domingo, 12 de abril de 2015

¿Qué harías tú?


Habría bebido unas siete o nueve cervezas antes de coger a la chica por las tetas. No recuerdo su nombre. Al menos suficientemente bonita para que despertara instintos sexuales a mi borrachera. Lo hice delante de la gente: le sobé las tetas. Continué hasta que las peras se salieron del vestido y todos se las miraron. Cuchicheaban. Hubo uno que silbó. Las chicas volteaban la cara y decían que no podía ser. Pero era muy posible. Le bajé el vestido hasta la cintura. La sobé a gusto. Ella echaba la cabeza atrás y sonreía. Estaba por mucho más borracha que yo. Paramos cuando T. nos separó. Dijo: ya es suficiente, P. Hubo un par de segundos de silencio. Me quité a la chica de encima de las piernas y me salí del bar. Poco después la vi correr hacía mí, subiéndose como podía el vestido, con rabia, abriéndose paso entre la multitud de risas y exclamaciones. La realidad. Caminé hacia la Glorieta y me largué. Me perdí entre la multitud. No deseaba volver a verla.


2

O. no había presenciado nada de lo ocurrido; se enteró porque dos días después me vistió y fuimos a beber al bar de T. T. se rió nada más verme llegar. O. preguntó de qué reía y T. contó con delirio el espectáculo que había dado. O. se entusiasmó. T. dijo que la chica no era del todo fea. Un poco gorda, dijo, pero nada más. Yo no dije absolutamente nada. Jamás conté mi versión. Dejé que las cosas se dieran por sí solas. Al cabo de tres días más, todos hablaban de lo ocurrido. En el bar me conocían de sobra por ciertas excentricidades, pero jamás por algo así.


3

Invité a S a salir. S. era mi ex mujer. Por aquel entonces yo deseaba volver con S. y había emprendido una campaña intensiva de salutaciones, deseos, invitaciones y ruegos. Finalmente aceptó. Quedamos de comer en Sanborns.

      S. conocía mi viejo truco del dos por uno y botana gratis. Era el modo en que solía comer de una a cinco de la tarde pagando las cervezas a mitad de precio y botaneando caldos de camarón, molletes, tacos de pollo y res, cacahuetes salados o enchilados, chicharrón de cerdo, jamón y queso, salchichas en chipotle y sopes. Todos los meseros del bar de Sanborns me conocían y me consentían porque era un cliente de lunes a jueves y de domingos. Le propuse comer ahí en vez de hacerlo en el restaurante. Con una mueca, aceptó. Una de las cosas por las que se separó de mí fue por mi modo de beber. Me gritaba que yo no sabía hacer otra cosa que beber y que no concebía la vida sin beber y que todo mi pensamiento giraba en torno a beber. Jamás negué que fuese verdad.

      Hablamos demasiado poco. Otro factor que impedía un reencuentro era el hecho de que S. salía con otro, y de que se rumoraba que yo salía con una rubita de veintidós años. En algún momento, S. se puso violenta y me preguntó si hacía el amor con esa niña en su cama. La cama de mi apartamento era la cama de S., la que fue nuestra cama (ella la compró). Le pedí que no insistiera sobre el tema. Bebimos cuatro cervezas. Durante la quinta, S. se tranquilizó y comenzó a tratarme con más soltura. Pude rosar el dorso de su mano con la palma de la mía. Pude mirarla a los ojos sin encontrar en ellos odio. Pude acercar mi boca a su oído. Pude colocar mi mano sobre su muslo. Pude echarle una ojeada a su escote.

      A las cinco de la tarde mandé cortar cuenta. S. había renunciado a ir a trabajar por verme, así que tenía toda la tarde libre.  Le propuse dar un paseo por la colonia.

      Caminamos sin rumbo, hablando de las cosas que nos hacían enfadar, como la estupidez humana. En ese tema soy experto, dije, conozco la estupidez humana más que alguno otro. S. río. Asintió con la cabeza.

      Encontramos a R. en la esquina de Colima e Insurgentes. Nos saludó y nos felicitó. No quedó claro el por qué nos felicitó, pero lo hizo. Luego dijo que iría a con T. y preguntó si queríamos acompañarlo. Yo sí, dije. S. dudó un segundo, pero aceptó porque estaba ebria. Durante nuestra relación de cuatro años, muy pocas veces aceptó beber conmigo.


4

T. me miró llegar con S. y se calló la boca. Sin embargo, dejó escapar pequeñas señales gesticulares que delataban complicidad. S. lo notó. Pensó que se trataba de la rubita, de que T. y todos, porque R. también participó de dicho código secreto, sabían que yo salía con alguien más. No es la rubita, pensé. Es otra, una a la que hace una semana saqué las tetas delante de todos. Ah, S., esas cosas que jamás me perdonaste jamás tuvieron que ver con mi amor por ti. Hago cosas de borracho, es todo. En fin. Luego, dije: S., sales con un hombre, ¿no?, cuéntame. Esto distrajo su atención, su pensamiento. Me bajé del escenario y la aventé a ella a luz de los reflectores. Se negó a soltar una sola palabra al respecto. Bebimos en paz treinta o cuarenta minutos.

      De la nada llegó C. Lo miramos desde que venía en la esquina y lo reconocimos por su modo de caminar tambaleante y su vestir. Entró al bar, echó una mirada alrededor y nos miró. Alzó la mano en salutación. R. y yo alzamos las cervezas. Se vino a nuestra mesa. Lo primero que me dijo, como si no mirase que S. estaba sentada al lado mío, fue: qué hay, P., qué dices, ¿ahora no trajiste a la rubita? R. le miró y luego miró a S. C. lo comprendió y se rió. A tu amiga la rubita, corrigió malamente. S. me enfocó con los ojos. C. tomó asiento a nuestra mesa y habló de la vez que me emborraché y me caí encima de una chica y le tiré la cerveza en el busto y se le transparentaron los pezones. Fue sin querer, dijo, pero muy acertado, sí, ese es P., muy acertado en todo. R. y yo nos pusimos rojos. R. comprendía mi situación. No era saludable para mis intenciones que C. contara todo ello.

      S. me sacó de la mano. Encendí un cigarrillo. Sabía lo que se avecinaba. Los reclamos de S. fueron parte del acabose. Lo que me decidió a dejarla partir. No puedo decir que yo tomé la decisión de que se fuera, o de que si yo no hubiese querido no se hubiese ido. En algún punto de la relación estuve dispuesto a que se marchara y me dejara en paz con mi vida y mi cosmovisión.  Me echó el rollo de siempre. Exclamó: ¡¿por qué me has traído con tu panda de borrachos?! ¡No me respetas! ¡Te importa un pito mi sentimiento! Anunció que lloraría con un puchero. Dios, Dios, Dios, me dije, pedí un día más con S. y lo he cagado bien.

      Bueno, si uno ya no puede cagarla más, Dios sí.

La chica de las tetas apareció por ahí. Me tocó el hombro por detrás. Cuando volteé me abofeteó. Fue una bofetada bien puesta. Pasados tres segundos (el dolor de las bofetadas bien puestas es precedido siempre por dos a tres segundos de silencio absoluto, ausencia de dolor, enfriamiento y luego acaloramiento) sentí los vasos capilares de la cara hincarse y  ruborizarse. Había un círculo de amigos suyos mirando la escena. Un círculo de mirones se acercó y exclamaron y chiflaron. R. y C. y T. salieron a mirar. Se acercaron a mí. C. gritó a la chica que por qué demonios había hecho aquello. Uno de los amigos de la chica le plantó cara a C. y le explicó, en un discurso que exageraba las cosas y sembraba la semilla de una falsa malicia mía, de una alevosía y ventaja sobre la ebriedad de la chica. Me hizo ver delante de todos como un abusador. Hubo abucheos y gritos de hombres dispuestos a defender a la chica. T., que lo miró todo, me excusó públicamente diciendo que ella era la que estuvo borracha y ella sola se había subido a mis piernas. Eso era realmente probable porque yo no recordaba ni su nombre; de haberla ligado le habría preguntado el nombre en algún jodido momento. C. levantó los puños contra uno que continuaba mancillando mi honor y mi dignidad. C. y ese chico se pegaron y luego T. pegó a otro, con el que discutía en solitario, y alguien pegó a R. y yo tuve que ir a pegarme con alguno, porque no iba a quedarme ahí parado. Todos nos pegamos contra todos. Las chicas gritaban y se hacían a un lado cada que un par de peleadores se acercaba a su persona. S. lloraba en una esquina. La escuché gritar en algún momento: ¡cuidado, P., detrás de ti! Otras mujeres también auxiliaban a sus hombres.

La policía separó a todos como pudo. Eran cuatro o cinco policías. Nos separó en dos grupos. No entiendo cómo llegan ni cómo saben separar a la gente. En uno, C., T., R., S., y yo. En el otro, todos los demás. Nos cuestionó. Uno de los enemigos contó la historia de que yo abusé de la chica y me interrogaron a parte. A S. la interrogaron también. Le preguntaron si era mi mujer. No sé cómo saben ciertas cosas. Lo negó con saña. Dijo que me conocía recién hoy, en el bar. Que no sabía de mí más nada. Que no traté de abusar de ella y no le parecía un hombre capaz de hacerlo, pero que no me reconocía de ningún lado, etc. La dejaron ir. Me echó una mirada de lástima antes de irse caminando por la calle de Jalapa, mientras yo era acosado por un par de policías que querían extorsionarme o pegarme o llevarme al MP. Casi me habían roto la nariz y tumbado un diente en la trifulca.

T. sacó dinero de la caja y pagó para que nos dejasen en paz y para que se llevaran al otro grupo. Se lo agradecí personalmente. Dijo: esto me lo vas a pagar, P., centavo a centavo, si no hubieras manoseado a esa pobre chica…


5

Dos días después me vi von O., C. y R., en el bar de T. Reímos y bebimos y hablamos de la pelea como de una guerra médica y nos vanagloriamos de haber ganado, según nuestra perspectiva, porque ellos eran muchos más y porque a ninguno de nosotros nos rompieron algo; C. aseguraba haber roto al menos dos narices y quebrado un brazo. Nuestras caras apenas tenían los moretones comunes a estas situaciones. T. contó a O. la parte de la cachetada. O. se entusiasmó.

Una semana después, cada que entraba al bar de T. alguien me miraba y cuchicheaba. Me había ganado el respeto de los borrachos. Era el rey de los borrachos. Me emborrachaba de miércoles a sábado en bar de T., manoseaba a las chicas y casi las desnudaba y las follaba ahí delante de todos, y si alguien reclamaba, entre todos, incluido el dueño del bar, le dábamos una paliza. Mi voluntad era ley en bar de T. Tenía cuenta abierta. Me daban fiado. Hacían sonar las canciones que yo deseaba. Además, me habían visto muchas veces con una rubita de veintitantos años pegada al brazo. Esos eran, más o menos, los rumores. Todo ello me sentó muy bien y pude olvidarme de S. y enfocarme a gobernar el barrio y el bar con mi buena reputación, y en liarme con la rubita.  ¿Qué harías tú?





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