domingo, 24 de mayo de 2015

Hay que tener honor.


Tuve problemas con mi mujer. ¿Quién no tiene problemas con su mujer? Salí de casa y di vueltas por ahí. Entré a un bar. Nunca antes había entrado a este bar. Me senté a la barra. Ordené whisky en las rocas. Etiqueta roja. Me lo bebí y ordené otro más. Problemas con la mujer, me dijo el cantinero. Ya, dije. Sirvió.

      De pronto entró un hombre de unos cuarenta años. Venía cabizbajo. Problemas de dinero, me susurró el cantinero, refiriéndose al hombre. Se sentó al lado mío. Ordenó cerveza. El cantinero puso cerveza. Qué hay, le dije al hombre. Qué va a haber, dijo, llevo seis meses sin empleo, eso es lo que hay. El cantinero escuchó. Me guiñó el ojo. ¿Y eso?, pregunté. El puto gobierno, exclamó, siempre chingando al jodido. Asentí con la cabeza. Dimos un trago al mismo tiempo. ¿Y tú?, preguntó. Reñí con mi mujer, dije. Ah, dijo, al menos tienes una mujer, y empleo, supongo. No, dije, soy escritor. ¿Escritor?, preguntó el hombre, como si hubiese dicho marciano. Escribo cosas, expliqué, las vendo a las revistas, a los diarios, a quien sea. ¿Pagan bien?, preguntó. Qué va, dije, a penas lo suficiente para no morir de hambre. El puto gobierno, exclamó, nos tiene ahorcados pero sin matarnos. Ya, dije, sí, algo así. Dimos otro trago. Me llamó Gabriel, ¿y tú? P., contesté. Salud, P. salud. Chocamos las bebidas.

      De pronto entró una mujer. Más o menos de treinta años. El cantinero se acercó a nosotros y sentenció: bruja. Caza hombres. Cuidado. Se sentó a un espacio de nosotros. Ja, dijo Gabriel, caza hombres, no hay nada qué temer, P., un desempleado y un escritor. Pierde el tiempo en este bar. Ya, dije. La mujer ordenó ron con coca cola. Nos miró. Alcé la copa y brindé con ella a lo lejos. Me guiñó el ojo. Estás perdido, dijo Gabriel. Conozco a las de su tipo. Te apuesto cien pesos a que en menos de cinco minutos le  estás pagando la siguiente copa. Bueno, me dije, aquí todo el mundo es sicólogo. Brindé con Gabriel. Bebí todo el whisky de un trago. Ordené otro más. Gabriel me echó ojos. Vas deprisa, ¿tienes dinero? Lo suficiente para emborracharme hoy, contesté. Gabriel me palmeó la espalda. ¿Y tú?, pregunté. No tanto, respondió. Ya, dije.

      La mujer terminó su copa. Era alta, de tez blanca, delgada. Vestido negro. Tacones. Llamé al cantinero. Ordené un whisky en las rocas para mí y un ron con coca cola para ella. Gabriel me miró con cara de espanto. El cantinero sonrió. ¿Seguro?, preguntó. Seguro, contesté. Le puso un ron a la mujer.

      La mujer volteó a verme. Se levantó. Caminó ron en mano hasta sentarse al lado mío. Gracias, dijo cuando estuvo instalada. De nada, contesté. ¿Cómo te llamas? P., ¿y tú? ¿Qué clase de nombre es P.?, exclamó. No sé, dije, alemán, creo. Yo me llamo Rosalinda, dijo. Ya, dije, salud. Salud. Chocamos las copas. Yo soy Gabriel, interrumpió Gabriel. Muy bien, Gabriel, dijo Rosalinda. Gabriel intentó brindar con ella pero le ignoró. Gabriel bufó. ¿A qué te dedicas?, me preguntó Rosalinda. Suspiré. Escritor, soy escritor. Rosalinda sonrió. Tenía una linda sonrisa, debajo de una nariz grande, debajo de dos ojeras, debajo de dos ojos negros y tristes. ¿Sabes lo que es un escritor?, se metió Gabriel. Rosalinda hizo una mueca. Es un desempleado, puntuó Gabriel. ¿Éste es amigo tuyo?, me preguntó Rosalinda. Bueno, dije, todos los hombres son amigos de P. Más si beben. El cantinero sonrió. ¿Y tú, exclamó Rosalinda, de qué sonríes? De nada, contestó el cantinero. Anda, dijo Rosalinda, ponnos otra ronda. De whisky y de ron, se apresuró a rematar. Esta la pago yo, dijo. Le toqué el hombro. Gabriel nos echó ojos de ira.

      Tengo que ir al sanitario, anuncié en algún momento. Voy contigo, dijo Gabriel. Nos levantamos y fuimos. Mientras orinábamos en sendos mingitorios, Gabriel me dijo: me debes cien pesos, compadre. No quería perder cien pesos. Menos con un tipo como Gabriel. Le dije, hagamos otra apuesta, sobre los cien. ¿Qué apuesta?, me interrogó extrañado. Te apuesto los cien, dos a uno, a que hago que el cantinero me sirva gratis. Si pierdo te pago doscientos, si gano no me debes algo. Gabriel se sacudió la verga y dijo: está bien. Me sacudí también y regresamos a la barra.

      Rosalinda acomodó el banco de tal modo que nuestras piernas se rosaron. Preguntó si era casado. Ya, dije, no. ¿Por qué no?, preguntó. Tiene problemas con su mujer, interrumpió Gabriel. Entonces sí eres casado, señaló Rosalinda. No, dije, casado no. Juntado. Bueno, dijo Rosalinda, es igual, no estás libre. El cantinero sirvió cacahuetes para todos. Gracias, dijimos los tres al unísono. ¿Dónde está tu mujer?, preguntó Rosalinda. En casa, dije. Peleé con ella. Quizá rompamos definitivamente. He escuchado eso infinidad de veces, masculló Rosalinda y brindó conmigo. Salud. Por tu mujer, exclamó Rosalinda. Salud.

      Un hombre entró al bar. Tendría unos treinta y cinco años. El caninero se acercó a nosotros y murmuró: busca mujer. Soltero empedernido. Oye, le dije, esta vez te equivocas. El cantinero me miró. Homosexual, dije. Ni en pedo, dijo el cantinero. Oye, te apuesto una copa a que tengo razón. Me miró a los ojos. Juegas, dijo. Miré a Gabriel. Él me miró también. Rosalinda rió. Dijo: trabajador del gobierno, te apuesto la copa. Ya, dije.

      Todos miramos al hombre. Ordena tequila. Herradura blanco con coca cola. El cantinero le sirve. Parece un hombre solitario. De nada parece homosexual. Pienso en mi billetera. Hago cuentas. Si pierdo, pierdo doscientos pesos y dos copas. Podría beberme el dinero y ganar las copas. Me caería bien. Ganar. Todo mundo necesita ganar de una u otra forma. Incluso ganar una apuesta de bar levanta los ánimos. Le hace a uno sentirse hombre, no sé. Pienso en las veces que he ganado algo. Una vez, en la universidad gané la rifa de un celular. Un Sony Ericsson. El primero a color. Ahora no valdría algo, pero en ese momento lo sentí: el triunfo inesperado. No he ganado nada más en la vida.

      Bueno, me digo, haz lo tuyo, P., el chantaje. Eres bueno, me digo. Anda, derrota a esta gente y ve a casa y pide perdón a tu mujer y vuelve a ser un perro de casa. Sí, Dios, eso es. Un perro de casa. La vida es dura. Mientras más creces más dura es. Todo perro anhela un hogar. Me levanté y fui a con el hombre, whisky en mano. Le pedí permiso para sentarme a su mesa. Extrañado, me lo dio. Le dije: compadre, iré al grano. Aposté doscientos pesos a qué el próximo que entrase sería homosexual. Ayúdame, hazte pasar por homosexual y te doy la mitad. Se quedó catatónico. Disculpe, señor, me dijo, pero no soy esa clase de hombre. Vamos, insistí, no te cuesta nada y puedes ganar. Te doy los doscientos. Lo único que deseo es ganar la apuesta. Me miró aún más asombrado. No, dijo, lo siento. Por favor, déjeme solo.    

      Regresé a mi lugar. ¿Y bien?, preguntó Rosalinda. Homosexual, dije. ¿Cómo sabes?, preguntó Gabriel. Se lo pregunté abiertamente, contesté. El cantinero hizo muecas. No sé, dijo, creo que debes comprobarlo para ganar la apuesta. Bueno, ¿por qué no va alguno de ustedes y lo comprueba?, dije. Rosalinda se ofreció de inmediato. Se levantó. La miramos ir a la meas de aquel hombre. La miramos sentarse a su mesa. Miramos al hombre ser atento con Rosalinda. Estoy perdido. Los miramos hablar y sonreír. Estoy más que perdido. Miramos a Rosalinda acercarse al oído del hombre. La miramos levantarse y regresar.

      ¿Y bien?, preguntó el cantinero. Homosexual, respondió Rosalinda. Realmente me asombré. El caninero se frotó la frente. Gabriel dio un puñetazo sobre la barra. El cantinero me sirvió un whisky. Este es gratis, me dijo. Gabriel me sonrió. Bueno, refunfuñó, no me debes nada, ¡pero yo tampoco te debo nada! Lo corregí. “No me debes algo, pero yo tampoco te debo algo”. ¿Cómo?, preguntó Gabriel. Quiero decir que no se debe decir nada cuando ya has negado antes; lo que realmente te debo es nada, no puedo no deberte nada, puedo no deberte algo, o deberte nada. Gabriel no lo comprendió. Se empinó la cerveza y colocó la botella vacía a un lado. Tráeme otra  de estas cosas, dijo al cantinero.

Eres muy inteligente, ¿no?, exclamó Rosalinda. No, contesté. Sí, dijo, eres uno de esos tipos inteligentes que saben hablar y conocen la historia de México y pueden decir si un poema está bien o mal escrito y se leen veinte libros al mes y escriben cosas que consideran la revolución del siglo veintiuno, ¿no? NO, contesté. Una vez escribí un poema, continuó. No era muy bueno. Se lo mostré a Daniel, un novio que tuve en la universidad. Se burló de él y dijo que yo no necesitaba escribir poemas. No sé, le creí. Incluso pensé que nadie necesita escribir poemas. Después de todo no sirven para nada. No sirven para algo, interrumpí. Sí, dijo, eso. Bueno, dije, pues ese Daniel tiene razón. Tú no necesitas escribir poemas, nadie necesita escribir poemas, pero… a veces uno necesita leer poemas. Gabriel bufó. Dijo: esas cosas no me van. Son de marica. ¿Y a ti quién te preguntó lo que te va o no?, le pugnó Rosalinda. Gabriel no contestó.

Terminamos las copas. Te debo una, ¿cierto?, exclamó Rosalinda. Ya, dije, déjalo, es igual. Sabía de su complicidad. Voy a pagarte la copa, dijo en voz baja, pero no aquí. La miré. Pensé: no debería embadurnarse tanto rímel. Vamos a otro sitio, P. Me tocó la pierna. No sé, contesté, mi mujer debe estar preocupada. Ya ha sido suficiente castigo. Beberé dos copas más y me largaré a casa y le diré que nunca más volveré a reñir con ellas. Rosalinda me miró conmovida. Luego cambió la expresión y señaló: pero volverás a reñir. No importa lo que digas. Ahora estás borracho y crees en lo que dices, pero mañana volverás a reñir. Conozco la vida en pareja, P., es imposible. No sé cuando nos echaron el chisme de que hay que formar parejas. Es imposible. Tarde o temprano todo se viene abajo. Hay quien lo soporta, pero nadie lo disfruta de verdad. Pasemos una buena noche hoy y mañana puedes volver a tu infiernillo. ¿Qué dices? Sonrió lascivamente.

Antes de que pudiese contestar entraron un par de chicas. Tenían buen aspecto. Todo en su lugar. Delgadas. Tendrían menos de treinta años. El hombre, que bebía solo, las miró. Dios, me dije, no, no. Las miró desde que entraron hasta que se instalaron en un gabinete. ¿Y esas?, preguntó Gabriel al cantinero. El cantinero se acercó a nosotros sin dejar de mirar a las chicas. Buscan diversión sana, pero están dispuestas a una pequeña aventura, dijo. Acto seguido, se fue a atenderlas. El hombre solitario no dejaba de mirarlas. Rosalinda lo notó. Nos miramos discretamente. Apretó los labios. El cantinero regresó a detrás de la barra. Puso un par de cervezas light y una bandeja de habas en salsa sobre la charola y se llevó todo a la mesa de las chicas. Gabriel exclamó: están muy bien esas chicas, carajo. ¿Por qué no vas por ellas?, le incitó Rosalinda, el cantinero ha dicho que están dispuestas. Gabriel bufó. Bah, dijo, yo no soy esa clase de hombre, si quieren beber que paguen, no pienso invitarles ni un cacahuete. Se pegó un trago de cerveza. El hombre solitario llamó al cantinero. Le susurró algo al oído y le ordenó un tequila con coca cola.

Me ha preguntado por las chicas, dijo el cantinero una vez en su puesto, mientras servía el tequila. ¿Cómo?, pregunté. El hombre, explicó, me ha preguntado si esas vienen solas o esperan a alguien. Le respondí que no lo sabía. Me ha pedido que lo averigüe. Gabriel se apresuró a gritar: ¡no es homosexual! Bueno, alcé los hombros, quizá cree que son lesbianas. Ya sabes, a algunos homosexuales les gusta acostarse con lesbianas. Se siente menos… amenazados. Eso no tiene sentido, exclamó Gabriel. Es verdad, me defendió Rosalinda. Yo misma he tenido que sufrir el coqueteo de homosexuales. No sé por qué, pero en ocasiones se creen que soy… del otro lado. Ya sabes. Gabriel bufó. Bueno, dijo, al menos no te he pagado nada. Pero tú, le dijo al cantinero, ¡le has dado un copa gratis! El cantinero se largó a llevar el tequila. Cuando regresó, me dijo: P., o como quiera que te llames, ese hombre no es homosexual. Me ha dicho que les ponga las próximas cervezas a las chicas de su parte. Vale, titubeé, te pagaré la copa, hombre, no es algo, no vine aquí a sacarte las copas. Fue solo una apuesta sin sentido. ¡Y mis doscientos qué!, gritó Gabriel. Lo encaré. Iba a gritarle algo, no sé, cuando escuché un grito: ¡P.!

Era mi mujer, Dios. Todos volteamos. Incluso el hombre solitario y las chicas. ¡Amor!, grité y corrí a ella y la abracé y le besé la mejilla. No se movió un milímetro. Se quedó ahí, como de piedra. Entonces lo supe: cuando llegó debió mirar que las piernas de Rosalinda y las mías estaban muy juntas y que su cadera y sus pechos se inclinaban hacía mí. Las mujeres no pierden detalles como esos. ¡Quién es esa puta!, me susurró con rabia al oído. No sé, dije, la acabo de conocer. Rosalinda, creo. No estoy seguro. Mi mujer y Rosalinda se miraron directamente a los ojos durante un par de segundos. ¡Vámonos!, ordenó mi mujer. Ya, dije, ¿por qué no te lo tomas con calma, te sientas y bebes un trago mientras hablamos? ¡A casa! ¡Ahora! Dios santo, amor, me estás haciendo quedar muy mal, ¿sabes? Anda, ven, te presentaré a Gabriel y al cantinero, es un sicólogo de bar estupendo, apuesto que ya sacó un diagnóstico de ti y… ¡P., si no vienes ahora mismo conmigo, me iré para siempre! ¡Te lo advierto!

Gabriel se levantó del asiento. Caminó hasta donde estábamos parados mi mujer y yo. Se dirigió a mi mujer. Tu marido, o lo que sea, me debe doscientos pesos, anunció. Llevaba la botella de cerveza en la mano y la agitaba para hablar. Mi mujer lo miró con repulsión. Dile que pague. Son deudas de juego. Hay que tener honor, siguió Gabriel. Mi mujer contestó, con mucho odio: ¡y a mí qué! Gabriel le gritó: ¡histérica! (supuse, el diagnóstico del cantinero). Dio medio vuelta y se encaminó a su sitio. Mi mujer, boquiabierta, me miró. Yo no sentía algún tipo de odio contra Gabriel. Yo mismo había hecho cosas peores estando ebrio. Incluso le compadecía: sin empleo. Con necesidad de emborracharse. Mala combinación. Sin embargo, esta era mi oportunidad de arreglar las cosas. En un segundo pensé en Gabriel. En su estatura, su cuerpo, su edad. Deduje que nadie le ayudaría. Nadie metería las manos por él. Oye, Gabriel, le grité antes de que llegara más lejos. Volteó. Di dos pasó hacia él. El planté un recto a la nariz. Cayó de espaldas. Aún tenía la botella de cerveza en la mano. No había tirado una sola gota. La nariz le chorreaba sangre. Las chicas gritaron, se levantaron y se largaron. El hombre solitario me miró atónito. Rosalinda rió y aplaudió. El cantinero llegó corriendo con un trapo. Lo usó para detener la hemorragia.

Espera, le dije a mi mujer. Fui a la barra. Tuve que saltar las piernas del cuerpo de Gabriel. Saqué dinero y lo puse sobre la barra. Lo de las copas, incluida la que estafé al cantinero y los doscientos de Gabriel. Rosalinda mi miró hacer sin decir una palabra. Me guiñó el ojo antes de dar la vuelta.

Regresé con mi mujer y la cogí del brazo. Anda, nena, le dije, a casa. Sonrió de oreja a oreja. Camino a casa me besó el cuello, la oreja, los hombros. Me tocó la entrepierna en la esquina de Monterrey y Coahuila. Me besó en la boca.





2 comentarios:

  1. Axel Blanco Castillo26 de mayo de 2015, 23:34

    Esto es un cuento magnífico sobre las relaciones de pareja. Una obra narrada con excelencia, digna de su autor.

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  2. Honor es algo desconocido...!

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