domingo, 23 de agosto de 2015

El gran simulacro.



En cierta ocasión, un borracho de bar de Sanborns se me acercó. Dijo que me había mirado por ahí un par de veces. Lo miré directo a los ojos a ver si se iba. La mirada le atrajo. Dijo que podía adivinar mi futuro a través de mi mirada. Quizá el jueguito le salió bien. Nunca más volví a mirarlo de ese modo.


      Afirmé que solía venir casi todos los días, excepto los viernes (que no hay promoción). Se sentó a mi mesa. Ordenó una piña colada. Usaba una camisa hawaiana que hacía juego con sus cocteles y su piel blanca y sus canas. Parecía un viejo gringo asentado en México. Un retirado. Y sí, tenía una cámara fotográfica colgada al cuello que descansaba en una barriga prominente.


      Durante el tiempo que tardó Federico en traer la piña no hablamos. Yo no tenía algo qué decirle y él no tenía prisa. Di un par de tragos a mi cerveza y miré hacia la puerta del bar, a la luz, y pensé en levantarme y dejar a Fulano botado. Antes buscaba este tipo de experiencias, pero luego de los treinta años todo lo que quieres es sentarte a beber en santa paz, sin interrupciones, mientras piensas en tu ex mujer y tus demás fracasos. Otra cosa que pasa después de esa edad, es que no tienes energía para hacer todo lo que piensas hacer. Me quedé mientras pensaba en irme.


      Cuando la piña llegó, el hombre se puso a hablar. Dijo: Tú eres P, el escritor. No era la primera vez  que me pasaba, lo juro, y siempre… era para mi propio mal. Asentí con la cabeza. Se entusiasmó. Me lo contó Federico, exclamó entre risitas. Alzó su piña, la acercó a mí en brindis. Cogí mi cerveza y brindé con él. Salud. Salud.


      Como en casi todas las ocasiones que algún borracho se acercaba a mí por mi profesión (o lo que sea ser escritor), tenía en mente un montón de cosas que deseaba que YO escribiera por ÉL. Me negué rotundamente. Me dije escritor retirado, fracasado, enterrado, acabado, incapacitado. Me levanté a media piña suya (terminada mi cerveza) y me largué de ahí, del bar. Mandé a Federico a pagar mi cuenta y le dije: hombre, ya no le digas a los borrachos cosas sobre mí. El pobre no lo entendió. Pero me juró no volver a hacerlo. Le di cincuenta pesos de propina y desaparecí.


      Me fui a Tres Gallos porque eran las ocho y media de la noche, era martes, y Tala no abría en martes. De cualquier modo pensaba beber hasta las diez u once, hora en que termina la promoción en Sanborns y hora en que baja cortina Sergio, en Tres Gallos. Me estuve ahí hasta esa hora y regresé a casa por el camino de siempre y me dormí. Ser un borracho exige constancia, disciplina y hábito. Hay que persistir. Como en todas las cosas de este mundo.


      Y luego olvidé todo y un día cualquiera me fui a Sanborns (a las ocho en punto) y me senté en mi mesa y Anthony me saludó y me sirvió con agrado. Ya no necesitaba ordenar. Anthony siempre sabía lo que yo quería. Me adornó la mesa con dos cervezas Tecate, un caldo de camarón, chicharrones de harina y cacahuetes salados. Le agradecí, como cada noche, y como cada noche bebí mis cervezas (doce cervezas) y comí mis botanas y pensé en Sara y en cuándo fue la última vez que le hice el amor sin saber que sería la última vez que se lo haría antes de que termináramos. Trataba de recrear la escena. De buscar en sus gestos el desagrado de hacerlo con alguien a quien ya no amas y a quien planeas abandonar próximamente. Ay, las mujeres, sufren más porque sienten más. ¿Qué le costaba gozar si ya lo estábamos haciendo? Por mi parte también lo sabía: que nuestra relación llegaba a su fin. Saberlo no me impedía gozar. De cierto modo me hacía gozar más. Saber que ella no lo disfrutaba y que lo soportaba sólo porque le debía dinero y si me detenía el sexo no se lo pagaría. Cuando le pagué el último centavo se fue. Ahora todo ello carece de importancia, pero no tengo otra cosa en qué pensar. Hay que tener cuidado con lo que hacemos porque después eso será nuestro pasado y será todo en lo que podremos pensar y rumiar en la barra de un bar. Pero la vida es así. 


      A la cuarta cerveza Anthony me dijo: por cierto, señor, hay un hombre que lo busca constantemente. Entra y pregunta por usted. Si no está, se va. A veces vuelve. Comenzó a venir por las tardes; Federico le aconsejó venir más noche. Ya, dije, si lo ves no lo traigas conmigo. Es un jodido gringo loco que quiere usarme de máquina de escribir. ¿Cómo?, preguntó Anthony. Nada, dije, ¿tienes tacos de pollo? Acto seguido, Anthony se fue a traerme tacos de pollo y de frijol, cortesía de la amada casa. 


      A la novena cerveza eructé y me levanté al sanitario. Hice el camino haciendo eses. La ventaja de ser un borracho es que cada vez te emborrachas con menos y te sale más barato.


      Apenas entré, lo vi. Allí estaba el gringo loco, secándose la cara con papel higiénico, frente al espejo, tallándose los ojos y acerándose cada vez más al maldito espejo para mirarse su horrible cara pálida. Traté de huir pero me miró. Regresó los músculos de su cara a su estado normal y me dijo: oye, P, qué gusto verte, ¿has pensado algo sobre mi propuesta? Me trató muy amable para el modo en que me comporté con él la vez pasada. Dios, dije, debo orinar, Jack, y me abrí paso entre Jack y la gente y me puse a orinar con la cabeza gacha, sin voltear por temor a encontrarme con él una vez más, o de que me siguiera hasta los mingitorios y se pusiera a echarme rollo mientras orinaba.


      Pude orinar sin altercados. Salí de los sanitarios con cuidado. Primero el ojo, luego el paso. En los lavabos no estaba. Pude lavarme las manos y la cara con tranquilidad. Me eché agua al cabello y me pasé las manos. Bebí un sorbo de agua y escupí. Me sequé con papel higiénico. Me miré los ojos. Sí, rojos. En fin. Tenía los ojos rojos la mayor parte del tiempo. Mi mujer me había abandonado, qué más daba.


      A la salida tampoco estaba. Pude atravesar las mesas de discos y la tabaquería sin encontrarlo. Pensé que me había salvado. Pero no. Una vez entrado al bar pude ver su regordeta figura. La vestimenta era la misma de la última vez: camisa floreada y pantalones cortos. Tenía una piña colada en la mano. ¡Y estaba en mi mesa!


      Bueno, le dije, ¿qué es lo qué quieres de mí? Ya te lo he dicho, contestó, tengo una historia que todo mundo debe conocer. Dios santo, exclamé. Me senté y me resigné a escuchar al gordo Jack. Llamé a Anthony para que trajera más cacahuetes y caldos de camarón. Antes de que la escuche, le dije, explícame: ¿POR QUÉ YO? ¿Por qué no vas con Espartaco, o con… Fadanelli? Ellos tienen fama. ¿Espartaco?, ¿Fadanelli? No los conozco, se disculpó. Es igual, dije, anda, ¿de qué va la historia? No, dijo, aquí no. Tendría que contártelo en un sitio más privado. No podemos arriesgarnos a que la escuchen. Se dio un sorbo de piña. ¿No se supone que todo mundo DEBE CONOCERLA? ¡Oh, sí, exclamó, pero no aún! ¡Primero debes escribirla de modo que el ser humano promedio pueda entenderla! Pensé: en serio, ¿por qué a mí? Al menos dame una idea antes de que lo acepte, exigí.


      Me bebí las ocho últimas cervezas en compañía de Jack, quien no se llamaba Jack ni era gringo.


      En todo ese tiempo me contó un montón de hipótesis, aunque él las llamaba teorías, sobre universos paralelos. Eran cosa entretenida, ya sabes: el universo no es análogo, sino digital, y por tanto, artificial. Construido como simulador por una inteligencia principal. Cada uno de los universos paralelos son simulaciones que corren a la par con el objeto de prever desenlaces. Nada de lo que nuestros sentidos perciben es real. Nosotros mismos no somos reales. Somos una simulación de humanos (reales) del futuro creada para corregir el rumbo de las cosas en 5016. En este universo (el nuestro) o simulación, el género humano se extingue debido a la superpoblación y la contaminación. En otro, se toma la medida de matar a todos los pobres, pero ello sólo genera catástrofe y finalmente se llega la extinción del género debido a una tercera guerra mundial, nuclear. En otro se conquista Marte. Los marcianos de cuarta generación, es decir, los humanos nacidos en Marte durante la cuarta generación de vida en Marte, luchan por su independencia. Se organizan y comienza una guerra de independencia entre terrestres y marcianos. Ganan los marcianos. Fin del género. En otro, el género se extingue debido al consumo elevado de alimentos transgénicos y cosas peores. En otro, la inteligencia artificial nos excede. Hay seis o siete simulaciones, ya no las recuerdo todas, cada una con un final catastrófico, según Jack. En todas, el género humano llega a su fin. Cosa que es, precisamente, lo que los humanos reales, creadores de los simuladores, tratan de evitar simulando acciones para saber cuál de ellas tomar. Una locura.


      ¿Entonces hay siete P bebiendo cerveza con sendos Jack en bar de Sanborns, discutiendo sobre los universos paralelos?, ¿y todos ellos saben el secreto de las simulaciones?, ¿y los humanos reales están mirando cómo ocurre que Jack le cuenta a P sus más grandes secretos de simulación?, ¿y no les importa que las simulaciones sepan que son simulaciones?, ¿eso no sesga la simulación?, ¿una simulación que sabe que es una simulación, puede seguir el rumbo de las cosas sin alterarlas?, ¿nada impedirá que P escriba siete libros en siete diferentes universos paralelos, sobre el más grande secreto de esos siete universos, es decir, que no existen? Y cuando todos sepamos que no somos reales, ¿qué carajos haremos? ¿No será que estamos en el universo que se extingue gracias al descubrimiento de su falsedad? ¿Y si los humanos reales sencillamente eliminan nuestro universo por haberles descubierto? ¿Podrían, no?, ¿Y si somos creación suya, no pueden evitar el algoritmo de la lucidez, es decir, evitar que el conocimiento de la verdad sea conocido en dichos universos digitales? De no hacerlo serían un poco lentos, ¿no crees? ¿O es que planearon que Jack lo descubriese y se lo contase a P? ¿Y en todo caso, por qué una simulación no es real?, ¿por qué carece de materia, o por qué no tiene origen? Aunque, una simulación también tiene un origen, ¿no?, pregunté.


      Jack escuchó mis preguntas con los ojos bien abiertos, casi rogando que no hablase demasiado fuerte y casi rogando que no encontrase falacias en sus teorías. Cuando acabé, suspiró. Se secó el sudor de la frente con una servilleta y dijo: en primer lugar… no me llamo Jack (aquí lo supe), mi nombre es Esteban Castro. Ya, dije. En segundo lugar, dijo, esto no es un juego. Debemos escribir el libro y que todos conozcan la verdad. No puedo hablar más por ahora. Eso dijo y se levantó de la mesa con su piña colada (la tercera o cuarta) en la mano. Casi al mismo tiempo terminé con mis cervezas y puede irme a casa, como todos los días de mi vida los últimos cinco años, a dormir en paz.


2


Una tarde entré a bar de Sanborns y pregunté a Federico y a Anthony si habían visto a Jack. Ambos contestaron que no desde la última vez, la vez que hablé con él toda la noche. Eso me tranquilizó. Me senté en mi mesa y me trajeron mis sagrados alimentos y me comí y bebí todo y me fui a casa. Así lo hice durante casi dos meses.


      Luego, un día cualquiera entré a Sanborns y me dijeron que el acceso al bar estaba cerrado por remodelación. Busqué con la mirada a Federico o a Anthony. Vi a Federico. Corrí tras él. Le pregunté qué ocurría. Están remodelando el bar, contestó. Bien, dije, ¿y ahora? Señaló una esquina, un conjunto de mesas en el restaurante. Podemos dar servicio de bar en esa esquina, dijo. La miré desanimado. Era dentro del restaurante, con toda esa gente abstemia y con toda esa luz entrando por los ventanales y la luz eléctrica del lugar. Oh, no, no, no, le dije a Federico, esto es un desastre. Alzó los hombros. También puede ir a Sanborns de Aguascalientes, me dijo. Ya, dije y me salí de allí y caminé por calles insólitas hasta llegar a la calle de Aguascalientes. Suspiré ante la entrada. Bueno, pensé, aquí vamos.


      La decoración era la misma, pero los meseros no me conocían y tuve que explicarme diez veces para hacerles entender que en Sanborns Insurgentes Federico y Anthony me dan toda la botana que yo quiero, sin chistar; me apartan cervezas si se acaba la marca que yo tomo; me guardan cervezas para la hora feliz; me dejan salir de vez en cuando a fumar un cigarra sin haber pagado la cuenta; incluso me fiaron un par de ocasiones; no me gusta el jamón en vinagre ni los cacahuetes enchilados mezclados con garbanzos y Federico me da baldes de cacahuetes sin mezclar con garbanzos (sospecho que los expurga él mismo). 


Dios, no entiendo como la gente puede ir de un sitio a otro y explicarse cada vez. En fin. En eso estaba cuando escuché su voz. Era Jack, no cabía duda. Me acerqué discretamente. Eché un ojo de refilón, por la arista de la esquina. Sí, era Jack. ¡Estaba con Uribares! ¡Le estaba contando todo sobre los universos paralelos! 


Regresé a mi mesa. Me bebí la última cerveza muy despacio. Pensando. Pensando. Pensando. En algún momento ya no pude más. Pensaba y sudaba y me preguntaba qué pasaría si Uribares sí escribía la novela basada en los cuentos chinos de Jack y pegaba…, o que pasaría si escribía la novela y todo resultaba ser verdad y le daban el premio Nobel de Literatura y Ciencia…, o si …, o si…


Pagué la cuenta (no deje propina) y corrí a mi casa. Me senté ante la computadora. Le di de botonazos para echarla a andar (creo que lo prendí y apagué unas cinco veces). Abrí una página en blanco y comencé… 


NOVELA: EL GRAN SIMULACRO

Por P.



Había una vez una gran civilización del futuro llamada Jacklandia...






4 comentarios:

  1. Ser un borracho exige constancia, disciplina y hábito. Hay que persistir. Como en todas las cosas de este jodido mundo. Excelente cuento; saludos desde uno de los paralelos: Nogales Sonora.

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  2. Rene Garcia Ibarra23 de agosto de 2015, 23:17

    Saludos gracias por compartir

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  3. Muy interesante! Voy por una cerveza! XD

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  4. ¡Gracias! Por compartir, lo leeré después con calma.

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