domingo, 3 de mayo de 2015

Una novela de amor a la mitad.


Cuando Nadia me preguntó por qué había dejado a mi mujer, contesté: dejé a mi mujer por qué me pareció más sencillo dejar a mi mujer que dejar el trago. Acto seguido, me pegué un trago de whisky.

Estábamos en el bar del Sanborns de Plaza Insurgentes. Era la primera vez que hablaba con Nadia; la conocí en el bar ese mismo día. Las preguntas de rigor, entre ellas: ¿casado o divorciado? Uno llega a cierta edad en que las mujeres sólo atisban dos posibilidades. Antes solían preguntar: ¿tienes novia? Luego: ¿soltero o casado? Ahora sólo podía ser casado o divorciado. Claro que también había la posibilidad de que no fuera ninguna de las dos, pero eso supondría ser un jodido pervertido, un pobre diablo, un imbécil. Yo lo era. Pero mentí. Dije divorciado, aunque nunca me casé con S. Nadia alzó las cejas y se pegó un trago de whisky. ¿Y tú? Contestó: mi marido me dejó por otra. Bueno, dije, eso pasa todo el tiempo. Yo mismo dejé a mi mujer por otra, eh (alcé la copa). Sí, dijo, y se empinó el whisky. Llamó a Federico y ordenó una ronda más. Me apuré a terminar el mío.

     Cuéntame la historia de tu divorcio. Suspiré. A S. no le agradaba que yo bebiese, dije, quiero decir, no del modo en que yo suelo beber. Desde la una de la tarde, hora en que me levanto, hasta las tres de la madrugada. Dios santo, exclamó Nadia, ¿a qué te dedicas? A beber. No te lo creo, nadie paga por beber. No, es broma, a escribir; soy escritor, y, tampoco hay alguien que pague por escribir, así que lo mezclo con dedicarme a beber. ¡De dónde sacas dinero! Ah, la eterna pregunta. Qué más da, dije, algún trabajo por aquí, alguno por allá. Tarjetas de crédito hasta el tope. La caridad de algún amigo. El póquer. Algo de charlatanería. Qué sé yo. De cualquier parte. Nadia se impresionó. Y tu mujer, ¿qué hacía? Trabajar y pagar mis deudas. ¡Eres un cínico!, exclamó sonriendo, con cierta malicia. Dio un trago al whisky. De pronto, dijo: mi marido era algo parecido a ti, ¿sabes?, era ingeniero mecánico. Desempleado. Trabajaba desde casa. Creía firmemente que encontraría el modo de crear un motor que funcionase sin gasolina. Yo también lo creí. Pero luego de tres años me cansé de sostener su proyecto. A veces le doy gracias a Dios que me haya dejado. Ya, dije.

Bueno, ¿y luego? Luego… pues, un día me lo advirtió: si continúas bebiendo de ese modo, me largo. Me entró por un oído y me salió por otro. Llegó la segunda advertencia. Lo mismo. La tercera. La cuarta. La quinta. No sé hasta cuántas, y un buen día, me plantó cara, llorando, me cuestionó: ¿el trago o yo? Por supuesto, me decidí por ella. Al día siguiente me largué. Me instalé en un hotel de paso y me dije: P., tú eres un hombre (lo que eso signifique). No la he vuelto a ver desde entonces. ¿No se divorciaron?, preguntó Nadia. Casi se me cae la cara. Ah, no, dije, lo del divorcio es un decir, digo, prácticamente estamos divorciados, ¿no? Sí, dijo. Yo también se lo advertí a Alberto. Si no encuentras trabajo en dos semanas, me largo. Antes de ello encontró a Patricia. Le echó el mismo rollo que a mí. Cuando lo escuchas por primera vez, impresiona. Nadie arremedó: soy ingeniero mecánico. Trabajo en un proyecto de motor sin gasolina, ¿sabes lo que eso significa? Si lo logro seré millonario. ¡Y lo crees, Dios, lo crees porque habla esa maldita jerga de ingeniero mecánico y te envuelve y tú no sabes nada de mecánica y te hace imaginar a todas las personas comprando el gran coche que funciona sin gasolina, y claro que lo crees! Mucho después llegué a pensar que no era ingeniero mecánico. Nunca lo vi con un plano o alguna herramienta. Sí, dije, es lo que llamo: charlatanería, uno puede vivir muchos años de alguien si sabe incubar una idea. ¡So Cabrón!, exclamó Nadia, con la vista al techo, mientras se pegaba un chupito. ¡Hijo de puta!, dije yo.

     Ordenamos una tercera ronda. Lo estábamos pasando bien. Hay un placer extraño en quejarse de la vida, del pasado.

Vamos a ver, dijo, dices que eres escritor, ¿no?, ¿qué escribes? Bueno, aquí fue donde todo se echó a perder. Quizá hubiese sido más fácil decir la verdad, no sé, hablar francamente, como dicen. Pero soy un maldito mentiroso. Dije: actualmente escribo una novela. Estoy a la mitad. Es sobre el amor. ¡Dios!, exclamó Nadia, qué bien. Sí, dije, es precisamente sobre lo que hemos hablado hasta ahora tú y yo: ¿qué es el amor? ¿Cuánto dura? ¿Por qué nos enamoramos? ¿De qué nos enamoramos exactamente cuándo nos enamoramos de alguien? ¿Por qué termina el amor? Sí, sí, dijo Nadia, eso, he pensado mucho en ello. Lo sé, dije, apuesto a que todo el mundo piensa en ello al menos una vez en su vida, quizá dos, quizá tres, quizá todo el tiempo a partir de los treinta años. Sí, sí, decía Nadia imparablemente. ¿Y sabes?, he mandado una parte al editor, dice que es excelente. Dice que se venderá como pan caliente. Personalmente no lo creo. ¿Lo crees tú?, pregunté a Nadia con falsa ingenuidad. ¡Sí, sí, lo creo! ¡Todo el mundo quiere saber qué es el amor, o qué carajos! Es lo mismo que dijo mi editor, exclamé, ¿segura que no eres editora? Risas. Otra ronda. Cruce y descruce de piernas. La falda se corrió arriba. Mi mirada, lascivia, recorrió las piernas. Nadia lo notó. Todo pasó en un segundo. ¿Esto es amor?

     A veces creo que S. me dejó en el peor momento. Es decir, me aguantó cuatro años siendo pobre, y justo ahora, que mi editor ha aceptado la novela y todo eso… caray, se va a molestar mucho cuando salga a la venta. No la compadezco. Nunca le gustó el tema de mi libro. ¡No!, ¡cómo!, ¡es un tema genial!, ¡venderás millones de copias! Sí, bueno, ya veremos. Por ahora deberé parar el proyecto. ¡Por qué! No tengo un peso. ¿Te confieso algo? Quizá esta sea mi última borrachera. La última vez que invito a una chica guapa las copas. Dios, no, para nada, P., no, no, olvida eso, ¡yo invito las copas! Vale, muchas gracias, pero… aún así… debo conseguir un empleo lo antes posible. Tengo el alquiler encima: tres meses de adeudo. Una vez entre a trabajar, no podré escribir. Ningún escritor serio puede escribir y trabajar al mismo tiempo. El arte lo exige todo, Nadia. Sí, entiendo. En fin, es igual, el libro puede esperar. Salud. Salud. ¿Sabes?, ahora que lo pienso, me has ayudado mucho. Voy a utilizar parte de tu experiencia con Alberto para ejemplificar mi libro. Nadia abrió los ojos, impresionada. Sí, en serio, tú deberías ayudarme a escribir ese libro. Te daría parte de las ganancias, je, je. Seríamos socios. Ay, P., me halagas. Risas. Lo sé, no va a funcionar, no tienes que mentir, es una idea terrible, ¿quién va a comprar un libro así? No, no, no, es genial, es una idea genial, P. Oye, ¿te gustaría ver parte del manuscrito? ¡Claro! Vamos a mi casa, vivo cerca, a dos cuadras. Pasaremos por una botella camino allá. Te muestro el manuscrito, avances; si te gusta, nos asociamos. ¡Total! Sí, sí, sí.

                2
¿Dónde están los vasos? ¿Para qué quieres vasos, nena? Vamos, pégate un trago de la botella, así es como se debe beber, no con va… sí, así, muñeca. Risas. A Nadia se le escurrió el trago por la comisura de los labios. Me pegué un trago. Estábamos sobre el sofá. Me acerqué a ella. La tomé por la cintura. Le dije: eres una chica hermosa, no puedo creer que ese hijo de puta te haya dejado por otra. Nadia agradeció. Cerró los ojos. La besé en los labios. Correspondió el beso. Nos besamos largo y suave. Todo estaba hecho. Ni siquiera recordaba por qué estaba aquí.

      A veces creo que nunca encontraré un hombre bueno. Nunca se sabe, Nadia, a veces ocurre que el amor de nuestra vida está justo enfrente de nosotros y no lo vemos. Síiiii…. Nos besamos. Ya era suficiente alcohol, un poco más y se me duerme.

3
El sexo estuvo bueno. Al amanecer aún sonreíamos. Buenos días, P. Buenos días, Nadia. Sonrisas.

     Durante el desayuno (huevos con jamón y café) le conté mi situación. A punto de perder del departamento. Sin dinero. Sin trabajo. Con la mitad de la novela que me salvaría la vida escrita y la otra mitad… Mis deudas: treinta mil pesos, más o menos. Mis necesidades: treinta mil pesos lo antes posible, luego, comida y bebida, nada del otro mundo. Tiempo estimado para terminar la novela: indefinido. La inspiración es caprichosa. Ganancias aproximadas una vez vendida la novela: millones. La conmoví.

     La situación de Nadia: D¿divorciada hace casi un año. Sola. Treinta y seis años. Fiscalista. Sueldo: treinta y cinco mil mensuales. Abierta a juntarse con un hombre sincero. Justo lo que yo necesitaba para sobrevivir otros cuatro años.

     Besos. Promesas de amor. Pactos. Acuerdos.

     Lo había logrado una vez más.



1 comentario:

  1. Yo también deseo separarme de la bruja que tengo!!!

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