viernes, 26 de junio de 2015

Viviendo a pelo.


Cae la lluvia. Lluvia fina entre el espesor de una neblina de cruel resplandor de la que se le supone sol y calor por encima de ella, pero tan sólo unos reflejos la penetran e iluminan. Tímidamente. Estarán allí unos minutos, tal vez ni eso estarán. La ría a un lado de todo pero en el centro de aquel meandro del mundo lo demás orbita en torno a ella. ¿Y qué es lo demás? No lo sé. Su humedad, su salitre marino perfora con sádica lentitud: las casas, la tierra, los sembrados y los cuerpos. Todo allí tiene ese aspecto debido al protagonismo de la ría. El salitre no perdona. La humedad tampoco. Amanece desde la penumbra y la niebla y hace que el día entero sean claroscuros. La soledad se encarga del resto. Amaneceres debajo de los soportales de la plaza del Ayuntamiento, penumbra en un puerto venido a menos que ha perdido su condición de puerto, que casi ya no es puerto,  que ya no pasa de embarcadero. Penumbra en las calles empedradas por donde no se ve a nadie porque no hay nadie, por donde ningún parroquiano o lugareño pasean: están escondidos de su triste destino en sus casas de paredes de yeso resquebrajado, casas que han perdido su primera capa de pintura y que, con el paso del tiempo perderán la segunda y todo lo que les quede: hasta el esqueleto de ladrillo. Despacio, van mostrando el cemento de sus muros. Ciudad encadenada a su decadencia, que alguna vez fue próspera y en donde la gente ahora se queda para morir porque si no se va, escapa, desaparece en cuanto tiene la menor oportunidad, la menor ocasión por suicida que parezca porque, quedarse es una larga y tortuosa muerte, un mirar como el final del calendario llega. Sin embargo yo fui. Fui voluntariamente sin preguntarme si me quedaría o si me iría. Simplemente fui. Paseaba por las calles de fantasmagoría con la cortinilla de lluvia rodándome por la frente, las cejas, la nariz, los pómulos. Dejaba la ría y los pesqueros a mi derecha cuando iba y dejaba pasar el tiempo para que aparecieses cuando ya volvía por la ría, dejándola a mi izquierda mientras te esperaba, perseguía al destino sin saber lo que era, con las orejas rojas y la nariz vasodilatada por el vapor que salía de mi boca como el humo de las chimeneas de los astilleros y las fábricas moribundas de los alrededores. Contaminación. Crucé el mar y dejé atrás los sueños de antaño y nunca tuve dirección allí porque me esforcé por no recordarla nunca y lo que acabas no recordando ha dejado de existir. Conocía mejor el camino que llevaba a tu casa que el que llevaba a la mía y de pronto aparecías con tu andar contorneante y con movimientos de tornillo entrando en su agujero, fragmentos a su imán, con la cara desencajada por una discusión sobrevenida, por el miedo y por las miserias que te asediaban, que te habían asediado siempre y por eso huiste, y todo por estar conmigo o con alguien como yo. No me importaba por mí pero sufría por ti. Después me hablabas de la ría y del movimiento de las mareas, de cómo aquello había llegado a ser ría y tu historia en aquel lugar y de tu relación con aquel lugar, una relación inexistente cuando conseguías olvidarte de ella pero asfixiante cuando sentías que pertenecías a aquel lugar. Tú también habías vuelto de alguna parte y habías vuelto para quedarte en aquel cautiverio después de haber estado en todas las puntas del planeta. Como yo. Tú volviste desde alguna parte. Yo fui a aquel lugar de destierro a esconderme, sin que nadie me obligase, sin que nadie me lo pidiese y no fue un lugar afortunado finalmente pero sin embargo volví a sentir mi pecho lleno de sangre y de emociones, a mi corazón latir con desenfreno después de tanto tiempo viviendo en la caverna a la luz de los pequeños farolillos. Tal vez fue aquello lo que nos unió y unirnos lo que nos salvó, al menos durante el tiempo que duró. Las verdades durante aquellos días eran tan relativas, eran tan vaporosas que casi no eran verdades… pero nos ilusionaban tanto mientras tratábamos de creer en ellas o esperábamos a que llegasen las siguientes debajo de una farola cuya luz atraía mosquitos de divertido revolotear.

     Nos llamábamos por el apellido. Incluso al despertarnos desnudos sobre tu cama nos llamábamos por el apellido. O comiendo panecillos con paté de olivas negras y bebiendo Lambrusco o una botella de sidra debajo de un árbol tan frondoso que ni la lluvia traspasaba sus hojas. Unos gitanos cantaban y bailaban flamenco y aquello era algo tan extraño y sobrenatural allí que su música nos trasladaba, nos embriagaba y nos hacía recorrer nuestro calendario pasado y futuro. Música de gitanos. Música tocada con tan sólo una guitarra, con palmas y el acompañamiento de una voz herrumbrosa de incomprensible pronunciación. No los veíamos. Estaban en el fondo de algo, un rincón impreciso y nos quedamos en silencio averiguando si era un sueño. O tal vez los que estábamos al fondo de otro algo éramos tú y yo. Tan sólo sentíamos sus sombras pero los oíamos porque no estaban lejos y sabíamos que estaban ahí, tan próximos a nosotros. La camarera nos encendía las velas al final del atardecer: no había forma de librarse de la penumbra de una forma u otra. Más tarde nos pidieron que nos fuésemos, que iban a cerrar, que la dueña del local tenía que dar la cena a sus tres o cuatro niños. Entonces condujimos tu coche, no recuerdo si tú o yo pero sé que fue el que aseguraba no estar demasiado embriagado por esa sidra traicionera, buscábamos un lugar donde seguir tomando otra botella y patatas fritas de bolsa, un lugar donde la magia del momento perdurase y entonces encontrábamos uno en el que tú estuviste años atrás y que me querías enseñar, que había aparecido repentinamente en tu memoria y que te emocionaba enseñarme, uno en el que había una mesa justo debajo de otra farola que le daba un aire de suntuosidad a aquel bar inmundo, aquel tugurio desolador pero que a nosotros nos parecía lleno de encanto y de un ciego romanticismo. Y es que allí todo eran penumbras, de cualquier manera todo estaba en penumbra, hasta las almas estaban en penumbra, el llanto se hacía en penumbra y el sexo se hacía en la penumbra de las persianas entrecerradas que dejaban que la luz nocturna de la calle entrase y se reflejase cálidamente en nuestros cuerpos.

     Tal vez el aire que empezaba a soplar al principio de la noche había abierto claros en el cielo y entonces yo te hablaba de alguna constelación de la que no sabía demasiado pero tú me mirabas y yo inventaba y unía palabras sin mucho sentido al ritmo de mi imaginación. Me escuchabas y me mirabas con ojos de estrellas y me decías cuando te vayas yo estaré donde tú estés. Entonces yo te acariciaba el pecho y la garganta y la barbilla y tus orejas y otra vez bajaba hacia el pecho como lo hice tantas veces en tan poco tiempo en el que nos hicimos sentir tan vivos… Estaré donde tú estés… Luego aquellas palabras que en su momento parecieron promesas desaparecieron en el tiempo y sólo quedó la frustración de un recuerdo entrecerrado en la memoria. Pero la memoria, de cuando en cuando, habla todavía y aparecemos como sonámbulos que beben sidra y que disfrutan haciendo el amor en el suelo oyendo en la lejanía los graznidos de las gaviotas que resuenan a nuestro alrededor durante todo el día, que casi nunca duermen y que a cuyo sonido ya nos hemos acostumbrado. Yo estaré donde tú estés... Y ahora me digo… me digo que siento una incontrolable necesidad de verte de nuevo, de verte aparecer a lo lejos por aquel paseo marítimo por donde caminamos tantas veces mirando aquel mar que casi siempre era gris en su horizonte. Cogidos de la mano sin saber que nuestro tiempo se consumía pero sabiendo que nuestro tiempo se consumía y que queríamos aferrarnos a las palabras para detenerlo, para aferrarnos a aquella pequeña villa marítima que convertimos en nuestro paraíso desenfocado. Definitivamente vivir es algo peligroso.

     Pero ahora sé que no puedo volver. El telón que cayó el día que cogí aquel avión fue demasiado tupido, se convirtió en un dique, un muro, un grueso polder que no dejó que nuestras cosas cotidianas, nuestras noticias, pasasen de un lado a otro. Y ahora siento la necesidad de verte una vez más y de romper y terminar, aunque sólo sea por un instante, con este silencio estremecedor al que jamás pensábamos que llegaríamos. Necesitaba preguntarte si se cumplieron aquellos sueños de los que me hablaste, que me preguntases lo que leo ahora, si escribo, si sigo sufriendo mientras escribo a las cuatro de la mañana sentado desnudo en una banqueta de tu cocina, escribiendo a mano como hacía años que no hacía, que me preguntases si conseguí librarme de todo aquello que me daba tanto miedo y de saber si ya renunciaste a salir de aquel lugar que tanto odiabas, me decías… que me preguntases si terminé aquel libro que nunca empecé pero que te juré que lo haría para salir de aquella improductividad creativa en la que había estado anclado tantos años, los años en los que se despreciaba la imaginación, la fantasía y lo gris era admirado probablemente por su falta de connotaciones, por su falta de misterios. Que me preguntases si las pesadillas aún me hacían gritar y llorar por las noches. Los misterios y lo imprevisible definitivamente no eran buenos. Me dijiste que cómo fui capaz de resistir tantos años aquella aridez y que el libro que escribiese me redimiría de los años perdidos. Pero fallé. Fallé igual que lo hiciste tú y los dos traicionamos nuestras promesas.

     Siempre estaré donde tú estés…

     Expresábamos nuestra tragedia de saber que todo aquello que conseguimos pareciese que iba a convertirse en cotidiano, en una manera de vivir cuando no se trataba más que de un producto de nuestra imaginación, una ilusión de falsos equilibristas. Nunca pensamos de manera consciente que algún día tendría que coger un avión e irme y una mañana conseguimos incluso dejar de pensar en nada relacionado con la tristeza.

     Sonaba el teléfono temprano en la mañana y ya no nos ocultábamos como hicimos en un principio. Contestaba sin mirar quién podía estar llamando porque había llegado a ese punto en el que había dejado de importarme ¿Qué estabas haciendo? ¿Pecando ya a estas horas? Sí, estaba pecando. Y nada me parecía un lugar tan perfecto y hermoso para escribir que estar a tu lado. Aquel lugar, donde fuese, sería el lugar perfecto para hacerlo, sobre todo al atardecer y después de haber hecho el amor, algo que casi había olvidado hacer. Recuerdo tu encanto de bailarina en cada cosa que hacías, en cada paso que dabas a mi alrededor como si fuese una danza y yo no encontraba otra manera mejor de expresar mis miserias que escribiendo mis confesiones que tú leías sobre la cama, sobre la arena de la playa o con los ojos plegados por la embriaguez y la somnolencia.

     La primera vez que te llevé a mi casa yo no estaba seguro de nada. Aún conservaba mis sentimientos de culpabilidad. Traías contigo los últimos vestigios de una menstruación inacabada. ¿Por qué no nos lo quitamos de encima de una vez?, te había preguntado. Caminaste por mi sucia habitación de muebles prehistóricos y me preguntaste dónde estaba la ducha. Yo me había quitado la ropa y te esperaba cubierto con una sábana. Tardaste pocos minutos y volviste. Aquel paseo delante de mis ojos fue la primera vez que te vi desnuda y tu desnudez y la mía se convirtieron en lo cotidiano, en lo habitual, nos olvidamos del pudor y renunciamos a la ropa o las toallas o a cualquier cosa que nos cubriese. Te acostaste a mi lado y esperaste que yo comenzase a apoderarme de ti porque tal vez pensábamos que aquello estrecharía nuestros lazos pero yo dudé y tú no lo comprendiste. Dudé porque no estaba seguro de mis sentimientos y sentí que si seguía adelante podría hacerte daño no mucho tiempo después porque yo sabía que tenía que marcharme, que algún día no lejano me iría de allí y de tu lado. Era el laberinto que perduraba en mí vida, era mi manera de vivir, la única que conocía… Pero tú insististe. Y me apoderé de ti. Me eché encima de tu cuerpo. Poquito a poquito es como se abre los ojos y se los abrí como con un movimiento de pinza con mi pulgar y mi índice y luego el otro ojo, encima de mí, desarbolado ya por el placer, cabeza alta, perfil griego y profundo respirar como si al aire le costase ir más allá del diafragma que ha de cruzar durante su camino, esta vida está llena de sorpresas y algunas de ellas son oscuros caminos… Sabía que su vida no era mía pero tampoco era suya sino de los hados y los trasgus desde entonces algo raro y fugaz comenzó a pasar en mi vida y después la dejó como estaba. Cuando hubo sucedido ya no dudé nunca más nunca más. Hasta el día que aquel avión… obsesionado con el avión con ese puente levadizo que temía tanto que se quedase arriba decía y que no pudiese ni ir ni volver más.

     Ahora siento la angustia en mi garganta cuando veo que pasa algún día en el que no he sido capaz de escribir. Pero es la angustia, la otra angustia, la existencial, la que me inspira, es el dolor el que me inspira realmente y me consuelo escribiendo que no escribir también escribir, de alguna manera. Mi decisión fue la tristeza para poder escribir, la angustia, la destrucción… Definitivamente vivir es algo peligroso.

     Pero yo no era el hombre que tú pensabas que era. Sólo cavando tumbas comencé a sentirme libre sin darme cuenta de que la que realmente cavaba era la mía. Perdí mi fe en aquel lugar como la había perdido en cualquier otro de los que había estado a lo largo de mi vida. Perdí mi fe en las mujeres, perdí mi fe en ti como la había perdido en otras mujeres que habían pasado por mi vida y continué mi caminar extravagante que aún perdura. Sin ti y sin nadie. Por favor, pero no llores, no vayas a llorar ahora al leer todo esto que te escribo desde mi particular observatorio desvencijado. Suena un piano, suena un piano para nosotros. Recuerdo su sonido y nos recuerdo a nosotros sentados de noche en cualquier sitio y sorbiendo gintonics de azafrán. Que bellos eran tus ojos iluminados por el reflejo de las gotas de agua sobre el empedrado, suelo de piedra, calles peatonales, mano suelta, rezos a nuestra manera, urbana y abandonada. Y tumbados sobre toallas en la playa, desnudos, me preguntabas la hora y yo te contestaba las catorce y catorce con voz metálica y robotizada y tú repetías: las catorce y catorce, imposible, con la misma voy de robot que suena en los vagones del metro anunciando la próxima estación. Aquel era nuestro pequeño juego de relojes desincronizados y de horarios que nos sonaban a imposibles pero que en el fondo nos daban tan igual. Las catorce y catorce, imposible. Entonces echabas tu cuerpo sobre mí y nos matábamos de risa de aquella broma que seguimos repitiendo hasta que se consumió y dejó de hacernos reír y que, como todas las bromas acabó muriendo de cansancio. Te regalo este reloj, me dijo, te regalo este reloj no para que te acuerdes de la hora sino para que te olvides de ella.

     Fuera de nosotros está la religión, sólo rezos a tu madre, a la mía, no importa si fueron buenas o malas o si fueron santas, ladronas o prostitutas o si se confesaban o si bebían a escondidas. Rezos y plegarias. Fotos de bicicletas abandonadas y de vías de tren cuyo sendero se bifurca en algún punto. Yo no era el hombre encantador que tú querías que fuese pero lo cierto es que supiste desde el principio que no lo era y no te importó en absoluto. Sólo quisiste estar conmigo a pesar de que me acabarías escupiendo en la cara, viejos sueños, viejas pesadillas, anhelos incumplidos y besos apasionados en los patios de la iglesia, bebiendo gintonics de azafrán sin importarnos que mañana habrá que ir a trabajar temprano pero como yo ya no estaba allí, casi no estaba, como eran mis últimos días en Pompeya encontraría cualquier excusa para no ir y a nadie en el trabajo le importaría ya y yo podría esperarte en tu casa bebiendo cervezas para la resaca. Un piano sonando todavía en mi cabeza retumbante. Retumbos y jaqueca y a lo lejos las notas en un piano, un piano que tarareaba algo de Schumann en quien las notas de sus pentagramas están unidas por los silencios que a nadie pertenecen. Hoy mentiremos, mañana mentiremos y nos echaremos en tu cama a morirnos de risa, quedándonos sin aire de nuestras propias carcajadas contagiadas por nuestras propias carcajadas y de nuestras propias mentiras. Mentiras a tu madre, mentiras a la mía, mentiras porque tú y yo éramos suficientes para darle la vuelta al mundo y ponerlo patas arriba de escándalo, al menos a ese pequeño rincón del mundo. Todos sabían cuál era la diabólica diferencia pero jamás sentimos vergüenza entre aquella comunidad envilecida que nos apuntaba con el dedo puntiagudo como si fuese un dardo y utilizaban sus lenguas para nuestra crucifixión pero jamás nos disculpamos, sólo terminamos cansados y por eso el avión, por eso aquel avión. Porque juntos fue imposible la supervivencia. No sabíamos muy bien qué era lo que vendría después pero sí supimos desde el primer momento que aquello sí llegaría una mañana cualquiera, un aeropuerto, un avión, una maleta con una vida dentro... Entonces llegó el día en que, de cansancio, no nos quedó mucho para la despedida de gargantas agarrotadas y yo te llamé cuando el avión aterrizó a mil kilómetros y estuvimos hablando horas pero fue ya después del aterrizaje del avión, tú en tu rincón, yo en el mío con mi vida en la maleta, que era lo único que quedaba de mi vida. Hablamos durante horas pero la situación ya no era la misma y volviste a decírmelo, yo estaré donde tú estés pero esta vez te tembló la voz, te callaste después y guardaste silencio y me recordaste a los silencios de Schumann y ya fue imposible hacerte sonreír más. No más gintonics de azafrán, no más sexo en el suelo del salón, no más libreros viejos a los que venderle libros por toneladas, obras de arte de la literatura, Sartre, Onetti, Kafka, Nabokov, todos, y tú a mi lado en la tiendecilla, escandalizada diciendo ay mamina, ay mamina por mi decisión de librarme de las alforjas, de vaciar la mochila de mi vida y el librero con un brillo entre estupefacto y avaricioso en los ojos diciéndome tiene usted libros muy buenos y ay mamina ay mamina… Pero yo ya había pasado por la escuela donde te enseñan yo ya he leído todo lo que ha pasado por mis manos eso me decíayo ya he leído todo lo que ha pasado por mis manos y no necesito estos libros que sólo ocupan espacio por dentro y por fuera y además pesan y a mí me parecía que estaba cometiendo un pecado y además yo lo miraba desde atrás ay mamina y haber leído todo lo que ha pasado por sus manos pues qué aburrimiento haber leído los prospectos de los medicamentos haber leído mi rictus me decía y acertaba diciendo que mi rictus había cambiado aquella tarde que era otra y acertaba yo no había oído nunca a nadie pronunciar la palabra rictus pero en él quedaba tan natural pero mi rictus había cambiado porque me habían casi condenado por estar con el forastero, porque todas las mujeres del lugar donde trabajábamos todas las muchas mujeres que había en aquel lugar querían estar con el forastero pero a mi madre no le gustaba el forastero por ser forastero porque ser forastero es ser algo desconocido y en los lugares donde yo vivo lo desconocido no es bueno y de hablar con mi madre de él y de estar con él mi rictus había cambiado pero no se lo dije no le dije el por qué haber leído las cartas del Tarot, haber leído los salmos de la iglesia haber leído los trípticos horribles que te dan para cualquier cosa y que tiras a la basura sin saber lo que son haber leído un libro de álgebra y otro en latín haber leído todo lo que pone en una tarjeta donde dice Destinos Asiáticos y otra donde pone Papillas Nestlé o ريق آخر من طنجة لعب o algo parecido o haber leído las rayas de todas las manos que han pasado por sus manos un armador o un abogado serían algo mejor para mí pero ese hombre que no se sabe quién es ni lo que habrá hecho antes de venir aquí y yo la escuché en silencio y entonces mi rictus cambió pero yo no sabía que él se iba a dar cuenta de que mi rictus iba a cambiar y que había cambiado pero él se dio cuenta porque los forasteros como él se dan cuenta de cosas en las que nosotros los de aquí no pensamos y los calendarios de cada año y el Zaragozano también y las cartillas de siempre estaré contigo perlo que esos libros contienen y no necesitaría volver a pasar por ellos nunca más así que decidí venderlos a toneladas por una miseria a aquel librero viejo, decidí hacer aquel mal negocio con el que me sentí mucho más libre y con el dinero de la venta nos fuimos a cenar y a emborracharnos y tal vez te compré algo, una pulsera o unos pendientes, ya no recuerdo, tú pagaste la gasolina y yo la cena y la sidra y tú fuiste mi esclava sexual aquella noche, esta noche seré tu puta, esta noche, me dijiste, y yo te dije que sí y fuiste mi puta después de los pendientes, de la pulsera, de la cena y de los besos en el prado que me descubriste. Aquella noche desmembré tu verdadera biología y nos sentimos algo más ricos y poderosos e invulnerables con el dinero de los libros en el bolsillo y tus pendientes colgando y tu biología entre mis manos y los recuerdos calentándose en el horno de la memoria como un pan de chapata que hay que comer caliente. Bienvenido a la turbina me dijiste, mi pequeño Aleph. Mi pequeña Bovary de orgías perpetuas y. Ahora vas a amarme durante los próximos sesenta y seis minutos y cuarenta y dos segundos Las catorce y catorce: imposible. Y entendí entonces el funcionamiento de la turbina y el compresor de las fábricas de armamento en plena combustión.

     Avilés, Avilés, como un anciano que se muere, como a un viejo que lo entierran en una tumba sin lápida. Y me pregunto si me estarás buscando todavía…





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