jueves, 20 de agosto de 2015

Quisiera tener alas.

Texto por: Axel Blanco Castillo
Sitio del autor, aquí




“Esta vida da pocas explicaciones. Por eso necesitamos algo a lo que agarrarnos por encima de nosotros.”

Sophia Loren



Desde que Gloria entró como docente nunca estuvo en tal grado de tensión. Tampoco le pasó por la mente que uno de sus estudiantes se atreviera a piropearla como cualquier baboso de la calle. En qué mundo estamos Dios. Qué les pasa a los padres que no enseñan a sus hijos a respetar. Quizás hubiera dejado pasar un galanteo inocente. Profe qué bonita está hoy. Parece un ángel. Una orquídea del cielo. Una bella flor del desierto. Son chicos de quinto, eso lo podría justificar un poco. Ya saben, las hormonas haciendo ebullición y explotando a mil por hora. Esa edad es así. Se enamoran de todo lo que se mueve. Pero lo que sufría desde hacía dos meses era lo que se denomina en nomenclatura legal como acoso. Cuando impartía clases a ese curso el dominio de Gloria se debilitaba. Y comenzaba a titubear cuando sus ojos se topaban con Jonathan. Y no era que le gustaba el Jonathan. Su rostro era un campo minado de barros purulentos. Y sus axilas producían un tufo de amoniaco tipo insecticida. Lo que pasaba es que su mente estaba programada para no engancharse con menores. Incluso una vez había dado suplencias en la universidad y tampoco lo permitía con alumnos mayores. Era una cuestión de ética. De principios. Jonathan la abordaba en lugares solitarios y la pegaba contra la pared. Ella no podía zafarse fácilmente. Su fuerza masculina ya le brotaba de los bíceps. Le agarraba los extremos de la mandíbula con una sola mano. –Anda perra, dilo, dilo… Dí que quieres ser mi costilla. Ella nunca accedería a tal requerimiento. Tampoco podría decir que sí, si lo quisiera. El miedo le sellaba los labios. Jonathan frotaba la parte baja de su cadera contra ella. La acariciaba. La besaba. ¿Importaba lo que hacía? Gloria imploraba tener el valor suficiente para extirpar sus huevos de un rodillazo y tumbarlo. Privarlo del dolor. Incapacitarlo para el resto de su vida. –Responde perra, dilo, dilo… Dí que quieres ser mi costilla. No puedes resistirte a mis encantos, ¿verdad? ¿Cuáles encantos? ¿Dónde están esos encantos que no los veo? Los ojos de ella son dos dedos que lo delatan como el ser más horrendo del planeta. Desprovisto de cualquier partícula embrujadora. La primera vez que la acorraló fue en el callejón que queda a una cuadra de la institución. Le dijo que le gustaba y que estaba decidido a ser su novio. La beso por la fuerza y la dejó ir. Al día siguiente Gloria levantó un acta y la llevó a Dirección y a Defensoría. El acta era en realidad una denuncia formal de acoso. Pero todo terminó en una reunión donde el argumento de Jonathan tenía más peso, por ser menor de edad. La trabajadora social fue de lo más “imparcial”: –Profesora usted es la docente, debería saber que la prioridad para el Magisterio y para el país, son los estudiantes. Se supone que debería saber manejar la situación con un chiquillo de diecisiete años. Ambos deben firmar esta acta de compromiso. Ninguno de los dos debe agredirse más. Y Gloria, por favor, no quisiera llevar esto al Consejo de Protección, porque según el muchacho, es usted la que lo acosa. Al salir de la Defensoría los padres del menor la insultaron. Dijeron que si seguía inventando cosas sobre su hijo llevarían el caso ante la fiscalía. Que lo lamentaría toda su vida. Y para cerrar el espectáculo escupieron su cara. Gloria se limpió con un pañuelo y sin caer en provocaciones salió.



     Jonathan la atrapó otra vez en la calle.  –Sólo quiero que seas mi hembra pero si me presionas voy a tener que lastimarte mucho. Ahora él la tiene nuevamente contra la pared del callejón. –Anda perra, dilo, dilo… Dí que quieres ser mi costilla. Ella aprieta sus labios. Está decidida a no ceder ante el monstruo adolescente. Resiste todo lo que puede sin hallar una sola idea que la salve. O un héroe que la defienda. Pero en la vida real los héroes no existen. Sólo en los cuentos de hadas. En las películas. Gloria mira a todos lados. No pasa ni un alma por el lugar. Jonathan sigue encima y su nariz lanza un aire tan desagradable que le dan ganas de vomitar. Unas manos se cuelan por debajo de su falda. Hay un forcejeo pero al final la fuerza de él se impune, sus piernas se abren. Los cachetes se le mojan de lágrimas mientras voltea la cara y sus ojos verde lima escrutan el Guaraira Repano. Hay un sendero muy bonito que recorre. Concentra su pensamiento en la idea de sólo volar con alas de ave gigante y perderse en la plenitud de esa niebla fría que flota en el aire. Como si la imaginación pudiera salvarla de su verdugo. Como si pudiera abandonar ese cuerpo y tan sólo elevarse tal cual ave.







Texto por: Axel Blanco Castillo

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