar del que he escrito los últimos cinco relatos o más. Si me han seguido el cuento, ya sabrán que no salgo de ahí. Después de los treinta años mi vida se volvió una línea recta. Casi tan recta como la línea de ausencia de actividad de un electrocardiograma. Pero la vida de todos es igual. Si no me crees, escribe algo sobre tu vida. Escribir es un buen modo de darse cuenta de la mierda en que se vive.

      Le pedí a Federico que me apurara otra ronda de cervezas. Deseaba emborracharme pronto para irme a sentar junto a esos caballeros y decirles un par de cosas sobre las mujeres. Por ejemplo, que Lilia no se acostaría con ninguno de ellos dos porque los consideraba unos pervertidos. Y que el mayor talento de un pervertido es hacer creer a las mujeres que no se es un pervertido; dejar que ellas mismas lo descubran, pero a su ritmo y gusto. Es decir, a las mujeres les atraen los pervertidos… pero uno no debe hacer alarde de ello. Apuesto a que Lilia sabe que la miran. Dios. He pasado demasiado tiempo en bares. Ahora tengo una opinión respecto a todo. Todo lo que digo cuando bebo me parece sabio. No conocía a esos hombres. Muchos menos a Lilia. A pesar de ello estaba seguro que a Lilia le repugnaban. Debía hacérselos saber. Decirles: hombres, joder, si le echan el ojo al culo a Lilia cada que sale de sus oficinas, jamás le pondrán una mano encima. Hay que hacerse el indiferente. Lilia sabe que tiene un culo. Eso ya lo sabe porque otros mamarrachos le habrán chiflado en la esquina de su casa. Eso ya lo sabe porque toda mujer conoce la clase de culo que Dios le dio. Es algo importante para ellas, ¿ves? No se gana algo con decirle a una chica: qué bonito culo tienes, antes de que ella desee que tú se lo digas. Dios, Dios, ¿por qué es tan complicado explicar este tipo de cosas? No debería serlo, ¿sabes? Es instinto. Un hombre nace y sabe cazar mujeres, como un gato nace y sabe cazar ratones. Hace falta la práctica, pero en general, se nace sabiendo.

      Federico me trajo dos Tecate y un balde de cacahuetes salados. Los hombres bebían a prisa. Eran nuevos clientes. Podías saberlo porque vestían de traje. Ninguno de los clientes frecuentes de Sanborns íbamos de traje. Eran gente de oficina. También, porque no bebían en horario de promoción. Todos los clientes frecuentes de Sanborns bebíamos de acuerdo a la promoción. La promoción dictaba nuestros horarios y tragos. Dos a cinco, cerveza. Siete a nueve, bebida nacional. Ocho a diez, cerveza. Eran las nueve con veinte y estos dos se pedían tequilas. Los escuché decir: mira, el problema es que mi mujer no se creería el cuento de que Lilia es amiga mía. Sabe que le echo el ojo al culo a toda mujer que me pasa enfrente. Risas. Dile que es amiga mía. Risas.

      Recordé a mi ex mujer. Tampoco se creía el cuento de la amiga. Sobre todo porque es un mal cuento. Es tu mujer, te conoce mejor que tú a ti mismo. Y de pronto sales con que una mujer de culo grande es amiga tuya. Sí, ¿desde cuándo? ¿Por qué no me habías hablado de ella? ¿Por qué le sirves las copas a ella y a mí no? Te gusta, ¿cierto? ¿Entonces por qué la miras cada que se levanta? He visto el culo que tiene, no soy pendeja, P. Ah, qué bellos recuerdos. No puedo borrar ni uno solo. Su voz y su rostro indignado están grabados en mi corazón. También su culo visto desde una posición sexual. A veces aún me masturbo pensando en ella. Uno no sabe lo que tiene, hasta que… Ojalá también pudiese recordar su risa y su alegría. Pero las cosas buenas se evaporan de los corazones de los hombres, y solo perdura la maldad y la enfermedad. Y sobre ello, cerveza. Vaciar cerveza sobre nuestros corazones es lo único que lubrica nuestras almas. La gente que no toma debe sufrir mucho más, aunque ellos no lo sepan.

      Podía decirse que me emborrachaba a la séptima cerveza. Iba por la cuarta. Las bebía en pares por la promoción. Le pedí a Federico un poco más de cacahuetes y le pregunté si esos hombres venían seguido. Contestó que no, que era la primera vez que él los miraba. Ya, le dije.

      A la sexta cerveza me levanté al sanitario. Me pasé por su mesa y les sonreí. Beber es el único modo de sacarme sonrisas. A la sexta cerveza comienzo a sonreír más a menudo. Le sonreí a la cajera de farmacia antes de entrar al sanitario, y a un hombre que salía mientras yo entraba. Hasta le sonreí al hombre de servicio y le di dos pesos porque me estiró papel higiénico para secarme las manos.

      Cuando regresé volví a pasar por su mesa y les volví a sonreír. Ellos me sonrieron también, pero no de muy buena gana. Vestían corbatas. Se las habían aflojado. Uno de ellos usaba lentes y los tenía chuecos sobre la cara. Ya estaban a punto. El punto esplendido de la borrachera. Un paso antes de la caída. La cima de la montaña, antes de echarse cabeza abajo. Debía apurarme a alcanzarlos allá arriba.

      Me acomodé a mi mesa y me pedí una ronda más. Federico me trajo dos Tecate y un balde de salchichas en chipotle. Me sentaron muy bien. Sobre todo ahora que estaba a punto de llegar. Me detuve a pensar en Lilia. En hacerme una idea de ella. Pensé en las mujeres que había conocido a ver si alguna coincida con lo que Lilia podría ser. Recordé algunas chicas de oficina, de las veces que llegué a trabajar en oficina. Casi todas encajaban. Podía hacerme una idea casi perfecta, o lo que yo consideraba una idea casi perfecta, de esos hombres en sus oficinas privadas mirando a Lilia salir. De llamarla por motivos ridículos solo para que pudiesen echarle el ojo encima. De comentar sobre Lilia en el comedor, o en otras cantinas.

      Luego me perdí pensando en las prostitutas de la Merced, a las que solía frecuentar en mi adolescencia. Y de un momento a otro, terminé la séptima cerveza. Bueno, me dije, ahora debes estar en el punto exacto. El punto donde todas las puertas se abren. Especialmente las de la valentía.

      Me fui a la barra, a dónde estaban los hombres. Me senté al lado de uno de ellos. Le pedí a Federico que mudara mis cosas de la mesa a la barra. Así lo hizo. Cuando tuve mi cerveza en la mano, di un trago y luego, dirigiéndome a uno de ellos, exclamé: apuesto a que Lilia es una presa fácil si uno entiende cómo funciona la mente de una mujer de oficina. Ambos me miraron con desagrado. Estaban más borrachos que yo. Habían bebido tequila de nueve con veinte a once y treinta de la noche. Guardé silencio. Me sentí ridículo. Debí hacer una introducción, pensé. Ellos no saben que estuve escuchándoles. Quizá pueda arreglarlo con el clásico No puede evitar escuchar…

      Antes de que pudiese decir algo más, Federico les entregó la cuenta. La tomaron y se fueron sin despedirse. Le dejaron cien pesos de propina a Federico. Yo me quedé en la barra, mirándolos ir a la caja y pagar, mirando los cien pesos, mirando los vasos vacíos. Y por primera vez pensé que estaba cayendo muy bajo. Incluso más bajo que cuando acababa tirado en la calle de borracho a los veinte años. Ahora no tenía la mínima dignidad. Intentar hacer conversación con dos hombres de oficina, joder, me dije, qué mierda.

      Federico entró a la barra. Me dijo: ¿todo bien, señor? Sí, Federico, todo bien. Ponme otra ronda, por amor a Dios. Sí, señor. Lo bueno de Federico es que me ponía promociones incluso pasada la hora feliz. Pensé en ello y lo miré limpiar las botellas con un trapo antes de dármelas y colocar detenidamente cuatro tacos de frijol y papa en un plato. Me los daría como botana. Era un buen hombre, Federico. Pensé en preguntarle por su mujer, pero la última vez que lo hice no paró de hablar. No recordaba algo de lo que dijo. Me dio vergüenza preguntar dos veces y que se percatara que no recordaba algo de lo que aquella vez me contó con amabilidad y sentimiento.

      Me bebí las cervezas en la barra. Tenía necesidad de hablar con alguien. Era el único cliente.






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