viernes, 22 de mayo de 2015

Mirada traslúcida de un amor no correspondido.


Texto por: Misael Rosete



Apenas oscureció, encendí las calaveras del coche y fui a un lugar lleno de bailarinas con tangas fluorescentes y música tropical. En cuanto la vi adherida a las nalgas de una mujer de cabello corto, su brillo triste se metió en mis ojos. De inmediato tomé asiento y ordené un par de tragos; después de cuatro cubas me marié (sentía que mi cabeza daba vueltas y que los ojos iban en espiral). Cuando vi, una mujer de cabello corto se acercó y me sobó el miembro por encima del pantalón;luego que bajara el cierre con sus uñas que resplandecían por la luz neón, hizo su tanga a un lado y, sin dejar de sonreír, se sentó sobre mi miembro: primero sentí el ras de su pubis rasurado, luego el olor a sexo me despertó, hasta que dejó sus brazos en mis hombros y empezó a moverse mientras le agarraba las nalgas con las manos. Tras oírla aventar un par de gemidos, llevé mi boca a uno de sus senos enormes y así, le arrojé un hilo de semen.

Por la madrugada llegué a casa y me desnudé, antes de adentrarme en la soledad de la cama, recorrí la cortina de la ventana. Al ver el estanque de estrellas en medio de la pared descarapelada, me sentí oscuro. Acerqué una mano a mi cara y me di cuenta de que le escurríandos hilos de agua.

Por más que intenté levantarme temprano, desperté tarde. Una intensa resaca parecía golpearme la cabeza. Tenía la piel pálida y cuando miré mis labios en el espejo oxidado, parecían dos pedazos de salchichón cocido. Fui a la cocina y bebí un vaso enorme de agua; abrí el refri y me preparé un sándwich con la última hoja de jamón...

Apenas oscureció, encendí las calaveras del coche y fui a un wallmart. Recién cerré la puerta y caminé por el estacionamiento, metí la mano al pantalón y saqué un papel que decía:

Azúcar
 Leche
Huevo
Pollo
Helado
Pizza congelada
Verdura
Cervezas
Cereal
Cloro
Jabón
Helado
.
.
.(Pasaba por una zona donde tres lámparas se fundieron, cuando el chaleco fluorescente de un “viene viene”, me hizo recordar el
   brillo de mi cuerpo que dormía bajo la ropa).
.
.

Agarré un carrito y entré por la puerta automática. El lugar estaba lleno de empleados con chalecos azules y música tropical. Había también numerosas personas abrigadas; sus caras se deformaban en el reflejo luminoso de los carritos que avanzaban desperdigados por la tienda. Si hablaban, sus palabras se perdían entre el murmullo, o en los avisos que una mujer con aretes de neón hacía por un micrófono.De inmediato empecé a llenar el carrito, la variedad de artículos me embriagó (sentía que mi cabeza daba vueltas y que los ojos iban en espiral). Ya había agarrado varias cosas que no estaban en la lista e iba rumbo a las cajas cuando, al doblar por un pasillo verdoso, la encontré vendiendo su cuerpo sin el menor pudor. En cuanto mis ojos la vieron me estremecí. Tenía una apariencia delicada y seductora como el de una prostituta triste. Creo que en cierta forma, allí, mi semblante cambió y mi brillo de estrella despertó un poco.

Aunque quise aproximarme, su belleza me hizo huir y antes de salir del pasillo, volteé. Era inquietante no verla,imaginar que alguien con más agallas se atrevió a acercársele.

Resignado, apoyé los brazos en el carrito y fui a una caja.Cuando estaban a punto de cobrarme, pasé una mano por mi pelo y junto a mi oreja, encontré un hilo de agua; tras verlo enredado en mi dedo regresé a buscarla.

 Al caminar junto al exhibidor,la encontré frente a unas enredaderas artificiales; seguía en el mismo lugar. Sin pensarlo demasiado, la tomé y volví a la fila.

Luego que me cobraran, fuimos en silencio hasta el coche oyendo rodar los pequeños neumáticos sobre el asfalto. Subí las bolsas a la cajuela y, con delicadeza, la senté junto al volante. Cerré la puerta y su perfume entró en mí cuerpo como si fuera un mar nocturno y de luces.

Manejé sobre la ciudad mientras ella miraba por la ventanilla. Los árboles en las esquinas, parecían prostitutas. Llegué a casa y metí las bolsas que había en la cajuela. Fui al asiento del copiloto y con cuidado, la cargué hasta mi departamento. Una vez en la sala, le pregunté si quería tomar algo y ella aceptó inclinando sus cuatro pétalos violetas.

Fui por una jarra de agua y regresé. Tras ladearme para vaciar el líquido dentro de la maceta, miré sus esponjados copos de polen como alguien que espía tras el escote de una mujer sensual. Acto seguido, empezó a beber: la tierra se oscureció y sus pétalos tomaron un intenso color; parecían una boca carnosa y suave, dos labios hinchados que recién miré, quise besar...

Absorbió el agua y le dije que iría a guardar unas hojas de jamón al refri. Antes de irme, recorrí las persianas y la dejé en la ventana por la cual me había asomado en la madrugada. Para entonces el cielo otra vez era  un estanque lleno de estrellas y se arrastraban con suavidad tras las nubes. La miré en silencio, el aire fresco despeinaba su cuerpo y esparcía su perfume por la casa.

Encendí un tocadiscos y regresé a su lado. Me recibió con una aparente sonrisa. Sabía que era para mí, y ella podía no serlo, pero aunque alguien más hubiera pagado lo que yo por tenerla, sentía que mi amor era más especial que el de algún otro. Pero su mirada holandesa descontrolaba la posición que yo acepté asumir. Yo quise producir su amor, sembrarlo con el color del pasto que tiene el dinero. Y allí estábamos, ella desde la ventana con su delgado cuerpo sólo para mí: de pronto triste,de pronto más hermosa.

Terminaba de oírse una gymnopedia en el gramófono cuando me acerqué sin hacer ruido:ella miraba el cielo como si el mar de luces le explicara todo. Coloqué mis manos en la cintura de su tallo. Aquel delgado cuerpo me recibió apacible, su perfume se había intensificado;¿olía a jazmín?,¿así olerá el jazmín? La volteé hacía mí y entonces mis ojos se abrieron como si fueran pequeñas flores oscuras. La observé en silencio: su corola parecía un magnífico y ciclopédico ojo; con él me veía, me dibujaba detrás de mi máscara de humano, de mi cuerpo de estrella que volvía a brillar... Adonaí, la vida era un movimiento de luz, un mar y sus embates hubieron de acercarnos. Fuimos náufragos de la noche; su oleaje nos arrastró al cuarto, a las sábanas que eran espuma, láminas de luz petrificada.

La desnudé y luego le hice el amor. Primero quité el papel celofán que la envolvía, luego retiré la maceta: apenas miré su raíz entre el espeso pubis de tierra, noté que estaba húmeda y nerviosa. Íbamos a hacer el amor y ni siquiera sabía su nombre ni tampoco si era virgen. Sólo sabía que su perfume envolvía sus nervios de mujer. Como una menstruación de cristal, como un beso de arena; estrellas diminutas caían de sus labios mientras enredaba su raíz en mi miembro y me frotaba.

Tras agarrarla del cuello y ver que en el glande empezaba a salirme un color gris, clavé mi boca entre sus pétalos y así, le aventé un hilo de semen.

Al final, miré su cuerpo desecho sobre la cama y fui a la ventana. Apenas vi el enorme cielo salpicado, un resplandor dorado me cubrió; en ese instante acerqué una mano a mi cara y, antes de que el primer pico de estrella rasgara mi piel, noté que me escurrían dos hilos de agua...

¿Habrá sido un sueño?...


           Todavía hoy no logro entender cómo es que se ha logrado prostituir algo tan bello como una flor.







Texto por: Misael Rosete


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