domingo, 16 de agosto de 2015

Una chica jamás pensaría en hacer algo como eso.


¡Una chica jamás pensaría en hacer algo como eso!, exclamó una de las escuchas en el bar cuando yo contaba en voz alta la historia de Angélica, a la que llamé A. para no evidenciarla (había algunos conocidos en el bar, y aunque no lo sabían me habían visto con ella en ese mismo bar). El bar era el bar de T. Había contado la misma historia en el bar de Sanborns y en la Sarria con mucho éxito. Sin embargo, ésta me tocaba los cojones cada dos por tres. Se lo pasaba lanzando exclamaciones de: ¡no puede ser!, ¡no te lo creo!, ¡ni en pedo!, etc. Quizá deseaba hacerse pasar por buena exclamando eso a cada chupada de Angélica en algún sanitario, o cada que se iba con un desconocido y volvía conmigo a los quince minutos a echarme el tufo de su aliento. Angélica era adicta al sexo oral y podía hacértelo en los lugares más públicos o insospechados, lo mismo que dejarte por un desconocido que miró en el bar o en la calle o en la sala de espera de un hospital, con quien le vino la gana de hacerlo. Y la desgraciada salía con: ¡ni en pedo!, ¡una mujer jamás pensaría en hacer  algo como eso! Nadie la apoyaba. Todos los demás eran hombres y no les importaba si una mujer piensa en ello o no. Deseaban más y más y más, y algunos, o todos, se empalmaron en algún pasaje. Disfrutaba tenerlos comiendo de la mano. La historia era real, aunque en el fondo de sus corazones, ninguno la creía. La envida. La envidia les decía: na, na, na, no es posible, éste quiere impresionar; si no me ha ocurrido a mí, no puede ocurrirle a alguien más. Me hacían un montón de preguntas y las respondía todas con certeza y detalle. Dónde la conocí, qué edad tenía, cómo era en otros aspectos, cómo hacía para seducir a los hombres y proponérselos, y sobre todo, cómo es que nadie la había delatado o cachado in fraganti. Bueno, la habían cachado en el acto muchas veces. Pero un hombre no para ni delata una cosa así. Se detiene a observar en silencio. Y si puede... se masturba. Si no, espera a casa y ahí se masturba.


      Me bebí doce cervezas y me levanté. No tenía más dinero ni más estómago ni más historia. Antes de irme algunos me estrecharon la mano o me palmearon la espalda y me llamaron P., el escritor, el cuenta cuentos, el hacedor de historias. Siempre tenía alguna historia en el bolsillo para alimentar a los borrachos.


Estaba fuera del bar cuando sentí su mano en mi espalda. Era la chica. Dijo: espera, P., o como te llames, quiero hablar contigo. Bueno, pensé, querrá chupármela. Eructé. La chica sacó una cajetilla de cigarrillos y me ofreció uno. Anda, dijo, caminemos por ahí. Encendió mi cigarrillo y caminamos por Jalapa rumbo a Álvaro Obregón. Ella encendió un cigarrillo también. ¿Y bien?, pregunté, ¿qué quieres?


      Preguntó si aún veía a esa chica, a la tal A. Ya, dije, no seguidamente, dejó de interesarme su sexo luego de siete meses. Una chica así no es algo que se aguante toda la vida, ¿sabes? Sobre todo porque no eres el único. No hay compromiso con ella… ¡Aún la ves o no!, interrumpió la chica. Se llamaba Brenda, pero la llamaré B. Ya, dije, puede decirse que sí, si la llamo vendría, si la invito a tomar una copa iría; ya no lo hago, sale más barato pagar prostitutas que invitarle copas a A. Pero estaría dispuesta. Creo. B. echó humo por la nariz y pensó. En la esquina de Jalapa y Obregón se detuvo. Dijo: anda, tomemos una copa más, quiero proponerte algo. Oh, oh, oh, exclamé, lo siento, no tengo un quinto más y… Anda, yo invito esta vez, anunció. Ya, dije, vamos, y entramos a un bar horrible sobre Obregón, con luces de colores y decorados finos y gente blanca afeminada vestida y afeitada al estilo de 1800 o algo.


      La propuesta de B. no era sexual. Al menos, no conmigo. Con una copa de brandy en la mano me propuso llamar a A. (no hoy) y vender su exhibicionismo. Ya, dije, como si hubiese entendido, aunque no entendí un carajo. Se refería a citar a A., instarla a cometer un acto público y al mismo tiempo anunciar tal acto a mirones y cobrar por ver, y, de ser posible, prostituir a A. Por supuesto, estuve de acuerdo. Me pareció una idea estupenda, sobretodo porque conocía la retorcida mente de A. y estaba casi seguro que no habría que engañarla. Aceptaría gustosa cualquier trato de ese tipo.


2


Aún así, preferí engañarla. Ya sabes, es más placentero. Llamé a A. y la saludé y le dije todo lo que ella deseaba escuchar para que saliera conmigo. Cuando tuve cita, llamé a B. y le pasé los datos.


      Me vi con A. en Álvaro Obregón. La llevé a bar de Sanborns. Bebimos algunas cervezas. Tuve que esforzarme por mantener su atención en mí. El tiempo de ausencia afectó su entusiasmo para conmigo. Miraba a otros hombres. De cualquier modo en Sanborns no hay mucho que ver. Los clientes son pocos. No se quedan demasiado tiempo.


     En algún momento pasó. Es curioso. Siempre pensé en ello como en un momento dado, un segundo en el que la mente de A. se tuerce y se vuelve loca. De un instante a otro se ponía caliente. Lo sabías porque te tocaba la pierna o el hombro, se acercaba a ti y de pronto sentías su mano en tu verga y tú estabas más caliente que el Infierno. Dudo que alguien pudiera resistirse. Su comportamiento antes de este momento era el de una chica cualquiera. No sospecharías que en un momento dado… A veces yo mismo pensaba que no pasaría. Me decía mentalmente: no, hombre, no pasará, lo de la otra vez fue un desliz, se emborrachó, es todo. Pero siempre ocurría. En el momento menos pensado. Y jamás hablaba de ello en la siguiente cita ni después de cometer el acto. Es como si algo la poseyera y dejase de ser A. y no recordase. Pero a un hombre qué le va a importar eso. Lo tomará si es fácil de tomar y se jactará y lo contará en bar de T. Y si puede, cobrará por ver cómo A. lo hace. Ay, el hombre. Que Dios lo guarde en su misericordia. Amén.


    Aquella vez ocurrió entre las ropas de mujer de Sears. Se excusó para ir al sanitario. Me dejó en la mesa, solo. B. andaba por ahí, con una cámara fotográfica, en busca  del acto. Como una metiche del Discovery en busca de intimidad felina. Hacíamos nuestro documental. Llamé a Federico y le pedí la cuenta. La pagué. Salí en busca de A. No podías dejarla sola un instante o acabaría con otro.


    Cuando la miré salir de los sanitarios se me fue encima. Me abrazó y me tocó. Ya estaba prendida. Era incómodo porque, de verdad, no le importaba algo y podía tocarte y besarte de esa forma en medio de los muy iluminados pasillos de Sanborns. Como pude la arrastré hacia la plaza. Acabamos dentro de Sears. La arrastraba fingiendo naturalidad, una pareja de novios que van de compras, nada más. Mentalmente buscaba un sitio, un sitio, un maldito sitio donde pudiera chupármela hasta acabar sin que nos echasen. Nos metimos entre las ropas de mujeres y allí lo hicimos.

          
  3


Nunca miré a B. pero me habló al día siguiente. Tengo las fotos, P., me dijo. Incluso, algunos minutos de video. Ya, dije, perfecto. Sí, sí, exclamó. Y adivina qué. ¿Qué? Tengo a los primeros clientes. Me citó en bar de T. para platicarlo.



     La situación: B. había tomado fotografías y grabaciones de A. comiéndome la pija entre las ropas de Sears y había vendido copias de las fotos y citas con A. Querían que A. hiciese lo mismo con ellos. Otros se conformaban con estar presentes en actos públicos. Los más atrevidos estaban dispuestos a pagar por ver cómo A. se la chupaba a alguno en sus casas. No querían interactuar. Mirar. Es todo lo que deseaban. Me impresionó la rapidez con que B. colocó el producto. Sobre todo porque lo primero que gritó cuando lo conté fue: ¡Una chica jamás pensaría en hacer algo como eso! Me dio quinientos pesos por las fotos que logró vender.


4


Ahora había que convencer a A. de hacerlo por dinero. Y esta fue la parte más complicada y absurda, porque A. se negó rotundamente. Fui hasta su casa a proponérselo. Le hablé de lo que había ocurrido en Sears. No lucía cómoda escuchándome hablar de ello. Hacía muecas. Cambiaba de tema. No lo negaba, pero se hacía la tonta. Yo decía: oye, A., estuvo genial lo de Sears, Dios, tienes una chupada de puta madre… Y ella sonreía tímidamente y volteaba la cara y lo soltaba: sí, oye, ¿quieres comer algo? Insistía: en serio, A., sé que me lo has hecho muchas veces y nunca antes te lo había dicho; debo confesarte que nadie me lo ha hecho así de bien. Es tan excitante hacerlo en la calle, Dios. Apuesto que mucha gente estaría dispuesta a pagar por ello. ¿Lo has pensado? Ni siquiera tendrías que hacérselo a todo mundo, incluso habría gente que pagaría por ver, SOLO POR VER, Dios. Y la pobre A. sudaba y se estrujaba las manos, como rogando: ya, por favor, calla, no hables de ello, no lo hago por voluntad. O ve tú a saber qué pasaba por su mente. Yo insistía: ¿por qué no lo intentamos, A.? Yo me encargo de todo, tú solo debes hacerlo en público, es decir, PÚBLICO, un grupo de gente que ha pagado por ver, no hablo del público al que estás acostumbrada, sino de clientes, de DINERO, de hacernos fotos, no sé, dejar que miren, quizá podrías chupársela a alguno de ellos y eso supondría más dinero, ¿ves?  Pero A. no veía algo. Estaba bloqueada. Nunca la había visto así. Tartamudeaba. Decía, o trataba de decir, cosas que no venían la caso: No he daa, dada do de comer al gatooo, P. Y estupideces así. No voy a escribirlas porque las pueden imaginar ustedes.


      En fin. No, no, no. No se pudo, joder. Está loca. ¡Es una artista!, exclamé ante B., es una jodida artista del sexo oral. No lo hace por dinero. Ya sabes. Todos los artistas están locos y jodidos y no hacen las cosas por dinero, no, señor. Ni siquiera son capaces de hablar de su arte de frente. Ahí está mi acto, exclama B., disfrútenlo, hablen de él, pero no me toquen las pelotas, no me pidan explicaciones. No me fuercen a hacerlo sin inspiración. No me venderé. No seré de oficio. Un pintor de oficio no vale más que las monedas que cobra. Yo no, dice A., yo pinto por el arte, bla, bla, bla.


      El que está loco eres tú, exclamó B. Hay una mina de oro en esto y la dejas ir sólo porque la niña ya no quiere. No debiste decirlo. Engáñala, no le cuentes el juego. Sólo haz que te la chupe en público y yo me encargo del circo sin que ella lo note. No van a mirar estando de pie frente a ella, P., será gente muy discreta que sabrá lo que ocurre y mirará desde una banca pública, atrás de un árbol, desde la otra mesa del bar, no sé. Algunos quizá se masturben discretamente. Yo haré fotos a lo lejos


   Sí, sí, contestaba yo, sí, sí. Pero sabía que ya era imposible. Había visto la verdad de A. Estaba enferma. No deseaba exponerla. No sé, movió mi corazón o una cosa así, Dios. Mi deseo de explotarla desapareció. No por dinero. A. era sincera. Yo debía ser sincero con ella también. No por dinero, Dios. A. era libre de disfrutar de su sexualidad. B. no era libre de cobrar por ella. Sí, sí, continuaba asintiendo.


5


Cuando B. acabó de echarme encima toda esa mierda, me despedí y me largué y no volví a contestar las llamadas de B. ni a salir con A.


     Me puse a contar la historia de A. y B. en los bares de siempre y nadie me lo creyó. Aunque siempre pedían escucharla.





1 comentario:

  1. Axel Blanco Castillo17 de agosto de 2015, 7:45

    Una lectura de lujo. Magnífico trabajo Petrozza.

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