domingo, 1 de marzo de 2015

Tenía problemas con mis libros.


Tenía un problema con mis libros porque estaban cerca de ser demasiados. El último año lo dediqué a los filósofos alemanes y franceses, pero los años anteriores me leí cualquier cosa que cayó en mis manos; la mayoría no merecerían la pena; tenía cosas tales como Marquez, e incluso tenía un ejemplar de el Principito que me regaló alguna chica (las chicas siempre tienen gusto por ese libro porque está escrito en lenguaje cursi e infantil, es a lo más a que llega su capacidad de acercarse a la filosofía; nunca he conocido a alguna encariñada con Gaston Bachelard o André Gluscksman del mismo modo). Una tercera parte de mi biblioteca personal debía ser echada al fuego.

No hay fuego más eficaz para quemar libros que la ignorancia del pueblo. Me salí con un montón a la calle, decidido a regalarlos todos.

Nadie cogió algo. Todos me echaban como a la peste. Una señora incluso pensó que yo era una clase de pervertido sexual. Bueno, los soy… pero una cosa no tiene que ver con la otra. Un chico de quince años cogió uno. Esto ocurrió en Parque México. Me impresionó. Era un ejemplar de Pérez-Reverte que me regaló un familiar que sabía de mi hábito, un 24 de diciembre. Seguí al chico un par de cuadras. Miré cómo ojeaba el libro y luego lo echaba a un cesto de basura. Bueno, me dije, eso está muy bien si te has leído a Landino y al resto de los filósofos renacentistas; si lo has hecho, puedes desdeñar a Pérez-Reverte, pero tú tienes quince años, chico, al menos deberías leer el Club Dumas, o algo. En fin. Los padres alejaban a sus niñas de mí cuando me acercaba a ellas. Muchos me paraban en seco con señas. No gracias. Ahora no, gracias. Lo siento, gracias. Supongo que se pensaban que era una clase de vendedor. Todo conlleva un truco. Te regalan un boleto al cine, pero te venden las chucherías una vez dentro. ¿Por qué alguien iba a regalarles un libro, así como así? Había un rumor en los noventa de cartas enviadas con ántrax. El gobierno implanta miedos atroces entre los ciudadanos. La gente ya no da la mano a los necesitados por miedo a ser robado o puesto a dormir para amanecer al día siguiente sin el riñón izquierdo. No he conocido jamás a alguien que haya recibido ántrax por correo ni a alguien amanecido sin riñón izquierdo. Si alguien desease sacarme los órganos, tan sólo tendría que seguirme en alguna de mis borracheras.

Llamé a O y le dije que podía venir a por algunos buenos kilos en libros si me daba unos pesos por ellos a la brevedad. O era mi proveedor particular de libros. Me vendía usados a precios estupendos; solía comprarle cinco o seis o diez libros o más a la vez. Lo llamaba en cuanto acababa con eso. Ahora necesitaba que se llevara un poco de la basura que me había vendido. Vender libros es un trabajo más sencillo que regalarlos.

Se rascó la barba. Inspeccionó los libros como si se tratase de joyas que podrían ser falsas. No sé, P, dijo, puedo darte dos mil pesos por el lote completo. Eran cerca de trescientos libracos en un montón, y doscientos cincuenta en otro. Los separé así. En el primer montón eché la basura; en el segundo a los autores que podrían valer la pena si uno comienza a leer, o los que valían la pena pero tenía repetidos, en ediciones diferentes. O deseaba comprarme todo por dos mil pesos. Cabrón, le dije, podrías vender a veinte la pieza y tendrías once mil pesos. Incluso podrías vender a treinta la pieza y saldrían casi diecisiete mil pesos. Yo mismo te pagué por algunos de éstos a treinta y cinco la pieza. Quiero la mitad. O movió la cabeza. Lo siento, P, la cosa no va así. No puedes pedir la mitad mientras sea yo quien arriesgue la plata y haga el trabajo de venta. Podría tardar un año en vender todo esto. O vendía los libros personalmente. Lo hacía callejeando en la Glorieta de los Insurgentes y la Juárez y la Condesa. Bufé y fui a la cocina. Regresé a la estancia con un par de cervezas. Puse una a O. Bueno, le dije, bebamos, ya hablaremos después. O aceptó. Se quitó de encima la mochila y se instaló en una silla. Además de mi librero personal, O era un viejo amigo de farras y de letras.

Me contó que había visto a C y el muy hijo de puta le había prometido llevarle a un putero, pero al final resultó ser una farsa y no vieron una sola nalga desnuda o una teta. Ya, le dije, cuando estés dispuesto a pagar te llevaré al Aztecas´s. O asintió. Luego me contó de R, con el que se había encontrado la semana pasada en Chilpancingo. Fueron a comer tacos y a beber cerveza y prometió que subiría un poema suyo, un poema de O, al periódico donde trabajaba. No sé, dijo O, no he enviado poemas porque no me interesa publicar. Asentí. Me había echado el rollo ese miles de veces: no quiero ser como todos, etc. También me contó de una dependienta de la Porrúa de Insurgentes que estaba buena.  

En algún momento comenzamos a echar ojo a los libros. ¿Qué tal éste?, decía yo y bebía y echaba humo de tabaco por las narices. O. pensaba un segundo o dos, echaba humo por la boca y tiraba cifras. Por ejemplo, alzaba un libro del lote, no sé, El viejo y el mar del viejo Hemingway, que tenía en tres ediciones diferentes, y él soltaba: cincuenta pesos en Lozada, treinta en Porrúa, quince en Tomo. Eran los precios en que se vendía tal ejemplar en el mercado de usados. Yo respondía, es un Porrúa, dame diez. O aceptaba o rechazaba con movimientos de cabeza. Al mismo tiempo bebíamos. Cuando llegamos al libro setenta, estábamos muertos. Además, no llevé la cuenta. Ya borracho, O dijo: te daré tres mil pesos por todo, es mi última oferta. Acepté.

O quedó de pasar la semana siguiente por los libros. Traería un par de amigos y sacas para llevárselo todo en transporte público.

2
Una tarde me puse una cerveza en casa y comencé a pensar en mi vida y todo eso, y decidí que también debería deshacerme del viejo sofá y de algunos muebles. Cuando me mudé al apartamento me dije que llevaría una vida estrictamente elemental. Lo más cercano a un anacoreta. Ahora estaba rodeado de muebles, discos, aparatos para hacer sonar los discos, juegos de mesa, libretas, computadores inservibles, estatuillas de barro, ceniceros, zapatos, trastos de cocina, lápices, cables, revistas, lámparas, un par de gatas, etc. Miraba las cosas y recordaba cómo me había hecho de ellas. La mayoría las había dejado mi ex mujer cuando me abandonó. Otras eran regalos inservibles, como la aspiradora. Jamás la había sacado de su caja.

      Junté los libros en una esquina cerca de la puerta, para facilitar el trabajo de extracción a O y sus amigos. Cogía alguno de vez en vez y lo miraba. Dios, me decía, cómo puede leerme esto. Cogí a Lluis Fernández y bufé. Lo eché hasta abajo del montón para que O no lo viera y me lo quisiera regresar. También enterré a S. King,  Agatha Christie, Benedetti, Neruda, etc. Llamaron a la puerta cuando cogí a Antoine de Saint-Exupéry. Dejé sobre la mesa el libro y abrí.

Era Olga, la vecina. Hola, dijo. Ya, hola, contesté. Le miré las piernas. Venía metida en un short diminuto. Tenía un par de hermosas piernas. Se las miraba siempre que la encontraba en las escaleras del edificio. No quiero molestar, dijo, pero una de tus gatas se ha metido a mi casa; por la ventana. Ya, dije. Me miró. Hubo un segundo de silencio. ¿Podrías venir a sacarla? Ya, dije, sí, sí, dame un segundo. Fui a la habitación a calzarme. Cuando regresé a la estancia, Olga estaba dentro. Tenía a El Principito en sus manos y lo miraba. Cuando se percató de mi presencia me miró y sonrió. Es un libro hermoso, dijo. ¿En serio?, pregunté, ¿te gusta leer? Bueno…, titubeó, no precisamente, pero éste libro es hermoso. Ya, lo que supuse, dije. En fin, dijo mientras colocaba el libraco sobre la mesa, ¿vamos a por la gata? Vamos.

      El apartamento de Olga estaba decorado con plantas y retratos familiares. No había un solo libro en toda la estancia. Apenas entré, la gata corrió hasta mis pies. La cogí. Gracias por avisar, le dije. No es nada, dijo, pero debes tener más cuidado, no siempre te la van a regresar. Alcé los hombros. Hace tiempo que me pasaba por la mente deshacerme de ella. La gata maulló. Vamos, le dije, a casa. Salí de allí con las uñas de María en el pecho.

      Entré a mi apartamento y eché a la gata al suelo. Me fui a la habitación y me eché sobre la cama. Me masturbé pensando en Olga.  

3

Al día siguiente vino O. con dos amigos más. Traían sacas. Echaron los libros en las sacas, las pesaron, y se frotaron las manos. Bueno, mi querido P, dijo O, es todo. Sí, dije. Sacó seis billetes de quinientos del bolsillo y me los estiró. Los tomé. Los metí en mi bolsillo. Los amigos de O salieron con las sacas. O permaneció un segundo. Quieres una cerveza, ¿no?, exclamé. O asintió. Para el calor, dijo. Ya. Fui a la cocina a por una cerveza. Cuando regresé O tenía en las manazas al Principito. Bueno, dijo, creo que faltó éste. Tragué saliva. Ya, dije, verás, ese no, ese no estaba en… O lo ojeó. Cuando llegó al colofón, leyó: Para Olga. De P. Estaba escrito a tinta. O pensó. Vaya, dijo, sí estaba. No, O, no estaba. Vamos, P, dijo, sí estaba, ¿o me vas a decir que… Intenté arrebatárselo, pero movió la mano. Se abanicó con él. Es mío, dijo, te he pagado y es mío. Joder, O, exclamé, uno más o uno menos, qué más da. Nada de eso, se defendió. Lo miré a los ojos. Okey, dijo, ¿lo quieres? Asentí. Cien pesos, apuntó. Dios, joder, hijo de puta, ¿qué quieres decir con eso? Es mío, P, dijo, te lo vendo. Cien pesos. Me rasqué la nuca. Hijo de las mil pu…, murmuré. Cuarenta. Cien, insistió O. cincuenta. Cien. Ochenta. Cien. Bufé. Saqué cien pesos de la chaqueta. O. los cogió con una sonrisa. Me estiró el libro. Iba a dar un trago de cerveza pero se la arrebaté. Es todo, O, lárgate. O dijo: vale, vale, la cerveza es tuya. Adiós, O. Sí, bueno, ya me voy, sólo… vete, O. O se fue sonriendo.




6 comentarios:

  1. Me he cagado de risa no sé por que jajaja

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  2. Exclenete texto y tema y critica literaria

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  3. Encontré, un libro viejo, de la divina comedia, escrito en antiguo castellano, de los ayeres de 1943 que nadie leyó; de esos a los que se les tenía que cortar las hojas, ya todo amarillento y de mirame pero no me toques, ya cayéndose a pedazos, que desprende polvo que se me metió en el ojo y ahora ya me anda picando y ardiendo el ojo todo el tiempo caray,

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  4. ¡Ay! mi ojito ¡Ay! ¡Ay! mi ojito como me duele y me lagrimea snif, snif,snif.

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