viernes, 13 de marzo de 2015

El secreto de nuestra sombra.



En la quincena del mes de Mayo en un atardecer  que aparentaba ser un día cualquiera…  Efraín se encontraba viajando en el bus METROPOLITANO rumbo hacia  su departamento. Y fue cuando algo capturó su atención: un sonido extraño. Eso lo hizo dirigir su mirada hacia  una mujer que estaba sentada a pocos metros de distancia. De pronto,  vio  claramente cómo el cuerpo de esa dama empezó a temblar. Al principio pensó que se estaba riendo, pero debido a que nadie estaba a su alrededor conversando con ella, ni tampoco hablaba por el teléfono móvil.  Entonces lo hizo interpretar que estaba atravesando  algún ataque o convulsionaba por algo. 

Sin embargo, las pocas personas que estaban sentadas al lado de ella  nadie la asistieron.  Esto  sirvió de  motivo para que Efraín se apresure y aunque sentía algo de  nerviosismo, mostró una actitud humanitaria muy determinada. 
Después  esos temblores que sufrió la misteriosa dama, se acrecentaron.  Efraín raudamente aceleró su paso creyendo que algo malo le estaba sucediendo.  Cuando estuvo frente a frente, la mujer le dijo:

— ¿Qué se le ofrece? 
—Disculpe señorita, creí que no se encontraba mal.  Me pareció  verla temblar.

Su rostro se sonrojó como si estuviera avergonzada e inmediato se puso de pie, miró a otro lado  y  le respondió:

—Ya llegué a mi paradero, hasta luego.


Ella no  era del tipo de chicas que él consideraba por atractiva, pero aun así  había algo en ella que le había llamado  la atención.   
Tenía una nariz hermosa y sus ojos aindiados le reflejaron cierto misticismo en su mirada. Desde ese momento la empezó a seguir con la mirada para saber que ruta cogía. 

—Sintió que debía de ir tras ella. 

Esta sensación fue como una voz que se lo decía en secreto: «algo importante podía suceder». Entonces sin pensarlo dos veces, de forma  intempestiva  bajó del autobús en dirección hacia donde iba ella.  

Al principio sus pasos eran indecisos.  Aun así él ya había tomado una decisión. 
La noche como todas las noches de Lima no era muy oscura y las calles llena de esos faroles grotescamente coloniales iluminaban  con una luz ambarina provocando  las improbabilidades de las sombras en cada lado de las cosas. Todo acompañado con  los ruidos urbanos y compuesto con ese clima lúgubre pero místico.   Estar caminando por el centro de Lima resultó en cierto modo un paseo que iría a cambiar su vida por completo.  Efraín no sabía lo que le esperaba.
Después  de varias calles vio que los pasos de esa mujer  ya no avanzaban con la misma fluidez.  Su ritmo había cambiado, cada vez lo hacía más lento, hasta que empezó a quedarse quieta en el medio de la calle.  Parecía una estatua de cemento mirando a la nada.

Efraín desde una distancia prudencial la contempló y se dejó guiar por la misma voz que lo había hecho seguirla, ahora él debía acercarse.
Cuando estuvo a poco más de un metro de distancia  vio su rostro reflejado en una ventana  ocasionándole una gran  sorpresa.  Al  descubrir que esa dama se había  transformado en una anciana.

Su piel tenía tantas arrugas que casi no se podía definir donde se encontraba su boca.  La ropa era la misma solo que inexplicablemente se había transformado en una anciana. Estar frente a este hecho sobrenatural  lo dejó boquiabierto, tan  pronto  ella sintió su presencia volteó  súbitamente para mirar quién se encontraba atrás de ella.
Efraín ya no podía retroceder, ni huir.

Ambos cuando se miraron descubrió que aquel reflejo en la ventana era efectivamente  una mujer totalmente distinta de la que había visto en el autobús.
Se sintió  estupefacto.  La anciana al percibir su  silencio como algo que lo asfixiaba  encontró en ese momento cierta ventaja sobre él.

— ¿Qué desea señor?
—Yo, estaba en el autobús… ¿me recuerda?

Empezó a sonreír  aflorando un tosco tono gutural en su risa,  poco a poco se convirtió en una  carcajada grotesca  que   heló a Efraín. 

—Veo que usted es un hombre muy curioso.
—Señora, yo la vi en el autobús, pero, por favor,  no se moleste ya me retiro.
—Ya es muy tarde, ahora debes acompañarme.

Aunque el corazón de Efraín retumbaba alertándolo que no debía hacerlo, esta extraña anciana  provocó algún tipo de poder para que él tenga que obedecerla casi como un autómata.  No supo a quien pedir ayuda en el medio de esa calle desértica.

—Tranquilo, no se asuste. «En esta vida nada es para siempre, ni siquiera el arte».

Esas últimas palabras lo dejó desconcertado  debido a que el oficio al que se dedicaba estaba muy vinculado con el arte.  Además el significado  que encerraba el tema del arte para Efraín,  era como una secreta pasión que siempre ocupó un lugar muy especial en su corazón y que lo llevó a guardarlo por largo tiempo.  Sin embargo, tomó algunos segundos para que esta anciana descubra y se lo diga, creando en él un  asombro  del cual no hallaba una explicación razonable.  Mientras tanto, ambos ya se encontraban subiendo las escaleras que conducían a la casa de esta anciana, era un segundo piso.  Efraín temeroso seguía tras ella hasta que ingresaron a su casa y lo invitó a que tome asiento.

Todas las paredes estaban adornadas de cuadros de grandes artistas. Obras de arte que debían estar en museos. Eso le quitó el aliento a Efraín,  estar rodeado de tantas obras magistrales.  Sin lugar a dudas debían ser réplicas, porque era inaudito que  alguien pueda haber reunido tal variedad de autores. No obstante, la anciana en todo momento se mostró con una cortesía muy marcada.

Al  poco rato le  ofreció algo de beber. Efraín quiso evitar causar molestias diciéndole: muchas gracias, no es necesario.  A penas terminó de decir esas palabras experimentó sentir unos mareos. La anciana le ofreció una infusión   aromática que  al sentir esa fragancia ya no pudo resistirse.
La bebida tenía  el sutil sabor  de la canela mezclada con el perfume del jazmín, caliente y le dejó un agradable sabor para su paladar.

Probablemente la baja temperatura estimuló la contracción de los vasos sanguíneos del cerebro, que son en muchos casos la causa de los dolores de cabeza y hasta de mareos. Cuando bebió esa infusión sintió recuperarse casi de forma inmediata.
Mientras que  la señora atenta a todo lo que estaba ocurriéndole a Efraín le dijo: 



—Me imagino que ahora está más tranquilo.  Con una mirada penetrante esperaba que dé una respuesta afirmativa.
—Si señora.
—Disculpa, creo que no me he presentado, me llamo Carmen Linares.
—Encantado señora, yo soy Efraín Pacheco. Lamento haberla seguido e incomodarla.
—Es todo lo contrario Efraín, —gracias a  usted—, porque hace muchos años no converso con nadie.
— ¿Qué sucede señora?
—Llámame Luisa.

Te explicaré, trataré de ser lo más clara posible:

"Un día al año nuestra sombra nos abandona, y esto ocurre en todas las  persona, sin distinción alguna.  Quien domine detectar ese momento automáticamente alcanzará  extraños poderes y acceder a lo que más desea.  Incluso  para los que dominamos este arte,  hallas el   momento que te va a  permitir  alquilar el alma de otra  persona.

—Disculpe, está hablando en serio…
— ¿Y tú  crees que una mujer de mi edad  está para  hacer bromas?
—Cuando me viste en el autobús  era más joven y eso fue gracias al alma que había tomado alquilada.
— ¿Entonces, qué edad tiene?
—Más de cuatrocientos años, ya ni recuerdo.
— ¿Son inmortales?
—No lo somos, siempre vivimos mucho tiempo.
— ¿Y, de que mueren?
—Morimos cuando encontramos al amor.
—Eso es lo único que nos puede matar.
—En el momento que nos  enamoramos desfallecemos lentamente.  Somos víctimas de una simple tos o un catarro  y eso nos lleva a la muerte.
—Señora, agradezco su sinceridad, pero,  ¿cómo es que me está contando todas estas cosas? La verdad es que ya estoy sintiendo un poco de temor.
— Efraín, cuando acabe de contarte mi historia la palabra temor ya no tendrá significado  para ti.  Aunque te parezca increíble en todos los años de vida que tengo jamás conocí el verdadero amor, han habido muchos hombres que quisieron tenerme, pero eso no significa nada. Las personas confunden el amor con el sexo y ambos son como comparar el día con la noche.

A veces he pensado que yo no quiero amar a nadie. Pero tampoco sentí que alguien riegue sobre mí una mirada de  amor puro.  Ahora entenderás que  este cansancio  me causa muchos dolores por fuera y por dentro.
En síntesis,  mi vida se ha convertido en una especie de infierno. Pero ya no quiero hablar de mí, yo no importo.  Ahora estas enterado de todo y llevas un gran tesoro con toda esta enseñanza.

—Sigo sin entender señora.
—Veo que eres lento.

"Desde ahora ya sabes  que en cualquier momento perderás tu sombra y ahí tendrás la oportunidad para tomar el alma de alguien. —Créeme  que podrás lograr lo que sea”.

—Dígame señora, lo que sea  es lo que sea…
—Sí mi joven amigo. Mírame:  ¿crees que paso alguna carencia?

Luego de esas palabras  empezó a contemplar su sombra. 

Efraín se encontraba mirando la sombra de cada objeto que decoraba el salón. Las esculturas y los adornos finísimos que ocupaban un lugar especial.  Hasta que todas lo condujeron a un espejo tan grande que ocupaba la misma altura desde el suelo hasta el techo.  Enmarcado con retorcidos adornos tallados a mano, pintados con una purpurina tan fina que parecía la esencia de un sol.
Con temor se acercó para verse a sí mismo y le prestó particular atención a sus zapatos color café, notó cómo su sombra se desprendía de su cuerpo con cierto rigor. Dentro de su mente se dijo: 

 i Es imposible !
 i Cómo la sombra puede desaparecer!

La anciana por increíble que parezca había escuchado las ideas que rondaban en la mente de Efraín:

—Pronto lo verás por ti mismo—.
—Ya puedes retirarte, quizás algún día nos volvamos a ver.

Cuando Efraín bajó por las escaleras lo primero que recordó  eran los bellos ojos oscuros que esa mujer tenía cuando la vio en el bus.   Recordó las incontables arrugas de su rostro… y el dolor que estaba experimentado estando encadenada a esa condena de saber que su vida no tenía descanso.

Después  de bajar las escaleras  se apresuró a ir a su departamento. En esos momentos quiso caminar. No podía subir de nuevo a un autobús, ni siquiera deseaba tomar un taxi. Su mente revoloteaba con tantas ideas, la infinidad de deseos que arrastraba por tanto tiempo, solo lo conducían a una cosa querer lograr su obra perfecta: en pintura o escultura. Alcanzar la reputación, el reconocimiento.  Materializar su ego en el pensamiento de los demás. Por fin había encontrado la vía que lo conduzca a lograr sus sueños. Sin darse cuenta había logrado un sentido adictivo por la aceptación de los demás.

Cuando llegó a su casa, finalmente el cansancio de la caminata sumado a la ráfaga de emociones que había experimentado lo habían agotado. Ya era tarde, por ahora solo deseaba  dormir. 

En el momento que  empezó  a quedarse dormido lo último que vio fue la sombra de las cortinas temblando ante su mirada y lo hizo recordar un sueño hermoso que hace mucho soñó…

Al día siguiente  el  vendaval que azotaba  su ventana lo despertó.  A primeras horas de la mañana y lo primero que pensó fue en la triste historia de esa mujer.  Después  recordó que muy pronto alcanzaría sus sueños.
Pasaron entre 2 a 3 meses hasta que un día en el preciso momento que se encontraba duchando junto con el vapor que  producía el agua caliente había empañado  el espejo. Pudo ver  su rostro nebuloso e indefinible por efectos del vapor.
En esos momentos recordó la historia de aquella mujer que le relató sobre "la sombra que abandona a las personas".  Debido a eso empezó a sentirse iluso y timado por una anciana. 

Por más atento que estaba… en nadie vio tal fenómeno y mucho menos en él. 
De pronto, se encontró envuelto en ese vapor del agua caliente.   Se puso a sonreír con cierta tristeza y cuando subió ambas manos para acomodarse  el cabello mojado vio que en la pared sus brazos no reflejaban sombra alguna.   Ante esta realidad rápidamente se secó con la toalla, salió del baño y comprobó que estando fuera del baño tampoco había sombra  alguna de su cuerpo.

Envuelto en la emoción no demoró en  alistarse.  Salió a la calle sin rumbo en busca de cualquier persona para tomar su alma prestada.  En esos instantes no sabía con seguridad cuanto tiempo estaría sin sombra, pero si sentía que debía de apresurarse.

Vio a un niño y siguió corriendo, luego a un hombre y cuando se acercó lo escuchó que  expresaba tosquedad  en sus palabras y  se hallaba encolerizado  hablando por el teléfono móvil. 

Siguió buscando hasta que encontró un muchacho casi de su misma edad, con toda la apariencia de ser un estudiante universitario.    Instintivamente le puso ambas manos sobre sus hombros… sintió un poder ilimitado mientras que el joven caía desmayado. Efraín   salió corriendo cargando el alma de la otra persona.

Después  vino a su mente diversas imágenes como planos, bosquejos de su escultura soñada.   Y se vio alcanzando, por fin,  el tan anhelado sueño de ser  un artista reconocido. De pronto, apareció otra imagen pero que a la vez se alejaba: era el rostro de esa anciana y el rostro de esa mujer joven que había visto en el bus METROPOLITANO.

En donde precisamente comenzó toda esta  historia.  También recordó la soledad y el cansancio  que estaba encadenada esa mujer. No la había olvidado.

Efraín se puso a caminar guiado por el instinto de sus pasos sin rumbo definido. Llegó a una calle deshabitada y fue ahí que a lo lejos vio la silueta de una anciana  ayudada de un bastón, con la mirada directa al suelo. Fue directo a ella,   se le acercó y sin decirle palabra alguna le dio un abrazo que la cubrió con una luz dorada, la anciana levantó su rostro se convirtió en la misma mujer que había visto  desde el principio aindiada y hermosa.

En el medio de esa transformación ella le correspondió el abrazo y sus lágrimas de amor besaron su rostro,  sonrió enternecida:

i No me has olvidado! , i gracias por liberarme!

Un viento helado los cubrió y sobre ellos se levantaron una hojarasca que envolvía el cuerpo de esa bella mujer, con lentitud se  evaporaba… esa figura abstracta se difuminaba hacia el cielo diciéndole solo unas palabras: gracias, gracias. 

Efraín sintió frio y por unas manos que suavemente acariciaban su rostro como una espiral que giraba sobre él. En esos momentos tenía los ojos cerrados y cuando los abrió miró fijamente el cuadro que un día antes había comprado y simplemente se había quedado mirando hasta hundirse en aquel sueño que acabo de relatar.




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