domingo, 28 de junio de 2015

Dios santo.


Eran las doce del día cuando recibí la llamada. Era Germán. Ni siquiera dijo hola. P., Eva se ha ido, fue lo primero que dijo. Eva era su mujer. Ya, dije. Sí, como lo oíste, se marchó. No sé a dónde. Reñimos anoche y cuando desperté no estaba. Dios, exclamé. Ya sabes, siguió Germán, suelo emborracharme y dormir como un jodido oso, y… Sí, entiendo, contesté. En fin. No sé qué hacer. Estoy desesperado. ¿Hace cuánto que se fue? No sé, quizá desde las diez o nueve u once, no tengo idea. Quizá desde la madrugada. De verdad, no sé qué hacer. ¿Se ha ido antes?, pregunté. No, nunca, es la primera vez en tres años. Siempre hay una primera vez, le consolé, quizá vuelva. No volverá, sentenció. ¿Cómo sabes?, pregunté. Lo sé, P., no sé cómo, pero lo sé. Sí, dije, esas cosas pueden saberse. He pensado en ir con su madre y rogarle que me ayude a encontrarla y a pedirle que vuelva conmigo. Encendí un cigarrillo. Tras la primera bocanada, contesté: mala idea, compadre, pésima idea. Nunca confíes en la madre de tu mujer. Nada personal. Sencillamente es su madre, estará de su lado, no del tuyo, hombre. Sería capaz de negarla aunque estuviese al lado suyo. Sí, sí, exclamó Germán, he pesando en ello. Di una chupada al cigarrillo y expulsé el humo. ¿Estás fumando, P.?  Sí. Jua, ojalá yo pudiera fumar. No puedo fumar, ¿sabes? Estoy muy nervioso, compadre; ojalá yo pudiera estarme por ahí echado en algún lugar de casa, fumando y todo eso, mientras Eva toma la ducha o prepara huevos. Ojalá no estuviera haciendo esta llamada. Ya, dije. Oye…. ¿Sí? ¿Puedo pasarme por tu casa? Necesito hablar con alguien. En serio. Lo necesito de verdad, P. Ya, dije. ¿Puedo? Sí, hombre, puedes. Pero… una cosa, Germán. ¿Qué? No llegues antes de media hora. ¿No?, ¿por qué no? Quiero cagar y masturbarme antes. ¡Dios!, exclamó. Lo sé, viejo, pero lo hago cada mañana, así que… Okey, okey, dijo y colgó.

    A los veinte minutos llamaron a la puerta. Era Germán. Lo siento, P., lo siento, no pude esperar más. ¿Sabes?, llamé desde la esquina de tu casa. Sabía que no te negarías, aunque no contaba con… No hay problema, respondí, todo ha salido bien. Qué bueno, dijo. En fin. Compré esto antes de tocar, dijo y alzó una bolsa que tenía en la mano. Era una botella de whisky y cigarrillos. Bien, dije. Fui a la cocina por un par de vasos y un cenicero.

Nos instalamos en el comedor. Ante la mesa. Serví los vasos. Germán lucía muy nervioso. Llevaba las agujetas desanudadas, el pelo despeinado y parecía haber llorado. ¿Has llorado?, pregunté. No, dijo tímidamente. Bueno, sí, un poco, confesó. Caray, hombre, vamos a ver… ¿por qué riñeron? Lo de siempre, P. Me emborraché por la tarde y me reclamó llegar ebrio. La insulté un poco, Dios, pero nada para que se largase, creo yo. ¿Lo haces con frecuencia?, interrogué. ¡P., soy Germán, me conoces, bebo con frecuencia, bebo contigo las más de las veces! Soy alcohólico, lo mismo que tú. ¿Qué clase de pregunta es esa? Quise decir, ¿la insultas con frecuencia? Ah, eso... no. No sé. Quizá. Con más frecuencia de la que quisiera, sí. ¡Pero, joder, me hace enojar! ¡Siempre reclamando que beba! Ella hace cosas peores, ¿sabes? Encendí un cigarrillo. Germán encendió uno también y siguió: sale con Durán. ¡Cree que no lo sé, pero lo sé! ¿Puedes creerlo? ¡Con ese poetrasto de mierda! ¿A qué te refieres con que sale con Durán?, ¿se acuesta con él? Dios, no lo sé; pero sale con él. Se citan y comen y hablan, no sé. Nunca he tenido valor para preguntárselo. Creo que soy demasiado débil para afrontar la verdad. A veces me dan ganas de largarla. Bueno, dije, el trabajo está hecho: se ha ido. No te burles, contestó, hablo en serio. A veces me entran unas condenadas ganas de largarla, pero no tengo huevos. Sé que le rogaría volver al día siguiente. Entiendo, dije. Guarda un poema de Durán entre sus cosas. Se lo dedicó. Es un poema erótico. Cuando lo descubrí me decidí a dejarla. Pero no pude, P. No puedo. Di un sorbo al whisky. ¿Le has escrito un poema tú a ella? Sí. No. Al principió le dedicaba poemas todo el tiempo. Luego dejé de hacerlo. Ya, dije. ¡Ahora mismo podría escribirle cuatrocientos versos! Hazlo, alcé los hombros. Bueno, no ahora. Ahora no sé qué hacer. No sé a dónde haya podido ir. ¡Ya sé!, exclamó, llama a Durán, es posible que esté con él. Anda, P., hazme ese favor. Llama a Durán e interrógalo. Quizá haya hablado con él de nuestro asunto. Son íntimos. No sé, respondí, no creo que sea buena idea, no estoy en buenos términos con Durán. Insulté uno de sus poemas en un texto mío. Da igual, insistió Germán, sólo marca y pregunta qué hace o con quién está. No. Anda, P. No. Hazlo por un amigo, Dios, anda.

Me levanté a coger el teléfono. Maqué. ¿Sí?, ¿Durán? Hola, viejo, ¿qué tal? Habla P. Sí, hola. ¿Qué hay? Ya. Iré al grano, amigo... ¡No, no, no!, me susurró Germán, no le cuentes de lo nuestro. ¿Qué haces y con quién estás? Di una chupada al cigarrillo. No es que importe, hombre, sólo quiero saber si estás libre. Iré a beber con C. y O. y quizá… Entiendo. Muy bien. No pasa algo, amigo, todo bien. Sí. Okey. Adiós. ¿Y bien?, preguntó Germán, whisky en mano. Dio un sorbito. Alzó los ojos. Casi podría jurar que rezó. Nada, está solo, en casa, no quiso verme.

Germán suspiró. Inmediatamente, dijo: ¿podrías llamar a la madre de Eva? Dios, no, exclamé. Anda. No, hombre, no. Por favor, P. Hazlo por… No. Si lo haces haré cualquier cosa por ti. No. Cualquier cosa, P. Lo pensé un par de segundos. Okey, dije, dame tu libro de Espinoza. ¡Oh! Lo miré directo a los ojos. Está bien, dijo, está bien, maldito cabrón; no lo traigo ahora, pero cuenta con él. Cogí el teléfono. Dame el número, dije. Sí, es…. ¿Hola? Habla P. Un amigo de Eva, señora. Quisiera saber si puede comunicarme con ella, por favor. Entiendo. Gracias. Adiós. Bueno, dije, no está con su madre. Germán metió la cabeza entre los brazos. Pensé que se pondría a llorar. Nada de lloriquear, Germán, no soporto ver a la gente llorar, me enferma.

Bebimos toda la botella. En algún momento dejamos de hablar de Eva y hablamos de la poesía de Durán y de la poesía de O. y de las posibilidades de revolucionar el lenguaje y del expresionismo alemán y de los escritores contemporáneos y del atomismo. Luego, Germán dijo que era hora de irse. Se iría a casa. Lo acompañé a la puerta y le palmeé la espalda. Le aconsejé anudarse las agujetas. Alzó los hombros. Lo vi irse con el paso lento de un borracho deprimido. Di gracias a Dios. Regresé a mi habitación y me masturbé con videos pornográficos. En algún momento pensé en Eva. No estaba mal la tal Eva.


2


P., ¿estás ahí? Dios santo, qué pregunta, claro que estás ahí. Soy Eva. Ya, dije por el auricular. Eran las ocho de la noche. ¿Sales esta noche? No. Excelente, mira, sé que no somos muy amigos ni nada de eso, pero… tengo un problema, ¿sabes? La escuché encender un cigarrillo, dar una calada y exhalar. ¿Podría verte para hablar? Me rasqué la entrepierna. Ya, dije, solo si vienes a mi casa, no pienso mover el culo del sofá. Está bien, P., muchas gracias. Dale, Eva. Oye… ¿Podrías…. darme tu dirección? Sí, es… ¡Espera!, iré por papel y pluma. Esperé. Listo, ahora sí, ¿cuál es?

   Pensé que no vendrías, dije cuando llamaron a la puerta y abrí y era Eva. Tardó casi dos horas. Lo siento, dijo, si quieres descansar, está bien. No, pasa. No hay problema. Sólo pensé que no vendrías. Pasó despacio. Miró todo alrededor. Miró los libros sobre los libreros. ¡Santo Dios, has leído todo esos libros!, exclamó. No, dije, los compro y los coloco ahí por manía. No contestó. Es broma, apunté, los he leído. Sonrió. Sí, dijo, perdón, no comprendí. Anda, siéntate. Le acomodé una silla ante la mesa. Gracias, dijo, y me sonrió. Fui a la cocina por un par de vasos. Los coloqué sobre la mesa. Fui al cuarto por una botella de whisky. Serví. Eva me miró extrañada. Es whisky, dije. Lo miró con repulsión. Santo Dios, exclamé imitándola, es whisky, no veneno. Anda, bebe. Cogió el vaso. Cogí el mío. Chocamos los vasos. Di un trago largo. Ella se pegó apenas el vaso a los labios e hizo muecas. ¿Y bien?, dije mientras encendía un cigarrillo.

    Eva se pegó otro traguito. Esta vez la mueca fue aún peor. No sé cómo pueden beber esto, Santo Dios. De algún modo es mejor que beber coca cola, dije. No contestó. Parecía deprimida o triste o angustiada o algo. Mira, comenzó, sé que no somos amigos, P., ni nada de eso, pero tú eres amigo de Germán y por ello he venido aquí. Ya, dije mientras daba una chupada al cigarrillo. La ceniza se acumuló. Me levanté por un cenicero. Sigue, sigue, te escucho, grité desde la cocina. Pero no habló hasta que estuve de regreso. Tuve un pleito con Germán. Ya, dije, ¿qué pasó? Bueno, titubeó, no es el primero que tenemos. Tenemos uno casi cada dos días, Santo Dios. Tú lo conoces, él es… alcohólico. ¡¿En serio?!, exclamé, ¿Germán es alcohólico?, no lo sabía. Me miró con saña. Lo sabes, P., bebe contigo y con C. y O. y todos ellos. Sí, dije, lo sé, pero no sabía que a eso se le llamase ser alcohólico. En ese caso, C. y O, y yo y todos lo somos también. Y te voy a decir una cosa, Eva: yo NO soy alcohólico. Todos ustedes LO SON, dijo, pero eso no es cosa mía, pueden beberse el mundo si quieren. Ya, dije. Pero no pienso soportarlo más. No de Germán. Entiendo, dije. Voy a dejarlo, sentenció mientras se pegaba un trago (muecas). ¡Ahhh!, ¡qué mal sabor!  El comentario me ofendió. Me levanté de un salto y corrí a la cocina. Traje una lata de cerveza Tecate. Ten, le dije, bebe esto, no soporto tu actitud; deja el whisky para mí. Destapé la lata y se la puse cerca. La cogió y bebió un trago. Hizo muecas. Esto sabe casi tan mal como meados de perro. No sé, Eva, dije, no he probado los meados de perro. De verdad estaba dándome en los huevos. No soporto a la gente que repudia al alcohol. Mira, dijo, no quiero beber, ¿vale? Ya, dije. Es igual, sólo no trates el alcohol como a tu culo, ¿quieres? ¡Santo Dios!, gritó, qué manera de hablar, P., eres casi tan barbaján como Germán. Y también tienes esa maldita manera de justificar el pedo. ¿El pedo?, no sabía que las muchachas bonitas como tú hablasen de ese modo; es el modo de Germán, ¿no? Se sonrojó. Cruzó la pierna. Calzaba sandalias. Miré sus pies. Eran unos pies blancos muy excitantes, joder. Llevaba falda blanca y blusa melón. Muy fresca. Muy, muy fresca, no sé.

    Mira, dijo cuando recuperó los ánimos, voy a dejar a Germán, ¿okey? ¿Y a mí qué?, pregunté. De eso quiero hablar, P., sé que no somos muy amigos ni nada de… Deja de decirlo, Eva, interrumpí, creo que es muy claro que no somos amigos; también es claro por qué. Cogió la cerveza y bebió un largo trago. Algo de cerveza se escurrió por las comisuras de sus labios. ¡Bahhhh!, exclamó. Se secó la boca con el brazo, un delgado y fresco brazo blanco y largo y bello. Cualquier puede emborracharse, dijo, no entiendo por qué hacen tanto alarde de ello, como si fueran héroes por llegar pedos a sus casas a insultar a sus mujeres y a escribir todas esas porquerías que escriben y a evitar el trabajo cada que pueden y todo eso. Di una calada al cigarrillo. Sí, dije, cualquiera puede emborracharse. Exhalé. También cualquiera puede ser una mojigata de mier… Me detuve. Su rostro se contrajo. Pensé que lloraría o enloquecería o se largaría o me pegaría o algo. Pero no. Lo que hizo fue lo siguiente: cogió el vaso de whisky que le había servido y se lo bebió de un trago. Acto seguido, cogió la lata de Tecate y comenzó a beberla de un gran sorbo. Me levanté y le arrebaté la lata. Cuando lo hice, estaba casi vacía. No tienes que demostrar nada, Eva, en serio. Si no bebes es asunto tuyo, pero, Santo Dios (imitación de Eva), deja de joder a los bebedores. Yo no voy a tu casa a quejarme de tus costumbres, ¿o sí? ¡Yo no llego acelerada a insultar a alguien!, ¿o sí?, contestó. Vale, dije. Me levanté y le sobé el hombro. Vale, está bien, Eva, no hay que acalorarnos por nada, tienes razón, Eva, no hay motivos para insultar a alguien. Si Germán lo haces es un hijo de puta, y punto, pero no te metas con los demás. No lo hago, dijo. Vale, contesté. Tomó mi mano, que descansaba sobre su hombro, y se estuvo así unos segundos. Incluso acarició mi mano. Me senté de nuevo cuando la cosa fue obvia. Se sonrojó.

    Bebió el último sorbo de Tecate y cogió la botella y se sirvió en el vaso un whisky doble. ¿Quieres hielos?, pregunté. Na, dijo, así está bien. Cualquiera puede beber. Sí, sí, respondí, eso ya lo hablaste. Mira, P., reanudó el tema de Germán., voy a dejarlo, ¿okey? Sí, sí, dije, ya lo sé. Bueno, el punto es… quiero que lo sepas. Necesito pedirte un favor. Ya, dije. Conozco a Germán, Santo Dios, no va a tomarlo nada bien. ¿Aún no lo sabe?, pregunté. Alzó los hombros, debe sospecharlo, dijo, le abandoné hoy por la mañana. Ya, dije. Pero esta vez voy a dejarlo definitivamente, y… necesito que le cuides, P. ¿Cómo?, pregunté. Sí, dijo, le conozco demasiado bien y el muy hombre es capaz de cometer alguna estupidez. O varias, completó. No quiero que cometa una estupidez, ¿me entiendes? Ya, dije, ¿crees que se quitará la vida? ¡Santo Dios, no!, gritó, no creo. Lo pensó un segundo. No, no creo, no, eso no…. pero… quizá se vuelva loco y beba más de la cuenta y se meta en pleitos en bares o busque a mi madre y la incomode, ¿ves?, o quizá llore durante tres meses en la mesa de los bares a los que tanto le gusta ir, o acabe acostándose con una mujer que le pegue el sida, no sé; esas cosas que hacen los hombres cuando sus mujeres les abandona. Ya, dije, no te des tanta importancia, quizá no haga algo, quizá siga bebiendo con nosotros y se olvide de ti y conozca a una buena chica y fin del cuento. Eva hizo una mueca. Alcánzame un cigarrillo, ¿sí? Le alcancé la cajetilla de cigarrillos. Cogió uno. Le alcancé el encendedor. Lo encendió y dio una chupada. Expulsó el humo en una delgada y prolongada y suave línea blanca y horizontal, torciendo los labios.

Serví whisky en mi vaso y di un trago. Tienes unos pies muy bonitos, ¿sabes?, dije en tono calmo, como quitando importancia a la cosa. Sonrió. Gracias, dijo y movió los dedos de los pies. Luego rió y comentó: nunca me han gustado del todo mis pies. Juntó las piernas y las estiró para que yo pudiese apreciarlos. A mí me gustan, dije. Son finos y estéticos. ¡Estéticos!, exclamó, ustedes siempre con sus palabras, ¡estéticos!, Santo Dios, si tengo un dedo más grande que el otro. Aquí, se dobló para tocarse el dedo del pie. ¿Ves? Toqué el dedo de su pie suavemente. No sé, dije, ¿quién dijo que un dedo más largo no es estético? Es lo que llaman pie griego. Se carcajeó. ¡Pie griego, Santo Dios! No paraba de reír. Dio un trago y luego una calada.

Regresó los pies a debajo de la mesa y dijo: ¿sabes, P.?, después de todo eres muy divertido. ¿Divertido? Sí, dijo riendo, tu modo de andar y de hacer sarcasmos y de proteger el alcohol y de decir que mis pies son… bonitos. Ya, dije. ¿Sabes?, siguió, esta cosa no está tan mal después de unos cuantos tragos. Alzó el vaso con whisky y lo puso frente a la luz y lo miró. Tiene un color que me recuerda a mi madre, no sé, a sus cabellos, ¿sabes? No te lo tomes muy en serio, dije, así se empieza a beber: un día descubres que el color del whisky te recuerda a tu madre y luego… Río. ¿A ti te recuerda algo el color del whisky?, preguntó con una sonrisa. No, contesté. ¿Entonces, por qué bebes? Suspiré. Bebo porque no soporto la vida. Santo Dios, exclamó, ¿por qué? Bueno, dije, por qué de algún modo no estoy hecho para vivir; es como si todo me costase más, no sé, trabajar, encajar, hacer vida social, el matrimonio, conducir en el tráfico, todo. Entiendo, dijo Eva. Me ocurre algo parecido, continuó, soy… soy… rió. Soy un manojo de nervios, P. Todo en la vida me angustia demasiado. Temo dejar a Germán, por ejemplo, aunque llevo casi siete meses desando dejarle. Me preocupa lo que pueda pasarle y antepongo la fecha definitiva en sacrificio a él. Pero ya no puedo más, P. Comprendo, dije.

Eva bebió un gran sorbo. Se levantó y se acercó a mí. Casi se cae cuando lo hizo. Me cogió por los hombros. Acercó su boca a mi oído y susurró: P., ¿dónde está el baño? Me levanté. La cogí de las manos. De ambas. La llevé despacio al baño. Todo tuyo, dije cuando abrí la puerta. Entró. Cerró la puerta. Me quedé ahí, detrás de la puerta. La escuché bajarse los calzones y orinar. La escuché eructar. La escuché tirarse un pedo. La escuche levantarse con dificultad y jalar la palanca. La escuché azotar la tapa del escusado. La escuché ir al lavabo y abrir las llaves y lavarse las manos. La escuché acercarse a la puerta y me alejé de prisa. ¿Estás bien?, le pregunté. Sí, dijo eructando, estoy bien. Solo un poco mareada. Quizá debas parar, dije. Se fue a la mesa. No, dijo, está bien, cualquiera puede emborracharse.

Bebimos casi toda la noche. Para ser novata resistió bastante. Hablamos de Germán. Me lo contó todo respecto a los insultos y las violaciones y las desfachateces. Nunca pensé que Germán pudiese ser tan hijo de puta. En una ocasión llegó pedísimo y le gritó que ella era una puta de mierda y se le fue encima y le rompió los calzones y se dispuso a cogerla por culo. Casi lo logra. Metió una parte, dijo Eva casi llorando. Luego la pegó en la cara con la mano abierta. Eva lloró. Germán se echó sobre la cama a dormir pero como Eva lloraba la pateó en el abdomen y la echó del cuarto. De verdad no podía creerlo ni justificarlo.

En algún momento más calmo le pregunté a Eva por Durán. Eva se encontraba en un estado de confesión irremediable. Santo Dios, dijo, Durán es amigo mío, es todo. Indagué sin decirle que Germán estuvo por la mañana y me contó sobre un poema, pero  sin miedo a declararlo si preguntaba. No preguntó. Estaba ebria. No dedujo que yo no podía saber de ello. Es un poema que dedicó a su ex mujer, dijo, me lo regaló a mí porque lo leí y me gustó. La mujer de Durán se lo regresó cuando terminó con él. Ya, dije.

Eva casi se caía de sueño. Eran las cuatro de la mañana. Yo también me caía de sueño y de borracho. Le dije: Eva, creo que es mejor que te vayas. Eva asintió con la cabeza. Se levantó como pudo y se encaminó a la puerta. A penas podía sostenerse en pie. Antes de que llegase a la puerta la cogí. Cayó en mis brazos. A arrastras la llevé al cuarto y la recosté sobre la cama. Le quité las sandalias casi con religiosidad. Le aflojé la falda y la desfajé. La cubrí con una sábana limpia que saqué de la cómoda. Le planté un beso en los labios y le susurré: descansa, Eva.

Salí del cuarto y me recosté sobre el sofá.


3


Ya, ¿bueno? Eran las dos de la tarde. Eva aún dormía y yo lo seguiría haciendo de no ser por la llamada. Germán no me saludó. Fue al grano. Dijo: P., creo saber dónde está Eva. Ya, contesté. Sí, dijo, se ha ido a Guanajuato, con un tío suyo. Okeeeyyy, dije bostezando. Iré por ella, P., la amo y voy a recuperarla. Muy bien, Germán, qué bueno. Necesito que me prestes mil pesos para el viaje. ¡Cómo!, exclamé. Anda, P., necesito el dinero para ir por Eva. No, lo siento, no lo tengo, Germán.

   Y dejé que Germán se largara a Guanajuato sin dinero y sin posibilidad de recuperar a Eva.





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