domingo, 30 de agosto de 2015

Su, la poetisa.


Su me llevó a conocer al poeta, al gran poeta del barrio. Se hablaba mucho de él en las cantinas y en las tertulias. Decían que era un espectáculo. Me había negado a encontrarlo por ahí, pero aquella vez Su me llevó con engaños.



Su tenía interés en presentarme con él. Pensaba que podría hacer algo por mí, no sé. Se rumoraba que hacía mucho por las comunidades indígenas de Guerrero, por los niños pobres y analfabetas del Estado de Chiapas. Bueno, escribía poemas en su honra y hacía compilaciones económicas en su taller de edición e impresión de libros (daba talleres para enseñar a los escritores fracasados a hacer sus propios libracos). Vendía las ediciones y se iba a Guerrero o a Chiapas a tomarse fotos con los indígenas o los niños y a leerles sus poemas.

Su, yo no soy indígena, no hay algo que el poeta pueda hacer por mí. No importa, P., insistía Su, quizá puedan fumarse un porro juntos e idear un libro, qué sé yo. El poeta tiene un taller de libros. Quizá pueda publicarte algunos relatos. Yo no fumo porros, Su.

Dijo que iríamos a echar trago a un bar nuevo. Nuevo para nosotros. Fuimos y bebimos un par de copas y luego salió el poeta, un adolescente nacido en los noventa. Tenía un altavoz. Tenía el cabello corto, atado por la coronilla, como una cebolla. Y además canturreaba al estilo rap para declamar. Maldita, Su, le dije, ¿por qué me has traído a ver esta mierda? Vamos, P., quiero que veas esto. Quiero que veas la fuerza que tiene el poeta.

Bueno, sí, tenía mucha fuerza. Demasiada. No le bastaba el altavoz. Gritaba con todas su fuerzas. Había una sillita junto a él. Se subió a ella y desde ahí se puso a gritar aún más fuerte. Gritaba cosas en contra del gobierno, según puede entender. No era muy claro debido al altavoz. Luego bajó de la silla y se quitó la camisa. No había necesidad de hacerlo. Gritaba con tanta fuerza que el pecho se le hinchaba y se le ponía rojo, desde la garganta. Todos lo miraban casi espantados. Era muy bajo de estatura. Daba la impresión de que todos esos gritos compensaban su metro con cincuenta. Y cada vez subía más la voz y recitaba más y más aprisa y ya casi no podías entender un carajo ni detenerte a pensar en lo que decía, si es que decía algo.

Cuando terminó, todos aplaudieron. Su la primera. Me instó a hacerlo. No sé, Su, le dije, no entendí algo de lo que dijo. Y no me gusta el rap. Ni los gritos. Ya sabes, me alteran. ¿Por qué tiene que gritar?

Tuve que escuchar al poeta durante cuarenta minutos. Lo escuché gritar y lo miré quitarse los pantalones y arrastrase por el suelo y sollozar. En algún momento sacó una bandera de México y la pisoteó. Se pintó la cara con pintura roja. Se echó sobre la bandera, como un muerto o un herido. Todo ello en calzones. Y el maldito altavoz. La gente se volvía loca. La mayoría eran adolescentes. Casi todos iban con el mismo corte de cabello. Casi todos usaban gafas de pasta. Casi todos llevaban ropas flojas. Cualquiera de ellos podría ser el poeta.

Ya, exclamé, ya terminó. ¿Podemos irnos? Antes de que Su pudiera contestarme, el poeta se acercó a ella. La saludó desde lejos y vino a ella y se saludaron como dos grandes amigos. El poeta se negó a besarla. Por la pintura roja. Creo que era homosexual, o por lo menos, afeminado. Seguía sin camisa y con la pintura escurrida en la cara y el pecho. Tomó asiento a nuestra mesa. Su dijo: ¡Oye, él es P.! El poeta me estiró la mano y lo saludé. Nos miramos un par de segundos. No dije algo. Él tampoco. Alguien le gritó a lo lejos. Se levantó a mirar quién y exclamó: ¡Su, ahora vuelvo! ¡Gusto en conocerte, P.!

Y saqué a Su de ahí casi a arrastras.



2

Entramos a bar de T. Me sentí en casa. Ordenamos Tecate regular.


P., ¿por qué eras tan cerrado? No lo sé, Su, no lo sé. ¿Qué tiene de malo el poeta? A todos nos gusta. Quizá eso tenga de malo, contesté. Anda, dime, ¿qué piensas de sus poemas? Dilo sinceramente, P. Me esforcé. No lo sé, Su, no recuerdo una sola línea de todo lo que pregonó. A mí me gustó la parte en que subió a la sillita; ¡es muy intenso!, exclamó Su. ¿Y de su poesía?, pregunté, ¿puedes decir algo sobre su poesía? Su lo pensó un minuto. Bueno, confesó, yo tampoco recuerdo mucho. ¡Pero la parte de la bandera es genial!

      De pronto entró C. Me miró y vino a sentarse con nosotros. Venía excitado. Exclamó: ¡P., tienes que ver esto!: arrojó un folleto. Era un sobre un evento del poeta. El 15 de marzo. Cooperación voluntaria por los niños indígenas de Guerrero. C. reía y gritaba: ¡me han dicho que pisotea una bandera de México! ¡Lo hace!, gritó Su. ¡Sí!, gritó C. Su le contó que veníamos de verlo. C. no paró de envidiarnos. Salí a fumar un cigarrillo y a mirar a las chicas mientras ellos hablaban sobre el poeta.



      3

P., me dijo Su en alguna ocasión, traje un libro. Es del poeta. Veamos qué dices ahora sobre su poesía. Ya, dije, así puedo darme el tiempo de leerlo, ¡pero a gritos!

Era una edición económica de 80 páginas. Malamente engrapada y con muchos errores de edición. Podía soportarlo. Lo que vale es el texto, me dije.

      Había algo en la poesía del poeta que no pegaba. Aún leyendo su libro no puede grabarme un solo poema. No haré juicios críticos. Pero sus malditos poemas no me hacían temblar. Sus gritos sí. Sus sangres falsas y sus espectáculos eran más fuertes que sus letras. Yo siempre quise que mis letras me excedieran. Él apostaba por el camino contrario.

Me declaré derrotado ante Su. Le dije: ya lo tengo, Su, podemos hacer un trato. Yo escribo poemas anónimos y tú los recitas con las tetas de fuera en parques públicos. Así se olvidan del poeta.

Su no aceptó. No fue necesario. Pocos días después una chica de veinte años se desnudó al recitar poemas. Se dejaba el vello de las axilas y de la panza y lo llamaba feminismo. No estaba buena, pero una mujer desnuda es una mujer desnuda y la masa se fue con ella mientras el poeta seguía pisoteando banderas y sollozando.

Poco después otro poeta Salió a la luz de las calles y de las muchedumbres. Se negó a escribir sus poemas en papel y se los tatuó sobre el cuerpo. Se paró en Eje Central, en calzones, abierto de brazos, sin hacer algo excepto dejarse leer los poemas por los transeúntes. Una revista lo fotografió. La gente le echó monedas y el antipoeta pudo emborracharse.

Un editor de cuarenta años tuvo la idea de montar un cuadrilátero en un foro cultural y hacer subir a un montón de poetas a pelear a versos, en un concurso ridículo, tratando a la poesía como a un espectáculo de Televisa. Explotando a los poetas de veinte años (les editaba libritos que ellos mismos, los poetas, pagaban). Lo llamaron slam poético. Así, en inglés, aunque la mayoría odiaba a los gringos y defendía el indigenismo. 

No pararon de surgir más y más poetas nacidos durante los noventas. Se pusieron a escribir en libretitas artesanales y recitar sus poemas con altavoces, subidos en sillitas y llenos de pintura o desnudos o haciendo cualquier cosa que pudiese llamar la atención de las masas locales. Usaron las noticias de las televisoras para ello. Si mataban a estudiantes, hacían poemas sobre la muerte de esos estudiantes, etc. Todos llevaban el cabello en forma de cebolla y usaban ropas holgadas y fumaban porros y gritaban al recitar y vivían en casas de sus padres y querían ser estridentistas.

Escribí un poema en contra de todos ellos. Su lo leyó y dejó de salir conmigo. Se fue con los poetas de los noventas a pintarse la cara y a raparse la mitad de la cabeza. Incluso Su se hizo poeta. Comenzó a recitar en eventos masivos y a subir al cuadrilátero. Le publicaron una plaqueta y la llamaron Su, la poetisa. Desgarró sus ropas y las volvió a cocer para crear su propia ropa. Lucía como un espantapájaros, todo remachado, pero era muy querida porque no compraba en tiendas su ropa, aunque tomaba coca cola y tenía un teléfono móvil de moda, de segunda mano. La buena Su tuvo sus minutos de fama.

Un día llamó para decírmelo. Me dijo: P., no seas obstinado, deja la vieja escuela y únete al cambio. La poesía debe evolucionar. Le respondí: yo no hago poesía, Su. Ni de la buena ni de la mala. Silencio. Deberías leer en público, P., dijo. Hay un chico que organiza lecturas en un foro en la Narvarte. El próximo evento será en quince días. Podrías subir a leer con ellos. No, Su, gracias. Les he hablado de ti, P. Les he mostrado tus relatos y se han cagado de la risa; los estiman. Te aceptarán, P. Oh, oh, oh, exclamé, muchas gracias Su, pero no necesito su aceptación. Puedes beber con nosotros y probar el LSD. Oye, Su, voy a colgar, ¿vale? Oh, P., no seas tan cerrado. En serio, Su, voy a colgar justo aho… ¡Clak!

No volvió a llamarme. 

Una vez la encontré en bar de T. Iba con cinco colegas suyos. Nunca más la vi sola. Siempre iba en grupo. Eso era su cosa: el grupo, la pertenencia y la aceptación. La poesía era su máscara.








    

5 comentarios:

  1. Ricardo Aguirre Bahena30 de agosto de 2015, 21:24

    Todo buen escrito es intemporal y universal, es a mi entender, lo que permite que el lector lo haga suyo: Por encontrar reminiscencias de su entorno. Así, durante la lectura creí oír la descripción de un poeta inicástico que conozco y que he leído, pero no leo. Me refiero a un poeta de Tabasco afincado en Acapulco.

    Me gustó mucho este relato o cuento, tanto que ojalá tenga la oportunidad de seguir leyendo más de su autor, o bien, escuchar alguna lectura en una de esas reuniones de culteranos tan frecuentes y "necesarias" para ellos.

    Gracias por colaborar y espero nuevos relatos iguales o mejores que este.

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  2. Miguel Beltrán Mora30 de agosto de 2015, 21:28

    Extrañaba los relatos :)

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  3. Elrinconde Baudelaire31 de agosto de 2015, 10:56

    Muy Bueno!!

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  4. Su puede ser el nombre de tu amiga China. No es muy afortunado para un cuento o relato. Yo escogería Lyn, Nin, etc.

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