viernes, 25 de septiembre de 2015

Ella.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.


Ella era una mujer extraña; sentía una singular afinidad por los marginados, los no amados, los animales feos y las cosas rotas. Sin embargo, poseía cualidades excepcionales; hablaba varios idiomas, tocaba el violín y estaba dotada con una memoria casi eidética. Detestaba el sushi, amaba el brócoli y le apasionaba la fotografía. Tenía una bicicleta rosada con una carabela con un lazo rojo pintada a un costado, esa imagen también estaba tatuada sobre su muslo derecho. Era buena dibujante, su color favorito era el marrón y no lo usaba en sus obras. No resultaba extraño verla plasmar vasos rotos, edificios abandonados, vagabundos, borrachos, prostitutas y cuantas cosas le pareciesen hermosas desde su peculiar punto de vista. La conocí en uno de esos días, yo caminaba por no sé cuál avenida un viernes por la tarde. Llovía y estaba empapado, regresaba del trabajo. En algún momento del viaje sentí que alguien me observaba, me detuve y busqué con la mirada algún gesto extraño en quienes estaban por allí. Entonces ella se acercó y preguntó:

-¿Puedo tomarte una fotografía?-

No respondí, me marché. Al igual que ella, yo sentía una rara empatía por los caídos, los destronados y fracasados; por aquellos que lucharon,  sufrieron y perdieron. En las olimpiadas, durante la carrera de 100 metros planos,  me fijaba en el que estaba en el último lugar. Veía su lucha, el intentarlo con todas sus fuerzas y saber que su cuerpo no respondía. A veces los grababa con mi reproductor, quería ver sus expresiones justamente al final. Lamentablemente la televisión siempre enfoca al ganador con esa maravillosa sonrisa de dientes simétricos y blancos. Eso aburre. Las celebraciones por las victorias resultan repetitivas, por lo general  abrazan la bandera o muerden, lamen, izan o besan, la medalla o trofeo. Nunca sentí agrado por los ganadores, me parecían falsos. Tampoco por la gente en general, en especial por aquellos con tan grandes pretensiones como sus ideas preconcebidas de la vida y felicidad. Teníamos muchas cosas en común, nunca pensé en conocer a alguien como ella.

La segunda vez que la encontré fue en una plaza, ella dibujaba. Algo me decía que la había conocido anteriormente, me refiero a mucho antes de que me fotografiara. Me sentía identificado cada vez que la miraba directo a los ojos, era como un espejo. Llegamos al punto de hablar sin hablarnos, no sé exactamente hasta qué punto pudo entender mis intenciones o pudo prever mis pensamientos. En algunos casos ni siquiera había pensado en ir a la cocina y traía un jugo o galletas, antes de sentirme preocupado o cansado sentía sus brazos consoladores alrededor de mi pecho, hablaba en un tono conciliador y neutro. Era ese tipo de sensación que no concibes explicar, pero que resulta majestuosa. Como ha de suponerse comenzamos una relación, vivimos una larga temporada juntos.

***

Ese día, mientras dibujaba en el parque, le dije:

-Pintas muy bien.-
-Dibujo, no pinto. Es diferente-
- Entonces dibujas muy bien.-
-Lo sé. - Apenas la escuché, pensé en marcharme y como si ella hubiese advertido mis intenciones agregó:
-Me puedes acompañar…si quieres.- Así comenzó.

***

De niño tenía ciertas impresiones; en algunas oportunidades estaba sentado en una dirección, pero sentía que mis piernas apuntaban a otro lado. Muchas veces no eran sólo mis piernas, también brazos, tronco y cabeza. Era una sensación vaga, pero presente. Con frecuencia olvidaba lo que hacía durante una caminata, sólo recordaba el inicio y el final. Le comenté acerca de ese asunto. Ella anduvo dubitativa por un tiempo, luego dijo:

-…Como si tu cuerpo quisiera hacer otra cosa.-
- O estar en otro sitio. – Agregué. Sobrevino un silencio.
- Mi nombre es Ana…Ana Gabriela.-
- ¿Y no es Pamela?-
-No.-
-¿De qué color es tu pelo?-
-¿Qué?-
-Nada.-
-¿Para qué quieres saber el color de mi pelo?-
- Me refiero a que cuando te conocí lo tenías rojo, después te lo teñiste de verde. Me di cuenta por las fotos que en alguna oportunidad lo tuviste negro con mechas azules, luego amarillo pollito. No es que diga que te quedan mal, todo lo contrario.-
- ¿Estás diciendo que estoy medio loca?- Sonreía. Fingía estar ofendida, y me miraba como hurgando en mi respuesta algo que no sabría explicar.
- No.- La conversación se extendió más de lo previsto, en algún momento me perdí y ella dijo:
-…Castaño oscuro.- No recuerdo nada más.

***

Ella, a pesar de que sentía cierta empatía por las cosas rotas no disfrutaba quebrándolas, en especial los corazones. Y sin embargo, lo hacía. En alguna oportunidad dijo que era como un karma que traía de chiquita. Envidiaba a las mujeres que se topaban con patanes que sólo las usaban para el sexo o para sacarles dinero. En esa oportunidad me obligó jurar nunca enamorarme de ella y tratarla como a una cualquiera, al momento no presté la mayor de las objeciones a su petición y reí – aunque me pareció una afirmación muy arrogante de su parte-.
Nuestra relación se basó en sus visitas y nada más, aunque vivió en mi casa un tiempo no fue algo permanente o por lo menos no existían intenciones serias de hacerlo por largo tiempo. La única condición en nuestra relación era que no la buscara, ella lo haría y me esperaría si estaba ocupado. Tampoco le importaba si estuviese casado, con novia o metido en alguna otra relación; no quería saber nada de mí, yo sí estaba interesado en ella pero nunca se lo hacía notar. Qué más podía pedir: sexo, comida y dinero. Al principio me sentía como una especie de prostituto barato, me agradaba la idea de ser el chulo de una casi treintañera millonaria. Y mientras más indiferente era a su presencia, sus visitas aumentaban en frecuencia. Pero sabía que le pasaba algo, no quería romper el encanto de mi relación ideal, sin embargo, recordé un cuento árabe. Era acerca de un pastor al que le permitieron entrar a un palacio o algo así. Dentro había una cantidad de habitaciones con jardines esplendidos y cosas inimaginables.  Tenía acceso a todos y cada uno de ellos, con la excepción de uno que poseía una cerradura especial. Después de explorar todas las habitaciones pensó en entrar a la última, lo demás es historia. Fue entonces cuando le pregunté qué le pasaba. No contestó, se mudó. No quiso vivir conmigo.

***

Después de varios meses sin tener contacto, se apareció en mi casa con un manojo de  cartas. Me invitó a leerlas. La mayoría eran proposiciones, algunos poemas de mal gusto y uno que otro texto con intenciones románticas. Hubo uno que llamó la atención. Él, aún después de diez años, le llamaba; la felicitaba por  cada cumpleaños y le escribía textos al celular o a su correo. Cada carta era peor que la anterior, incluso pude prever sus intenciones a medida que las leía. Ella nunca respondió hasta que se enteró de que tenía cáncer. Más por lástima que por otra cosa decidió visitarlo.  Me imagino que por el trato y la insistencia los sentimientos afloraron. Todo bien. Transcurren los días, semanas, los meses y los años, el chico no murió. Su salud mejoró, incluso parecía tener mejor desempeño sexual cada día. Cierto día él confesó que se había curado, el cáncer terminal había desaparecido. Ella no le creyó, pero se sentía mal en desear que muriese. Era un chico pobre, vivía en un campo a las afueras de la capital. No me contó cómo lo conoció ni qué tan profunda fue su relación, pero me imaginé al chico; lo visualicé y sentí poco menos que lástima por él. Me hubiese gustado conocerlo,  cuando me contó lo intrincada y la forma cómo llegó a manipularla sentí no menos que admiración por su inteligencia y talento – mal encaminado-. Reí, volví a reír y reímos juntos, nos burlamos de su historia amorosa. Lo que para ella era una historia traumática para mí era un chiste. Ella lo tomó con calma. Brindamos por él y por cada uno de los chicos que se tomaron el tiempo de escribirle. Bebimos, tuvimos sexo, invitamos a unas amigas y tuvimos más sexo. Amaneció y, antes de marcharse, le dije:

-Nunca me dirás tu nombre.-
-Me puedes llamar cómo tú quieras; Ivonne, Brigitte, María, Susan, Elda, Natalia…-
- Ella.-
-¿Qué?-
-Eres “ella”.-


-Ok.- Era “ella”, la que buscas y rara vez encuentras. No la he vuelto a ver. Así como vino, desapareció. He pensado en buscarla o llamarla, luego recuerdo el manojo de cartas y declino. Cuando pienso en ella entiendo que era un poco rara.





Texto por: Roberto Araque
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