domingo, 2 de agosto de 2015

Una buena mujer.


En algún momento P. pensó escribir sobre la mujer con que salía actualmente, pero llegó a la conclusión de que ella no lo merecía. P. solía escribir sobre cualquier cosa de su vida, sobre todo, de sus relaciones con mujeres. Le fascinaba conocer mujeres y  liarse con ellas. A eso lo llamaba vivir.

Había escrito más de setenta relatos cortos sobre mujeres. Cada una de ellas era una fuente misteriosa de sabiduría.

Sin embargo, por vez primera, se encontraba ante una que no le inspiraba. No encontraba algo de ella que fuese digno de contar. No le daba problemas. No le celaba. No le hacía numeritos. No le reclamaba sus borracheras. No le tocaba las bolas con actitudes infantiles, ni le hablaba de su madre con nostalgia. Incluso era vegana y ayudaba a albergues de perros y gatos.

Así no se puede, pensó P. Y se juró que en la próxima salida con B. le gritaría y la pegaría a ver si así le sacaba una escena literaria. Algo para narrar y que todo el mundo conociese el lado más oscuro del ser humano.  

      Así lo hizo: la siguiente vez que se encontró con B. se emborrachó con ella en bar de N. y la pegó delante de todos. Una bofetada de revés. Bien puesta. Casi hace caer a B.

B. lloró. Le abandonó en el acto y P. quedó solo, bajo la mirada beligerante de los otros borrachos y las exclamaciones de las borrachas.

De pronto sintió como si le extirparan el lóbulo derecho. O como si le quitasen un antifaz. Es decir, se encontró vacío y aturdido, ridículo y miserable. Nunca antes había pegado a una mujer. Ni siquiera a las que sí le jodieron en serio. B. no lo merecía.

Uno de los borrachos se acercó a P. Lo miró de arriba abajo antes de escupirle: ¡eres un mierda! P. no contestó. El desánimo le instaba a dejarse hacer. Si éste quería pelea, saldría con él afuera, pero no se defendería. Lo mínimo que merecía después de haber pegado a la buena de B. era esto. El borracho continuó insultándolo.

Al ver que P. no se defendía, otro borracho se levantó. Entrambos le gritaron. La mujer del primer borracho también se levantó. ¡Hijo de una perra es lo que éste es! ¡Pegar a una mujer así! Y otro borracho y otra borracha se unieron desde sus mesas: ¡hijo de perra! ¡Habría que partirle la cara de mamón que tiene! ¡A una mujer no se le pega!

Sin que lo ordenara, el mesero le entregó la cuenta. P. la miró. Hizo cuentas mentales. Sacó la billetera y la saldó. Acto seguido, se levantó de su asiento y caminó a la salida, abriéndose paso entre las gentes. Uno de los borrachos se le interpuso. Afuera, le murmuró el mesero al borracho. P. salió con medio bar a sus espaldas.

¡Te voy a enseñar a trata a una mujer, hijo de perra!, gritó el borracho y soltó el primer golpe. P. lo recibió en el estómago. Se dobló. Otro borracho le pateó el costado y P. se dobló aún más. Cuando estuvo en el suelo todos se le fueron encima. Borrachos y borrachas. Zapatos de cuero negro y zapatillas de tacón. Bolsos. Puños. Palmas. Uñas. Tan solo se cubrió la cara. ¡Por pegarle a una mujer! ¡Por qué no le pegas a tu madre! ¡Así aprenderá!

Como pudo, regresó a casa.


2

P. llamó a B. pero ésta no contestó. Era definitivo. Deseaba ofrecer disculpas a B. Decirle que la estimaba. No quería que B. se quedara con un mal sabor de boca. Sabía que una cosa así podía marcar a una mujer para siempre. Hacerla creer que todos los hombres… En fin. B. no contestaría nunca más. P. lo sabía. Era inútil rogar.


3

Pensó que ahora tenía algo que escribir sobre B., así que se puso ante la computadora y escribió: “B. era una buena chica…

Pero los golpes aún le dolían en todo el cuerpo. Corrigió: “B. era una hija de la gran puta…

Sin embargo, no se atrevió a continuar. Se levantó a la cocina. Trajo cerveza y papas fritas. Dejó lo de escribir y se puso a pensar en B. No sacó nada en concreto. Ambiguamente, una buena mujer.

De pronto sonó el teléfono. Era D., una chica que conoció hace dos años y con la que se acostaba ocasionalmente. D. le invitó a tomar una copa. P. aceptó.

D. llegó en una hora al apartamento de P. Trajo una botella. P. y D. bebieron y fumaron y hablaron sobre B.; P. le contó todo sobre B. a D. y ésta defendió a P. diciendo que ya conocía a muchas mosquitas muertas como B. Cuando llegaron a la parte de la paliza, D. le quitó la camisa a P. y le sobó y besó los golpes con ternura y desesperación, diciendo: ay, mi pobre bebé, y le sacó los pantalones y de un momento a otro se la mamó y P. pensó en lo bien que la mamaba D. y en que B., a pesar de ser por mucho más buena que D. en lo moral, no estaba ni cerca de satisfacerlo sexualmente. Y se dijo que allí radicaba el lado oscuro de B. En su moralidad. Era muy poco humana. Se dedicaba a salvar perritos despellejados y a ahorrar agua y a comer sólo vegetales, pero no podía mamar a un hombre adecuadamente. Juzgaba todo desde un pedestal imaginario. No daba la lata, pero se guardaba rencores por años. Por eso B. estaba sola y pasaría el resto de sus días sola, al lado de perritos y de objetos reciclados. Conforme se acercaba al orgasmo, pensaba en lo bueno que fue abofetear a B. Para traerla de regreso al mundo. Esto es el mundo, pensó: una botella, una mujer, un cigarrillo, una buena mamada. Y allá afuera: un perrito despanzurrado.

P. se corrió en la boca de D. Sintió cómo le succionaba hasta la última gota y miró cómo se levantaba y se pasaba la lengua por los labios y exclama: papito rico, y encendía un cigarrillo. Oye, D., le preguntó P. de golpe: ¿alguna vez has pensado en todos esos perritos de la calle, todos tuertos y cojos y enchinchados? No suelo pensar en ello, contestó D. echando el humo de la bocanada. ¿No te gustaría salvar unos cuántos?, preguntó P. ¡Ni loca!, exclamó D., te pegan la sarna. Ya, exclamó P.

D. se levantó para ir al cuarto de baño. P. jaló una libreta y una pluma y escribió: “Una persona buena esconde siempre a una persona mala en su interior… D. regresó. Saltó a brazos de P. Éste se quejó y D. se acordó de los golpes y lo sobó y besó de nuevo y le llenó la copa y le encendió un cigarrillo.

Bueno, dijo D., ¿y qué más con B.?, ¿te lo menea tan rico como yo, papito? Qué va, exclamó P., B. es tan solo una buena mujer. ¿Y yo? ¿No soy una buena mujer? Tú eres una mujer, una mujer de verdad, D. D. lo abrazó y le arrimó la cara al pecho. Y tú eres un hombre de verdad, P., un hombre loco y perverso de verdad.






1 comentario:

  1. Se le asoma harto el Bukowsky a Petrozza, pero bien, una buena mamada habla de un corazón generoso.

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