jueves, 7 de mayo de 2015

Suficientes cartas para el resto del año.




    LA PLUMA SIN TINTA Y MI BUZÓN VACIO (PRIMERA CARTA).



Ya no escucho la lluvia, de modo que, asumo que podré salir a comprar un café, tomar algo de aire fresco, y reemplazar la pluma que agoté con desenfreno tras escribir sin parar por dos noches seguidas. Estoy seguro que al volver, mi buzón me aguardará con tu respuesta a mi última carta, que sin temor a equivocarme, la envié el mes pasado, al apartado correspondiente que me indicaste aquel día. Sé que probablemente nada cambie a mi regreso, pero tengo el presentimiento de que esta vez, encontraré algo más que los cupones de descuento en chao food, que si lo pienso fríamente, tal vez si los coleccionara, tendría derecho al menos a tres comidas gratis de diferentes menús, pero supongo, que sólo evito pensar en mis deseos escondidos por un instante, después de todo, el ser humano siempre busca maneras de obtener lo que quiere, y de pensar en lo que sueña, por lo menos quinientas veces al día.


    Contrario a la opinión de mucha gente, yo disfruto de los estragos que causa la lluvia, sobre todo, del olor a hierba mojada que se impregna por mi calle a través del gélido viento, que me acompaña mientras camino, y abraza las mangas de mi abrigo, para hacerme temblar por si decido detenerme abruptamente. Las bancas públicas encharcadas de aquel parque, las farolas que parecen escurrir fragmentos de su tenue luz en cada gota que impacta contra el piso, no existe postal que describa mejor mi naturaleza, y la de los días que transcurren en esta ciudad sin verte, sin consumir minutos de tu tiempo, sin sentirte parte de la misma como siempre.


    Esta vez, como muchas otras, no puedo evitar que mi mente trate de formar lazos entre los objetos presentes y la ausencia de tu inigualable figura, tal vez sea porque me obligo a encontrar un rastro tuyo en cada uno de ellos, o porque dichos objetos, sean la parte tuya que necesito para preservar tu recuerdo, tu esencia, o mi desesperación por aferrarme a los motivos necesarios para no olvidarte nunca.


    No existe conclusión convincente para mis maquinaciones, de la misma forma que no existe explicación que baste para calmar el ímpetu de los científicos, al menos, es lo que imagino, mientras giro la vista para mirar en ambas direcciones de la avenida, y así distraer mis pensamientos, al tiempo que cruzo la calle.


    La vía de estacionamiento que se encuentra siempre disponible para los clientes del prestigioso restaurant francés, me indica no sólo el principio de la mejor parte de la ciudad, sino mis primeras impresiones que tuve acerca del amor, o la falta de este, puesto que, recuerdo de forma clara que cuando era un simple chaval, buscando cruzar el camellón que dividía la escuela primaria de su vecindario, justo en este mismo lugar, un joven cruzó la puerta principal del establecimiento con desesperada prisa, tratando de alcanzar a una chica que aventajaba sus pasos, mientras esta se desvanecía tras la puerta de un camaro, y en ese instante tan fugaz y preciso, la chispa que mostraba aquel chico en sus brillantes ojos, se desvaneció por completo, como la llama de una vela que es barrida sin reservas por el aire, que no deja rastro alguno de la intensidad con que alumbró alguna vez, sólo pedazos reducidos de cera derretida, y un triste olor a humo.


    Fue entonces, cuando noté que me encontraba en un momento y lugar equivocados, pero incluso si lo hubiese notado antes, dudo que hubiese podido seguir mi camino, y evitar ser un incómodo espectador, que fue testigo de una escena que podría describir como la consecuencia de la falta de empatía, o el desconocimiento total de esta, que muchas veces, no hace falta conocer dicho significado, para entender que no a todas las personas les interesa compartir objetivos, puesto que, prefieren separarlos porque no conocen otra forma de cumplirlos.


    Tal vez el chico tendría la misma edad que tengo ahora, y muy probablemente, me encuentre en la misma situación precaria, reflexionando en el mismo lugar, pero con una percepción muy distinta a la suya, y puede que en gran medida, por las palabras que me dijo mientras lo observaba atónito, y éste secaba sus lágrimas antes de marcharse  << algunas personas te fuerzan a recordarlas sin quererlo>>Dejando su icónica frase, a mi entonceslimitado entendimiento, que imaginó al pobre chico siendo perforado por una clase de taladro gigante, que abría su cerebro, e introducía los recuerdos estrictos de la chica de abrigo de piel negro, que se esfumó como un fantasma tras abordar un camaro en pleno atardecer de un insípido mes de mayo.


    Puede que mi distorsionada imaginación de chaval de diez años, haya malversado la idea, pero ahora comprendo, que la interpretación de la realidad no es muy diferente, o al menos, nada parece exagerado, cuando te encuentras esperando un café americano sobre una banca de cemento, contemplando el cruce de avenidas, donde un centenar de personas avanza a medida que los semáforos lo permiten. Es entonces cuando no puedo evitar pensar en tonterías, pero en el calor del momento, creo que son las mejores ideas para escribir libros.


    Hay un instante preciso en el que mi vista expectante y mi figura erguida parecen bajar sus defensas, y cuestionarse la razón por la que mi ansiedad me lleva a salir de casa y buscar una silueta que nunca encontraré entre la gente.O una mirada que a pesar de todas las que suelo cruzar y evitar en el transcurso de mis andanzas, me haga detener mis pasos, y dirigirme a toda prisa al lugar donde me contemplas, luchando entre la multitud,abriéndome paso sin detenerme, para dejar de ser una imagen en movimiento, y convertirme en el estímulo que reanime tu tacto, mostrándote la sensación de lo que significa el acompasar nuestras manos sin que puedas usar la vista.


    No existe nada más definitivo, destructivo, y a la vez tan gratificante como la imaginación del ser humano. Y este don para mi desgracia, es capaz de construir universos enteros, donde puedes vivir tan diurna como la luz del día. Imponente y fundamental como el sol mismo, y tan universal como las leyes que lo rigen. Que sin importar a donde vaya, no se puede escapar del yugo cautivante que ofrece tu simple existencia. No soy más que los diminutos destellos que transmiten mis pensamientos inconscientes, y cada día que pasa, me convenzo de que tú eres el concepto total de caos, misterio y necesidad, que un remedo de escritor requiere para no dejar morir sus crecientes ideas al filo de la resignación y de sus abundantes hojas en blanco.


    He notado al cruzar el boulevard de regreso a casa, que los lugares donde solía contemplar las cosas sin sentido que me llevaron a conocerte, se han ido rezagando de la vía principal de la avenida, protegidos por los indicativos de nuevas obras públicas, anuncios espectaculares, y la negación sugestiva que imponen mis ojos para mirar hacía una nueva dirección, donde no encuentre nada que me obligue a quedarme, donde al menos, la nueva apariencia de la ciudad, me indique una señal de progreso en mi camino. Recurriendo a lo literal para persuadir a mis temores.


    Pateando una lata vacía de zumo, me doy cuenta que no logro percibir de forma airada el bullicio que produce un maltratado trozo de aluminio, al ser impactado en repetidas ocasiones contra el piso mojado y la punta de mis roídos botines, como si mis pensamientos demandaran la atención total de mis sentidos, y con ellos, tratase de encontrar una respuesta para mi infundado anhelo de verte esperando en mi puerta al volver, muerta de frio, cansada por tanta espera, completamente impaciente por reclamar la totalidad de mi peculiar naturaleza, y que sólo a ti te pertenece. Incluyendo el insomnio que te produzca mi deseo de mantenerte despierta, para satisfacer las fantasías que todas las buenas madrugadas demandan, o hablar hasta el amanecer, para que puedas desahogarte y no te queden quejas durante el desayuno, agregando por supuesto, lascaricias que me sobran, y que tengo guardadas incluso por debajo de los cajones.


    Esta escena que describo con sorprendente familiaridad, forma parte del tópico de cada día, salvo que, en algunas ocasiones, no realizo el mismo recorrido, ni siquiera sé si se me había ocurrido patear una lata antes, o sí los estragos ocasionados por la lluvia, han hecho más interesante la narración de esta carta, como sea, tampoco tengo claro el objetivo de seguir escribiéndote con exagerada puntualidad cada mes hasta que termine el año, después de todo, en mi opinión, existen dos causas que representan una soga al cuello para todo aquel que pretende ser un remedo de escritor, y estas son, la presión y las promesas.


    Aunque sin importar el peso que mis propios deseos me hagan soportar, sé que no cambiará mi entorno, ni mucho menos, mi modo insistente de plasmar cada minúscula palabra, que necesito para expresar hasta el más profundo y banal sentimiento de mi existencia, para qué dichas palabras terminen en el más inmundo contenedor de basura, o siendo leídas por alguna persona sin que hacer, que encuentre mis cartas en un sitio desolado de alguna calle, pero sin importar si cada hoja que escribo, llega a su respectivo remitente, siempre será mejor que las palabras fluyan libres en cualquier rincón del mundo, que haciendo mella en una mente atormentada. Todo seguirá su curso necesario, y absolutamente nada ha cambiado desde que salí por ese café, salvo el hecho de que olvidé comprar las plumas, y los cupones de descuento de chao food, yacen sumergidos en un charco, hechos trizas por los estragos de la lluvia, dejando mi buzón completamente vacío, exactamente como mi alma.


-10 de agosto de 1990.







Texto por: TonyO'Farrell

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