domingo, 20 de septiembre de 2015

Hazte pajas, y cuando una niña te pida cien pesos, dáselos.


Una niña de quinces años se acercó a mí y dijo que podía mamármela por cien pesos si quería. Esto ocurrió en una playa turística de Acapulco. Me había acostado con prostitutas antes pero la desenvoltura de la niña me sorprendió, y más, que yo no estaba ahí para pagar por sexo, no es lo que pensaba mientras descansaba echado sobre un camastro al lado de un primo mío venido de Canadá. Vino de vista a México y me pidió que lo llevase a alguna playa. El primo dormía sobre un camastro al lado del mío. No escuchó la propuesta de la niña. Mi reacción fue rotunda. No, hija, lo siento, pero no soy esa clase de persona. Vaya si lo era. Pero dicen que una mujer atrevida aterra al más atrevido de los hombres. La niña alzó los hombros y se largó. Antes de que se perdiera de vista, desperté al primo y le dije: ¡A qué no sabes lo que esa niña acaba de proponerme! Se lo expliqué. La miró irse, de espaldas, haciendo visera con la mano.  Era una niña morena sin ningún atractivo singular. Excepto, claro, el atractivo de sus propuestas. Mi primo, entusiasmado, me instó a seguirla. 

      Antes de que dejara la playa, le grité. Volteó con una sonrisa en la cara. La miramos detenidamente. El primo, sin preámbulos, exclamó: yo tengo cien pesos. La niña sonrió aún más. Se acercó al primo y de la mano lo llevó tras unas rocas. Yo esperé ahí, de pie, en medio de una playa casi solitaria. Escuchaba las olas del mar, y a veces, el chupar de la niña y los gemidos del primo. Tuve una erección.

     Miré al primo salir y acercarse. Ten, me dijo, yo invito. Me dio cien pesos. Ya, dije. Asintió con la cabeza y esperó mientras yo iba a detrás de la roca.

    La niña estaba de rodillas. Se había hundido mucho en la arena mojada. No podías ver los dedos de los pies ni las rodillas. No dijo algo. Inmediatamente me bajó los calzones y me la mamó. Me corrí en su boca. Le di el dinero. Así supe que no era una profesional. Se levantó. Me sonrió y echó a correr salpicando agua de mar con los pies, hasta perderse.

    Bueno, le dije al primo, estuvo bien. Sí, afirmó, estuvo bien. Y regresamos a los camastros a echarnos y a cerrar los ojos y a gozar de la somnolencia del orgasmo.

     En algún momento pasó frente a nosotros un hombre muy moreno. Vendía plata. Nos ofreció cadenas y pulseras. Cualquier cosa a setenta pesos. El primo compró una cadena y una pulsera. Yo compré una cadena. ¿Por qué? No lo sé. Nos pusimos las cadenas y volvimos a recostarnos y a cerrar los ojos y a sentirnos unos chulos.

    Cuando oscureció nos levantamos. Nos estiramos y acordamos ir a beber cervezas al Barba Roja.

2

Entramos al bar. Nos acomodamos en la barra. Ordenamos cerveza. La bebimos y miramos a las chicas. Al principio no dijimos algo. Hablamos sobre los turistas gringos y sus diferencias con los turistas europeos o los turistas canadienses. Los turistas gringos nos parecían los peores. Mal educados. Sintiéndose los reyes. Los europeos son más reservados, explicó el primo. Yo estaba de acuerdo con él. No tenía bases para estar de acuerdo o no, pero por alguna razón, dentro de mí, sabía que era así: los gringos, pedantes; los europeos, gente serie y respetuosa. Probablemente estábamos equivocados. Qué más daba. Nadie nos discutiría. Luego, conforme nos emborrachábamos, las chicas nos parecían más y más atractivas; una necesidad de sexo se apoderaba de nosotros gradualmente. Éramos un par de veinteañeros solteros en Acapulco. ¿Es qué nos íbamos a pasar la noche bebiendo y hablando como un par de viejos mientras esas muñecas se paseaban en calzones delante de nuestros ojos? Nos retamos a ligar.

      Lo haremos así, planeó el primo: nos separamos una hora. Cada quien por su lado, a ver quién logra llevar alguna chica all cuarto. Ya, dije, está bien. Sí, sí, dijo, el chiste es llevar a una chica al cuarto, aunque, si nos es posible, llevamos más, dos o tres o cuatro. Sí, dije, todas las posibles. Exacto, exclamó el primo. No importa si no quieren acostarse con nosotros, una vez en el cuarto... Sí, así es, confirmé. Además, continuó él, ninguna chica acepta ir al cuarto de un chico si no tiene intenciones. Cierto, dije, es así. Nos quedamos sentados unos buenos minutos. De espaldas a la barra. Mirando a todas la chicas buenas que se pasaban por ahí. Cazando a las solitarias.

    ¿Qué pasa si solo uno de nosotros no lo logra?, pregunté. Bien, contestó el primo, si uno de nosotros logra llevar a una sola chica, el otro duerme fuera. Ya, dije, es justo. Sí, hombre, me dijo, no vamos a aguarle la fiesta al otro, ¿no? No, claro que no, hombre. Silencio. ¿Y si uno lleva a dos chicas y el otro no lleva nada? Bueno, pensó, en ese caso deberá ceder una de las dos al otro. Muy bien, exclamé. Sí, pero... si uno lleva a dos, él escoge cuál ceder y con cuál acostarse. ¿Y si una de las dos es fea?, ya sabes, a veces hay una bonita con una amiga fea. En ese caso, apuntó, el otro entretiene a la fea para que el otro pueda acostarse con la bonita. Justo, dije, que así sea. Silencio. Oye, pregunté, ¿y si uno lleva a tres chicas y el otro a ninguna? Ya veremos, respondió, quizá una chica se quede sola, o quizá las tres se acuesten con ambos, no sé, todo puede ser. Sí, dije, todo puede ser. Silencio. Hay que actuar con cuidado, explicó, no hay que ser muy cínicos o no querrán irse con nosotros. Entiendo, dije, sí, con sutileza. Ajá, exclamó.

     Una pelirroja se sentó al lado de nosotros. El primo me tocó el codo. Estaba del lado mío. Anda, dijo, está de lado tuyo, anda. ¿Viene sola?, pregunté. Eso parece. No sé, esperemos, quizá su novio esté en el baño. Bien pensado, contestó. Esperamos cinco minutos, si no viene alguien a por ella, vas tú. Sí, sí, dije. Ordenamos más cerveza. La pelirroja ordenó un coctel. Estaba guapísima. Está guapísima, me susurró el primo. Sí, sí, ya lo sé, contesté. Bebió el coctel con elegancia. Ya han pasado más de cinco minutos, hombre, anda, me instó el primo. Sí, dije, sí. Silencio. 

    En el momento en que me decidí, la chica se levantó y se fue. ¡Hombre!, exclamó el primo, has demorado mucho. Ya, dije, quizá vuelva. Mi primo echó una mirada a la barra. No volverá, sentenció. ¿Cómo sabes?, pregunté insólito. Se ha llevado la bebida, dejó el lugar, no volverá. Bueno, me defendí, de cualquier modo no lucía como una chica que se fuese con dos fulanos mexicanos. ¡Va, tú qué sabes!

     Hagamos algo, propuso el primo, voy a darme una vuelta por el bar. Tú quédate aquí por si regresa la pelirroja. Sí, contesté. El primo se levantó y se perdió entre la gente. Rogué por que no tardara demasiado.

     No tardó demasiado. Regresó y dijo: hombre, allá al fondo hay un grupo de chicas solas, vamos. Bueno, contesté, vamos. Ordenamos un par de cervezas más y fuimos.

      Las chicas bailoteaban en bola. Oye, oye, espera, exclamé. ¿Qué? Yo no bailo, joder. No sé hacerlo. Me miró asombrado. Tú te mueves y ya, dijo, no hay que saber bailar, nadie sabe bailar, solo te mueves y la oscuridad del bar hace el resto. Bueno, está bien, dije.

      El primo se acercó a ellas bailando de lo lindo, cerveza en mano. Las chicas le sonrieron. Le hicieron lugar y pudo mezclarse. Yo quedé apartado, de pie, sonriendo como un imbécil. Con mi cervecita en la mano. Un chico de casi dos metros pasó junto a mí. Me empujó con el hombro. Una de las chicas lo miró y rió. Otro chico pasó y me empujó también. Estaba en el paso. Me acerqué más a la bola de chicas, tratando de coger el ritmo. ¿Mexicanas?, pregunté al aire. Nadie contestó. Todas bailaban y sonreían pero no decían una sola palabra. El primo se incluyó bien. Por un momento sentí que era un desconocido que venía con ellas.

      Así estuvimos dos o tres canciones, hasta que las chicas pararon. Soplaron y se echaron aire con la mano. ¡Ufff!, exclamó una de ellas. El primo se presentó. Las chicas se presentaron con él. En algún momento me presentó a mí: P., un colega. Ya, dijeron ellas sin hacerme mucho caso. ¿Vienen solas?, preguntó el primo. Alguna contestó que sí, que andaban de noche de chicas. ¿Qué eso?, preguntó el primo en español, pero con acento canadiense. Sin hombres, respondió alguna otra, con una sonrisa en la cara. El primo rió y exclamó: estupendo, por que... ¡nosotros venimos en plan de chicos! ¡Sin mujeres! Todas rieron. !Ya sé!, exclamó el primo, hagamos algo, eh, ¿porqué no bebemos algo en la playa? Ninguna contestó. Una de ellas fue a la barra y trajo cócteles para todas. Salud, dijo el primo chocando su cerveza con el cóctel de una y luego todas chocaron con él sus cócteles. Nadie chocó conmigo.

       Bebieron los cócteles de prisa y alguna llevó las copas de todas a la barra y de un momento a otro reanudaron el baile. Jalé al primo aparte y le dije: no va a pegar, andan en plan de chicas. ¿Qué es eso?, preguntó. Que no quieren hombres, ya te lo dijeron.

       Regresamos a la barra sin despedirnos. No había lugares ya. El bar estaba lleno. Oye, le dije, no quiero desanimar, pero... he pasado por esto muchas veces. No lo vamos a lograr. Las chicas de estos sitios no buscan sexo con dos como nosotros. Si al menos tuviésemos dinero, o coche, o midiésemos más de uno ochenta...


3

Al día siguiente regresamos a la playa y rentamos los camastros que habíamos rentado la vez pasada. Nos recostamos a tomar el sol con la esperanza de ver a la niña pasar. Planeamos ofrecerle más dinero por irse con nosotros al cuarto. Todo el día. Incluso más dinero por llamar a una amiga o amigas que hicieran lo mismo. Le pagaríamos la peda y los servicios sexuales a cuanto quisieran (sabiendo que eran baratas). El primo hasta fantaseó con llevarlas a México y mantenerlas como esclavas sexuales.


     Pero la niña no pasó. Vimos al vendedor de plata y desesperado, el primo le preguntó si no conocía a una niña morena, más o menos de quinces años y de uno con sesenta metros. El vendedor dijo que no, que no conocía a alguien así. Supuse que mentía porque… en realidad… todas las niñas de quince años deben ser así aquí. Va, le dije al primo cuando el hombre se fue, no es culpa suya, quizá la conoce muy bien y no desea meterse en problemas. Ya sabes, conocer a una que hace eso podría atraerte pleitos legales, no sé. El primo suspiró. Propuso probar por la noche una vez más en el Barba Roja. Ni en pedo, contesté. Acepta tu destino. Hazte pajas, y cuando una niña te pida cien pesos, dáselos.




3 comentarios:

  1. A los quince años ya no es niña, ya es una jovencita.

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