domingo, 22 de marzo de 2015

Muerto en Medellín.


Di la vuelta en Medellín; yo venía por Coahuila, o así. Había una muchedumbre sobre la calle. Era medio día. Nuca me ha gustado detenerme a mirar. Pasé de frente; miré de reojo. Un muerto. No le vi la cara. Estaba cubierto con una tela blanca. Gente lloraba. Gente iba de aquí para allá. Gente se quedaba quieta, de pie, mirando al muerto. Había patrullas. Policías. Gente rica, de traje, con las manos en los bolsillos, sin expresión. Había meseros del Mamarumba. También había una chica buena. Estaba parada en la esquina de Medellín y Chiapas. Hacía puchero. Tenía un par de tetas bien puesta. Un policía colocaba conos sobre el carril para que los coches no fueran a despanzurrar al cadáver. Otro policía desviaba a los coches. Otro llamaba por radio. Otro alejaba a los mirones. Seguí.

      En la puerta del edificio estaba una señora, una vecina, llorando. Me miró venir. Me dijo: ¡ay, hijo, ay, hijo, era muy joven para morir! Nunca antes me había hablado. Ahora me decía hijo y me tocaba el hombro. ¡Era un joven muy trabajador! Se trataba de un mesero del Tikibar. Pero eso lo supe después. Paro cardiaco. Era un pobre muchacho estupendo, trabajador, buen hijo, buen amigo. Un pan de Dios de veinticinco años. Además de eso era adicto a la cocaína y manoseaba a las meseras. Todos son buenas personas cuando están muertos. A los vivos nadie los quiere. ¿Qué dirían de mí si muriera? Ay, era un joven bueno y amiguero. Jamás le vimos en líos. Tenía el hábito de leer y de escribir. Un joven muy inteligente. Nadie hablaría de mis borracheras. Las llamarían alegría. Era un joven muy alegre y picarón. Me quité a la vieja de encima y entré al edificio. Los focos estaban fundidos. Tuve subir a oscuras. No necesitaba la luz. Había subido las escaleras decenas de veces. Borracho, casi inconsciente. La luz era cosa de principiantes.

      Bueno, me fui a la cocina. Me puse una cerveza y un cigarrillo. Me instalé en el sofá. Me puse a pensar en las tetas de aquella mujer. Luego en S., mi ex mujer. S. tenía las tetas pequeñas, pero la amaba. Ésta las tenía grandes y firmes, pero ni siquiera me inspiraba ir a verla, preguntarle cómo está, o eso. Podía fallársela otro o arrasarla un camión. No iba a dejar mi sofá y mi cerveza por ella. Si S. me llamara, lo dejaría todo e iría inmediatamente. Supongo que es a lo que llaman amor. Yo no sé cómo llamarlo.

Cogí el teléfono. Marqué el número de S. Hola, contestó. Le conté sobre el muerto en Medellín: hay un muerto tirado en la calle. Exclamó. Dijo: ¿le conoces? Es lo que me gustaba de S.: no había que hacer preámbulos con ella. Podías ir al grano y entendía todo y seguía la conversación. No. ¡Qué bueno! ¿Tú qué haces? Nada. ¿Quieres venir a ver al muerto? ¡Dios, no!, ¿estás loco? Vale. Adiós. Adiós. Ya no daba conversación. Antes podíamos hablar por horas, sobre cualquier cosa. Bueno, por algo es mi ex mujer, pensé

Llamaron a la puerta. Grité: ¡Sí! Era O. Lo supe porque gritó: ¡Abran o tiro la puerta! Abrí la puerta. P., hay un muerto en la esquina de tu casa, ¿lo sabías? Ya, respondí, lo sabía. Se sacó la mochila de encima. La puso sobre el sofá. Luego se sacó los audífonos. Siempre iba para todos lados con un par de audífonos enormes. Los colocó sobre la mochila. Finalmente se sacó la chaqueta. La echó sobre todo lo demás. Suspiró. Se estiró de brazos. Se sentó a la mesa. Dijo: ¿qué beberemos hoy, P.? Acto seguido, cogió un cigarrillo de una cajetilla que estaba sobre la mesa. Lo encendió con un encendedor que estaba junto a la cajetilla. Echó el humo de la primera bocanada por toda la sala de estar. Ese era mi viejo amigo O. Además de ello, subió los pies a la mesa y cruzó los brazos por detrás de la cabeza. Sí, el viejo O. El mismo que había vuelto el estómago en la mitad de la sala, hace dos o tres años, cuando yo aún vivía con S., y una vez más, en el cuarto de baño, tres meses ha, cuando ya no estaba con ella. Toda mi vida se medía en antes, después y durante mi vida con S.

      Fui a la cocina a por un par de cervezas. Puse una para O. Cogí un cigarrillo. Me recargué junto a la venta y me puse a echar humo. De repente,  O. dijo: también hay una chica buenísima, con unas tetas enormes. Deberíamos ir a verla. No sé, dije, la he visto ya. O. me miró asombrado. Con la boca abierta. Luego, exclamó: ¡qué pasa contigo, P.! ¡Hay una chica con tetas enormes allá afuera y la has visto y no has ido a por ella ni la estás molestando o pajéandote por ella! Es S., ¿no?

      Llamaron a la puerta. ¡Sí!, grité. Escuche la voz de C. gritar: ¡abre, P., sal, de prisa, hay una chica en la esquina de tu casa, está buena! Abrí la puerta. C. miró a O. dentro y saludó a O. y se sintió de que no le hayamos avisado antes de que beberíamos. No dijo algo, pero supe que se había sentido: C. era así. Puse una cerveza para C. dio el primer trago y dijo: hay un muerto abajo, en la esquina de tu casa, P. Ya lo sé, C., dije, y también sé lo de la chica, lo sé todo. Deberíamos bajar a molestar a la chica, dijo C. Lo mismo pienso, dijo O. C. y yo teníamos veintiocho años. O. diecinueve. Quizá O. aún estuviese en edad de salir a picar cadáveres con varas y de molestar a las señoritas, pero C. y yo debíamos dejarnos de majaderías y conseguirnos unas buenas señoras que nos guisasen y nos planchasen las ropas y limpiaran los suelos de nuestras casas mientras nosotros gozáramos con jovencitas estudiantes. Eso, o quizá la ruptura con S., no sé, me detenía.

      C. se instaló en a la mesa, sobre una silla verde. Bebimos cervezas y hablamos sobre las veces que habíamos visto muertos. O. dijo que en la colonia de su casa se miraba a un muerto una vez o dos por semana. Los mataban a balazos. Cosa de drogas y atracos. C. dijo que él, en cierta ocasión, estuvo a punto de matar a alguien. Pero C. siempre, en cierta ocasión, estuvo a punto de hacer algo que impresionara al grupo, algo exactamente peor de lo que sea que se estuviese hablando, así que no le creímos del todo. Al caso era lo mismo si C. mentía o no. Continuaríamos bebiendo con él.

      Bueno, así estuvimos un rato. Bebiendo y fumando cigarrillos. Hablando de cosas que no recordaríamos al día siguiente, y que, en el fondo, no nos importaban. Pasar el tiempo. Hay peores formas de pasar el tiempo. Trabajar, por ejemplo. Es menos provechoso para alma humana.

      En algún momento C. anunció que debía irse y se fue. O. no se movió un centímetro. O. solía instalarse y quedarse ahí hasta el día siguiente, cuando menos. Yo abrí la puerta y despedí a C.

      Cuando se fue, O. dijo: apuesto a que mañana vendrá y nos contará de cómo se ligó a la chica de las tetas. Sí, dije, es probable. Y cuando le pidamos que nos la presenté dirá que no puede; inventará algún pretexto. Sí, asentí. Por ejemplo, que la folló y luego la humilló y ya no quiere saber de él. Exacto, exclamé.

      A los cinco minutos llamaron a la puerta. ¡Sí!, grité. No contestaron. Me levanté y abrí. Era una señora. Era baja. Vestía una falda y un suéter. Sollozaba. Se excusó y se explicó: entre todos los vecinos de la calle juntaban dinero para el muerto. Quería dinero. Se lo negué. Me miró con incredulidad. ¿Para qué quiere dinero un muerto?, pregunté. Para pagar una misa, respondió la señora, como si se tratase de algo obvio. Lo siento, dije, no creo en Dios. Era un mesero del Tikibar, dijo la señora, no tenía dinero. Pues que no le hagan misa, dije. Era muy joven, apenas veinticinco años, dijo. Mejor, contesté, así no se llevará tantos pecados al infierno. La señora exclamó y se largó de inmediato. No podía creer que yo…

      Cuando regresé a mi sitio, O. dijo: Oye, P. quizá debamos ir a esa puñetera misa; es posible que la chica… Ya, dije, es muy posible, sí. Anda, dijo mientras sacaba unas monedas del bolsillo, alcanza a la vieja, dale esto; no olvides preguntar cuándo y dónde es la misa. No me moví. Ni siquiera toqué las monedas. No, O., no voy darle dinero a un jodido padre de iglesia. Si ama a sus primogénitos, que dé misa gratis. O. lo pensó y se guardó la plata.

      Una hora más tarde se terminó la cerveza. Acordamos comprar más. Cogimos envases y fuimos.

Abajo todo estaba tranquilo. No había rastros del muerto. No había gente aglomerada. No había policías.

Camino a la tienda nos encontramos a un grupo de viejas. Pedían dinero para la misa. Nos miraron entrar a la tienda. Nos miraron salir de la tienda con veinticuatro cervezas en lata. Miraron a O. contar el cambio. Nos echaron ojos. Una intentó abordarnos pero la evité con la mirada.





  

1 comentario:

  1. jajaja buenisima critica social y bien narrado. leere mas

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