domingo, 9 de agosto de 2015

El laberinto.


Bueno, T. cerró el bar y tuve que dar unas vueltas por ahí antes de decidirme a entrar a Tres Gallos. No deseaba entrar a Tres Gallos porque Sergio solía cerrar a las once o doce la noche y eran las nueve; habría que mover el culo a esa hora. Comenzaría a llover justo en media hora o menos. Lo sabía: había llovido a las nueve con treinta o alrededor desde hacía cuatro días. Las noticias hablaban de un frente frío. El ambiente era de lluvia. Toda la gente caminaba por la Glorieta con los brazos cruzados a causa del viento y la humedad. Excepto los homosexuales. Ellos siempre van con camisetas ajustadas de mangas cortas. A veces en camisetas hechas con tela en red. Los homosexuales pueden soportarlo todo. Desde el frío hasta una verga en sus culos, pensé.


     Subí las escaleras que me arrojarían a Tres Gallos. No tenía alternativa. Uno vive atrapado en su propio laberinto. Bar de T. Bar de Sanborns. Tres Gallos. Nada más en la vida para mí. Como una ratita de laboratorio, en A. B. o C. y los médicos diciendo: No tiene alternativa, acabará en B. y al día siguiente beberá agua del grifo y jurará no volver, pero por la tarde volverá a C. No tiene seso suficiente para darse cuenta de su realidad. No tiene tanta memoria como para recordar que la semana pasada juró no volver y se dijo que sería definitivo. Además, sus células. Sus células son adictas. Es una pobre y atrapada ratita de laboratorio adicta y condenada a darse vueltas por ahí antes de acabar en donde siempre.


     ¿Por qué no viajas, P.?, me preguntó una vez una chica. No lo hago por el mismo motivo que no lo hacen todos los que no viajamos. También me preguntó por qué no dejaba el trago. Ni siquiera lo contesté. Cambié el tema de inmediato. No podía soportarlo más. Me despedí de ella y me prometí no volver a citarme con esa. No entendía lo más elemental.


     Sergio me miró entrar y me lo dijo: P., cerraré a las once. ¿Por qué tenía que hacerlo? ¿Por qué tenía que decírmelo siempre antes de que me instalase? Quizá él lo consideraba una cortesía de su parte, el anunciármelo antes de que me sentase y me aplatanase en el bar, a gusto, con la idea de que podía dejar pasar la vida ahí, en su maldito bar, mientras él deseaba de corazón que todo el mundo se largase y pudiese ir a jalarse la pija a casa en paz. Es lo que más apreciaba de T. Su paciencia. Podía soportar a los borrachos hasta las tres o cuatro de la madrugada, incluso hasta las seis de la mañana. A esa hora uno ya podía darse por bien servido. Ya no había más que regresar a casa o tirarse en un banco público a desaparecer. Así se llega al Nirvana, muchacho. Baco lo sabía. Ahora lo sabes tú. Los orientales han estado perdiendo el tiempo con la meditación.


    Ya, contesté. Ordené Tecate regular. Una bella botella de litro doscientos. En bar de T. no las venden de otro modo. Aquí también las hay de a tercio de a litro. Pero nadie las ordena. El mejor sitio para eso es el bar de Sanborns. Nadie lo cree hasta que lo arrastro al bar una o dos ocasiones. No vuelven por sí solos, hay que estarlos jodiendo. Lo agradecen cuando en medio de la borrachera llega Federico con una charola llena de platos de tacos y habas en salsa y caldos de camarón. Entonces dicen: P., eres un genio. No regresan solos. Hay algo ingrato en bar de Sanborns para ellos. No pueden estarse en un sitio oscuro, solo y deprimente. No importa si lo dudas, Sanborns tiene los bares más deprimentes. Más deprimentes que Tres Gallos o bar de T. Allí se vive toda la nostalgia de las navidades de clase media. Pasa una Navidad en bar de Sanborns y te olvidarás del niño Jesús para siempre.


     A la mitad de la botella entró K. Un borracho de Tres Gallos. He hablado con él algunas veces y le he mirado discutir con Sergio por el mismo motivo que todos le discutimos: la hora del cierre. Nos vuelve locos. No queremos ir a otro sitio. Nadie pone la cerveza a 60 pesos. Al lado hay un bar de chinos. 72 la cerveza. Es lo más barato después de Tres Gallos. Puede ser mucho peor. Hay sitios realmente caros por la zona. T. me pone la cerveza a 50 pesos el litro doscientos. Una promoción especial para P. y sus amigos. Nadie lo sabe. Eso lo guardo como a un tesoro. No quiero que los borrachos de Sergio se pasen a con T. Son dos tipos distintos de borrachos. En Tres Gallos son detestables. Drogadictos de la Glorieta. Venidos de Pantitlán. Trabajadores del gobierno. Homosexuales. Prostitutos. Apostadores. T. suministra a un grupo de artistas y rockeros. A él acuden escritores y músicos. También hay drogadictos, obreros, homosexuales y apostadores entre ellos. De cualquier modo es distinto. No voy a explicarlo yo. Ve tú y velo.


     K. vino con otro, de unos treinta y tantos años. Me miró. Soy el único al que reconoce, así que me saludó con exageración. Supuse que quería dárselas de muy conocido en el bar con el otro. Quizá le contó de Tres Gallos. Ya sabes: anda, te llevaré a un sitio. Económico. Yo voy cada jueves. Conozco a todos los borrachos. Sí, sí, reconozco el parloteo. Yo mismo he parloteado de ese modo. Hay un placer en ser reconocido e iniciar a otros.


No estoy de humor para tratar con K. pero un borracho no puede despreciar a otro borracho. No cuando han bebido y compartido horas de pudrimiento. Es mejor ser amigo de todos. Aunque al final nadie es amigo de alguien. Me levanté y le saludé de abrazo. Justo como él lo esperaba. Me presentó al otro: Flores. Apretón de manos. Sonrisas falsas. Tomamos asiento.


    Sergio se acercó. K. ordenó una Tecate de a litro doscientos. Me dijo: P., no me jodas, dime que Sergio no te ha amenazado con cerrar a las once. Asentí con la cabeza. K. movió la suya negativamente. Sergio regresó con la cerveza y dos vasos. K. le devolvió uno. Sergio se fue. Flores es un alcohólico recuperado, explicó. Lo miré a los ojos, al tal Flores. Me miró a los ojos. Sonrió. Fue una sonrisa sardónica. Miró el modo en que bebí de mi vaso y dijo: sí, aprendí a no depender del alcohol. Estoy recuperado. Ya, contesté. K. rió y exclamó: bueno, como sea, es un buen chico, ¿verdad? Flores no contestó. Quisiera estar en bar de T. con C. y O. pero ninguno contestó las llamadas. Deseé que para las once llamaran ellos y tuvieran alguna maldita idea de dónde beber antes de que Sergio me echase de regreso a la calle o de que Flores me recuperara y me volviera abstemio. Nada en la vida me aterra tanto como la idea de ser abstemio.


    Bueno, K. intentó ser sociable pero Flores era un hijo de puta. No lo soportaba ni siquiera K. Se lo pasaba hablando mal del alcohol y de cómo dejó de beber gracias a unos pasos que se sacó de la Doble A. Era un jodido cabrón. Hablar de ese modo cuando dos buenos hombres tratan de emborracharse es como hablar de Cristo en una orgía. No sé. Además, tenía ese modo de mirarte, como si él fuese mejor que tú. Como si él hubiese llegado a algún sitio antes que tú y te lo echara en cara pero sin decirte cómo lograrlo. Aunque nos hablaba de los doce pasos y todo eso; no era sincero. Deseaba ser el único alcohólico recuperado. El pastor. No iba a soportarlo por mucho tiempo.


     Dije que saldría a fumar un cigarrillo. K. aprovechó para ir también. Me pidió un cigarrillo.


Ese Flores no es un buen tipo, le dije. K. alzó los hombros. Lo encontré por ahí y lo traje, qué más da. Dio una calada honda, como si fumase yerba. Trato de ver si lo corrompo. Expulsó el humo. Es duro. Ya, respondí.


     Regresamos dentro y Flores no estaba.


    Mejor que se haya ido, exclamé. Al instante siguiente lo vimos venir. Se instaló. Traía una lata de coca cola en la mano. La destapó ante nuestros ojos. Es increíble que en este lugar no vendan coca cola, dijo. K. y yo nos miramos. Esto era demasiado. No es que nos importase que Flores bebiera o no. Era el modo en que menospreciaba a los borrachos y al acto de beber. No se puede confiar en la gente que no bebe. Es gente enajenada. Enferma. Vamos a ponerlo así: la sociedad está enferma y beber es un modo de no ahogarse entre esa sociedad enferma. Un hombre orgulloso de no beber es un hombre orgulloso de su enfermedad. Miren cuánta mierda puedo soportar, grita, miren cuánta mierda puedo tragar sin sentir algo, sin necesitar salirme de mí mismo. La gente honesta bebe. No hay lago malo en declararse no apto para vivir en esta sociedad. Ninguna gente en estado de tribu necesita beber ni suicidarse.  Pero los civilizados sí. Es lo que más necesitamos. Nos han robado todo. Nos han exprimido hasta la última gota de nosotros mismo. Flores era un jodido enfermo mental. La Doble A le comió el seso.


      K. y yo bebimos y nos olvidamos de Flores.


     Ahora bien, K. tampoco es una compañía inteligente. Es de los que creen en Dios. En el dios cristiano. En cualquier dios, no sé. Comenzó a hablar de Dios y Flores le siguió el juego y le dijo que Dios podía ayudarlo a dejar el trago. K. se puso contra la espada y la pared. Quería a Dios, pero también quería al trago. Hay un pasaje de la Biblia, en Proverbios 31, versículos 6 y 7, donde Dios ordena dar de beber al afligido y al pobre. Pensé en recitarlo para ayudar a K. Me contuve al pensar que eso era dar más cuerda a Flores. Lo repetí para mí en mis adentros: “Dad bebida fuerte al que está pereciendo, y vino a los amargados de alma. Que beba y se olvide de su pobreza, y no recuerde más su aflicción”.


     Salí a fumar un cigarrillo a solas. Desde la calle les miré y pensé en C. y O. Quizá se hayan pasado por bar de T. y lo hayan encontrado cerrado y se hayan largado a otro sitio, y yo aquí, con estos dos y con Sergio amenazando con echarnos y las nubes grises y los primeros truenos.


     Eché la colilla al suelo y me largué. Sin decir adiós ni dar explicaciones. Sin pisar la colilla. A las diez con cuarenta y cinco, más o menos. Antes de que me echaran y K. y Flores quisieran llevarme a otro sitio o irse a mi casa.



   Caminé a prisa. Las primeras gotas de lluvia me cayeron encima. Me pasé por bar de T. Solo por ver si a caso… Cerrado. La lluvia arreció. Me refugié debajo del toldo del bar y me quedé ahí, sobándome los brazos, como una ratita pobre y triste porque no había encontrado su queso y no quería estar con las otras ratitas, la cristiana, y, sobre todo, la otra, la que dice: encontré el modo de no depender del queso. Pero el queso es necesario incluso para él, y los médicos diciendo: la rata Flores ha mordido el anzuelo, le cambiamos el queso por un sustituto de polietileno parecido al queso y ahora profesa el consumo del polietileno y se jacta. El polietileno es más dañino. No importa, solo es una ratita más. 





2 comentarios:

  1. calidad de relato...

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  2. Un cuento divertido y magnífico, escrito con maestría. Felicidades al amigo Petrozza.

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