lunes, 16 de marzo de 2015

Tres chavitas y yo.


Vale, por aquel entonces mi mujer me había abandonado. Tenía el apartamento para mí solo. También el alquiler. Renté las habitaciones. Metí a dos chavitas a los cuartos. Luego, me enamoré de otra chavita. Yo tenía treinta años y mi novia veintidós. Una de las chavitas veintitrés y la otra dieciocho. Además, tenía dos gatas de un año y un año y medio. Visto desde fuera, era bueno: vivía en un apartamento de tres habitaciones con una novia y dos chavitas. Pero luego, las chavitas se me pelearon. Las gatas también se peleaban, pero eso era desde antes de las chavitas. Las gatas siempre se habían peleado. En realidad, las chavitas también; las mujeres, pues, se han peleado desde siempre. Se acusaban las unas con las otras conmigo. Todas tenían razón. Una ponía nopales a hervir, cuando la otra requería el trasto de hervir para hervir arroz. Yo decía: A., sabes que D. hierve arroz todas las noches, ¿es que no puedes hervir nopales más tarde o poco antes? Pero hoy me urge hervir nopales, se defendía A., únicamente puedo hacerlo a esta hora porque antes trabajo y después duermo, D. no hace nada, ¿por qué no hierve su arroz después? Ajá, decía, yo, ¿por qué no hierves el arroz después, D.? No puedo hervir después, P., mañana es mi primera clase de baile y no quiero dormir tarde. Ya. Vale, D. ve a dormir, yo herviré tu arroz por la mañana. D. asentía y sonreía. Al entrar a mi habitación, E. estaba recostada, desnuda. Me reñía: ¿por qué hervirás tú el arroz de esa zorra? ¿Qué? Lo he escuchado todo, P., te ofreciste a hervir el arroz de esa zorra, ¿es que no puede levantar el culo más temprano, como hacemos todos aquí? E., por amor a Dios, tú tampoco haces nada. Yo leo y estudio, P., leo y estudio, ella sólo va a clases de baile. Vale, E., te amo, duerme ya. No, de eso nada, P., antes sal y compra cerveza, sabes que no puedo dormir si no bebo antes. Vale, E., eso está bien, yo también quiero cerveza. Salgo a comprar cerveza. De regreso, en mi habitación, con E., la cerveza y el ordenador sonando música, tocan a la puerta. E. se tapa con la sábana. Es D. Disculpa, P., odio molestarte, pero… ¿pueden bajar el ruido de sus voces?, mañana tomo clases de baile. Dios, D., lo olvidé, lo siento, vale, bajaremos las voces. ¡Gracias! Tienes que ponerle un alto, P., dice E. cuando cierro la puerta. Pero, E., le digo, D. paga su parte del alquiler, es nuestro cliente. ¡Al diablo!, exclama E. Hay unos minutos de silencio. Venga, amor, ven, no pasa algo, todo está bien; bebamos en silencio. E. hace muecas. La abrazo. Le acaricio los senos. Sonríe. Bueeeenoo, dice E. Durante la noche bebemos en silencio. Es igual. Sólo así podemos pegar ojo. Al amanecer tocan a la puerta. Es A., dice: P., lo siento, pero… las gatas se han cagado fuera del arenero, ¿podrías limpiar? Joder, sí, gracias por avisar, A., en seguida voy. Me levanto. En efecto, las malditas gatas. Cojo un trapo para limpiar. En eso sale D. ¿Qué haces? La miro. No estás usando el trapo de… Dios, sí, es ese trapo; contaba con que nadie lo notase. En fin. Vale, D., tiraré el trapo después de esto y compraré otro, ¿okey? D. se tapa las narices con los dedos y entra a la cocina. Echo el trapo al excusado y jalo la palanca. El excusado se tapa. D. grita: P., ¡has olvidado mi arroz! ¡Oh, oh, oh!, exclamó, no te preocupes, está en dos minutos. Olvídalo, P. D. entra a su habitación. Azota la puerta. Destapo el excusado con el destapacaños. Bien, me digo, a dormir. Entro al cuarto. E. está sentada sobre la cama. Hay que ponerle un alto, P. Ya, digo, la próxima vez lo haré. ¿Sabes qué hizo anteayer? No, E., no lo sé, ¿qué hizo?, pregunto mientras entro a la cama y me cobijo. Sacó mi ropa del lavador. Ya. La colgó y todo, pero, ¡sacó mi ropa del lavador! Dios, E., deberían ahorcarla, exclamo. E. se tapa la cara con las sábanas. Bufa. Intento dormir. Las gatas maúllan. Hay que alimentarlas. Me levanto. Encuentro a A. en el pasillo. Gracias, P., dice. No es algo, digo. Sale del apartamento. Cojo comida para gato. La pongo en el plato. Las gatas la huelen y llegan al instante. Las miro comer. Pienso: comida y alquiler, ojalá alguien me diera todo eso con solo maullar. Maúllo. Miau, miau. Entro a la habitación. E. está de malas. Me recuesto. No pasan cinco minutos. Suena el despertador. Es hora de levantarse e ir a trabajar. Satán, el infierno no puede ser peor, ¿por qué no me llevas de una vez?, tengo experiencia como siervo. Me pongo la bata y entro al cuarto de baño. Abro al agua caliente. No calienta. Tocan a la puerta. ¡Sí!, grito. Es D. Grita: ah, sí, P., el gas se acabó, olvidé avisarte. ¡Ya!, contesto. Me pegó la ducha con agua fría. Salgo tiritando. Entro a la habitación. Lo primero que dice E. es: ¿sabes qué hora es? Pienso. Las nueve o así, ¿no? Exacto, P. ¿Y? ¿No se supone que D. tiene clases de baile a las nueve? No sé, E., no se lo he preguntado. Te digo, P., lo hace por joder; lo del arroz; por joder. Ya. E. me mira a los ojos. Okey, E., quizá tienes razón, la próxima vez le pondré un alto. Escuchamos a D. azotar las puertas y salir. Bueno, digo, ya está, se ha ido. Estamos solos. Ven. Ven, amor, hagamos el amor. E. se tiende sobre la cama. Me quitó de encima la bata. Abre las piernas. Hacemos el amor. Es una buena cabalgata. Cuando termino, miro la hora. Adiós desayuno. Me visto aprisa. Bueno, querida, me largo, no hagas algo malo, nena. Te amo, dice E. Te amo, respondo. Nos besamos. Adiós, E. No, P., espera. ¿Qué pasa? No te vayas, P., te quiero aquí, todo el día, aquí conmigo. Ya. Anda, P., no asistas al trabajo hoy. No sé, E., no tengo buena relación con los patrones. ¡Ash! Anda, vete, entonces. La abrazo. Vale, trataré de salir antes. ¿Lo prometes? Dudo. Lo prometo. E. sonríe.

      Ha sido un día duro en el trabajo. Entro a mi habitación. E. está desnuda. Lee. Tiene esparcidos por toda la cama libros y libretas. Me mira entrar. Sonríe. Se levanta y corre a mis brazos. ¿Estamos solos?, pregunto. Creo que sí, contesta E. Bien. La tiro al suelo y se lo hago. E. tiene un polvo estupendo. Grita. Cuando terminamos salgo. Quiero lavarme el pene. El cuarto de baño está ocupado. No estamos solos. Regreso a la habitación corriendo (voy desnudo). No estamos solos, ¿no?, exclama E. No. Ash. Es igual, nos han escuchado mil veces. Sí, asiente. Bueno, ¿qué tal el trabajo? Y una mierda, exclamo. ¿Es que no hay un día en que puedas llegar de buenas?, pregunta E. La miro. Quizá… pero hasta hoy no ha pasado. No lo soporto, P., dice. ¿El qué? D. ha entrado al cuarto a hurtadillas, dice. Dios, exclamo, ¿cómo sabes? Lo sé. Sí, pero… ¿cómo? Lo sé. Vaaale. La abrazo. Suena el teléfono. Contesto. Es la sirvienta. Sr., P., dice, lo siento mucho, pero no podré ir a trabajar, tuve un accidente. Ajá. Lo siento mucho, Sr., P. Ajá. Cuelgo. ¿Quién era?, pregunta E. La sirvienta, digo, se ha accidentado; no vendrá más. Es mentira, dice E., un pretexto. Quizá, digo. Tocan a la puerta. Dios, E. se cubre con las sábanas; yo cojo la bata. Abro. Es A. ¿Sí?, digo. P., el gas… se ha terminado. Ya, es cierto, respondo. ¿Podrías comprarlo mañana mismo? Vale, sí, digo. Se va. Cierro la puerta. Miro a E. Le digo: amor, podrías comprar el gas… Ni lo pienses, P., no soy sirvienta de nadie. E., por Dios, tú eres la única que puede esperar al gas. No. ¡Amor! Mañana iré a con mi madre, tendrá que ser pasado mañana. Okey. ¿Quedó cerveza de anoche?, pregunto. Ni una gota, dice E. con voz de niña. Ya, digo. Ve a por cerveza, P., o no podremos dormir. Las gatas maúllan. Vale, digo. Salgo a alimentar a las gatas. Cojo dinero y envases de cerveza. Voy a por cerveza. Al salir, encuentro a D. en las escaleras. ¡P.!, exclama. ¿Qué pasa? Qué bueno que te encuentro a solas. ¿Qué pasa? Es, A., P., ha puesto a hervir nopales. ¿Y? Ash, ya sabes, ¡tomo baile por las mañanas! Ya, tu arroz. ¡Sí! Compraré otro trasto de hervir, ahora se paciente por amor a Dios. Buuueenoo. Gracias. A ti. Regreso con cerveza. Entro al cuarto con un par de vasos y limones. E. está de pie, frente a mí. Dice: si esa zorra tiene baile mañana no es cosa mía, P., no pienso acallar mi voz. Ya, nena, no pasa algo, veremos qué pasa esta noche. Damos los primeros tragos. E. pone música de Billy Evans en el ordenador. Enciendo un cigarrillo. Todo marcha. Bebemos. Enciendo más cigarrillos. Tocan a la puerta. Es A. Dice: P., lo siento mucho, pero… ¿Sí? …todo el humo de tus cigarrillos se cuela por mi puerta; soy alérgica. Oh, no lo sabía, A., lo siento. Cierro la puerta. ¡Es mentira!, exclama, E. Es muy posible, hasta ahora A. jamás se había molestado por el humo. No sé, E., no importa si es mentira, le molesta, eso es todo. Pues que se largue, exclama E. E., nena, ya sabes… E. me arremeda: paga su parte del alquiler. Así es, bebé. ¡Me importa un pito!, exclama E. Vamos, E., no empecemos. En serio, P., me importa un pito, en el anuncio pusiste: fumador. Es verdad, yo mismo se lo conté a E. Okey, amor, quizá no pensó que yo fumase tanto. No importa, insiste, estaba en el anuncio; se jode. Sí, sí. Aplasto el cigarrillo sobre la cornisa de la ventana y echo la colilla afuera. Suena el teléfono. Es A. Contesto. ¿Sí, A.? Oh, P., no quise tocar de nuevo, ¿sabes?, hoy, en el trabajo… abrí mi comida y… ¿Ajá? …bueno, encontré un pelo de gato en los nopales y… ¿Ajá? …quería saber si… podemos… en adelante… prohibir a las gatas entrar al a cocina. Ya, A., sí, está bien, no pasa algo. ¡Gracias! Cuelgo. ¿Y bien?, pregunta E. Nada. Anda, dime, me apura E. Ahora está prohibido que las gatas entren a la cocina, E., A. ha encontrado un pelo en su comida de hoy. E. bufa. No es posible, dice. Es muy posible, digo. E. se echa sobre la cama y coge un libro. Tragedias de Eurípides. Lee. Me ignora. Oímos sonar el teléfono de D. en su habitación. Escuchamos a A. hablar. Escuchamos a D. decir: sí, vale, yo también lo había pensado. Le está diciendo sobre las gatas. Le está diciendo sobre las gatas, murmura E. Sí, eso creo, digo. Guardamos silencio. Nos acercamos a la ventana, que da a la ventana de D. Sí, le está diciendo sobre las gatas. E. pregunta: ¿lo pusiste en el anuncio, lo de las gatas? Asiento con la cabeza. E. me echa unos ojos. ¿Lo ves?, dice, no puede quejarse sobre lo que estaba en el anuncio, P. Pienso: el alquiler. Sí, le digo, mañana mismo hablaré con A. Pienso: el alquiler. El alquiler. El alquiler. 

     Al día siguiente es sábado. El día de aseo. Duermo. Tocan a la puerta. Es D. Dice: P., son las doce del día. Ajá, contesto. ¿La sirvienta? Oh, sí, lo olvidé, digo, no vendrá más. D. alza los brazos y bufa. A. sale. Nos mira. Pregunta: ¿qué pasa? D., grita: ¡la sirvienta no vendrá más! A. exclama: ¡no! E. sale de la habitación. ¿Qué pasa?, pregunta. A. dice: ¡la sirvienta no vendrá más! D., grita: ¡¿qué haremos?! E., grita: ¡ustedes también pueden limpiar! D. se voltea. A. grita: ¡estaba en el anuncio, P., servicio de limpieza incluido en el alquiler! Buscaremos otra, Dios, digo yo, somnoliento. E. está a punto de gritar. La acallo. La meto a la habitación. A. y D. entran a sus habitaciones. Azotan las puertas. E. exclama: ¡el anuncio! 

      Esa era mi maravillosa vida con las chavitas.



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