jueves, 14 de mayo de 2015

El destello.


Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.


Camila me recuerda a una sonrisa perdida en un horizonte de memorias; a una mirada que dice medias verdades al oído; a muchas cosas no tan buenas ni tan malas, pero sí irrepetibles y en su momento majestuosas. Hasta allí llegan mis remembranzas, un conglomerado de imágenes inventadas. Me las he ingeniado para descubrirla como el ser sublime que portaba las llaves de un jardín donde los niños saltaban y reían, a veces tropezaban, pero no se lastimaban y continuaban con sus brincos y diversiones. Lo mejor de todo es que no podían morir, por lo menos hasta que se topaban con el enorme campo de centeno ubicado al Noreste del patio. Ellos, como niños que eran, lo recorrían desconociendo que había un precipicio sin nadie medianamente responsable para atajarlos.

Entonces Camila, como guardián y entendida de que el lugar era una farsa, sacó a todos los chiquillos, escondió el jardín entre árboles y arbustos gigantescos, trancó sus entradas y guardó las llaves. Quedó vacío, sin embargo, así como cuando apagas una vela y por segundos visualizas lo que fue su luz, comprendes que no es la noche sino el recuerdo en la ausencia lo que lacera; no soportó vivir en soledad, se marchó.

A pesar de que ella puso todo su empeño en ocultarlo de vez en cuando algún niño entra al jardín y en raras ocasiones ignora las advertencias que había dispuesto en el campo y lo explora. Hace algún tiempo sucedió. Nadie sabe por qué ni exactamente cuándo, pero una noche un chiquillo sin razón aparente empacó sus juguetes, juntó algunas golosinas y se internó en el bosque. 

Todo el pueblo colaboró en su búsqueda. Al principio la multitud se mostró optimista porque el niño dejó algunas migajas regadas; tropecé con las marcas de sus piececitos plasmadas cerca de un charco, otros hallaron retazos de ropa entre los arbustos, juguetes tirados por allí y por allá, un zapato flotando en el estanque y alguien afirmó haber escuchado una voz perdida en un lugar donde los ecos pareciesen que duraran mil años. Pero nunca lo encontraron. En su momento comuniqué que sólo había un lugar a dónde pudo ir, no obstante, inclusive para exploradores expertos y con la ayuda de mapas, se nos hizo difícil encontrar las entradas del jardín. Una vez allí intentamos forzar las puertas e ingresar, no pudimos. Entonces, a pesar de mis sospechas, descartamos esa teoría. Todo parecía indicar que no había ingresado, ni siquiera había indicios que pudiesen asomar una ligera sospecha de su presencia por los alrededores de una de las entradas.

Transcurrieron las horas, luego los días y los meses. Nada, absolutamente nada. Con el tiempo se olvidó el asunto y no se volvió a hablar de él. Enterraron sus pertenencias en una fosa que sellaron con una lápida de piedra caliza. Ellos, sus padres y familiares, continuaron con sus vidas. El paradero del niño fue un misterio. Algunos afirmaban que se había ahogado y la corriente arrastró su cuerpo hasta el mar, otros que fue atacado por algún animal salvaje, muy pocos sostenían la tesis de que un cazador lo confundió y enterró su cuerpo para no asumir la culpa. Su recuerdo quedó como esas historias que se les cuentan a los traviesos para que se porten bien. Yo, sin embargo, guardaba una idea muy diferente y contumaz en mi mente.

Ya habrían transcurrido cinco años. Todos, inclusos sus padres, le dieron la peor de todas las muertes – el olvido-, no obstante, algo me decía que él, de alguna forma que para ese momento no sabría explicar, logró dar con el jardín y no encontraba la manera de salir. Entonces,  a pesar de que no era días ni meses sino años de desaparecido, me interné nuevamente en el bosque con la firme convicción de hallar una vía alterna para cruzar el portal al mundo perdido del cual sólo sabía por medio de las historias que narró la nieta de Camila y algunos hijos de los que durante su infancia vagaron en su interior.

La primera vez que lo intenté no tuve éxito, la segunda tampoco ni la tercera ni la cuarta ni la quinta. Repetía lo que otros habían hecho hasta con peores resultados. Paré, pensé y traté de olvidar absolutamente todo lo referente al chico, decidí andar por el bosque como quien va de paseo. Al principio me costó porque siempre viajaba en la búsqueda de una brecha entre los arbustos o intentaba forzar una puerta; repetía lo de otros. Con el paso de los años crecieron canas sobre mi cabeza, pero no olvidé todo lo referente al niño.

Sin querer me convertí en una especie de celador. La gente del pueblo, a su manera, me pagaba por internarme en el bosque. Aprendí de hierbas, hongos, animales y raíces. El silencio del monte me permitía situar a los cazadores y a sus presas, además, un par de veces atemoricé a varios niños que se encontraban en actitudes sospechosas, sin embargo, mi principal función consistía en orientar a todo aquel que se extraviara.

Un día, ya cuando tenía que realizar un gran esfuerzo para recordar todo el asunto del niño que se extravió, localicé una cueva en la base de un árbol. Estaba en dirección al jardín del que tanto había escuchado. No lo pensé, me sumergí. Encendí una antorcha, iluminó pocos metros del camino antes de apagarse. Anduve a tientas por un rato hasta descubrir que lo mejor para combatir a la oscuridad no es el fuego, sino las luces; bastó encender una cerilla para visualizar la salida y caminar hasta ella sin tener que tropezar con las raíces de los árboles que sobresalían por las paredes de la gruta.

Al salir me hallé en el centro de un parque mecánico, pero con sus columpios zarandeados por ráfagas de viento, toboganes oxidados, carruseles impregnados de moho, una rueda giratoria chirriante, carros chocones verdaderamente accidentados y una inusual ligereza en el aire que, junto a la humedad, hacía entender que era un templo de dioses ya caídos, enterrados y negados tres veces antes del amanecer bajo un cielo que ansiaba llorar pero se notaba muy exhausto y vetusto como para hacerlo.

No desistí, continué la búsqueda consciente de que ya estaba dentro del jardín que Camila había ocultado. Recorrí cada recoveco: crucé los manantiales y estanques de chocolate con piedras de avellana; visité castillos sin reyes ni princesas y con dragones hechos piedra que eran como gárgolas de ojos carmesí; conocí el país de los enanos y sobrevolé el de los gigantes asombrado por la opulencia de sus obras; tropecé con los restos de una gallina con el vientre dorado y tieso, soldaditos de plomo hechos trizas después de lo que se podría interpretar como una colosal batalla y un hermoso cisne con el pescuezo desgarrado y bañado con sangre azul coagulada; escudriñé entre las casas de árboles fabricadas por niños voladores y me deleité con los dibujos pintados en sus paredes, por las noches noté que las luciérnagas, aún después de muertas, iluminaban sus pisos y formaban una alfombra de color esmeralda; navegué todos los mares dulces y salados, también hasta la desembocadura de un enorme río donde no encontré mar ni lagos ni nada; abordé cada barco pirata existente, sus tripulantes estaban hechos mármol, sal, plomo y arena; aterricé en los siete planetas enanos con una nave espacial hecha de hojalata y hallé una estatua de un burro plateado llamado “copito de algodón”, también un farol que permanecía encendido día y noche. Pero nada del niño, ni un rastro.

Con el tiempo olvidé de dónde era y qué hacía allí. Ya no estaba en la búsqueda de algo o alguien, sino perdido en las ruinas de lo que fue algo que ya no era y nunca más sería. Había vivido mil vidas por cada noche antes de dormir asombrado por las estatuas, estructuras, cataratas ascendentes, mares y ríos de caramelo y chocolate. Pero nada del niño, ni un rastro del que se había extraviado.

Tal cual lo esperaba, después de algunos años me topé con la entrada al campo. Allí fue cuando escuché una voz, provenía del centeno y mientras más me internaba se hacía más fuerte. A cada paso recobraba la memoria. Era el niño, me llamaba y no recordé que los sitios como aquel, dónde los ecos podían durar mil años, eran comunes. Pues así fue, ya no tiene sentido continuar…

Hay días en que pienso en el jardín y en todo eso que descubrí en mi viaje. Sucede que cuando el brillo es grande, la herida, lejos de curarse, crece. Y piensas que ese fue el lugar perfecto que todos añoramos, pero Camila debió abandonarlo. Lo hizo motivada por algo, algunas cosas se vuelven hermosas en la ausencia; ese es el destello, la perfección. Él te dice que allí, en ese lugar donde posas tus ojos, anduvo algo bello y, sin importar que tan fuerte lo desees, no regresará así como el niño aquel que cayó por el precipicio y los muchos que inocentemente lo hicieron con antelación. Entonces, desde el fondo y sobre los restos de otros con peor suerte, levanto la mirada para apreciar el borde hasta deleitarme con su lucimiento y brutalidad. A veces me distraigo con el ocaso o las estrellas, no obstante, trato de estar alerta; uno nunca sabe cuándo otro niño se desviará de su camino y necesitará ser atajado.







Texto por: Roberto Araque
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