domingo, 19 de abril de 2015

Una copa o dos solamente.


Cubierto por el manto de la oscuridad, sirvo whisky en un vaso y lo bebo. E. duerme bajo el mismo manto, a mi lado, sobre la cama. Son las dos de la madrugada del martes. No concilio el sueño. Beber antes de dormir ya no es suficiente. No hacerlo, continúa provocando la urticaria. Al menos podré dormir alrededor de las tres de la mañana. En dos meses más quizá no pueda hacerlo sino hasta las cuatro o cinco de la mañana. Escuchar la respiración de E. me tranquiliza. No he contado de esto a C. ni a R. Ni siquiera a O. Me pregunto si sufren del mismo insomnio. No los imagino a las dos de la madrugada, sentados sobre sillas arrimadas a la ventana, fumando cigarrillos, pegándose chupetes de whisky porque de no hacerlo no podrán dormir y la picazón les hará hacerse heridas en los brazos, en las piernas, en el cuello. Soy muy cuidadoso. Después de la primera vez que herí mi cuello al rascarme, no volví a caer en ello. Prefiero beber una botella cada noche, antes que dejar asomar a las figuras del alcoholismo. A pesar de ello me conocen en todos los bares de la colonia. No hay uno donde no me reciban con una sonrisa. Pago la mitad del alquiler de sus locales, probablemente. Los meseros me atienden bien. A su vez, les dejo propinas. No me excedo en ello; doy ligeramente algo más de lo justo. Ellos hacen lo mismo: algo ligeramente por encima de lo merecido. Bebo en lugares baratos; de otro modo, estaría en la calle. A veces pienso que, gradualmente, acabaré en la calle. He visto casos. Desde la riqueza hasta la pobreza. De cualquier modo siempre he estado más cerca de la pobreza. ¿Qué será de E.? Encontrará a otro, pienso mientras la miro dormir. Se ha dormido hace tres cuartos de hora. También bebe. Un envase vacío de cerveza reposa sobre el buró, del lado de la cama de E. También debe beber para poder dormir. A ella aún le basta litro y medio de cerveza. Si no se deteriora demasiado por la bebida, es muy probable que consiga a otro hombre y se deteriore con él. Soy ocho años mayor que E. En fin, sólo especulo. Todos los hombres vamos a morir y muy pocos especulamos sobre nuestra muerte. ¿Por qué especulamos más sobre el deterioro del alcohol, o del cáncer, o de lo que sea, si tenemos encima una enfermedad aún más atroz e incurable que es la vida? Incluso si dejara el trago en este mismo instante, o si nunca lo hubiese probado, me mataría la vida. E. envejecerá. E. morirá. Espero estar en pie para cuando eso suceda. Suele decirme: por favor, P., no mueras antes que yo; no me dejes sola. Es muy probable que yo pueda soportar mejor la soledad, por lo que he dicho que sí a E., e incluso se lo he prometido: te lo prometo, nena, no moriré antes que tú, seré yo quien te entierre a ti. No, no, dice, de eso nada, a mí me van a incinerar… Por mi parte no me hago ideas. Me conformo con que caven un hoyo, durante la noche, en un pedazo de tierra fresca, si es posible a los pies de un árbol, y echen mis restos ahí, sin algún tipo de ceremonia o ritual.

Durante la noche los ruidos son muy fuertes. Basta que un lápiz caiga del escritorio del departamento contiguo para que lo escuche caer. Durante el día sería imposible escucharlo. El piso de abajo es utilizado como oficina. Es bueno. Así no hay alguien durante las noches. Un cretino menos que dé la lata. Puedo brincar en mi piso y nadie vendrá a echármelo en cara. Mi piso es el último. Tampoco brincarán sobre mi cabeza. Puedo decir que hay paz en la habitación. Envidio a la gente que puede dormir incluso con ruidos. Envidio a la gente que puede dormir, que puede pasarse la noche sin trago, que no lidia con insectos caminándole debajo de la piel, que no piensa en la muerte.

Una de las gatas duerme. Lo hace sobre los pies de E. Si E. se mueve, la tirará. Yo mismo he catapultado a las gatas muchas veces. Lo sé porque siento un peso en el pie y luego escucho un bulto pegar contra la duela. Todo entre sueños. La otra se pasea sigilosamente. Viene a mí. Escala por mis piernas. Es María. Alza la cabeza hasta mi barbilla. Quiere olisquear el whisky. La dejo hacer. Hay gente que tiene pavor a los gatos. Los consideran fuente de todo mal. Yo dejo olisquear a mis gatas mi comida, subirse a la mesa, a la cocina, a la cama. A veces le hago el amor a E. mientras las gatas olisquean nuestros cuerpos. Han olisqueado nuestro coito. Jamás nos han pegado alguna enfermedad. Encuentro pelo de gato hasta en mi trasero. Pero ahí  hay cosas peores, así que no me infarto. Enciendo un cigarrillo. E. es la única mujer con la que he estado que me permite fumar dentro del cuarto. E. es desinteresada. Me deja hacer. A veces entro a la ducha con ella, me siento sobre el retrete y la miro ducharse mientras fumo un cigarrillo y le hablo sobre Michel de Montaigne. Es respetable porque E. padece asma. A pesar de ello, deja a las gatas hacer y a mí fumar. Las narices de E. reaccionan. Sonríe. Estiro el brazo para abrir aún más la ventana. Echo el humo afuera. Tiro la ceniza en el cenicero. Es un cenicero con forma de cráneo. Tengo al menos siete diferentes. Los compré todos cuando E. se mudó a conmigo. También es la única mujer que no grita cuando quiero comprar algo con forma de cráneo. Tengo los ceniceros, una licorera, un par de vasos para caballitos, un teléfono. Uno de los ceniceros, el que más aprecio, me lo regaló ella. Es un cráneo partido transversalmente por la mitad. Representa la parte inferior del corte. Echo la ceniza en la sesera y pienso un montón de cosas sobre ello. E. es un ángel. Además, tiene carácter. Cuando se emborracha es capaz de gritarme públicamente si la ofendo. En ocasiones la ofendo. Cuando estoy borracho. Delante de C. o R. u O. Si la cosa se agrava, vamos a la cama peleados. No importa. Durante el sueño nos abrazamos y al amanecer lo hemos olvidado todo y perdonado todo. A lo más, dice: ¿P., por qué eres tan grosero conmigo, si te amo? No le respondo. Yo, en cambio, le digo: E., no quiero que vuelvas a hablarme de ese modo delante de los chicos. E. promete que no volverá a suceder.

Las cortinas las eligió E. Son rojas, gruesas y largas. Con ellas el cuarto luce como un cabaret. Detrás de las cortinas hay una persiana de madera. La combinación es extraña. De día, el sol se filtra de una manera preciosa. No suelo expresarme de este modo, pero no encuentro otro adjetivo que describa mejor el cómo el sol se filtra. Yo también la dejo hacer. A E. La dejo elegir objetos y colocarlos a su gusto. Pero como es desinteresada no ha hecho gran cosa. La mayoría de los muebles pertenecen a mi ex mujer. Los hemos impregnado de nosotros. Vivo en una transición. Poco a poco, objeto a objeto, ya sea sumado o sustraído, la habitación y todo el departamento se parce menos a lo que fue hace apenas ocho meses. Es curioso cómo la mera configuración de objetos puede cambiar toda una realidad. Mueve un poco la silla; no será el mismo cuarto. Los cambios generales son: más libros; menos chucherías. Con E. he tenido que comprar tres libreros más. El hábito de lectura de E. es impresionante. Estoy por comprar el cuarto. Eso sumaría seis libreros grandes, un medio librero, un librero pequeño, y libracos desperdigados por toda la habitación, sobre el buró, la cómoda, la mesita, el suelo. A cambio se han ido las macetas, el árbol de Navidad, el portadiscos (con discos). Ya no recuerdo a mi ex mujer. E. la ha superado en todo. No debo hablar así; es un modo de decir que amo a E. Hace cinco años amaba a S. y ella había superado en todo a K. K. superó en todo a N. A veces pienso que todos somos hombres de una sola mujer que cambia de forma, o de formas. Cuando tu ex mujer madura, muere y renace en otra, como las crisálidas. Es una manera de madurar juntos. Es probable que tú también transmutes. Es probable que nada sea cierto… el cambio de K. a S. y de S. a E. fue tan abrupto que mi mente exige explicaciones filosóficas. Si hiciera cuentas de todos los años que llevo emparejado con alguna mujer, podría decir que llevo toda la vida casado. Sin descansos. En fin, son pensamientos de borracho. Cuando bebo pienso muchas cosas, unas encima de otras; casi no me dejan en paz. Sobrio no. Sobrio permanezco en un estado similar al letargo o al automatismo. Cuando bebo, soy. Ese debería ser el lema de los alcohólicos.

Arrimo un taburete. Subo los pies al taburete y me saco los zapatos. Los dejo caer. Hacen ruido. E. se estremece. Lamento haber hecho ruido. E. se alza. Con los ojos entrecerrados y la voz pastosa, mirando a la pared, dice: ¿Sigues ahí?, ven ya a dormir, P. La miro sin decir algo. ¿P.?, exclama asombrada. ¿P., estás ahí? Tienta mi lado de la cama. Lleva puesta una blusa muy grande que usa de pijama. ¿P.? Joder, P., sé que estás ahí, huele a cigarrillos recién fumados. Duerme ya, P., vas a matarte a ese ritmo. Ya voy, contesto. Sí, dice E. Vuelve a acostarse. Cuando lo hace, la blusa se corre y deja ver un seno desnudo. Cojo la botella y me sirvo un chorro más. Los hielos se han derretido casi por completo. Son apenas unos pedacitos. Me lo zampo de un trago. Sirvo de nuevo. Esta vez no es un chorro, sirvo bien, hasta muy arriba del vaso. Este lo beberé despacio. Suelo beber así. Un caballito cada tres copas. Comencé a hacerlo así a los veinticinco años. ¿Por qué? No sé, curiosidades de uno; cada quien tiene las suyas. También suelo beber cerveza en medio de una noche de whisky. Una cerveza cada tres o cuatro copas. Si me preguntan digo que es para asentar. Mentira. Yo mismo no sé por qué lo hago. La gente queda satisfecha. Algunos hasta comienzan a adoptar mis modos, para asentar. ¿Asentar qué? Idiotas. Enciendo un cigarrillo. Pienso en ellos, en los idiotas. Llevo muchos años considerándolos idiotas. ¿En el fondo todos consideran idiotas a todos?

Hay un esquinero en la esquina del lado de E. Lo compré usado cuando se mudó. Se lo regalé; fue el primer mueble metafísicamente suyo. Lo llenó de cosas ipso facto. Entre las cosas, una botella de vino, vacía, recuerdo de una noche en que fuimos al Zinco, un bar de jazz, de dónde sacó la idea de las cortinas rojas. Fue una noche significativa. Me confesé enamorado de ella. Nos besamos toda la noche. Bebimos dos botellas. La primera se la llevó el servicio del bar. La otra, la sacamos a medio terminar; la bebimos en la calle. E. se rehusó a tirar la botella. Ahora esa botella duerme con nosotros todas las noches. María ha subido al esquinero. Es un mueble pequeño. Apenas cabe la gata encima. La miro. Es un temor constate que tire la botella; he dicho a E. que la cambie de sitio o algún día María o Mariana la tirarán. La maldita gata me mira a los ojos. Es muy capaz de tirar la botella con la cola. Mueve la cola lentamente. Dejo el cigarrillo en el cenicero, acerco el cuerpo y le susurro: ¡eit, shhh, quita de ahí! La muy hija de puta lo entiende, estoy seguro. No hace caso. Mueve la cola más cerca de la botella. La mueve más aprisa. ¡Shhh, María!, ¡ven, gato, shhh! Me levantó con mucho cuidado. No quiero hacer ruido o alterar a la gata y que brinque y todo se caiga. Ha sucedido en otros muebles: pega un brindo y al hacerlo lo tira todo. Es una hija del Diablo. Me acercó de puntillas, doblado por la cintura, vaso en mano. No deja de mirarme. Sabe, la muy hija de puta. Cuando estoy cerca, a punto de cogerla por el cuello, ¡salta! Las cosas sobre la mesa se tambalean. La botella se tambalea. Apenas la cojo por la boquilla. Ufff. Aún así, el estropicio despierta a E. Pega un brinco, exclama: ¡P., es que no puedes dormir! Me hace espacio y me siento a su lado. Mariana maúlla y se avienta al suelo, le han movido la almohada. Dejo el vaso en el buró. Me soba el pecho. Descansa, P., descansa, me dice. Me acomodo en la cama. Doy tragos mientras E. me soba el pecho. Me tranquiliza. Me recuesta. Dice: deja eso, ya has bebido más de media botella; se supone que debes beber una copa o dos solamente. Sí, digo. Bebo al hilo el resto del vaso. Entro a las cobijas. Lo intento. No hay comezón. Siento la cama moverse, dar vueltas. Lo he sentido infinidad de veces. No me molesta. Me entrego a las sensaciones mientras pienso en E., a la que escucho susurrarme al oído: duerme, P., duerme.






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