domingo, 17 de mayo de 2015

Mi mujer se ha ido.


Mi mujer se ha ido. La escuché levantarse a las siete de la mañana. Tomar la ducha. Vestirse. La escuché despedirse de mí y tirarme un beso. Fingí dormir. Es el primer día, después de dos años, en que mi mujer sale de casa por la mañana antes de mí. Es la primera mañana desde hace dos años en que me encuentro solo. Desde que nos casamos no he tenido un solo día de ocio en soledad. Cuando me anunció que la habían contratado me entusiasmé. No por el dinero que ello supondría, sino por el tiempo. A fin de cuentas el dinero acabaría en las manos de inversores americanos: en las manos de las tiendas americanas de ropa de moda. Todo, hasta el último centavo.

      A las ocho de la mañana no puedo dormir más. Deseo aprovechar cada minuto. Pienso en levantarme y hacer las cosas que no he podido hacer, ya sea porque no empatan con los gustos de mi mujer, o por el tiempo que implican. Ver la película de los Panchitos, por ejemplo; mi mujer se ha negado a verla conmigo. Leer. Bañar a las gatas. Reacomodar los libros de los libreros. Escombrar la bodega. Escribir. Luego, otro pensamiento, más imperioso, me impide hacer cualquier cosa: descansar. Pienso: a penas son las ocho de la mañana.

      A las nueve de la mañana vuelvo a despertar. Decidido, me levanto. Un nuevo día. Tomo la ducha y me cambio en treinta minutos. La casa se siente distinta estando solo. Corro las cortinas. El sol entra. Me siento vivo, no sé. Con una gama de posibilidades delante de mí. ¿Qué hacer? Miro a las gatas. Después de todo no están tan sucias. No quiero gastar mi tiempo libre en bañar a esos animales. No quiero gastar mi tiempo en ver películas. Ni siquiera en leer, eso puedo hacerlo en cualquier otro momento. Hoy es un día especial. Estoy solo. Mi mujer regresará hasta la noche. Trato de recordar todas aquellas cosas que siempre he deseado hacer y me he prometido hacerlas cuando tenga tiempo. Ninguna viene a mi mente. Las he olvidado todas. Me siento sobre la cama.

Miro la habitación. Nunca antes la había mirado con detenimiento. Habría que arreglar las paredes. Quizá, pintar toda la habitación. Cambiar la chapa de la puerta. No voy a hacer algo de eso ahora. Ya lo haré después, pienso. Miro los libros sobre el buró. Son los libros que leo actualmente. Todos están pasados de la mitad. No, no, luego, pienso. Hoy debo hacer algo diferente. Algo grande. Algo que no haga comúnmente. Antes de que llegue mi mujer, Dios.

Comienzo a desesperarme. De pronto me viene la idea: salir. Sí, eso. Salir y caminar sin rumbo, como en los viejos tiempos, cuando podía salirme sin un centavo y vivir aventuras narrables y enriquecedoras con borrachos y prostitutas. Ahora no me acuesto con prostitutas. Por mi mujer, claro está.

Cojo las llaves y los cigarrillos y me largo.

Fuera hace un sol del demonio. La cabeza comienza a dolerme a la primera esquina. El estómago reclama comida. Anoche bebí en casa. Siete copas de whisky con agua. Para poder dormir. De otro modo me es imposible. Incluso comienza a darme sueño. Pienso e volver a casa y dormir. Son las diez con quince. Podría dormir hasta las once o doce. Mi mujer regresará hasta la siete de la noche. No, me digo, aprovecha el tiempo, P.

Doblo en San Luis. Ante mi aparecen las puertas de Sanborns. No, me digo. Sé que si entro ahí, no saldré sobrio. Imposible. A mi mente acuden las botanas. Sopes. Tacos. Caldo de camarón. Molletes. Chicharrón. Cacahuetes. Salchichas en adobo. Todo ello incluido en el precio de una cerveza. Pero hoy es un día diferente, me digo, y yo estoy en bar de Sanborns todos los días de ocho a diez. Me detengo ante las puertas. Es una invitación latente. La oscuridad del bar, la música clásica, la botana, la cerveza, el buen trato. Sobre todo, la soledad, la paz, la sensación de estar dentro de una cueva mientras el mundo vive su vida de locos allá afuera. Entro.

Federico me mira llegar. Me saluda con alegría. Sr. P., me dice. Tomo asiento en mi mesa. La mesa en la que día tras día me siento, con mi mujer, a beber doce cervezas antes de irnos a casa a descansar. Seis ella, seis yo. A esa hora el músico del bar toca. Está encantado con mi mujer. Siempre toca las canciones que sabe que a ella le gustan. Es casi un concierto personal. Le sonríe desde su sitio. Cuando hace descanso, pasa por nuestra mesa. Nos saluda con entusiasmo. A ella, a mí sólo me dice buenas noches. Le toma la mano y se la besa. Aprovecha cada oportunidad para acercarse a nosotros y hacer algún comentario gracioso. Es un hijo de puta, pero le dejo hacer. He tenido que lidiar con tipos peores. Mi mujer es ocho años menor a mí. Eso, quizá, lo explique todo.

¿Lo de siempre?, me pregunta Federico, con su libretita en la mano. Pienso un segundo. No, respondo, hoy no. Hoy es un día diferente, pienso. Ordeno ron. Nunca bebo ron, pero hoy es un día especial. Bacardi blanco con coca cola.   

Miro la hora. Son las once con cinco. Dentro de dos horas comenzará la promoción. Dos por uno en cerveza. Puedo estarme una hora con el Bacardi. Puedo beber dos en dos horas. Tres, cuando más. Y luego, la promoción. Creo que eso es lo mejor. Suelo hacer cálculos de todo respecto a la bebida. Conozco cada bar de la zona y cada precio y tiempo y promoción.

Federico pone ante mí un vaso con ron y coca cola, un plato de cacahuetes y uno de chicharrón. Oye, le digo, no he desayunado. Y le sonrío. Él lo entiende todo. Es, lo que se puede decir, mi cantinero de cabecera. Al poco rato me trae tacos de pollo y de queso. Los como casi desesperadamente. En menos de cinco minutos no queda ni uno. En menos de tres minutos, Federico adorna la mesa con caldo de camarón y sopes de frijol y pollo y chorizo. En tres minutos más trae salchichas adobadas y habas en salsa. Cuando termino, retira los platos. Déjame los cacahuetes, le digo. Nunca he podido resistirme a un plato de cacahuetes salados. Un día, un amigo me contó que los ponen así, salados, porque la sal genera sed y la sed te hace ordenar más y más bebida. Bueno, dije, eso está muy bien. A partir de ese día, no puedo dejar de pensar en la trampa de los cacahuetes cada que los miro sobre la mesa de algún bar o cantina. Es igual, yo no necesito trampas. Siempre que entro a un bar estoy ahí dispuesto a beber todas la cerveza o todas las copas que me entren.

Cuando ordeno el segundo ron Federico me pregunta por mi mujer. Cogió un empleo, le digo, está en él. Federico le manda felicitar. Sí, le digo, muchas gracias. Me trae la bebida.

Miro el reloj. Once con diez. Soy el único cliente. Ya casi dejo de pensar en la estupidez de hacer algo diferente. ¿Qué puede hacer un hombre de diferente o de extraordinario en una ciudad?  El alcohol me hace entrar en razón. Todo lo diferente que un hombre pueda hacer está en su mente. Somos mentes encerradas en cuerpos.

De un momento a otro da la una de la tarde. Lo sé porque Federico tiene la amabilidad de recordármelo. Mira mi vaso, que aún tiene un sorbo y me dice: ya empezó la promoción. Cojo el vaso y me lo empino. Sí, respondo, una Tecate. Federico se va con el vaso y el plato de cacahuetes. Regresa con dos Tecates fías y más Cacahuetes.

Entran un par de señoras. Se instalan a dos mesas de mí. Las miro hacer. Se quitan los suéteres y los amontonan con las bolsas de mano sobre uno de los sillones. Se sientan con dificultad. Federico las atiende. Ordenan piñas coladas. Hablan, según logro escuchar, sobre el hijo de alguna otra señora.

La cerveza sí la bebo rápido. Ahora debo aprovechar cada minuto de promoción. Si me tardo demasiado es posible que el fin me alcance sobrio. En ese caso tendré que irme al mitote, otro bar, cerca, en Medellín, pero no quiero ir allí porque no lo soporto. Ponen la cerveza a quince pesos hasta antes de las nueve; a cambio hay que escuchar música a alto volumen. Federico trae y lleva platos de cacahuetes, chicharrón, habas. Siempre que vengo aquí pienso en cómo es posible que a mi estómago le quepa tanto. Es imposible parar de comer.      

A las cuatro de la tarde estoy borracho. Ha entrado un poco más de gente. Señores y señoras. Aquí no hay jóvenes. Eso es bueno también. No soporto a los jóvenes. Son muy inquietos. No pueden estarse en paz y pensar en sus vidas o sus culos. Siempre tienen la necesidad de estar haciendo algo. Sobre todo, la maldita necesidad de encajar y ser aceptados. Me son insufribles.

En algún momento me levanto. Quiero ir al sanitario. Cuando lo hago, caigo en cuenta de que estoy más borracho de lo que pensaba. Casi no puedo caminar sin sentir que me caeré en el paso siguiente. Agarrándome de las cosas lo logro: andar hasta estar enfrente del mingitorio. Somos mentes atrapadas en cuerpos. Hay que llevar el maldito cuerpo a arrastras, hasta el mingitorio y orinar y regresar y todo eso.

Ordeno un par más de cervezas (es decir cuatro más), antes de que termine la promoción. Las bebo con calma. El día está a punto de terminar.

Dan las cinco. Fin de la promoción. El timbre del recreo. Abrirán la promoción nuevamente, de ocho a diez. Mi mujer llegará a las siete. Tengo dos horas más. Ordeno la cuenta y pago. Federico lleva el dinero a la caja. Regresa con el cambio y el recibo. Le dejo cincuenta pesos de propina. Nunca le he dejado menos. Tampoco más.

Camino muy despacio. Una vez fuera de Sanborns enciendo un cigarrillo. Lo fumo de pie, sin saber qué hacer. No quiero llegar a casa. Hay un puesto de flores enfrente de mí. Pienso en comparar flores para mi mujer. No lo hago. No lo he hecho nunca. Lo considero estúpido. Las flores están muertas. No sirven para nada. Generan basura. Además de ello hay que pagar por ellas. No sé, nunca he comprado flores a una mujer. Mi mujer no me lo reclama. Es consciente del sinsentido de las flores. Agradezco en el fondo de mi corazón tener una mujer cercana a mis ideas. Definitivamente voy a envejecer a su lado.
     
Enciendo otro cigarrillo y emprendo la marcha. Camino despacio, pegado a la pared. Voy hacia casa. No hay otro camino. Para nadie hay otro camino. La vida sería más sencilla si pudiésemos quedarnos en casa sin hacer algo. En una ciudad, no hay nada qué hacer. Emborracharse es lo más cercano a salir de la ciudad. Estamos enjaulados. Todo lo que podemos hacer ha sido puesto ahí por alguien más, pero nadie hace realmente lo que quiere hacer; ni siquiera tienen deseos propios, los deseos han sido incubados: desea la playa por mil pesos por persona la noche. Desea ropa de marcas americanas con el veinte por ciento de descuento. Desea un coche asiático desde mil seiscientos pesos al mes. Desea bailar en el Mama Rumba por un pase de doscientos cincuenta pesos y un mojito incluido. Desea joyería del Palacio de Hierro a meses sin intereses. Solo había dos cosas que yo podía desear a estas alturas: morir en paz y estar borracho todo el tiempo posible mientras llegue a ello. Cualquier otra cosa no me atraía.       

No compro flores, pero sí whisky. Antes de llegar a casa compro una botella. Llegando a casa pongo agua en la hielera para hacer cubos de hielo. Saco cacahuetes del estante y los sirvo en un plato y coloco el plato y un par de vasos junto a la botella, sobre la mesa del cuarto. Pongo un par de sillas. Es lo que llamo "hacer mi Sanborns en casa".

 Son las seis menos diez. Tengo una hora para renacer. Voy a cagar al sanitario. Me lavo manos y dientes. Me echo agua a la cara. Me cambio de ropa.

A las siete menos cuarto llega mi mujer. Nos abrazamos. La separación ha sido tortuosa para ambos. Por primera vez en la vida amo a una mujer verdaderamente. ¿Qué hiciste en mi ausencia?, pregunta E. Nada, respondo, fui a comprar whisky. ¿En todo el día? ¿Nada? ¿Sólo comprar whisky? Dormí hasta tarde, bebí un par de cervezas, compré whisky. ¿Alimentaste a las gatas? Dios, no. E. sale del cuarto y alimenta a las gatas. Mientras lo hace, me grita: vengo muerta, P., fue un día duro en el trabajo. Sí, le grito en respuesta, lo sé, por eso he traído whisky y cacahuetes. Entra al cuarto. Se quita los zapatos. ¿Sabes?, me dice, es muy amable de tu parte, pero… camino acá pensé que llegando podríamos ir a Sanborns. Bueno, dije, he comprado el whisky y… Sí, lo sé. En fin. Se sienta sobre una silla. Yo la miro. Es mi mujer, me digo, qué cojones. Además, nos vamos a morir. Me levanto y le digo: anda, E. cálzate. Vamos a Sanborns. E .sonríe de oreja a oreja. Me abraza. Te amo, dice.

A las ocho en punto entro a Sanborns cogido del brazo de E. Federico nos recibe con alegría. No dice un palabra de mi estancia por la tarde. Es un hombre educado y discreto. Nos instalamos en nuestra mesa. ¿Lo de siempre?, pregunta Federico. E. dice, sí, sí. Federico se va y al minuto regresa con un par de Tecates micheladas, una sin escarchar, y un plato de cacahuetes y uno de chicharrón. E. se le acerca y le dice, oye, Federico, no he comido. Federico sonríe.

A las ocho con quince me encuentro ante una mesa llena de sopes y caldos de camarón y habas y cervezas. Con E., mi mujer y mi vida por delante, mi tiempo por delante, que ya no es mucho. ¿Pero qué otra cosa puede uno hacer, sino esperar la muerte sentado en un bar?






3 comentarios:

  1. Buenisimo el sin sentido de la vida, me ha encantado muy bien P.

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  2. Magda Rios Romero19 de mayo de 2015, 0:12

    Petrozza, siempre incomparable.

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