viernes, 27 de marzo de 2015

Stevenson no desdobló su ego.



Texto por: J. Beltrán


Dáctilo publicó la convocatoria. Recibiría textos de jóvenes escritores y periodistas. Laia hizo un artículo sobre los locos en la literatura. El profesor Carnajo escribió algo sobre las razones por las que las letras dominicanas no eran consideradas como parte de la literatura universal. Al profesor le decíamos Carnajo por su afán con la carnadura de los personajes. En algún momento, pensé convertirlo en protagonista de una de mis historias; eso nunca cuajó.

De vez en cuando lanzo una piedrecita a la narrativa, aunque escribo más artículos de opinión y textos periodísticos. Pero con esta convocatoria, sí me interesaba publicar algún texto; tenía mucho de reto y mucho de ego, mi amor propio necesitaba verse publicado en Dáctilo.

Barajé varias historias. Primero, el cuento de un cigoto que cuenta su odisea previa al aborto. Aquí me enfrentaba al problema de la ficción ¿Cómo hacer creíble que una masa gelatinosa cuenta su propio asesinato? Lo terminé, aunque decidí no prestarle demasiada atención.

Luego estaba la historia de un sujeto que por culpa de un romance rodeado de grimorios y hechicería, sufría una transformación muy Kafkiana. Con este, la dificultad tenía mucho que ver con la estructura; era poco entendible.

Quedaron otros cuentos por contar. El del niño que tenía relaciones con su perra; el del muchacho que en una noche de conflicto político decidía intentar realizar con una desconocida las fantasías que le inspiraba su hermana. También, el tipo que decidía irse a Burundi, pero la hermana se oponía y terminaba suicidándose. Peor, una ciudad huye de unas criaturas que intentan morder a todos los seres humanos; esta tampoco terminó de escribirse.

En fin, eran malas creaciones. Todavía busco una historia que en verdad me sirva. Tengo quince días para enviar algo bueno.

Se me ocurre contar la historia de un tipo que quiere escribir algo para una revista. El sujeto se llama Omar, aunque claro, puedo cambiar el nombre conforme creo el personaje.

Omar vio el anuncio en internet, le pareció interesante y quiso hacer algo bueno. Al igual que yo, él entiende que no es un buen escritor, de hecho, no es un escritor. Sin embargo quiere intentarlo; su ego necesita verse publicado de algún modo.

Mientras comenta con sus conocidos, descubre que algunos, incluso, un profesor al que le tienen un apodo extraño, van a escribir artículos muy serios. Eso le reafirma su idea de escribir una historia.

Banahí le parece un buen nombre para una protagonista. Ahora que lo pienso, también me parece buen nombre. Creo que podría considerarlo, después de todo no puede ser delito robarse un personaje. Si es así, Onetti me autorizó a robar.

Omar empieza a describir a Banahí. A diferencia mía, él hace perfiles de sus personajes y planifica todo antes de empezar a escribir. Yo debería hacer lo mismo.

Empezó a vivir su historia de creador. Ya andaba de un lado a otro en su oficina mientras recitaba una suerte de conjuro. Después se detenía para garrapatear algunas líneas. Se enojó, tiró al suelo el bolígrafo, lo pisoteó, tomó otro, redactaba al decir en voz alta:

Si hago que Banahí use pulseras de conchas marinas, tenga el pelo largo hasta la espalda y use tacones aunque prefiera estar descalza, voy a tener un buen efecto. Ella está obsesionada con el mar, dice que puede leer las líneas de sus olas, asegura que inventó la quiromancia marina. Lo voy a contar en primera persona. El conflicto es: ¿se suicida o se deja guiar por el médico que la quiere llevar a la ciudad? La ciudad no le gusta, sabe que allí el agua del mar tiene polvo y líneas de humo que hacen más difícil leer las aguas. Pero el problema con el suicidio es que no tiene la certeza de que en realidad el océano tenga su oído en el fondo y quizá muera antes de contarle todo lo que ha visto.

La historia que recrea Omar me agrada. Banahí tiene mucho por construir antes de tener un primer plano, aunque va muy bien. Él guarda una foto de ella en la gaveta de su escritorio. Necesito verla, espero que él la saque antes de que yo termine de crearlo en mi historia. El escritorio puede ser un hilo conductor, aunque también pudiera estar ahí para ambientar el estudio del escribiente.

Mi nombre lo llevó una princesa taína. Por eso lo llevo yo. Mi papá decidió que lo merecía, aunque ahora no estoy tan segura de que él piense lo mismo. Junto a mi nombre nació el mar, bueno, no nació, pero siempre estuvo; que para el caso da lo mismo.

No creo que ese sea un buen inicio para la historia de Omar. Él no quiere hacerme caso, se niega a dejarse llevar por mis sugerencias. Opino que es mejor que cuente la historia de otro modo, que comience con algo contundente, una acción. Es una de las cosas en la que suelo estar de acuerdo con Laia.

Debo llamar a Laia en un rato. Ella puede darle muchas luces a Omar sobre como contar un suicidio en el mar sin imitar a Virginia Woolf o peor aún, a Storni. Además conoce un poco más que él sobre personajes excéntricos rayanos en la locura. De paso me da su opinión sobre Omar, empiezo a creer que está loco. Me parece que le vi fantasear con Banahí, pero son ideas mías, un personaje no puede crear a otro y fantasear con él. Si así fuera, yo tendría fantasías con Banahí, aunque claro, ella no es una creación mía.

Tengo diez días para enviar una buena historia a Dáctilo. El cuento de Omar no avanza; se empeña en crear a Banahí cuando el verdadero conflicto es el de los problemas de un narrador. La quiromántica marina no es más que un hilo conductor. Veo los pliegos de papel tirados por la habitación y no forman una estructura sólida: tiene muchos hilos sueltos.

Estoy seguro de que si no publico nada en la revista, me retiraré de la literatura. Hace tiempo busco una señal para hacerlo. No quiero que sea ahora. Omar no termina de entender que pongo mucho en juego con cada línea.

Ayer lo descubrí sentado en el escritorio. De espalda a mí, parecía llorar mientras se halaba el pelo. Los mechones esparcidos por el suelo, hablaban de un largo rato en esa actitud. No se giró a verme. Frente a mi tenía el borrador de su historia, o lo que había hecho hasta ahora.

Intenté leerla, dentro de ella podría encontrar alguna pista de cómo continuar con el cuento. Banahí seguía en el mismo lugar, no me dejaba verla, como tampoco podía ver el rostro de Omar. Intenté rodear el sillón en el que permanecía sentado, para verle de frente, no pude.

El límite para enviar algo a Dáctilo es dentro de 4 días y no he escrito nada. Omar continúa sin mostrarse, las páginas están en blanco, los folios de su historia tampoco avanzan. Creo que lo hace a propósito, pero no entiendo qué razón puede tener para negarse a continuar en el cuento.

Decidí invitar a Laia, si Omar es como creo que es, ella le atraerá bastante. Con ella, puede que encuentre una ranura para colarme y poder salir del bloqueo que me impone.

Los dejé hablar, supongo que a un excéntrico como él, Laia le debe parecer un ser curioso. Entré en su escritorio, tomé los papeles y empecé a leer.

Al principio todo contaba la historia de Banahí. Explicaba quién había sido la princesa taína, como consiguió los secretos de las líneas del mar y como el médico pretendía hacerle unas pruebas psiquiátricas. Pero a partir de unas páginas, la información era otra. Omar se separaba de la ficción para contar lo que creía que era su propia realidad, algo distinto a lo que yo hubiese escrito sobre él. Aunque no puedo decir con exactitud qué habría escrito.

Daba giros sobre una idea de existencialismo, hacía preguntas sobre el ser, la naturaleza de la gente, si hay o no un creador. Luego decidía quebrarle el cuello a Banahí. Varias páginas adelante, me asusté; hablaba de asesinar a dios.

Me pregunté de dónde sacaba Omar las cuestiones de filosofía. Mi historia se destruía poco a poco sin que yo pudiera hacer nada. Continué la lectura.

El susto creció. Sus argumentos se volvieron cada vez más inconexos, hasta hablar de una cuenta pendiente con alguien. Quise saber con quién. Reiteraba que alguien debía pagar, volvía a la filosofía. Preocupado, paré de leer.

Escuché un grito, algo pesado que caía desde la sala. Extraje algunas páginas de la historia de Omar, las sustituí por folios en blanco. Salí a ver qué ocurría. Laia no estaba en la habitación. Omar me vio entrar con sus papeles en la mano. Odio, rabia, asco pasaron por sus ojos en un momento. Se acercó a mí, despacio. Intenté ubicar algo pesado o cortante por si debía defenderme. Di un extraño espectáculo al blandir sus folios como defensa. Por un segundo se detuvo, pero al instante continuó su avance.

Pensé preguntarle por Laia, aunque sospeché que ella estaba mucho más segura que yo. Intenté pensar qué podría hacer él, después de todo era una historia que yo aún buscaba narrar.

Me ofreció la mano para que le entregue sus papeles. Pensé no hacerlo, pero ya no servía de nada quedármelos. Banahí no se escribiría, él no era un escritor y lo sabía. Yo era más narrador porque lo había creado, o eso pretendía.

La convocatoria de Dáctilo continuaba ahí. Mi ego necesitaba verse publicado, el de Omar también. Supuse que iba a escupirme el rostro, comprendí que eso sería lo que esperaría cualquier lector. Me avergoncé conmigo mismo. Su mano continuó expectante, yo seguía sujeto a sus folios. Me temblaron las piernas, miré hacia el escritorio. Él también miró hacia allá y sonrió; su ego fue más audaz.

Su sonrisa me descolocaba. Le hacía tener el rostro de quien oculta una verdad tipo final sorprendente. Volví a pensar en Laia, quizá estaba oculta en algún lado esperando mi reacción.

Sin saber por qué y sin ser perseguido, salí corriendo de la casa. La calle estaba vacía, desdibujada del todo. Empecé a marearme, como un personaje asesinado por la historia mal contada de un autor.

Regresé dentro de la casa. Omar tendría que caer ante mí; yo lo creé. Al entrar, lo encontré sentado, seguía sonriendo mientras hablaba con Laia.

Omar hablaba del desdoblamiento de los autores. Contaba cómo su último personaje se parecía mucho a él. Yo volví al escritorio, tomé mis papeles. Olvidé las ideas sobre matar a Dios e intenté concluir mi cuento sobre Banahí. Quizá, si trabajaba con eficiencia podría concursar antes de que finalice la conversación que había en la sala.





Texto por: J. Beltrán

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