domingo, 14 de junio de 2015

No sé por qué, pero así fue.



La habitación estaba completamente vacía. Pero un adolescente no necesita de algo, excepto un lugar para echarse por las madrugadas después de las fiestas. Eso pensé: que bastaría con un lugar acolchado para echarme, así que  dije que no importaba que no estuviese amueblado y pagué el primer mes de alquiler y un depósito. Tenía veinte años y era la primera vez que viviría sola, en mi propia casa (en mi propia habitación; renté una habitación).  Y además, ¡en la colonia Roma! 


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Voy a escribir de este asunto por porque ya no puedo vivir con él dentro y escribir es el único maldito modo de echarlo fuera, de vomitarlo (no quería usar el verbo vomitar, porque me parece lugar común, pero no encuentro una forma más representativa del acto de mi escritura, así que... bueno),  quizá no sirva de algo; no importa, aquí voy, voy a narrarlo como pueda y espero que se me disculpe de todas mis incorrecciones gramaticales, como Dios perdona nuestras ofensas, o eso me dijeron en la infancia, que Dios nos perdona todo y hasta sacrificó la vida de su hijo por nosotros, la pobre y pecadora humanidad, o algo así, nunca me quedó claro porque siempre me pareció que todo eso era un cuento chino (¡cuánta  razón tenías, Lupita!, me dije una vez que me emborraché con los chicos de la preparatoria y acabé sola, en medio de la oscura madrugada, lejos de casa y sin un quinto para regresar y pasé el resto de la noche en la entrada del metro Portales esperando a que abrieran para llegar a casa y recé a Dios que mis padres no me regañasen y  comprendiesen mi situación, pero a Dios le importó poco y me gritaron hasta de lo que me iba a morir y mi padre dijo a mi madre: tarde o temprano tenía que pasar, ¡ésta ya anda de puta!, ¡no tiene ni quince años!; no les dije que había perdido el dinero y el bolso y temí  ser asaltada); me llamo Guadalupe, para hacer todo más risible;  Guadalupe es un nombre que no soporto, así que me lo cambié por Alejandra, aunque eso fue mucho después de los quince años, no sé, a los veinte, no recuerdo con exactitud ni interesa al relato porque todo esto pasó cuando yo tenía veinte años, precisamente; pongamos que me cambié el nombre a los veinte años y empecé una nueva vida y me dije: Lupita, ya no serás la niña de papá, nunca lo fuiste (mi padre jamás me trató como a la hijita de papá, más bien, como a una extraña que vive en su casa y traga y genera gastos y se emborracha con sus amigos y llega a casa al otro día (después de aquella vez comencé a llegar a casa al amanecer con más frecuencia, total, llegase a la hora que llegase me cagaban encima, ¿pero qué ser humano no siente nacer dentro de sí el deseo de beber, de salir, de besar, de fumar, de hacer el amor, de enamorarse, de triunfar, de encajar en sociedad, de bailar, de decir NO, de decir ESTA ES MI VIDA, de gritar AL CARAJO?, ¿y en qué momento el hombre, o la humanidad, se declaró en guerra contra sus propios instintos y se declaró en guerra contra su propia sexualidad y condenó su sexualidad y todo eso?, y no me vengan con la historia de Grecia y Roma o del siglo XVII, como escribió Foucault, ni de la burguesía ni del rescate sutil y mercantil del psicoanálisis; si me preguntan a mí (contestaré aunque nadie me pregunte a mí), todo eso ocurrió mucho antes, quizá desde mucho antes de que el hombre comenzara a tener conciencia de sí, o desde que un hombre violó a una mujer, ¿o sería mejor decir un macho a una hembra?, por primera vez; no sé, tampoco me hagan demasiado caso pro que yo no tengo ideas claras y confundo con facilidad mis ideas,  las ideas de otros que me incubaron en el cerebro y en realidad nadie sabe de qué habla ni nadie sabe algo excepto que no hay que ser sexual porque entonces nadie te va a querer; pero, ¡ojo!, no digo que yo lo sea, que lo haya sido o lo deseé, incluso ya verán que el sexo es, a pesar de mi apología, un arma, un cuchillo, una daga, una espada, un arma con la que uno puede salir muy herido, destrozado, y tampoco digo que no ser querido sea lo peor que le puede pasar a uno, o a una, simplemente contaré lo que me pasó durante mi estancia en la colonia Roma, la colonia a la que todos los adolescentes queremos llegar algún día y vivir una vida libre y segura (como si esto fuese posible) en un lugar donde se presume es muy seguro hacer tu vida, puedes salir a las tres de la madrugada, sola, en falda, y nadie te va violar ni te va a asaltar ni nada (ja ja ja), cuando renté una habitación dentro del departamento de un edificio de la calle de San Luis donde además de mí vivían dos chicos más, de veinticinco (mujer) y treinta (hombre) años, y los inquilinos de los otros departamentos también oscilaban entre los veinte y los treinta y todo era glamur y alegría y superación y confort y aspiración, a pesar que ninguno era dueño de algo y los dueños de los departamentos vivían en Lomas de Chapultepec o Tecamachalco o Polanco y dejaban esos espacios a nosotros, los que creíamos que vivir ahí era cool y todo eso (ja ja ja); además teníamos todos los bares y restaurantes y camellones y casonas y perros de raza y parques y antros y teatros y foros, y estéticas hipster y galerías de arte contemporáneo y camiones de comida y te paseaban al perro y te lo bañaban porque no tenías tiempo ni espacio en tu departamento y podías comprar las mismas cosas que en cualquier otro lado pero más caras, joder, pero así es uno cuando tiene esa edad y nadie puede hacer algo para evitarlo (nadie quiere evitarlo realmente, a nadie le importa), hay que vivir la vida que nos tocó, sí, como decía mi madre cuando mi padre se la surtía (ja ja ja), la pobre que nunca vivió más que en la Tlaxpana, toda su vida, tan cerca y tan lejos de Dios, y tuvo que sufrir sin aspirar a algo más que el poco dinero que le daba mi padre y su escueto cariño una vez al año, y luego no pudo decirme: ¿por qué te vas, hijita?, si era evidente que yo estorbaba, y ahora, a los veinte años, mi padre me estorbaba a mí, y eso que no he hablado de mis hermanos y hermanas con los que compartía habitación y mi vida infernal; nadie me detuvo, ni mi padre ni mi madre ni mis hermanos, ni siquiera mi perro Leo, al que adoraba y del que supuestamente yo, nunca me separaría... pero la vida es la vida, Leo, soy una mujer y quiero un espacio propio y un trabajo y un hombre que me haga más mujer cada noche y un coche y un perro, Leo, perdóname, de raza, no uno callejero como tú, amigo, lo siento pero es así, ya descubrí que no existe ningún vínculo entre tú y yo excepto el que yo creé en mi cabezita de niña cuando llegaste, cachorro, a mendigar un plato de agua o de comida y mi mamá se encariñó contigo porque eras el único que no remilgaba de sus guisos y te metimos, ella y yo, al patio de la casa para que mi padre no te vendiera al taquero por veinte pesos, ¿recuerdas?, mi hermano el Chinches nos delató pero el juego le salió mal porque, por alguna razón extraña pero benévola, mi padre no se enojó, te adoptó él también, caray, los perros de la calle sí que tienen suerte… no como algunos humanos… como yo… por ejemplo… que llegué a mi nuevo domicilio encantada de la vida, sintiendo que era yo una adulto que vive y paga sus propias cosas sólo porque mi tío Alberto decidió pagar por mí; me adoptó, Leo, como te adoptamos a ti, y me sentí independiente, mujer, adulta, libre, madura, experimentada.

            Hay cosas que no vienen al caso, pero así soy yo; siempre hablando de más, siempre dando vueltas en torno al grano, lo que llaman perífrasis (?), como leí que NO debe hacerse en un libro sobre el comentario literario, cuando aún podía leer esas cosas, en el sofá del apartamento donde rentaba un cuarto, el mismo sofá donde José Juan me dobló el brazo la vez que llegó borracho al departamento; no podía creer que estuviese pasando algo así, recuerdo que le dije: ¡no mames, qué te pasa o qué!, y por increíble que parezca al principio pensé que era juego, tonta de mí, y por ello, y por miedo a que me hiciera algo más, no opuse mucha resistencia, no grité o lloré o le pegué con el otro brazo (aunque esto último hubiese sido imposible), y el dolor fue subiendo y subiendo hasta el grado en que pensé que me lo torcería y quebraría y entonces sí lloré, pero en silencio; no podía gritar del dolor (qué raro, ¿no?), y qué inverosímil: una noche (de sábado), del sexto mes de mi estancia en la Roma, me echo sobre el sofá a leer a Montaigne, por recomendación de un amigo, recomendación acertada, según mi opinión personal, misma que formé aquella vez leyendo los Ensayos, y así paso el tiempo y de pronto, de la nada, la puerta se abre (es normal, solíamos dejar la puerta abierta, es decir, sin llave, sin chapa, apenas emparejada y sujeta por la hinchazón de la madera para evitar abrir y cerrar con llave, o mejor dicho, para evitar la molestia de abrir y cerrar con llave), entra José Juan, al que miro de reojo pasar (yo estoy echada sobre el sofá, boca abajo) y regresar y echárseme encima y cogerme el brazo al estilo de una llave de lucha; viene borracho, lo sé porque le apesta la boca a alcohol, Dios, no hay algo peor que el aliento de alcohol de un borracho cuando tú no has bebido ni una gota, y no es que yo no bebiese, como ya dije, creo; incluso había bebido con él, con José Juan, habíamos salido a bares y bebido en el apartamento hasta la cinco de la mañana en compañía de amigos suyos y hasta míos, aunque yo casi no tengo amigos, y por eso al principio no creí que todo eso estuviese pasando, que la llave que me aplicó fuese real y que su intención fuera bajarme los pantalones, cosa que hizo cuando me tuvo bien sujeta y ahí sí grité, aunque no me salieron palabras, más bien aullidos o sollozos, no sé, lo único que recuerdo es que pensé: ¿de verdad me va a violar?, y: no creo, no puede ser, ¿de verdad se va a atrever?, y luego, un poco más adelante, cuando también me bajó los calzones, ya con todo su cuerpo encima del mío (con una de sus manos en mi cuello, casi asfixiándome contra el sofá para que no gritase): ¿a mí?, ¿es que no se fijó quién soy?, y como pude traté de decirle: ¡no mames, José Juan, qué pedo, no mames, soy yo, soy yo, Alejandra!, pero no pude, o, si se lo dije, le importó un pepino, el muy cabrón se sacó la verga y me la frotó entre las nalgas (suena muy cachondo, ¿no?, pero les juro que no fue cachondo), sentí la cabeza de su pene bien dura entremetiéndose y yo cerrando las nalgas durísimo, pero la fuerza de un hombre es la fuerza de un hombre, Dios, y su pene comenzó a lubricar y eso ayudó a que se colara poco a poco; me agarré bien fuerte del sofá, clavé las uñas, respiré profundo y me dije: si cooperas no va a ser tan malo, anda… pero una no puede cooperar así como así y hay una parte de orgullo y una de humillación y otra de necedad, chinga, una mujer no puede estar cediendo nomás porque sí, ni que viviéramos en la jungla, o ¿no?, no sé, sea como fuere, me penetró y me raspó toda por dentro, sentí la irritación (yo no había lubricado); entonces pataleé y lloré muy fuerte, pero nadie escuchó, nadie vino a auxiliarme y José Juan me apretaba contra el sofá para sofocar mi llanto y mis gritos intermitentemente al tiempo que me penetraba con cierta torpeza, sin ritmo, muy duro, y en cierto modo, muy diestramente para tratarse de una violación, hasta me pregunté si lo habría hecho antes, si lo hacía con todas las chicas (él publicó el anuncio de renta de habitación y solicitaba exclusivamente mujeres) y me sentí caída en trampa, en una que solamente yo caería porque era una inexperta en casi todo, aunque también pensé en María, la otra compañera de departamento y deduje que sería su cómplice, para que una mujer no se intimidara de vivir con dos hombres, o así, no sé, es increíble todo lo que puedes pensar mientras te violan, pensé en las gatas y su apareamiento, según leí les es tortuoso, los gatos tienen espinas en sus penes o algo parecido, y pensé en mis padres y cómo les iba a decir que debía regresar a casa y si contarles o no lo de José Juan y cómo lo tomarían, sobre todo mi papá, y pensé en denunciar a José Juan, aunque no sabía muy bien cómo hacerlo ni cómo demostrar que me violó, y pensé en irme corriendo de ahí y no volver nunca y ya; eso fue lo que hice, de hecho, pero antes de eso pasaron los minutos más largo de mi vida, con José Juan encima de mí, jodiéndome, literalmente, echándome su maldito aliento al oído, casi brincando encima de mí, aplastándome la espalda y las costillas, jadeando y en momentos, susurrándome puuuutaaaa, maldita puutiitaa, hasta que finalmente se corrió, lo sentí correrse, sentí su pene palpitar dentro de mí, parecía que iba a explotarle, sentí su maldito semen empaparme por dentro y a él suspirar y dejarse caer sobre mí, ya sin fuerza.


            Ese fue el momento que aproveché para largarme, para quitarme de encima al bulto de José Juan y dejarlo tirado sobre el suelo; debí hacer más, debí pegarle o acuchillarle, pero nunca he sido una persona violenta y las personas como yo no sabemos actuar ante situaciones de violencia de otro modo que no sea huir; así que huí, como pude, me sibí las ropas y me fui corriendo, no muy rápido, a decir verdad, supongo que por ver a mi victimario en dichas condiciones o porque me dolía toda la vagina y las inglés, a pesar de que no lo sintiera, o de que no fuera consiente en ese preciso momento y hasta actué de un modo discreto cuando, al bajar por las escaleras del edificio, encontré a una pareja joven, vecinos, a los que había mirado un par de ocasiones antes, dejé de correr cuando los vi y bajé las escaleras despacio y dije buenas noches con la cabeza gacha, para que no se percataran de mi llanto, y una vez fuera del edificio no corrí más, caminé hasta el metro y me quedé ahí, sentada en una banca de cemento hasta que abrieran las entradas y pudiera regresar a casa (aunque luego me di cuenta de que no tenía ni un peso y de que estaba casi en pijama (a Dios gracias estaba calzada), como la vez del metro Portales, con la esperanza de que mis padres comprendieran la situación y pensé en que pudo ser peor, que pudo violarme por el ano o pegarme y no sé por qué, pero me sentí un poco mejor estando ahí y me dije que no denunciaría a José Juan ni nada y que simplemente no volvería al apartamento ni a la colonia Roma ni con mis padres, y lloré en silencio y me toqué discretamente la vulva y me dije: eres una puuuutaaaa, una putiiitaaa. Ay, no sé por qué, pero así fue.






1 comentario:

  1. una psicologia de personaje que se desborda hasta el texto y su forma narrativa. felicidades vero es un texto muy bueno

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