domingo, 26 de julio de 2015

Cariño, perdí el control.


De un momento a otro Julio perdió el control. Le pegó a su mujer. Una bofetada de revés. Sonó un golpe seco y su mujer cayó al suelo como una muñeca de trapo. Pensó en lo fácil que fue. Nunca antes había pegado a su mujer. Había pensado en hacerlo; se había contenido muchas ocasiones antes. Nunca imaginó que un solo revés bastara para tumbarla, ni que él tuviera la fuerza para hacerlo. Al verla en el suelo sintió lastima. Pensó en recogerla. Pero su mujer alzó la cara y gritó: ¡poco hombre! Entonces Julio salió de casa y la dejó sollozando.

      Entró al bar más cercano. Ordenó cerveza. La mano con que pegó a su mujer le tembló al coger la cerveza para empinarse un trago. Todo el brazo le temblaba. Era el temblor del arrepentimiento. Tenía ganas de llorar. Pero no se permitía llorar desde los doce años. Puso su mejor cara de hombre duro y bebió su cerveza solo.

      De pronto miró a una mujer. Bebía al otro extremo de la barra. No estaba nada mal. Ella le miró también. Se sonrieron. Julio llamó al cantinero y ordenó una cerveza más. El brazo comenzó a dejar de temblar poco a poco. Incluso dejó de pensar en su mujer. Habían reñido por lo de siempre: dinero. El maldito dinero. Nunca era suficiente.

      Cuando había dejado de pensar en ello las puertas del bar se abrieron estrepitosamente. Entró un hombre y una mujer de manera violenta. Era la mujer de Julio. Y un hombre. Julio suspiró. Miró a su mujer señalarlo con el dedo, con todo el brazo, y al hombre acercarse. Trató de reconocer al hombre. Nunca antes lo había visto. El hombre no dijo una palabra. Le lanzó un recto directo a la nariz antes de que Julio tuviera tiempo de levantarse del banco o defenderse. Julio se llevó las manos a la nariz. Le chorreaba sangre entre los dedos. Recodó que alguna vez escuchó a alguien decir que la nariz era muy escandalosa. Antes de que terminara de gemir: ¡me rompiste la na…!, recibió otro puñetazo, esta vez en la boca. Un diente saltó por los aires. Fueron golpes limpios. Casi no salpicaron sangre y sonaron seco, como si se golpease un costal lleno de carne cruda de res. Julio cayó al suelo. El hombre regresó al lado de la mujer y ambos salieron. Antes de cruzar la puerta, la mujer de Julio echó un vistazo atrás: la mujer del otro extremo de la barra daba brinquitos con los tacones para llegar a Julio. Movía los brazos al aire como un insecto y emitía grititos, como una mariquita. Las puertas se cerraron. Afuera hacía un sol calientísimo. El hombre se limpió el puño derecho con un pañuelo de seda roja. Llevaba un anillo de acero. Caminaron a la esquina. La mujer de Julio sacó del bolso cien pesos y se los dio al hombre. El hombre los tomó, sonrió, los guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y se marchó. Antes de salir del campo de visión de la mujer de Julio encendió un cigarrillo. La mujer de Julio miró como le salía humo por la cabeza y cómo se tocaba los huevos.


2

Al llegar a casa se echó en el sofá. Encendió el televisor. Antes de que pudiera sintonizar las noticias escuchó al niño llorar. Era Julito, el primogénito. Año y medio. Fue a la habitación a acallar al nene. Se lo puso en los brazos y lo arrulló. Pero siguió chillando. Se lo puso al frente. Se sacó un seno de entre la blusa y lo amamantó. Y lo miró. Y recordó a su marido. Tenía toda la cara de ese hijo de puta. Sintió calofríos al recordar el sonido de los golpes. Recordó el diente volar y pensó que ahora era él el que se parecería a Julito. Sonrió. Casi sintió ternura por Julio. Nuca había sido un hombre violento. Perdió el control, es todo, se dijo. Julio trabajaba de nueve a nueve en la fábrica de café. No era culpa suya, todos estaban jodidos. No podía decirse de Julio que fuese un huevón. A veces cogía el trago, pero… vamos… ¿qué hombre no echa trago de vez en cuando? Para eso, te hubieras casado con una mujer, pensó. Ya ni me duele, pensó. Con habilidad hizo un movimiento de brazos para tocarse la mejilla sin soltar al niño. Aún dolía si se presionaba. Pero a Julio debe dolerle más, pensó. Contratar un hombre para pagar a Julio, se dijo, creo que me he pasado. Luego recordó a la mujer de los tacones. Sintió la sangre subírsele a la cabeza.

      Dejó  al niño en cama. Ya no lloraba. Se recogió el cabello y se abanicó el calor con la mano. Se miró al espejo. Se untó labial. Apretó los labios frente al espejo y salió de casa.


3

Las puertas del bar se abrieron estrepitosamente. Era la mujer de Julio. Julio estaba sentado en un taburete. La mujer de tacones le limpiaba la cara con una servilleta de tela y le pasaba un pedazo de hielo por las heridas. El vestido se le subía cuando se estiraba para pasar la servilleta por la cara de Julio.

      La mujer de Julio se acercó hasta ellos. La mujer de tacones le miró asombrada. ¿Qué!, preguntó la mujer de Julio. La mujer de tacones le dio la servilleta y el hielo y se fue. Antes de ponerse a caminar se bajó el vestido. Luego se fue dando saltitos hasta la barra.

      ¿Cariño?, susurró la mujer de Julio. Julio no respondió. Cariño, ¿estás bien? Julio continuó mudo. Vamos, cariño, lo siento, perdí el control, no sé en qué pensaba cuando… ¡Bruja!, exclamó Julio. Fue un casi un gemido. Un pellejo desprendido por el golpe del labio vibró. Anda, cariño, perdóname, pidió la mujer de Julio mientras le pasaba el hielo por las heridas. Vamos a casa, ¿quieres?, te haré café y llamaré por ti a la fábrica para reportarte enfermo, ¿sí? Es más, pagaré la cuenta por ti, dijo. Acto seguido, fue a la barra y preguntó al cantinero cuánto debía Julio. Antes de que el cantinero contestara rogó a Dios que no fuera mucho. Dos cervezas, dijo. Pagó las cervezas y regresó por su marido. Anda, Julio, vamos. Lo cargó como puedo y se lo llevó tambaleando.

      En casa le pidió perdón desesperadamente mientras le ponía más hielo en la cara y le decía que llamaría a la fábrica por la mañana y que podría estarse todo el día echado si quería y que ella encontraría el modo de vender unos vestidos viejos, y le quitaba los zapatos y lo acomodaba en cama y le aflojaba los pantalones y le prometía hacer café y menearle los huevos toda la noche.

      Julio se dejaba consentir mientras pensaba en lo curioso que es dar y recibir golpes. Hay gente que dice que las palabras hieren más. Tienen razón, pensó Julio mientras probaba mover la nariz a ver si le dolía. No estaba rota, pero dolía. Su mujer ya no se quejaba de la bofetada. 







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